LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

Canciones de Combate

miércoles, 2 de octubre de 2013

Marxismo y reformismo

V.I. Lenin. 
El 12 de septiembre de 1913 en el núm. 2 de Pravda Trudá.

A diferencia de los anarquistas, los marxistas admiten la lucha por las reformas, es decir, por mejoras de la situación de los trabajadores que no lesionan el poder, dejándolo como estaba, en manos de la clase dominante. Pero, a la vez, los marxistas combaten con la mayor energía a los reformistas, los cuales circunscriben directa o indirectamente los anhelos y la actividad de la clase obrera a las reformas. El reformismo es una manera que la burguesía tiene de engañar a los obreros, que seguirán siendo esclavos asalariados, pese a algunas mejoras aisladas, mientras subsista el dominio del capital.

Cuando la burguesía liberal concede reformas con una mano, siempre las retira con la otra, las reduce a la nada o las utiliza para subyugar a los obreros, para dividirlos en grupos, para eternizar la esclavitud asalariada de los trabajadores. Por eso el reformismo, incluso cuando es totalmente sincero, se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia. La experiencia de todos los países muestra que los obreros han salido burlados siempre que se han confiado a los reformistas.

Por el contrario, si los obreros han asimilado la doctrina de Marx, es decir, si han comprendido que es inevitable la esclavitud asalariada mientras subsista el dominio del capital, no se dejarán engañar por ninguna reforma burguesa. Comprendiendo que, al mantenerse el capitalismo, las reformas no pueden ser ni sólidas ni importantes, los obreros pugnan por obtener mejoras y las utilizan para proseguir la lucha, más tesonera, contra la escalvitud asalariada. Los reformistas pretenden dividir y engañar con algunas dádivas a los obreros, pretenden apartarlos de su lucha de clase. Los obreros, que han comprendido la falsedad del reformismo, utilizan las reformas para desarrollar y ampliar su lucha de clase.

Cuanto mayor es la influencia de los reformistas en los obreros, tanto menos fuerza tiene éstos, tanto más dependen de la burguesía y tanto más fácil le es a esta última anular con diversas artimañas el efecto de las reformas. Cuanto más independiente y profundo es el movimiento obrero, cuanto más amplio es por sus fines, más desembarazado se ve de la estrechez del reformismo y con más facilidad consiguen los obreros afianzar y utilizar ciertas mejoras.

Reformistas hay en todos los países, pues la burguesía trata por doquier de corromper de uno u otro modo a los obreros y hacer de ellos esclavos satisfechos que no piensen en destruir la escalvitud. En Rusia, los reformistas son los liquidadores, que renuncian a nuestro pasado para adormecer a los obreros con ilusiones en un partido nuevo, abierto y legal. No hace mucho, obligados por Siévernaya Pravda, los liquidadores de San Petersburgo comenzaron a defenderse de la acusación de reformismo. Es preciso detenerse a examinar con atención sus razonamientos para dejar bien clara uba cuestión de extraordinaria importancia.

No somos reformistas -escribían los liquidadores pequeñosburgueses-, porque no hemos dicho que las reformas lo sean todo y que el objetivo final no sea nada; hemos dicho: movimiento hacia el objetivo final; hemos dicho: a través de la lucha por las reformas, hacia la realización plena de las tareas planteadas.

Veamos si esta defensa corresponde a la verdad.

Hecho primero. Resumiendo las afirmaciones de todos los liquidadores, el liquidador Sedov ha escrito que dos de “las tres ballenas” presentadas por los marxistas no sirven hoy para la agitación. Ha dejado la jornada de ocho horas, que, teóricamente, es factible como reforma. Ha suprimido o relegado precisamente lo que no cabe en el marco de las reformas. Por consiguiente, ha incurrido en el oportunismo más palmario, preconizando ni más ni menos que la política expresada por la fórmula de que el objetivo final no es nada. Eso es justamente reformismo, ya que el “objetivo final” (aunque sólo sea con relación a la democracia) se aparta bien lejos de la agitación.

Hecho segundo. La decantada conferencia de agosto (del año pasado) de los liquidadores también pospone -reservándolas para un caso especial- las reivindicaciones no reformistas, en vez de sacarlas a primer plano y colocarlas en el centro mismo de la agitación.

Hecho tercero. Al negar y rebajar “lo viejo”, queriéndose desentender de ello, los liquidadores se limitan al reformismo. En las actuales circunstancias es evidente la conexión entre el reformismo y la renuncia a “lo viejo”.

Hecho cuarto. El movimiento económico de los obreros provoca la ira y las alharacas de los liquidadores (“pierden los estribos”, “no hacen más que amagar”, etc., etc.), toda vez que se vincula con consignas que van más allá del reformismo.

¿Qué vemos en definitiva? De palabra, los liquidadores rechazan el reformismo como tal, pero de hecho lo aplican en toda la línea. Por una parte nos aseguran que para ellos las reformas no son todo, ni mucho menos; mas, por otra, siempre que los marxistas van en la práctica más allá del reformismo, se ganan las invectivas o el menosprecio de los liquidadores.

Por cierto, lo que ocurre en todos los terrenos del movimento obrero nos muestra que los marxistas, lejos de quedarse a la zaga, van muy por delante en lo que se refiere a la utilización práctica de las reformas y a la lucha por las reformas. Tomemos las elecciones a la Duma por la curia obrera: los discursos pronunciados por los diputados dentro y fuera de la Duma, la organización de periódicos obreros, el aprovechamiento de la reforma de los seguros, el sindicato metalúrgico, uno de los más importantes, etc., y veremos por doquier un predominio de los obreros marxistas sobre los liquidadores en la esfera de la labor directa, inmediata y “diaria” de agitación, organización y lucha por las reformas y su aprovechamiento.

Los marxistas realizan una labor constante sin perder una sola “posibilidad” de conseguir reformas y utilizarlas, sin censurar, antes bien apoyando y desarrollando con solicitud cualquier actividad que vaya más allá del reformismo tanto en la propaganda como en la agitación, en las acciones económicas de masas, etc. Mientras tanto, los liquidadores, que han abandonado el marxismo, no hacen con sus ataques a la existencia misma de un marxismo monolítico, con su destrucción de la disciplina marxista y con su prédica del reformismo y de la política obrera liberal más que desorganizar el movimiento obrero.

Tampoco se debe olvidar que el reformismo se manifiesta en Rusia de una forma peculiar, a saber: en la equiparación de las condiciones fundamentales de la situación política de la Rusia actual y de la Europa actual. Desde el punto de vista de un liberal, esta equiparación es legítima, pues el liberal cree y confiesa que, “gracias a Dios, tenemos Constitución”. El liberal expresa los intereses de lo burguesía cuando defiende la idea de que, después del 17 de octubre, toda acción de la democracia que vaya más allá del reformismo es una locura, un crimen, un pecado, etc.

Pero precisamente estas ideas burguesas son las que ponen en práctica nuestros liquidadores, que “trasplantan” sin cesar y con regularidad (en el papel) a Rusia tanto el “partido a la vista de todos” como la “lucha por la legalidad”, etc. Con otras palabras, los liquidadores preconizan, a semejanza de los liberales, el trasplante de una Constitución europea a Rusia sin reparar en el camino peculiar que condujo en Occidente a la proclamación y afianzamiento de las constituciones durante varias generaciones y, a veces, incluso siglos. Los liquidadores y los liberales quieren, como suele decirse, pescar truchas a bragas enjutas.


En Europa, el reformismo significa en la práctica renuncia al marxismo y sustitución de esta doctrina por la “política social” burguesa. En nuestro país, el reformismo de los liquidadores implica, además de eso, desmoronamiento de la organización marxista, renuncia a las tareas democráticas de la clase obrera y sustitución de éstas con una política obrera liberal.

martes, 10 de septiembre de 2013

Stalin sobre el Imperialismo


J.V.Stalin
El leninismo se desarrolló y se formó bajo el imperialismo, cuando las contradicciones del capitalismo habían llegado ya a su grado extremo, cuando la revolución proletaria se había convertido ya en una cuestión de la actividad práctica inmediata, cuando el antiguo período de preparación de la clase obrera para la revolución había llegado a su tope, cediendo lugar a un nuevo período, al período de asalto directo del capitalismo.
Lenin llamó al imperialismo "capitalismo agonizante". ¿Por qué? Porque el imperialismo lleva las contradicciones del capitalismo a su último límite, a su grado extremo, más allá del cual empieza la revolución. Entre estas contradicciones, hay tres que deben ser consideradas como las más importantes.
La primera contradicción es la existente entre el trabajo y el capital. El imperialismo es la omnipotencia de los trusts y de los sindicatos monopolistas, de los bancos y de la oligarquía financiera de los países industriales. En la lucha contra esta fuerza omnipotente, los métodos habituales de la clase obrera -los sindicatos y las cooperativas, los partidos parlamentarios y la lucha parlamentaria resultan absolutamente insuficientes. Una de dos: u os entregáis a merced del capital, vegetáis a la antigua y os hundís cada vez más, o empuñáis un arma nueva: así plantea la cuestión el imperialismo a las masas de millones de proletarios. El imperialismo lleva a la clase obrera al umbral de la revolución.
La segunda contradicción es la existente entre los distintos grupos financieros y las distintas potencias imperialistas en su lucha por las fuentes de materias primas, por territorios ajenos. El imperialismo es la exportación de capitales a las fuentes de materias primas, la lucha furiosa por la posesión monopolista de estas fuentes, la lucha por un nuevo reparto del mundo ya repartido, lucha mantenida con particular encarnizamiento por los nuevos grupos financieros y por las nuevas potencias, que buscan "un lugar bajo el sol", contra los viejos grupos y las viejas potencias, tenazmente aferrados a sus conquistas. La particularidad de esta lucha furiosa entre los distintos grupos de capitalistas es que entraña como elemento inevitable las guerras imperialistas, guerras por la conquista de territorios ajenos. Esta circunstancia tiene, a su vez, la particularidad de que lleva al mutuo debilitamiento de los imperialistas, quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de la revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica.
La tercera contradicción es la existente entre un puñado de naciones "civilizadas" dominantes y centenares de millones de hombres de las colonias y de los países dependientes. El imperialismo es la explotación más descarada y la opresión más inhumana de centenares de millones de habitantes de las inmensas colonias y países dependientes. Extraer superbeneficios: tal es el objetivo de esta explotación y de esta opresión. Pero, al explotar a esos países, el imperialismo se ve obligado a construir en ellos ferrocarriles, fábricas, centros industriales y comerciales. La aparición de la clase de los proletarios, la formación de una intelectualidad del país, el despertar de la conciencia nacional y el incremento del movimiento de liberación son resultados inevitables de esta "política". El incremento del movimiento revolucionario en todas las colonias y en todos los países dependientes, sin excepción, lo evidencia de modo palmario. Esta circunstancia es importante para el proletariado, porque mina de raíz las posiciones del capitalismo, convirtiendo a las colonias y a los países dependientes, de reservas del imperialismo, en reservas de la revolución proletaria.
Tales son, en términos generales, las contradicciones principales del imperialismo, que han convertido el antiguo capitalismo "floreciente" en capitalismo agonizante.
La importancia de la guerra imperialista desencadenada hace diez años estriba, entre otras cosas, en que juntó en un haz todas estas contradicciones y las arrojó sobre la balanza, acelerando y facilitando con ello las batallas revolucionarias del proletariado.
Dicho en otros términos: el imperialismo no sólo ha hecho que la revolución sea prácticamente inevitable, sino que se hayan creado las condiciones favorables para el asalto directo a la fortaleza del capitalismo.


jueves, 29 de agosto de 2013

Sobre el leninismo

J.V. Stalin
¿Qué es, pues, el leninismo?

Unos dicen que el leninismo es la aplicación del marxismo a las condiciones peculiares de la situación rusa. Esta definición contiene una parte de verdad, pero dista mucho de encerrarla toda. En efecto, Lenin aplicó el marxismo a la realidad de Rusia, y lo aplicó magistralmente. Pero si el leninismo no fuese más que la aplicación del marxismo a la situación peculiar de Rusia, el leninismo sería un fenómeno pura y exclusivamente nacional, pura y exclusivamente ruso. Sin embargo, sabemos que el leninismo es un fenómeno internacional, que tiene raíces en todo el desarrollo internacional, y no un fenómeno exclusivamente ruso. Por eso, yo entiendo que esa definición peca de unilateral.

Otros dicen que el leninismo es la resurrección de los elementos revolucionarios del marxismo de la década del 40 del siglo pasado, a diferencia del marxismo de años posteriores, que, según ellos, se hizo moderado y dejó de ser revolucionario. Si pasamos por alto esa división necia y vulgar de la doctrina de Marx en dos partes, una revolucionaria y otra mode rada, hay que reconocer que incluso esa definición, íntegramente defectuosa e insatisfactoria, tiene un algo de verdad. Ese algo de verdad consiste en que Lenin resucitó, efectivamente, el contenido revolucionario del marxismo, enterrado por los oportunistas de la II Internacional. Pero esto no es más que un algo de verdad. La verdad entera del leninismo es que no sólo hizo renacer el marxismo, sino que dio un paso adelante, prosiguiendo el desarrollo del marxismo bajo las nuevas condiciones del capitalismo y de la lucha de clase del proletariado.

¿Qué es, pues, en fin de cuentas, el leninismo?

El leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria. O más exactamente: el leninismo es la teoría y la táctica de la revolución proletaria en general, la teoría y la táctica de la dictadura del proletariado en particular. Marx y Engels actuaron en el período prerrevolucionario (nos referimos a la revolución proletaria) cuando aún no había un imperialismo desarrollado, en un período de preparación de los proletarios para la revolución, en el período en que la revolución proletaria no era aún directa y prácticamente inevitable. En cambio, Lenin, discípulo de Marx y de Engels, actuó en el período del imperialismo desarrollado, en el período en que se despliega la revolución proletaria, cuando la revolución proletaria ha triunfado ya en un país, ha destruido la democracia burguesa y ha inaugurado la era de la democracia proletaria, la era de los Soviets.

Por eso el leninismo es el desarrollo ulterior del marxismo.

Suele destacarse el carácter extraordinariamente combativo y extraordinariamente revolucionario del leninismo. Esto es muy cierto. Pero esta particularidad del leninismo se debe a dos causas: en primer lugar, a que el leninismo brotó de la entraña de la revolución proletaria, cuyo sello no puede por menos de ostentar; en segundo lugar, a que se desarrolló y se fortaleció en las batallas contra el oportunismo de la II Internacional, combatir al cual ha sido y sigue siendo una premisa necesaria para luchar con éxito contra el capitalismo. No hay que olvidar que entre Marx y Engels, de una parte, y Lenin, de otra, media todo un período de dominio indiviso del oportunismo de la II Internacional, la lucha implacable contra el cual no podía menos de ser una de las tareas más importantes del leninismo.

sábado, 17 de agosto de 2013

Ligar los intereses cotidianos del proletariado con los intereses básicos de la Revolución Proletaria


Por: ODC*
[Actualmente algunos teorizan sobre la crisis del llamado por ellos "ciclo de octubre" y según ellos es imprescindible "reconstruir" la teoría revolucionaria del comunismo. Ponen el acento en el trabajo teórico y la lucha ideológica de dos líneas sin ligar ambas a la práctica revolucionaria. Disocian teoría y practica cayendo en el intelectualismo burgués desligado de los intereses y necesidades del pueblo. La teoría revolucionaria debe estar fundida con la práctica revolucionaria y ligada estrechamente a la lucha cotidiana por las necesidades concretas de la clase obrera sino será teoría de intelectuales ajenos a los intereses concretos de la clase obrera y el pueblo. Teoría y práctica deben ir estrechamente unidas. De la práctica la teoría extrae conclusiones y se desarrolla; y la teoría revolucionaria es imprescindible para guiar la práctica revolucionaria. Solo así se pueden sacar conclusiones de los errores teóricos y corregirlos
]
*http://odiodeclase.blogspot.com.es


J.V. Stalin
” Desenmascarar a la socialdemocracia y dejarla reducida a una minoría insignificante en la clase obrera sólo es posible en el curso de la lucha cotidiana por las necesidades concretas de la clase obrera”

” Es necesario que el Partido, y de manera especial sus cuadros dirigentes, dominen a fondo la teoría revolucionaria del marxismo, ligada con lazos indestructibles a la labor práctica revolucionaria”

(…) Para que los obreros puedan vencer, les debe alentar una misma voluntad, les debe guiar un solo partido, que goce de confianza indudable entre la mayoría de la clase obrera. Si dentro de la clase obrera hay dos partidos de igual fuerza que rivalizan entre sí, es imposible una victoria duradera, aunque se den condiciones exteriores favorables. Lenin fue el primero que lo subrayó con insistencia, en el periodo anterior a la Revolución de Octubre, como condición especialísima para la victoria del proletariado.

(…) Algunos camaradas suponen que fortalecer el Partido y bolchevizarlo significa expulsar de él a todos los disidentes. Eso, claro está, no es cierto. Desenmascarar a la socialdemocracia y dejarla reducida a una minoría insignificante en la clase obrera sólo es posible en el curso de la lucha cotidiana por las necesidades concretas de la clase obrera. No hay que poner en la picota a la socialdemocracia sobre la base de los problemas del cosmos, sino sobre la base de la lucha cotidiana de la clase obrera por mejorar su situación material y política; por cierto, las cuestiones del salario, de la jornada de trabajo, de las condiciones de vivienda, de los seguros, de los impuestos, del paro obrero, de la carestía de la vida, etc. deben desempeñar un papel muy importante, si no decisivo. Golpear a los socialdemócratas cada día sobre la base de estas cuestiones, poniendo al desnudo su traición: tal es la tarea.

Pero esta tarea no se cumplirá por entero si las cuestiones de la actividad práctica diaria no se ligan a los problemas cardinales de la situación internacional e interior de Alemania, y si en todo su trabajo el Partido deja de enfocar las cuestiones de cada día desde el punto de vista de la revolución y de la conquista del Poder por el proletariado.

Pero esa política únicamente podrá aplicarla un partido que tenga a la cabeza cuadros dirigentes lo bastante expertos para saber aprovechar, con el fin de fortalecer el partido, cada falla de los socialdemócratas y lo bastante preparados teóricamente para que los éxitos parciales no les hagan perder las perspectivas del desarrollo revolucionario.

A ello, principalmente, se debe que el problema de los cuadros dirigentes de los Partidos Comunistas en general, comprendido el Partido Comunista de Alemania, sea uno de los más importantes en la labor de bolchevización.

Para la bolchevización se necesita crear, por lo menos, algunas condiciones fundamentales, sin las que la bolchevización de los Partidos Comunistas es del todo punto imposible.

1) Es necesario que el Partido no se considere un apéndice del mecanismo electoral parlamentario, como en realidad se considera la socialdemocracia, ni un suplemento de los sindicatos, como afirman a veces ciertos elementos anarco-sindicalistas, sino la forma superior de unión de clase del proletariado, llamada a dirigir todas las demás formas de organizaciones proletarias, desde los sindicatos hasta la minoría parlamentaria.

2) Es necesario que el Partido, y de manera especial sus cuadros dirigentes, dominen a fondo la teoría revolucionaria del marxismo, ligada con lazos indestructibles a la labor práctica revolucionaria.

3) Es necesario que el Partido no adopte las consignas y las directivas sobre la base de fórmulas aprendidas de memoria y de paralelos históricos, sino como resultado de un análisis minucioso de las condiciones concretas, interiores e internacionales, del movimiento revolucionario, teniendo siempre en cuenta la experiencia de las revoluciones de todos los países.

4) Es necesario que el Partido contraste la justeza de estas consignas y directivas en el fuego de la lucha revolucionaria de las masas.

5) Es necesario que toda la labor del Partido, particularmente si no se ha desembarazado aún de las tradiciones socialdemócratas, se reconstruya sobre una base nueva, revolucionaria, de modo que cada paso del Partido y cada uno de sus actos contribuyan de modo natural a revolucionarizar a las masas, a preparar y educar a las amplias masas de la clase obrera en el espíritu de la revolución.

6) Es necesario que el Partido sepa conjugar en su labor la máxima fidelidad a los principios (¡no confundir eso con el sectarismo!) con la máxima ligazón y el máximo contacto con las masas (¡no confundir eso con el seguidismo!), sin lo cual al Partido le será imposible, no sólo instruir a las masas, sino también aprender de ellas, no sólo guiar a las masas y elevarlas hasta el nivel del Partido, sino también prestar oído a la voz de las masas y adivinar sus necesidades apremiantes.

7) Es necesario que el Partido sepa conjugar en su labor un espíritu revolucionario intransigente (¡no confundir eso con el aventurerismo revolucionario!) con la máxima flexibilidad y la máxima capacidad de maniobra (¡no confundir eso con el espíritu de adaptación!) sin lo cual al Partido le será imposible dominar todas las formas de lucha y de organización, ligar los intereses cotidianos del proletariado con los intereses básicos de la revolución proletaria y conjugar en su trabajo la lucha legal con la lucha clandestina.

8) Es necesario que el Partido no oculte sus errores, que no tema a la crítica, que sepa capacitar y educar a sus cuadros analizando sus propios errores.

9) Es necesario que el partido sepa seleccionar para el grupo dirigente fundamental a los mejores combatientes de vanguardia, a hombres lo bastante fieles para ser intérpretes genuinos de las aspiraciones del proletariado revolucionario y lo bastante expertos para ser los verdaderos jefes de la revolución proletaria, capaces de aplicar la táctica y la estrategia del leninismo.
(…)

Nota – Extraído de Sobre las perspectivas del P.C. de Alemania y sobre la Bolchevización. Entrevista con Herzog, miembro del P.C. de Alemania. J. Stalin. Obras. Tomo VII

miércoles, 14 de agosto de 2013

Sobre el espionaje burgués

J.V. Stalin
“Hablamos en casa del cerco capitalista, pero no nos hacemos la pregunta de lo que esto es en realidad. Esto no es una frase vacía, es una realidad bastante desagradable. El cerco capitalista es: que hay un país, la Unión Soviética, que ha establecido relaciones socialistas, y hay varios países burgueses, cuyo modo de vida sigue siendo capitalista, que cercan a la Unión Soviética esperando el momento para atacarla, para destruirla y, en todos los casos, quebrantar su potencia.

Nuestros camaradas han olvidado este hecho. Cuando es exactamente este hecho el que determina el fundamento de las relaciones entre el cerco capitalista y la Unión Soviética. Tomemos el ejemplo de los países burgueses. Hay personas necias que pueden pensar que entre estos países existen relaciones excepcionalmente buenas, como entre países del mismo tipo. Pero, realmente, estas relaciones están lejos de ser relaciones de buena vecindad. Se envían los unos a los otros espías, saboteadores, e incluso asesinos, quienes tienen por tarea introducirse en las oficinas y en las empresas, crear una red “por si acaso”, para debilitar y quebrantar su potencia. Como en el pasado, así pues hoy, las cosas van de ese modo. Tomemos los países europeos en la época de Napoleón I. Francia estaba llena de espías y de agentes de diversión del campo de los rusos, de los alemanes, de los austriacos, de los ingleses. Y a la inversa, en el interior de Austria o de Rusia, había espías del campo de los franceses. Los agentes ingleses atentaron dos veces contra la vida de Napoleón, y varias veces han ayudado e incitando a los “vendéens” en Francia a la revuelta contra el gobierno de Napoleón. ¿Y qué era el gobierno de Napoleón? Un gobierno burgués que ahogó a la Revolución Francesa, conservando sus conquistas, favorables a la gran burguesía. Por otro lado, el gobierno de Napoleón no se quedó a la zaga y emprendió operaciones de diversión en Inglaterra. Esto era hace 130 años. Hoy es igual. Así, hoy mismo, en Inglaterra y Francia, pululan espías alemanes, y a la inversa, en Alemania se resguardan espías anglo-franceses. Y en Japón abundan espías americanos. Es la ley de las relaciones entre países burgueses.

Se pregunta uno entonces ¿por qué los países burgueses deberían comportarse de forma más amigable con el Estado socialista soviético y respetar la buena vecindad con él, más que entre ellos? ¿Enviarían menos espías, saboteadores o asesinos a la Unión Soviética que a países de su especie? ¿Dónde han encontrado ustedes esta idea? ¿No es más justo, desde el punto de vista del marxismo, suponer que a la Unión Soviética enviarían dos o tres veces más espías, saboteadores y asesinos que a cualquier otro país burgués?

¿No está claro que mientras exista el cerco capitalista, existirán en nuestro país destructores, espías, asesinos y agentes de otros países?

Todo esto había sido olvidado por nuestros camaradas en el Partido, y olvidándolo se encontraron en un callejón sin salida. Stalin, a 3 de marzo de 1937”.151

Stalin escribió también que era “inadmisible subestimar la fuerza y la importancia del mecanismo que utilizan los países burgueses que nos rodean, de sus órganos de información, quienes utilizan las debilidades humanas, su vanidad, su falta de principios, para arrastrarlos a las redes del espionaje”

151* M. Lobanov, “Stalin en la memoria de sus contemporáneos y en los documentos de la época”, págs. 350-35 1. Moscú, 1995.


“Jruschov y la disgregación de la URSS”

domingo, 4 de agosto de 2013

La amistad de los pueblos en la sociedad Socialista

En muchos países el capitalismo deja en herencia a la nueva formación el atraso cultural y económico de algunos pueblos y una vieja enemistad nacional. Por eso, la tarea primordial de la clase obrera triunfante, en cuanto se refiere a las nacionalidades, es la de acabar con toda opresión o desigualdad nacional, la liberación completa y definitiva de todas las naciones y grupos étnicos. V. I. Lenin subrayaba que "de la misma manera que la humanidad sólo puede acabar con las clases a través del período de transición de dictadura de la clase oprimida, a la inevitable fusión de las naciones únicamente puede llegar a través de un período de transición, de emancipación completa de todas las naciones oprimidas, es decir, de su libertad de separarse de las otras".La emancipación de las naciones oprimidas y su equiparación en derechos con las restantes comienza inmediatamente después de la revolución socialista. La tesis principal que en cuanto al problema de las nacionalidades figura en los programas de los Partidos Comunistas es la concesión a todas las naciones del derecho a la autodeterminación, hasta llegar a la separación y a la formación de un Estado independiente. El reconocimiento de este derecho no significa, sin embargo, que se invite, y mucho menos que se empuje, a cada nación a separarse y romper los lazos políticos con la nación unida a la cual formaba antes un Estado único. Semejante interpretación del derecho a la autodeterminación haría sólo el juego al capital internacional, interesado como está en hundir su cuña entre las naciones de los países socialistas para luego entendérselas con cada una por separado. Mas no se trata solamente de esto. Los propios intereses del desarrollo de las fuerzas productivas imponen la necesidad de que las naciones socialistas estrechen sus lazos. Por eso, las tendencias separatistas pueden perjudicar sensiblemente a la causa del socialismo. Los Partidos Comunistas tienen siempre presente el peligro de dichas tendencias cuando determinan su posición ante el problema de si una nación, en el momento dado, ha de ejercer o no su derecho a la separación. Son, sin embargo, las propias naciones antes oprimidas las que han de decidir por sí mismas acerca de la conveniencia de la separación. Únicamente la emancipación completa y hasta el fin puede hacerles olvidar los viejos agravios y humillaciones y marcar un viraje absoluto en sus relaciones con la otra nación. De ahí que los comunistas den tanta importancia al principio de la libre determinación. A la vez que acaba con todos los tipos y formas de la opresión nacional, que reconoce a cada pueblo el derecho a tener su Estado, a emplear su lengua nacional y a cultivar su cultura y sus tradiciones nacionales, el régimen socialista afirma el verdadero internacionalismo, que niega y rechaza cualquiera manifestación de superioridad de una nación sobre otra.
La liberación de las naciones no significa sólo acabar simplemente con la opresión y con la desigualdad jurídica en que se encontraban. El imperialismo deja al nuevo régimen social el grave problema del atraso económico y cultural de los pueblos oprimidos. "Por eso -indicaba Lenin-, el internacionalismo de la nación opresora o «grande»... no ha de consistir solamente en observar la igualdad formal de las naciones, sino en una desigualdad por la que la nación opresora o grande compense la desigualdad a que prácticamente se ha llegado en la vida. Quien no comprende esto, no ha comprendido la posición realmente proletaria hacia el problema nacional; mantiene en esencia el punto de vista pequeñoburgués, hacia el que no puede por menos de deslizarse a cada instante."Por esta razón, los marxistas-leninistas piensan que el régimen socialista está obligado no ya a conceder a los pueblos antes oprimidos el derecho al libre desarrollo, sino también a crear las condiciones reales para que así suceda, ayudándoles a superar el atraso en que se encuentran. La economía de las repúblicas nacionales de la Unión Soviética, antes muy débil, gracias a la ayuda de las naciones socialistas avanzadas, y en primer término del pueblo ruso, crece con una media más elevada que la de la Unión en su conjunto. Así, mientras que la producción global de la industria de la U.R.S.S. en 1958 era 36 veces mayor que en 1913, en la R.S.S. de Kazajia ha crecido 44 veces, en Kirguisia 50 y en Armenia 55 veces. La política de industrialización acelerada se lleva a cabo también en las democracias populares, y ejemplo de ello es la industrialización de Eslovaquia. La distribución más regular de las fuerzas productivas, sin perder de vista las condiciones de lugar, y la intensa capacitación de especialistas contribuyen al rápido incremento de los cuadros nacionales y ayudan a superar el atraso cultural. Cualquier república soviética puede servirnos de ejemplo. Así, antes de la Revolución, en Turkmenia había solamente 58 escuelas, con una matrícula de 6.780 niños, todos ellos hijos de padres ricos, sacerdotes y funcionarios. La república dispone ahora de 1.200 escuelas en las que estudian 225.000 niños, de Universidad, de un Instituto de Medicina y otro de Agricultura y de tres Institutos de Pedagogía, así como de 32 establecimientos de enseñanza especial media. Se publican 65 periódicos y 13 revistas, la mayoría en turkmeno. Lo mismo podríamos decir de las demás naciones antes atrasadas de la U.R.S.S. y de las democracias populares.
La supresión de la opresión nacional y los éxitos económicos y culturales hacen que se conviertan en naciones muchos grupos étnicos que antes no podían alcanzar este nivel por su atraso económico, la división administrativa y otras causas. Por otra parte,ha cambiado por completo la fisonomía de las naciones formadas ya en la época burguesa. La nación burguesa, en la que la base económica es la propiedad privada capitalista y donde la burguesía tiene la preponderancia, se caracteriza por el antagonismo interno de clases. En su cultura nacional hay de hecho dos culturas en pugna: la democrática, de las masas populares, y la reaccionaria, que pertenece a los estratos explotadores de la sociedad. Una concepción típica de la nación burguesa, impuesta por las altas esferas de los explotadores, es el nacionalismo, que encuentra su base en la contradicción de intereses de la nación propia y de los pueblos restantes. El nacionalismo burgués adopta a menudo formas fanáticas de enemistad nacional y racial, que los explotadores cultivan con gran empeño. Así ocurría en la Rusia zarista. Las manifestaciones más infames del racismo eran en Alemania parte consustancial de la ideología y la política de los hitlerianos, autores de feroces persecuciones contra los judíos, los eslavos y todos los "no arios". En los Estados Unidos se halla muy extendida la discriminación racial de los negros. Fenómenos tan vergonzosos son profundamente extraños a las naciones socialistas, en las que la base de la vida económica es la propiedad social y los obreros son la clase dirigente. La nación socialista no conoce los antagonismos de clase, por lo cual es extraordinariamente homogénea. Aparece por primera vez una cultura nacional única, que expresa con la mayor plenitud el pensar y el sentir de las masas trabajadoras y las peculiaridades de su desarrollo histórico. Y como el régimen socialista determina toda la vida del pueblo, es lógico que la cultura nacional presente un contenido socialista. La cultura de todas las naciones socialistas, revestida como está de las mejores y más variadas formas nacionales, es al propio tiempo internacional, una y única por las ideas que la inspiran. Esto vigoriza las relaciones de estrecha amistad y de ayuda mutua entre los pueblos, a las que se llega en el proceso del trabajo común para edificar la sociedad nueva. La concepción típica de las naciones socialistas es el internacionalismo socialista. Ha de comprenderse que esta concepción y estas nuevas relaciones internacionalistas no se afirman por sí mismas, sino que son consecuencia de un paciente trabajo que permite superar las supervivencias del nacionalismo. Tales supervivencias son muy pertinaces, y si se interrumpe el trabajo político contra ellas, no tardan en brotar de nuevo. Por eso, los partidos marxistas-leninistas ponen tanto empeño en combatir cualquier deformación en las relaciones nacionales. La expansión de las naciones socialistas no se contradice en absoluto con la tarea de su ulterior aproximación; antes bien, la facilita.
Con el socialismo no desaparece, sino que cobra más vigor la tendencia, que apunta ya bajo el capitalismo, a romper los tabiques nacionales, a consolidar las relaciones entre una nación y otra, a aproximar las naciones en el sentido económico, político y cultural. Pero en las nuevas condiciones, ello no se realiza mediante la esclavización de unos pueblos por otros, sino por la aproximación voluntaria de naciones iguales en derechos. Esto no se refiere únicamente al desarrollo económico. Simultáneamente se opera un proceso de enriquecimiento mutuo de las culturas nacionales por el que se reducen las distancias que antes las separaban. El socialismo proporciona a los caracteres de la nación un nuevo contenido y nuevos rasgos, con lo que se hace más íntima su comunidad en la vida económica, política, ideológica y cultural.

lunes, 15 de julio de 2013

EL CARÁCTER DE CLASE DEL FASCISMO

Escrito por: Jorge Dimitrov (Informe ante el VII Congreso de la Internacional Comunista, 2 de Agosto de 1935)

El fascismo en el poder, camaradas, es la dictadura terrorista descarada de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero.

La variedad más reaccionaria del fascismo es el fascismo de tipo alemán. Tiene l
a osadía de llamarse nacionalsocialismo, a pesar de no tener nada de común con el socialismo. El fascismo alemán no es solamente un nacionalismo burgués, es un chovinismo bestial. Es el sistema de gobierno del bandidaje político, un sistema de provocaciones y torturas contra la clase obrera y los elementos revolucionarios del campesinado, de la pequeña burguesía y de los intelectuales. Es la crueldad y la barbarie medievales, la agresividad desenfrenada contra los demás pueblos y países. El fascismo alemán actúa como pelotón de choque de la contrarrevolución internacional, como incendiario principal de la guerra imperialista, como iniciador de la cruzada contra la Unión Soviética, la gran patria de los trabajadores de todo el mundo.

El fascismo no es una forma de Poder estatal que esté, como se pretende, "por encima de ambas clases, del proletariado y de la burguesía", como ha afirmado por ejemplo,Otto Bauer. V No es "la pequeña burguesía insurreccionada que se ha apoderado del aparato del Estado", como declara el socialista inglés Brailsford. No. El fascismo no es un poder situado por encima de las clases, ni el poder de la pequeña burguesía o del lumpen proletariado sobre el capital financiero. El fascismo es el poder del propio capital financiero. Es la organización del ajuste de cuentas terrorista con la clase obrera y la parte revolucionaria de los campesinos y de los intelectuales. El fascismo en política exterior es el chovinismo en su forma más brutal que cultiva un odio bestial contra los demás pueblos.

Hay que recalacar de un modo especial este carácter verdadero del fascismo porque el disfraz de la demagogia social ha dado al fascismo en una serie de países la posibilidad de arrastrar consigo a las masas de la pequeña burguesía, sacadas de quicio por la crisis e incluso a algunos sectores de las capas más atrasadas del proletariado, que jamás hubieran seguido al fascismo si hubiesen comprendido su verdadero carácter de clase, su verdadera naturaleza.

El desarrollo del fascismo y la propia dictadura fascista revisten en los distintos países formas diferentes, según las condiciones históricas, sociales y económicas, las particularidades nacionales y la posición internacional de cada país. En unos países, principalmente allí donde el fascismo no cuenta con una amplia base de masas, y donde la lucha entre los distintos grupos en el campo de la propia burguesía fascista es bastante dura, el fascismo no se decide inmediatamente a acabar con el parlamento y permite a los demás partidos burgueses, así como a la socialdemocracia, cierta legalidad. En otros países donde la burguesía dominante teme el próximo estallido de la revolución, el fascismo establece su monopolio político ilimitado, bien de golpe y porrazo, bien intensificando cada vez más el terror y el ajuste de cuentas con todos los.partidos y agrupaciones rivales, lo cual no excluye que el fascismo, en el momento en que se agudezca de un modo especial su situación, intente extender su base para combinar — sin alterar su carácter de clase — la dictadura terrorista abierta con una burda falsificación del parlamentarismo.

La subida del fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de la burguesía — la democracia burguesa — por otra, por la dictadura terrorista abierta. Pasar por alto esta diferencia sería un error grave, que impediría al proletariado revolucionario movilizar a las amplías capas de los trabajadores de la ciudad y del campo para luchar contra la amenaza de la toma del poder por los fascistas, así como aprovechar las contradicciones existentes en el campo de la propia burguesía. Sin embargo, no menos grave y peligroso es el error de no apreciar suficientemente el significado que tienen para la instauración de la dictadura fascista las medidas reaccionarias de la burguesía que se intensifican actualmente en los países de la democracia burguesa, medidas que reprimen las libertades democráticas de los trabajadores, restringen y falsean los derechos del parlamento y agravan las medidas de represión contra el movimiento revolucionario.

Camaradas, no hay que representarse la subida del fascismo al poder de una forma tan simplista y llana como si un comité cualquiera del capital financiero tomase el acuerdo de implantar en tal o cual día la dictadura fascista. En realidad, el fascismo llega generalmente al poder en lucha recíproca, a veces enconada, con los viejos partidos burgueses o con determinada parte de éstos, en lucha incluso en el seno del propio campo fascista, que muchas veces conduce a choques armados, como hemos visto en Alemania, Austria y otros países. Todo esto, sin embargo, no disminuye la significación del hecho de que antes de la instauración de la dictadura fascista los gobiernos burgueses atraviesan habitualmente por una serie de etapas preparatorias y realizan una serie de medidas reaccionarias, que facilitan directamente el acceso del fascismo al poder. Todo el que no luche en estas etapas preparatorias contra las medidas reaccionarias de la burguesía y contra el creciente fas- cismo, no está en condiciones de impedir la victoria del fascismo, sino que por el contrario la facilitará.

Los jefes de la socialdemocracia encubrieron y ocultaron ante las masas el verdadero carácter de clase del fascismo y no llamaron a la lucha contra las medidas reaccionarias cada vez más graves de la burguesía. Sobre ellos pesa una gran responsabilidad histórica, por el hecho de que en los momentos decisivos de la ofensiva fascista una parte considerable de las masas trabajadoras de Alemania y de otra serie de países fascistas no reconociesen en el fascismo a la fiera sedienta de sangre del capital financiero, a su peor enemigo y que estas masas no estuvieran preparadas para hacerle frente.

¿De dónde emana la influencia del fascismo sobre las masas? El fascismo logra atraerse las masas, porque apela en forma demagógica a sus necesidades y exigencias más candentes. El fascismo no sólo azuza los prejuicios hondamente arraigados en las masas, sino que especula también con los mejores sentimientos de éstas, con su sentimiento de la justicia, y. a veces incluso con sus tradiciones revolucionarias. ¿ Por qué los fascistas alemanes, esos lacayos de la gran burguesía y enemigos mortales del socialismo se hacen pasar ante las masas por "socialistas", y presentan su subida al poder como una "revolución"? Porque se esfuerzan en explotar la fe en la revolución, la atracción del socialismo que vive en el corazón de las amplias masas trabajadoras de Alemania.

El fascismo labora al servicio de los intereses de los imperialistas más agresivos, pero ante las masas se presenta bajo la máscara de defensor de la nación ultrajada y apela al sentimiento nacional herido, como hizo, por ejemplo, el fascismo alemán que arrastró consigo las masas pequeño-burguesas con la consigna de "¡Contra Versalles!".

El fascismo aspira a la más desenfrenada explotación de las masas, pero se acerca a ellas con una demagogia anticapitalista, muy hábil, explotando el odio profundo de los trabajadores contra la burguesía rapaz, contra los bancos, los trusts y los magnates financieros, y lanzando las consignas más seductoras para el momento dado, para las masas que no han alcanzado una madurez política: en Alemania: "el bien común está por encima del bien particular"; en Italia: "nuestro Estado no es un Estado capitalista sino un Estado corporativo"; en el Japón: "por un Japón sin explotadores"; en los Estados Unidos: "por el reparto de las riquezas".

El fascismo entrega al pueblo a la voracidad de los elementos más corrompidos y venales, pero se presenta ante él con la reivindicación de un "gobierno honrado e insobornable". Especulando con la profunda desilusión de las masas sobre los gobiernos de la democracia burguesa, el fascismo se indigna hipócritamente ante la corrupción (véase, por ejemplo, el caso Barmat y Scularek en Alemania, el caso Staviski en Francia y otros).

El fascismo capta, en interés de los sectores más reaccionarios de la burguesía, a las masas decepcionadas que abandonan los viejos partidos burgueses. Pero impresiona a estas masas por la violencia de sus ataques contra los gobiernos burgueses, por su actitud irreconciliable frente a los viejos partidos de la burguesía.

Dejando atrás a todas las demás variedades de reacción burguesa, por su cinismo y sus mentiras, el fascismo adapta su demagogia a las particularidades nacionales de cada país e incluso a las particularidades de las diferentes capas sociales dentro de un mismo país.

Y las masas de la pequeña burguesía, incluso una parte de los obreros, llevados a la desesperación por la miseria, el paro forzoso y la inseguridad de su existencia, se convierten en víctimas de la demagogia social y chovinista del fascismo.

El fascismo llega al poder como el partido del asalto contra el movimiento revolucionario del proletariado, contra las masas populares en efervescencia, pero presenta su subida al poder como un movimiento "revolucionario" dirigido contra la burguesía en nombre de "toda la nación" y para "salvar a la nación". (Recordemos la "marcha" de Mussolini sobre Roma, la "marcha" de Pilsudski sobre Varsovia, la "revolución" nacionalsocialista de Hitler en Alemania, etc.)

Pero cualquiera que sea la careta con que se disfrace el fascismo, cualquiera que sea la forma en que se presente, cualquiera que sea el camino por el que suba al Poder, el fascismo es la más feroz ofensiva del capital contra las masas trabajadoras; el fascismo es el chovinismo más desenfrenado y la guerra de rapiña; el fascismo es la reacción feroz y la contrarrevolución; el fascismo es el peor enemigo de la clase obrera y de todos los trabajadores

lunes, 8 de julio de 2013

El modo de producción como base material de la vida de la sociedad

A la vida material de la sociedad se refiere, ante todo, el trabajo de los hombres, por el que éstos producen los objetos y bienes necesarios para su subsistencia: alimentos, vestidos, viviendas, etc. El trabajo es una necesidad natural eterna, condición indispensable para que la sociedad pueda existir. Como decía Engels, antes de dedicarse a la política, la ciencia, el arte o la religión, los hombres necesitan comer, beber, tener una vivienda y vestirse. Las premisas materiales naturales del proceso de producción son el medio geográfico y la población. Sin embargo, aunque estas condiciones ejercen sensible influencia sobre la marcha del desarrollo social, lo aceleran o frenan, no son lo que constituye la base del proceso histórico. En un mismo medio natural pueden existir regímenes sociales diferentes, y la densidad de población influye de manera diversa en distintas condiciones históricas. A diferencia de los animales, que se adaptan pasivamente al medio, el hombre obra sobre él activamente, obteniendo los bienes materiales necesarios para su existencia con ayuda del trabajo, el cual presupone el empleo y fabricación de instrumentos especiales.
La sociedad no puede elegir esos instrumentos a su arbitrio. Cada nueva generación, cuando llega a la vida, se encuentra con los instrumentos de producción que crearon generaciones anteriores, y de ellos se vale, perfeccionándolos y modificándolos gradualmente. La sociedad no puede renunciar a ellos y volver a instrumentos de épocas pasadas -del tractor al arado romano, de la industria maquinizada al rudimentario taller del artesano medieval-, pues esto significaría la muerte, si no de la sociedad entera, sí de la mayoría de sus miembros, al escasear los bienes materiales necesarios para la vida de una población muy acrecida. Al mismo tiempo, el progreso de esos instrumentos se halla subordinado a un cierto orden de sucesión. La humanidad no pudo, por ejemplo, pasar directamente del hacha de piedra a la central electroatómica. Cada perfeccionamiento o invento tiene que ser consecuencia de los anteriores, ha de apoyarse en la gradual acumulación de experiencia productiva, de hábitos de trabajo y de conocimientos dentro del propio país o dentro de otro país más avanzado. Pero los instrumentos de trabajo no funcionan por sí mismos. El papel central en el proceso de producción corresponde a los hombres, a los trabajadores que crean y ponen en acción esos instrumentos gracias a sus hábitos y a la experiencia que poseen. Los instrumentos de producción, los medios de trabajo con ayuda de los cuales son creados los bienes materiales, y los hombres que llevan a cabo el proceso de producción apoyándose en la experiencia que a este respecto poseen, forman las fuerzas productivas de la sociedad. La producción no es obra del hombre aislado, a semejanza de Robinson en su isla deshabitada. Tiene siempre un carácter social. En el proceso de producción de bienes materiales, los hombres, quiéranlo o no, se relacionan de un modo o de otro, y el trabajo de cada productor se convierte en una partícula del trabajo social. Incluso en las primeras fases de la historia, los hombres hubieron de unirse para subsistir, para, con ayuda de los instrumentos más toscos, lograr lo medios de existencia en lucha con las fieras, los elementos, etc. A medida que la división social del trabajo se desarrolla, esta dependencia recíproca de los hombres no hace sino crecer. Así, al aparecer las industrias, el campesino depende del artesano, los artesanos dependen unos de otros y de los campesinos, etc. Los productores se hallan relacionados, pues, entre sí por numerosos vínculos.
Tales vínculos no se refieren únicamente a la relación entre productores de diferentes ramas de producción. En un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas, según veremos más abajo, la propiedad sobre todos los medios de producción, o sobre los fundamentales, se ve separada de los productores directos y se concentra en manos de un reducido número de miembros de la sociedad. Entonces los productores y los instrumentos de trabajo no pueden unirse y el proceso de producción no tiene lugar si los dueños de los medios de producción y los productores no establecen entre sí determinadas relaciones. Esas relaciones que los hombres establecen en el curso de la producción son relaciones de clases, o lo que es lo mismo, de grandes grupos humanos de los cuales unos poseen los medios de producción y se apropian del producto del trabajo de los otros, que carecen total o parcialmente de medios de producción y se ven obligados a trabajar para los primeros. Por ejemplo, en la sociedad burguesa la clase capitalista no trabaja, pero, como es propietaria de fábricas y ferrocarriles, etc., puede apropiarse de los frutos del trabajo de los obreros. Y éstos, quiéranlo o no, sólo pueden ganar el sustento vendiendo su trabajo a los capitalistas, puesto que carecen de medios de producción. Las relaciones que los hombres establecen en el curso de la producción de bienes materiales fueron denominadas por Marx y Engels relaciones de producción. Se les da también el nombre de relaciones económicas o de propiedad, puesto que su carácter depende de quién es el propietario de los medios de producción. Las relaciones de producción tienen lugar fuera de la conciencia de los hombres, y en este sentido son de índole material. El carácter de ellas viene determinado por el nivel de desarrollo y el carácter de las fuerzas productivas. Las relaciones económicas propias de la esclavitud, por ejemplo, habrían sido imposibles en la sociedad primitiva. Primero, porque los instrumentos de trabajo eran tan rudimentarios (mazas, hachas de piedra) que cualquiera podía hacerlos, por lo que la propiedad privada sobre ellos era imposible. Y segundo, porque nadie habría podido explotar a otros trabajadores, puesto que la productividad era tal que apenas si bastaba para satisfacer sus propias necesidades y el sostenimiento de clases parasitarias era materialmente imposible. Este ejemplo nos dice ya que las relaciones que los hombres establecen en el proceso de producción y las fuerzas productivas no se muestran aisladas unas de otras, sino que se mantienen en determinada unidad. El materialismo histórico expresa esa unidad de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción mediante el concepto de modo de producción. Cómo se desarrolla la producción. Por cuanto el modo de producción es la base material de la vida de la sociedad, la historia de esta última es, ante todo, la historia del desarrollo de la producción, la historia de los modos de producción que se van sucediendo conforme las fuerzas productivas se incrementan.
¿Cómo se produce este desarrollo? ¿Qué es lo que lo impulsa?
Los hechos señalan que las fuentes del desarrollo de la producción hay que buscarlas dentro de ella misma, y no fuera. Así lo subraya Marx cuando define la historia como un "estado social" de los hombres "en proceso de autodesarrollo". En el proceso del trabajo los hombres obran sobre la naturaleza y la modifican. Pero al propio tiempo cambian ellos mismos: acumulan experiencia de producción, hábitos de trabajo y conocimientos acerca del mundo que les rodea. Todo esto les permite modernizar los instrumentos de trabajo y modos de empleo de los mismos, inventar otros nuevos y perfeccionar de una manera u otra el proceso de producción. Y cada uno de esos perfeccionamientos o inventos trae consigo nuevos avances, y en ocasiones dan lugar a una verdadera revolución en la técnica y en la productividad del trabajo. Ahora bien, según se indicaba antes, la producción presupone obligatoriamente unas u otras relaciones entre el hombre y la naturaleza y también entre aquellos que participan en el proceso productivo. Estas relaciones, a su vez, influyen sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, son un estímulo en la actividad de los productores directos y de las clases poseedoras de los instrumentos de trabajo. De las relaciones de producción dependen las leyes económicas de cada modo de producción, las condiciones de vida y de trabajo de quienes están ocupados en este proceso y otros factores que influyen sobre el desarrollo de las fuerzas productivas. Interacción de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. La unidad de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, expresada en el modo de producción, no excluye en modo alguno las contradicciones entre ellas. Estas contradicciones obedecen al desigual desarrollo que siguen ambos elementos del modo de producción: las relaciones económicas y las fuerzas productivas. La técnica, los hábitos de producción y la experiencia de trabajo, en su conjunto -lo mismo si se trata de toda su historia que de un modo concreto de producción- siguen más o menos un creo cimiento constante. Son el elemento más revolucionario y mutable de la producción.
En cuanto a las relaciones de producción, si bien sufren algunos cambios durante el período de existencia de un modo de producción concreto, no se ven afectadas en su esencia. El capitalismo monopolista de Estado, por ejemplo, tal como existe en nuestros días, presenta sensibles diferencias si lo comparamos con el capitalismo del siglo XIX. No obstante, la base de las relaciones capitalistas de producción -la propiedad privada sobre los instrumentos y medios de producción- sigue siendo la misma, o sea que las leyes fundamentales del capitalismo se mantienen en vigor. Los cambios radicales de las relaciones económicas presentan obligatoriamente el carácter de salto, de solución de la continuidad, que significa la supresión de las relaciones de producción viejas y su sustitución por otras nuevas, es decir, la aparición de un nuevo modo de producción. De aquí se deduce claramente por qué la concordancia entre las relaciones económicas y el carácter de las fuerzas productivas sólo puede ser transitoria y provisional en la historia de cada modo de producción hasta que se llega a la época socialista. De ordinario, esa concordancia existe en la fase inicial de desarrollo del modo de producción, cuando se afirman las nuevas relaciones de producción que corresponden a la fase alcanzada en el desarrollo de las fuerzas productivas. Mas después de esto, de ordinario se acelera el progreso de la técnica, la acumulación de experiencia de trabajo y conocimientos. Y esa aceleración confirma la beneficiosa influencia de las relaciones de producción sobre el avance de las fuerzas productivas. Cuando las relaciones económicas guardan concordancia con estas últimas, el desarrollo marcha por un camino relativamente liso y llano. Pero las relaciones económicas no pueden seguir al paso de las fuerzas de producción. En la sociedad de clases, una vez surgidas, dichas relaciones toman cuerpo jurídica y políticamente en las formas de propiedad, en las leyes, en la política de las clases, en el Estado, etc. A medida que las fuerzas productivas crecen, entre ellas y las relaciones de producción se ahonda inevitablemente la discrepancia hasta transformarse por último en conflicto, pues las relaciones de producción, ya caducas, se convierten en un estorbo para que las fuerzas productivas sigan adelante.
Así vemos lo que ocurre con las relaciones económicas de la sociedad feudal; basadas en la propiedad del señor sobre la tierra con los campesinos a ella adscritos, hubo un tiempo que correspondían a las fuerzas productivas con que contaba la sociedad, y por eso ayudaban a su desarrollo. Pero la situación cambia cuando la industria (manufacturera, y luego con empleo de máquinas) comienza su rápido avance: la servidumbre se convierte en un freno que dificultaba el progreso de la industria; ésta necesitaba de trabajadores personalmente libres y desprovistos de medios de producción propios, a los que el hambre empujase a las fábricas para colocarse bajo el yugo del capitalista. Un claro ejemplo de discordancia entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas nos lo ofrece el capitalismo moderno. No otra cosa significan las catastróficas crisis, las guerras, la disminución del ritmo de desarrollo económico, etc. El conflicto entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas agudiza las contradicciones en las distintas esferas de la vida social, y ante todo entre las clases, de las que unas se mantienen vinculadas por sus intereses a lo viejo y otras ven su porvenir en las nuevas relaciones económicas que comienzan a madurar. La sociedad no puede volver atrás, no puede regresar a fuerzas productivas que correspondiesen a unas relaciones de producción ya caducas; y no puede aunque las clases que se encuentran en el poder comprendiesen que solamente ahí estaba su salvación. Tarde o temprano, el conflicto es resuelto por otro camino, el único posible: la supresión revolucionaria de las viejas relaciones de producción, que son sustituidas por otras en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas y con las necesidades de su ulterior desarrollo. Da comienzo un nuevo ciclo que atraviesa las mismas etapas y, si se trata de una sociedad de clases antagónicas, de nuevo culmina con la desaparición del viejo modo de producción y con la aparición de otro nuevo,el Socialismo.

martes, 21 de mayo de 2013

La dialéctica como método de conocimiento y transformación del mundo


La dialéctica materialista revela las leyes más generales de desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano, proporcionando a los hombres un método científico de conocimiento, y también apoyándose en ese conocimiento, de transformación práctica del mundo real. Valor de la dialéctica para la ciencia y la práctica.
Las leyes de la dialéctica, en virtud de su carácter universal, tienen valor en cuanto a las cuestiones de método, son indicaciones valederas para la investigación, jalones que orientan en el camino del
conocimiento. En efecto, si en el mundo transcurre todo según las leyes de la dialéctica, para comprender cualquier fenómeno hay que enfocarlo desde ese ángulo de mira. Sabiendo cómo se produce el desarrollo, podemos conocer cómo es preciso estudiar la realidad, siempre sujeta a cambio, y cómo hay que obrar para modificarla. Tal es el formidable valor de la dialéctica para la ciencia y para la transformación práctica del mundo. La dialéctica materialista, ciertamente, no puede suplantar a las distintas ciencias y resolver por ellas los problemas que les son propios y específicos. No obstante, cualquier teoría científica es un reflejo del mundo objetivo, es al mismo tiempo síntesis y generalización de los datos que proporciona la experiencia, presupone el empleo de conceptos generales; y el arte de operar con ellos es lo que la dialéctica enseña. Es verdad que incluso el investigador que no conoce la dialéctica puede, siguiendo la lógica de los datos que estudia, llegar a conclusiones acertadas. Pero la aplicación consciente del método dialéctico le presta una ayuda inestimable y facilita su trabajo. Las proposiciones y leyes de la dialéctica materialista no derivan de los datos de una u otra ciencia tomada separadamente, sino que constituyen la generalización de la historia entera del conocimiento del mundo. El conocimiento de la dialéctica permite al investigador, cuando resuelve problemas específicos de la ciencia concreta que le ocupa, mantenerse a la altura debida en cuanto al método científico y a la visión del mundo, con lo que su estudio no queda divorciado de la experiencia general de todas las ciencias y de toda la práctica social. La dialéctica agudiza nuestra visión cuando tratamos de estudiar los hechos y las leyes de la realidad. Proporciona a la mente del hombre de ciencia, del político, del técnico, del maestro o del artista perspicacia y la agilidad y capacidad suficientes para captar los nuevos fenómenos, que les son tan necesarias como el aire que respiran. Emancipa también la mente de toda clase de dogmas, prejuicios, opiniones preconcebidas y supuestas "verdades eternas", que atan el pensamiento y frenan la marcha del progreso científico. La dialéctica enseña a prestar atención a la vida, a no estancarse en el pasado, a ver lo nuevo y a ir siempre adelante. La dialéctica materialista significa el espíritu mismo de la investigación científica, el no conformarse nunca con los conocimientos adquiridos, la eterna inquietud, la aspiración siempre viva de alcanzar la verdad, de penetrar cada vez más profundamente en el conocimiento de las cosas.
La dialéctica excluye todo subjetivismo, estrechez y visión unilateral, proporciona una amplia noción del mundo y acostumbra a abarcar en todos los sentidos el fenómeno que se estudia. Obliga a examinar las cosas objetivamente, en todos sus aspectos, en su movimiento y desarrollo y en relación con las transformaciones recíprocas. Enseña a ver no sólo lo externo, sino también lo interno, a tomar por igual en consideración el contenido y la forma del fenómeno, a no limitarse a describir lo que sale a la superficie y penetrar cada vez más en la esencia, aunque sin olvidar que lo externo es también esencial y no hay que despreciarlo. La dialéctica atrae la atención hacia las tendencias contrarias que se descubren en cada fenómeno en desarrollo; en lo mutable, diferencia lo estable, pero en lo que parece inmutable advierte el germen de futuros cambios.
La dialéctica, escribió Lenin, es "el conocimiento vivo y multilateral (con un eterno incremento del número de aspectos), con una infinidad de matices en cuanto a la visión, a la aproximación a la realidad..." El estudio de la dialéctica y su aplicación es un poderoso instrumento educativo. La dialéctica proporciona un modo específico de pensar y un peculiar estilo de trabajo que se oponen al subjetivismo, al estancamiento, al dogmatismo, y que se hacen eco a lo nuevo, a lo que crece y a lo avanzado. La dialéctica es la verdadera alma del marxismo. El estudio de la dialéctica materialista presta inapreciable ayuda no sólo al hombre de ciencia o al político, sino a cualquiera que desee calar hondo en los acontecimientos que se producen a su alrededor y participar conscientemente en la vida social. Hoy día, los hombres de ciencia avanzados -bajo la presión del propio desarrollo de la ciencia y de la vida social- comienzan a desprenderse cada vez más de sus prejuicios con relación a la dialéctica y a comprender el incalculable valor que ésta tiene para la ciencia y la vida. Aplicación creadora de la dialéctica. La aplicación acertada de la dialéctica en la ciencia y en el quehacer práctico está muy lejos de ser una empresa fácil. La dialéctica no es un cuestionario que proporcione respuestas escritas a todas las preguntas que puedan formular la ciencia y la práctica, sino una guía para la acción, algo vivo, flexible a la vida y a su espíritu. Las leyes y tesis de la dialéctica no pueden ser concebidas como esquemas a los que arbitrariamente sea posible "ajustar" los hechos de la realidad. Esta es una visión equivocada, escolástica y dogmática.
Las leyes de la dialéctica son universales, valen para el desarrollo de todas las cosas y fenómenos. Mas al propio tiempo hay que tener presente que actúan de diversa manera en las distintas esferas del mundo material, en procesos cualitativamente distintos. En el mundo orgánico obran en forma diferente a como lo hacen en la naturaleza muerta; en el desarrollo de la sociedad no tienen el mismo carácter que en la evolución de las especies; en la vida de la sociedad socialista se manifiestan de otro modo que dentro de la sociedad capitalista. Para la aplicación de la dialéctica en el proceso del conocimiento y en la actividad práctica no basta con asimilar sus proposiciones, sino que es necesario un profundo estudio de los hechos concretos y circunstancias de cada problema. Sólo el análisis más atento y detallado de cada situación concreta nos puede revelar cómo y de qué manera se manifiestan las leyes dialécticas en la esfera y el caso que nos ocupa, cómo hemos de valorar la situación y qué camino hemos de seguir para alcanzar el éxito. De ahí que la aplicación de la dialéctica sea siempre una tarea de creación. En este sentido nos ayudan los excelentes ejemplos de aplicación del método de la dialéctica materialista que encontramos en las obras de los creadores del marxismo-leninismo -de Marx, Engels y Lenin- y en las resoluciones y actuación del Partido Comunista de la Unión Soviética y demás Partidos Comunistas y Obreros. El Partido Comunista de la Unión Soviética y otros partidos marxistas han conseguido grandes victorias. Una de las razones principales de que así fuera reside en que los partidos marxistas tienen en cuenta para su política y su labor práctica el método de la dialéctica materialista, que ellos desarrollan con un espíritu creador. El desviarse del materialismo dialéctico, el olvido de sus leyes y tesis, han conducido y conducen, en fin de cuentas, a fracasos tanto en el análisis teórico como en la actividad práctica. En la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros de los países socialistas, celebrada en Moscú del 14 al 16 de noviembre de 1957, se dice con toda razón:
"Si un partido político marxista no examina los problemas partiendo de la dialéctica y del materialismo, eso conducirá a criterios unilaterales y al subjetivismo, a la petrificación de las ideas, al divorcio de la práctica y a la incapacidad para proporcionar el correspondiente análisis de las cosas y fenómenos, a errores revisionistas o dogmáticos y a equivocaciones en política."
La dialéctica, además de ser un método en el estudio de la realidad, orienta para la transformación revolucionaria de esa realidad. Siempre subraya el valor de una actitud eficaz y activa frente al mundo que nos rodea. En la práctica -en el trabajo, en la lucha de clases y en la construcción del comunismo- es donde son sometidas a prueba las tesis y leyes de la dialéctica materialista. La práctica proporciona el material más valioso para los nuevos avances de la dialéctica; permite concretar sus proposiciones y alcanzar un conocimiento más amplio y profundo de sus leyes. Por ello, la aplicación creadora de la dialéctica marxista consiste, lo primero de todo, en utilizarla como instrumento de labor práctica, como medio para la transformación de la vida.

jueves, 16 de mayo de 2013

La dialéctica materialista


La dialéctica materialista marxista es la doctrina más profunda, multifacética y valiosa por su contenido que jamás se haya enunciado acerca del movimiento y el desarrollo. Es la cúspide de toda la secular historia del conocimiento del mundo y en ella se resume un material inmenso relativo a la práctica social. La dialéctica materialista y el materialismo filosófico mantienen vínculos indisolubles y se penetran mutuamente como dos caras de un todo único que es la doctrina filosófica del marxismo. La diferencia está en que cuando hablamos del materialismo filosófico marxista nos referimos a la relación entre materia y conciencia, a la comprensión de la materia, a la doctrina de la unidad material del mundo, al análisis de las formas de existencia de la materia, etc.; y cuando hablamos de la dialéctica materialista sacamos en primer lugar la concatenación universal y las leyes del movimiento y desarrollo del mundo objetivo y de la manera como estas leyes se reflejan en la conciencia del hombre. Los filósofos de la antigua Grecia llamaban "arte de la dialéctica" (dialektiké téchné) al arte de determinar la verdad mediante la controversia en la que se exponen las opiniones contradictorias de los interlocutores. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX los filósofos idealistas alemanes. Hegel en primer término, entendían por dialéctica el desarrollo de la idea a través de las contradicciones reveladas en la propia idea. Hegel describió detalladamente las formas principales del pensar dialéctico. Pero su dialéctica partía de un criterio equivocado, idealista, según el cual el desarrollo dialéctico era propio y exclusivo del pensar, del espíritu, de la idea, pero no de la naturaleza. Según la expresión de Marx, la dialéctica de Hegel "se hallaba cabeza abajo". Para su acertada interpretación había que darle la vuelta y ponerla de pie. Esto es lo que hicieron Marx y Engels, creando así la dialéctica materialista y proporcionando un sentido nuevo al propio término de "dialéctica".
Los fundadores del marxismo, que partían de la unidad material del mundo, comprendían por dialéctica la doctrina de la concatenación universal, de las leyes más generales que presiden el desarrollo del mundo entero. Y así la "dialéctica", que en Hegel era una doctrina idealista acerca del movimiento de la idea, conviértase en la doctrina materialista que trata de las leyes generales de desarrollo del ser. La dialéctica del desarrollo de nuestros conceptos (dialéctica subjetiva) resultaba, pues, un reflejo, en el pensamiento científico, de la dialéctica de desarrollo del propio ser (dialéctica objetiva). Cada una de las ciencias estudia las formas del movimiento y las leyes de una región específica de la realidad. La dialéctica es una ciencia distinta: estudia las leyes más generales de todo movimiento, cambio y desarrollo. Las leyes de la dialéctica son universales porque actúan en la naturaleza y en la sociedad, y el propio pensamiento está subordinado a ellas. Marx y Engels consideraban la dialéctica no sólo como teoría científica, sino también como método de conocimiento y como guía para la acción. Las leyes generales del desarrollo nos permiten llegar a una interpretación justa del pasado, a comprender acertadamente los procesos que se están sucediendo y a prever el futuro. Por eso es un modo de enfocar la investigación y la acción práctica derivada de los resultados así obtenidos. A todo lo largo de su historia, y también en nuestros días, la dialéctica ha tenido enfrente a la metafísica como modo contrario de pensar y como concepción opuesta del mundo. La noción que los marxistas tienen de la palabra "metafísica" no es la misma que existía antes de Marx o que le atribuyen los filósofos burgueses de nuestro tiempo. Antes de Marx, esta voz griega, o mejor dicho, esta expresión (ta metá ta fisiká: "lo que va después de la física", la ciencia de la naturaleza), significaba una parte especial de la filosofía. La parte en que los filósofos trataban y tratan aún, por vía puramente especulativa, de alcanzar una supuesta esencia inalterable y eterna de las cosas. En su crítica de los sistemas no científicos y artificiosos de la metafísica, Marx y Engels no entienden ésta como una parte de la filosofía ni como conocimiento especulativo, sino como método de investigación y de pensamiento empleado por los creadores de estos sistemas y que se opone al método dialéctico. Actualmente, en la filosofía marxista el término "metafísica" se emplea casi exclusivamente en ese sentido.
El vicio fundamental de la metafísica es su visión unilateral, limitada y rígida del mundo; es la tendencia a exagerar y a convertir en absolutos algunos aspectos de los fenómenos, mientras que se rechazan otros aspectos no menos importantes. Así, por ejemplo, el metafísico ve la estabilidad relativa, la determinación de las cosas, pero no advierte su cambio y desarrollo. Se fija en lo que distingue al fenómeno del conjunto de otros fenómenos, pero no está en condiciones de apreciar sus variadas relaciones y sus profundos nexos con otros objetos y fenómenos. Únicamente admite respuestas definitivas para todas las cuestiones que afectan a la ciencia, sin comprender que la propia realidad se desarrolla y que cualquier proposición científica es sólo valedera dentro de determinados límites. El método metafísico es más o menos aceptable en la vida corriente y en los escalones inferiores de desarrollo de la ciencia, pero fracasa sin remedio cuando con su ayuda se quiere buscar explicación a los procesos complejos de desarrollo. Las ciencias naturales y la vida político-social ponen a cada paso de manifiesto la insuficiencia de la metafísica y la necesidad de sustituirla por la dialéctica. No obstante, la metafísica no ha sido aún desplazada por completo ni de la filosofía ni de las ciencias especiales. ¿Cómo explicar semejante vitalidad de la metafísica? Hubo un tiempo en que el pensamiento científico era fundamentalmente metafísico, y no dialéctico. El modo metafísico de pensar, como método de la ciencia, cobra forma y se extiende en los siglos XVII y XVIII, en el período en que la ciencia de la Edad Moderna adquiere definitivamente sus perfiles. Entonces, de lo que se trataba era de reunir informes de la naturaleza, de describir las cosas y los fenómenos, de dividir las cosas y los fenómenos en clases determinadas. Mas para describir una cosa había de sustraerla del conjunto y examinarla separadamente. Así surgió la costumbre de examinar los objetos y fenómenos desvinculados de su concatenación universal. Y esto impedía ver el desarrollo de las cosas, no dejaba apreciar cómo unas cosas proceden de otras distintas. Así arraigó el método metafísico de pensar, que toma los objetos aisladamente, al margen de su desarrollo. La metafísica imperó largo tiempo en la conciencia de los hombres y se hizo tradición del pensamiento científico. Actualmente no hay nada que justifique el empleo del método metafísico. La metafísica es un método caduco, una concepción decrépita que repercute muy desfavorablemente sobre el conocimiento científico y sobre la vida político-social, puesto que conduce a graves equivocaciones y errores de cálculo. La segunda causa de la vitalidad de la metafísica es la hostilidad que los ideólogos de la burguesía mantienen desde hace tiempo hacia la dialéctica materialista.
"En su forma racional -escribe Marx- la dialéctica sólo infunde a la burguesía y a sus ideólogos doctrinarios rabia y espanto, ya que en la comprensión positiva de lo existente incluye la idea de su negación, la necesidad de su muerte; cada forma ya realizada la examina en su movimiento y, por consiguiente, también en su aspecto perecedero. La dialéctica no se inclina ante nada y por su propia esencia es crítica y revolucionaria."
No hemos de asombrarnos de que, bajo la presión política e ideológica de las fuerzas reaccionarias, muchos hombres de ciencia y filósofos de los países capitalistas teman a la dialéctica, no la conozcan ni la estudien, la miren con prevención y... vayan a remolque de la metafísica. La dialéctica materialista marxista proporciona un arma segura en la lucha contra la metafísica y para el estudio científico de todos los fenómenos del mundo en desarrollo.

lunes, 6 de mayo de 2013

El materialismo filosófico


La base inconmovible de todo el edificio del marxismo-leninismo es su doctrina filosófica: el materialismo dialéctico e histórico. Esta doctrina toma el mundo tal como existe en la realidad, lo examina en consonancia con los datos de la ciencia avanzada y de la práctica social. El materialismo filosófico marxista es el producto legítimo del secular desarrollo del conocimiento científico.

Progreso de la ciencia materialista avanzada en lucha contra la reacción y la ignorancia.
La ciencia es en su historia la palestra de una lucha constante de los investigadores y filósofos avanzados contra la ignorancia y la superstición, contra la reacción en política y en el campo de las ideas. En las sociedades de clases, basadas en la explotación, siempre hubo, como las hay ahora, fuerzas a quienes perjudica la difusión de las concepciones científicas avanzadas. Esas fuerzas son las clases reaccionarias de la sociedad. Unas veces, los reaccionarios se pusieron abiertamente contra la ciencia y persiguieron a los sabios y filósofos progresistas, sin que se detuvieran ni ante la hoguera o la prisión; otras, se esforzaron por deformar los descubrimientos científicos, despojándolos de su contenido materialista progresivo. Los aristócratas reaccionarios destruían en la antigua Grecia las obras del eminente materialista Demócrito, fundador de la doctrina de la estructura atómica de la materia, que negaba la intervención de los dioses en la vida de la naturaleza y en los asuntos de los hombres. El filósofo materialista Anaxágoras fue expulsado de Atenas bajo la acusación de impiedad. Epicuro, filósofo materialista continuador de Demócrito, exaltado en la Antigüedad como héroe que quitó a los hombres el miedo a los dioses y glorificó la ciencia, durante dos mil años sufrió el anatema de los "padres" de la Iglesia, que lo presentaban como a un hombre que sembraba el libertinaje y era enemigo de la moral.
El año 391, monjes cristianos entregaron a las llamas la famosa biblioteca de Alejandría, en la que se guardaba cerca de 700.000 obras de escritores y sabios antiguos. El papa Gregario I (590-604), enemigo acérrimo de la cultura laica y de la ciencia, mandó destruir un gran número de valiosas producciones de autores grecorromanos, y sobre todo las obras de los filósofos materialistas. La Inquisición, creada por los papas para combatir a todos los enemigos de la Iglesia católica, persiguió con verdadera saña a los pensadores avanzados. En 1600 quemó en la hoguera a Giordano Bruno, eminente filósofo y sabio que defendía la doctrina de Copérnico. En 1619, en Toulouse (Francia), por sentencia de la Inquisición, los verdugos arrancaron la lengua a Lucilio Vanini y luego lo quemaron en la hoguera. El gran sabio italiano Galileo, defensor de la teoría de Copérnico, sufrió persecuciones de la Inquisición, la cual le obligó a abjurar públicamente de sus creencias. Voltaire, el famoso filósofo francés del siglo XVIII, estuvo recluido en la Bastilla, y la misma suerte corrió Diderot, filósofo materialista de aquel tiempo. Sería erróneo pensar que la lucha de la reacción contra la ciencia es cosa de la Edad Antigua y Media. No ha cesado en la época del capitalismo. Los capitalistas muestran interés por el avance de las ciencias positivas -física, química, matemáticas, etc.- por cuanto ese avance se halla en relación directa con los éxitos de la técnica. Mas no desean en absoluto la propagación de la filosofía materialista, de una concepción científica del mundo que permita adquirir una noción exacta de cuanto ocurre alrededor, saber cómo reaccionar y qué actitud adoptar ante cada acontecimiento. De ahí que los ideólogos de la burguesía traten de evitar las conclusiones materialistas y ateas que se derivan de los descubrimientos científicos, recelosos de que eso pueda significar un peligro para su dominación. La burguesía reaccionaria odia especialmente la doctrina del marxismo-leninismo y su filosofía, el materialismo dialéctico e histórico. Multitud de profesores burgueses se entregan a la labor de "refutar" el marxismo.
La moderna burguesía reaccionaria no quema en la hoguera a los investigadores y filósofos avanzados,sino que recurre a otros procedimientos para influir sobre ellos: los aparta de las universidades e institutos científicos, les quita de hecho la posibilidad de publicar sus trabajos, los desacredita moral y políticamente, etc. Estos últimos años toda clase de recursos han sido puestos en juego en los Estados Unidos y otros países para combatir las "ideas peligrosas". Con estas medidas y con la propaganda de su ideología reaccionaria la clase dominante presiona sobre la conciencia de los hombres, les imbuye aquellas ideas que considera convenientes y se opone a la propagación de las concepciones materialistas avanzadas. Sin embargo, por espinoso que sea el camino de la ciencia y de la filosofía materialista, por grandes que sean los sacrificios que se les exijan en una sociedad basada en la explotación, en última instancia superan todos los obstáculos y siguen con empeño su avance. La ciencia materialista y la filosofía avanzada son fuertes porque dan a conocer a los hombres las leyes de la naturaleza y de la sociedad, porque les enseñan a valerse de estas leyes en beneficio de la humanidad, los sacan de las tinieblas de la ignorancia y los elevan a la luz del verdadero conocimiento.

jueves, 2 de mayo de 2013

Materialismo e idealismo


La filosofía considera los problemas más generales de la concepción del mundo. La filosofía materialista parte de la afirmación de que la naturaleza existe: existen las estrellas, el Sol, la Tierra, con sus montañas y llanuras, con sus mares y bosques, con los animales, con el hombre dotado de conciencia, de la capacidad de pensar. No hay ni puede haber fenómenos o fuerzas sobrenaturales. Dentro de la gran variedad que la naturaleza brinda, el hombre no es sino una partícula, y la conciencia es una propiedad o capacidad del hombre. La naturaleza existe objetivamente, esto es, fuera de la conciencia del hombre y con independencia de ella. Hay, sin embargo, filósofos que niegan la existencia de la naturaleza como algo independiente de la conciencia. Según ellos afirman, lo primero que existe es la conciencia, el pensar, el espíritu o idea, y todo el mundo físico es derivado y depende del principio espiritual. El problema de la relación entre la conciencia humana y el ser material es el punto básico de toda filosofía, sin excluir la de nuestros tiempos. ¿Qué es lo primero, la naturaleza o el pensar? Los filósofos se dividen en dos grandes campos, según sea la respuesta que den.
Quienes consideran que lo primero es el principio material, la naturaleza, y que el pensar, el espíritu, es una propiedad de la materia, se sitúan en el campo del materialismo. Quienes afirman que el pensar, el espíritu o la idea existieron antes que la naturaleza, que ésta, de una manera o de otra, es creada por el principio espiritual, militan en el campo del idealismo. Esto y nada más es lo que en filosofía quieren decir "idealismo" y "materialismo". Desde tiempos antiguos no cesa la reñida pugna entre los adeptos del materialismo y del idealismo. Toda la historia de la filosofía es una constante lucha entre dos campos, entre dos partidos: el materialismo y el idealismo. El materialismo elemental. Los hombres, en su actividad práctica, no ponen en duda que los objetos que les rodean y los fenómenos de la naturaleza existen con independencia de ellos y de su conciencia. Eso significa que, de un modo elemental, se mantienen en las posiciones del materialismo.
El materialismo elemental "de todo hombre sano que no está en un manicomio o que en la ciencia no comulga con los filósofos idealistas -escribe Lenin- consiste en que las cosas, el medio, el mundo existen independientemente de nuestra sensación, de nuestra conciencia, de nuestro yo y del hombre en general". Es imposible vivir de ideas, de conceptos, y alimentarse de las sensaciones propias, de los productos de la propia imaginación. En la práctica esto lo saben perfectamente todos, y también los filósofos dedicados a componer doctrinas idealistas que deducen la existencia de las cosas materiales de las sensaciones, conceptos e ideas. En repetidas ocasiones han debido manifestar que viven a pesar de su filosofía y que si, en efecto, en el mundo no existiesen cosas materiales, la gente se moriría de hambre. El materialismo elemental, no consciente, es profesado por la inmensa mayoría de los naturalistas. Estos no penetran de ordinario en los problemas filosóficos, sino que se dejan llevar por la lógica del material científico que ellos manejan. A cada paso, la naturaleza les muestra el carácter material de los fenómenos que investigan. Da lo mismo que su estudio se refiera a los cuerpos celestes que a las moléculas y átomos, a los fenómenos de la electricidad y el magnetismo que al mundo de las plantas y los animales: siempre tienen ante sí procesos objetivos, cuerpos materiales y sus propiedades, leyes de la naturaleza que son independientes de la conciencia del hombre. Dentro de la sociedad burguesa, con todas las condiciones que en ella imperan, sólo los científicos más intrépidos y consecuentes se declaran partidarios del materialismo filosófico. La mayoría de ellos se encuentran bajo una presión tan intensa de la ideología oficial, de la doctrina de la Iglesia y de la filosofía idealista, de todo el ambiente de la sociedad burguesa, que no se deciden a manifestar su materialismo, vacilan y a menudo se dicen idealistas, aunque, por el carácter mismo de sus investigaciones, profesan en el fondo ideas materialistas.
Así, por ejemplo, Thomas Huxley, naturalista inglés del siglo XIX, no admitía el materialismo. Mas en sus investigaciones sobre zoología, anatomía comparada, antropología y teoría de la evolución defendía concepciones materialistas, y afirmaba que el idealismo filosófico no trae consigo nada más que confusión y oscuridad. Engels calificaba a tales investigadores como "materialistas vergonzantes"; según Lenin, los alegatos antimaterialistas de Huxley no eran sino la hoja de parra que encubría su materialismo científico elemental. Los investigadores contemporáneos llegan a menudo a conclusiones idealistas cuando tratan de concebir el sentido filosófico de sus descubrimientos. Pero mientras permanecen en un terreno estrictamente científico, mientras no se salen de sus laboratorios, de las fábricas, de los campos experimentales, mientras no se entregan a reflexiones filosóficas y se circunscriben al estudio de la naturaleza, obran, aun sin tener conciencia de ello, como verdaderos materialistas. Alberto Einstein, uno de los físicos más grandes de nuestra época, se hallaba bajo la influencia de la filosofía idealista cuando exponía en alguno de sus trabajos consideraciones de tipo general, sin que ello fuese obstáculo para que la teoría de la relatividad, por él enunciada, sea de un carácter materialista. Max Planck, otro físico famoso, autor de la teoría de los cuantos, tampoco confesaba su materialismo. No obstante, en sus trabajos sobre física y en sus escritos sobre cuestiones filosóficas defendía la idea de una "visión sana del mundo", que admitiese la existencia de la naturaleza como algo independiente de la conciencia del hombre. Max Planck combatió el idealismo filosófico y de hecho era materialista. Ahora bien, la influencia del idealismo repercute a veces negativamente en la interpretación que los investigadores dan al propio material científico. Esto nos dice que el materialismo elemental no es una protección eficaz contra la penetración del idealismo. Sólo la filosofía del materialismo dialéctico, conscientemente adoptada, previene a los hombres de ciencia contra los errores idealistas. El materialismo como filosofía avanzada. El materialismo filosófico se diferencia del materialismo elemental o espontáneo en que se atiene a un criterio científico en la argumentación y exposición de las proposiciones materialistas, que aplica consecuentemente utilizando los datos de la ciencia avanzada y de la práctica social. La filosofía materialista es un arma segura, que defiende al hombre de la funesta influencia de la reacción espiritual. Le sirve de guía en la vida y le muestra el camino acertado para aclarar cuantos problemas le inquieten acerca de la visión del mundo.
Durante milenios enteros la Iglesia ha imbuido al hombre el desprecio hacia la vida terrena y el temor a Dios. Ha enseñado, principalmente a las masas oprimidas de la humanidad, que su destino es trabajar y orar, que la felicidad no se puede conseguir en este "valle de lágrimas" y únicamente la alcanzarán en la "otra vida" si en ésta son mansos. La Iglesia amenaza con el castigo de Dios y con los tormentos del infierno a quien se atreva a levantarse contra la dominación de los explotadores, supuestamente establecida por la voluntad divina. La filosofía materialista tiene el gran mérito histórico de haber ayudado al hombre a emanciparse de las supersticiones. En tiempos antiguos combatió ya el miedo a la muerte y el temor a los dioses y a otras fuerzas sobrenaturales. No hay que poner las esperanzas en la vida de ultratumba; lo que hace falta es estimar en lo que vale la vida terrena y tratar de mejorarla: eso es lo que enseña la filosofía materialista. El materialismo fue el primero en exaltar la dignidad y la razón humanas, en proclamar que el hombre no es un gusano que se arrastra por el polvo, sino el ser supremo de la naturaleza, capaz de dominar y gobernar sus fuerzas. El materialismo tiene una fe absoluta en el poderío del saber, en la razón del hombre, en su capacidad para descubrir los secretos del mundo que nos rodea y crear un régimen social sensato y justo. Los voceros del idealismo difaman a menudo al materialismo, al que presentan como "una concepción sombría, plomiza, parecida a una pesadilla" (W. James). En realidad, es precisamente la filosofía idealista, sobre todo la contemporánea, la que ofrece unos tonos sombríos. No es el materialismo, sino el idealismo el que niega la capacidad cognoscitiva de la razón y predica la desconfianza hacia la ciencia; no es el materialismo, sino el idealismo el que ensalza el culto a la muerte; no es el materialismo, sino el idealismo el que fue y es un terreno abonado para los más repugnantes brotes del antihumanismo: la teoría racista y el oscurantismo fascista. El idealismo filosófico se niega a aceptar la realidad del mundo material que nos rodea, huye de él, lo califica de impuro y, en su lugar, dibuja un mundo inmaterial imaginario. El materialismo, por el contrario, ofrece un cuadro real y verdadero del mundo, sin el menor aditamento de espíritus, de un Dios creador, etc. Los materialistas no esperan ayuda alguna de las fuerzas sobrenaturales, creen en el hombre y en su capacidad para transformar el mundo con su propia mano y de hacerlo digno de él.
El materialismo, en su última esencia, es una concepción optimista y clara, que afirma la vida y niega el pesimismo y el "dolor universal". De ahí que, ordinariamente, sea la concepción de los grupos y clases sociales avanzados. Quienes lo profesan son hombres que miran adelante sin miedo, que no se debaten en dudas acerca de la razón que les asiste. Los voceros del idealismo calumniaron siempre al materialismo, al que acusaban y acusan de desconocer los valores morales y los ideales elevados; estas virtudes, según ellos, son propias y exclusivas de los partidarios del idealismo filosófico. La realidad es muy otra: el materialismo dialéctico e histórico de Marx y Engels no niega, sino todo lo contrario, afirma y exalta las ideas avanzadas, los principios morales y los ideales más sublimes. La lucha por el progreso, por un régimen social avanzado, nos dice, jamás tendrá éxito si no se inspira en grandes ideas que alienten a los hombres en su labor de creación y les empujen a las empresas más atrevidas. La lucha de la clase obrera, la lucha de los comunistas refuta de plano la estúpida invención idealista de que los materialistas son gente indiferente hacia toda clase de ideales. Esa lucha se ve inspirada por el ideal más noble y sublime que jamás conocieron los hombres, que es el comunismo, y por eso se forjan en ella innumerables e intrépidos campeones fieles hasta el fin a su elevado ideal. El materialismo dialéctico e histórico como fase superior en el desarrollo del pensamiento filosófico. El materialismo de nuestros días es el materialismo dialéctico e histórico que crearon Marx y Engels. El terreno en que surgió hallábase ya abonado. La filosofía de Marx y Engels es producto de una larga evolución del pensamiento humano. El materialismo apareció hace unos dos mil quinientos años en China, la India y Grecia. La filosofía materialista guardaba en estos países estrecha relación con la experiencia diaria de los hombres y con los gérmenes de un conocimiento de la naturaleza. Mas en aquel tiempo la ciencia acababa de nacer, por lo que las nociones de los antiguos filósofos materialistas sobre el mundo, aunque encerraban geniales atisbos, carecían de base científica y eran aún muy primitivas. Mucho más maduro es el materialismo de los siglos XVII y XVIII. Los éxitos de la ciencia y de la técnica hacían avanzar a la filosofía. Al mismo tiempo, la filosofía materialista ayudaba al estudio de la naturaleza. Así, por ejemplo, la doctrina del materialista inglés F. Bacon (siglo XVII), que ponía en la experiencia el origen del conocimiento, y su idea de que el conocimiento es una fuerza, significaron un poderoso estímulo para el desarrollo de las ciencias de la naturaleza.
En los siglos XVII y XVIII los mayores avances correspondieron a las matemáticas y a la mecánica de los cuerpos terrestres y celestes. Esta circunstancia impone su sello a las concepciones filosóficas de los materialistas de aquel entonces y a su comprensión de la materia y el movimiento. Un papel formidable en el desarrollo de la nueva forma del materialismo correspondió a la física del filósofo francés R. Descartes, que era materialista en la doctrina de la naturaleza; a la teoría mecanicista del materialista inglés T. Hobbes (siglo XVII) y, de un modo especial, a la mecánica del sabio inglés Newton. Los filósofos materialistas examinaban todos los fenómenos de la naturaleza y de la vida social desde el punto de vista de la mecánica y trataban de explicarlos con arreglo a las leyes de la mecánica. Por eso su materialismo recibió el nombre de mecanicista. En el siglo XVIII, entre sus representantes tenemos a J. Toland y J. Priestley (Inglaterra) y a P. Holbach, C. Helvecio y D. Diderot (Francia). Los estrechos vínculos del materialismo de los siglos XVII y XVIII con las ciencias de la naturaleza eran su lado fuerte. Adolecía, sin embargo, de algunos defectos, entre los cuales Engels destaca tres. El primero era su mecanicismo. La mecánica, que en aquel tiempo era para los filósofos materialistas el paradigma de las ciencias, limitaba sus horizontes, llevándoles a reducir todos los procesos y clases de movimiento al movimiento mecánico. Estos filósofos no comprendían las características de la naturaleza orgánica ni los rasgos y leyes peculiares de la vida social. La segunda limitación de estos materialistas era su incapacidad para comprender y explicar el desarrollo de la naturaleza, incluso cuando advertían hechos que así lo acreditaban. Los materialistas de los siglos XVII y XVIII estimaban la naturaleza en su conjunto como algo inmutable, eternamente sometido a un mismo fenómeno de rotación. Tal criterio de la naturaleza se denomina metafísico. Quiere decirse que el materialismo mecanicista era también metafísico. Finalmente, los materialistas de ese período, como todos los materialistas anteriores a Marx, no sabían aplicar su doctrina a la comprensión de la vida social. No advertían la base material de la vida social y enseñaban que la transición a formas sociales más perfectas era originada por el progreso de la ciencia, al cambiar las concepciones e ideas imperantes en la sociedad. Pero tal explicación es idealista. Fuera de ello, los materialistas anteriores a Marx no comprendían el valor de la actuación práctica de crítica y revolucionaria de las clases y las masas en cuanto al cambio de la realidad, al cambio de la vida social. Mantenían la necesidad de sustituir el régimen feudal por el burgués, pero, a la vez, rechazaban y temían la lucha de las masas en pro del sistema por ellos mismos defendido. Esto era una muestra de su limitación burguesa de clase.
Un paso adelante en la evolución de la filosofía materialista, en la primera mitad del siglo XIX, significa la obra del filósofo alemán Ludwig Feuerbach, y singularmente las aportaciones de los demócratas revolucionarios rusos: A. Herzen, V. Belinski, N. Chernishevski y N. Dobroliúbov. Feuerbach superó en cierto grado la limitación mecanicista de los materialistas del siglo XVIII, pero no ocurrió lo mismo en cuanto a los otros defectos señalados. Además, su filosofía se hallaba divorciada de la práctica político-social. Un gran avance de los materialistas rusos fue que trataron de combinar la comprensión materialista de la naturaleza con la dialéctica. Por otra parte, siendo estos últimos como eran ideólogos de los campesinos revolucionarios rusos, consideraban la filosofía no sólo como la doctrina de lo que existe, sino también de cómo lo existente puede ser transformado en bien del pueblo. Una fase nueva y superior en el desarrollo de las concepciones materialistas es el materialismo dialéctico e histórico creado por Marx y Engels, los grandes maestros y jefes de la clase más avanzada y revolucionaria de la sociedad moderna, que es el proletariado. Su obra significa una verdadera revolución en el campo de la filosofía. Desde las cumbres del pensamiento social y científico de su época, Marx y Engels toman con espíritu crítico y creador cuanto de valioso había producido la filosofía hasta ellos y construyen un materialismo nuevo, libre ya de los defectos de que adolecía la anterior filosofía materialista: el materialismo dialéctico e histórico. En la filosofía marxista, el materialismo aparece orgánicamente unido a la dialéctica. Apóyase en un nivel de la ciencia más elevado, en los nuevos descubrimientos de las ciencias de la naturaleza, entre los cuales tenían singular importancia la ley de la conservación y transformación de la energía, la teoría celular y la teoría darvinista del origen de las especies. Los éxitos de las ciencias naturales proporcionaron una base estrictamente científica a las ideas del desarrollo y de la unidad y concatenación universal de los fenómenos de la naturaleza. En vez de la unilateral concepción mecanicista de la naturaleza y del hombre, Marx y Engels enuncian la doctrina del desarrollo, que abarca a todas las esferas de la realidad y que, al mismo tiempo, toma en consideración la peculiaridad de cada una de esas esferas: la naturaleza inorgánica, el mundo orgánico, la vida social y la conciencia de los hombres. Marx y Engels son los primeros en aplicar el materialismo a la comprensión de la vida social; a ellos se debe el descubrimiento de las fuerzas motrices materiales y de las leyes del desarrollo social, con lo que la historia de la sociedad adquiere la categoría de ciencia. Los fundadores del marxismo, en fin, convirtieron la doctrina filosófica materialista -antes una teoría abstracta- en medio eficaz para la transformación de la sociedad, en arma ideológica de la clase obrera en su lucha por el socialismo y el comunismo. La doctrina filosófica de Marx y Engels ha prendido entre las más grandes masas de los trabajadores de todos los países. Es una genuina filosofía de masas.