domingo, 9 de junio de 2013
martes, 21 de mayo de 2013
La dialéctica como método de conocimiento y transformación del mundo
La dialéctica
materialista revela las leyes más generales de desarrollo de la
naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano, proporcionando a los
hombres un método científico de conocimiento, y también apoyándose
en ese conocimiento, de transformación práctica del mundo real.
Valor de la dialéctica para la ciencia y la práctica.
Las leyes de la
dialéctica, en virtud de su carácter universal, tienen valor en
cuanto a las cuestiones de método, son indicaciones valederas para
la investigación, jalones que orientan en el camino del
conocimiento. En efecto,
si en el mundo transcurre todo según las leyes de la dialéctica,
para comprender cualquier fenómeno hay que enfocarlo desde ese
ángulo de mira. Sabiendo cómo se produce el desarrollo, podemos
conocer cómo es preciso estudiar la realidad, siempre sujeta a
cambio, y cómo hay que obrar para modificarla. Tal es el formidable
valor de la dialéctica para la ciencia y para la transformación
práctica del mundo. La dialéctica materialista, ciertamente, no
puede suplantar a las distintas ciencias y resolver por ellas los
problemas que les son propios y específicos. No obstante, cualquier
teoría científica es un reflejo del mundo objetivo, es al mismo
tiempo síntesis y generalización de los datos que proporciona la
experiencia, presupone el empleo de conceptos generales; y el arte de
operar con ellos es lo que la dialéctica enseña. Es verdad que
incluso el investigador que no conoce la dialéctica puede, siguiendo
la lógica de los datos que estudia, llegar a conclusiones acertadas.
Pero la aplicación consciente del método dialéctico le presta una
ayuda inestimable y facilita su trabajo. Las proposiciones y leyes de
la dialéctica materialista no derivan de los datos de una u otra
ciencia tomada separadamente, sino que constituyen la generalización
de la historia entera del conocimiento del mundo. El conocimiento de
la dialéctica permite al investigador, cuando resuelve problemas
específicos de la ciencia concreta que le ocupa, mantenerse a la
altura debida en cuanto al método científico y a la visión del
mundo, con lo que su estudio no queda divorciado de la experiencia
general de todas las ciencias y de toda la práctica social. La
dialéctica agudiza nuestra visión cuando tratamos de estudiar los
hechos y las leyes de la realidad. Proporciona a la mente del hombre
de ciencia, del político, del técnico, del maestro o del artista
perspicacia y la agilidad y capacidad suficientes para captar los
nuevos fenómenos, que les son tan necesarias como el aire que
respiran. Emancipa también la mente de toda clase de dogmas,
prejuicios, opiniones preconcebidas y supuestas "verdades
eternas", que atan el pensamiento y frenan la marcha del
progreso científico. La dialéctica enseña a prestar atención a la
vida, a no estancarse en el pasado, a ver lo nuevo y a ir siempre
adelante. La dialéctica materialista significa el espíritu mismo de
la investigación científica, el no conformarse nunca con los
conocimientos adquiridos, la eterna inquietud, la aspiración siempre
viva de alcanzar la verdad, de penetrar cada vez más profundamente
en el conocimiento de las cosas.
La dialéctica excluye
todo subjetivismo, estrechez y visión unilateral, proporciona una
amplia noción del mundo y acostumbra a abarcar en todos los sentidos
el fenómeno que se estudia. Obliga a examinar las cosas
objetivamente, en todos sus aspectos, en su movimiento y desarrollo y
en relación con las transformaciones recíprocas. Enseña a ver no
sólo lo externo, sino también lo interno, a tomar por igual en
consideración el contenido y la forma del fenómeno, a no limitarse
a describir lo que sale a la superficie y penetrar cada vez más en
la esencia, aunque sin olvidar que lo externo es también esencial y
no hay que despreciarlo. La dialéctica atrae la atención hacia las
tendencias contrarias que se descubren en cada fenómeno en
desarrollo; en lo mutable, diferencia lo estable, pero en lo que
parece inmutable advierte el germen de futuros cambios.
La dialéctica, escribió
Lenin, es "el conocimiento vivo y multilateral (con un eterno
incremento del número de aspectos), con una infinidad de matices en
cuanto a la visión, a la aproximación a la realidad..." El
estudio de la dialéctica y su aplicación es un poderoso instrumento
educativo. La dialéctica proporciona un modo específico de pensar y
un peculiar estilo de trabajo que se oponen al subjetivismo, al
estancamiento, al dogmatismo, y que se hacen eco a lo nuevo, a lo que
crece y a lo avanzado. La dialéctica es la verdadera alma del
marxismo. El estudio de la dialéctica materialista presta
inapreciable ayuda no sólo al hombre de ciencia o al político, sino
a cualquiera que desee calar hondo en los acontecimientos que se
producen a su alrededor y participar conscientemente en la vida
social. Hoy día, los hombres de ciencia avanzados -bajo la presión
del propio desarrollo de la ciencia y de la vida social- comienzan a
desprenderse cada vez más de sus prejuicios con relación a la
dialéctica y a comprender el incalculable valor que ésta tiene para
la ciencia y la vida. Aplicación creadora de la dialéctica. La
aplicación acertada de la dialéctica en la ciencia y en el quehacer
práctico está muy lejos de ser una empresa fácil. La dialéctica
no es un cuestionario que proporcione respuestas escritas a todas las
preguntas que puedan formular la ciencia y la práctica, sino una
guía para la acción, algo vivo, flexible a la vida y a su espíritu.
Las leyes y tesis de la dialéctica no pueden ser concebidas como
esquemas a los que arbitrariamente sea posible "ajustar"
los hechos de la realidad. Esta es una visión equivocada,
escolástica y dogmática.
Las leyes de la
dialéctica son universales, valen para el desarrollo de todas las
cosas y fenómenos. Mas al propio tiempo hay que tener presente que
actúan de diversa manera en las distintas esferas del mundo
material, en procesos cualitativamente distintos. En el mundo
orgánico obran en forma diferente a como lo hacen en la naturaleza
muerta; en el desarrollo de la sociedad no tienen el mismo carácter
que en la evolución de las especies; en la vida de la sociedad
socialista se manifiestan de otro modo que dentro de la sociedad
capitalista. Para la aplicación de la dialéctica en el proceso del
conocimiento y en la actividad práctica no basta con asimilar sus
proposiciones, sino que es necesario un profundo estudio de los
hechos concretos y circunstancias de cada problema. Sólo el análisis
más atento y detallado de cada situación concreta nos puede revelar
cómo y de qué manera se manifiestan las leyes dialécticas en la
esfera y el caso que nos ocupa, cómo hemos de valorar la situación
y qué camino hemos de seguir para alcanzar el éxito. De ahí que la
aplicación de la dialéctica sea siempre una tarea de creación. En
este sentido nos ayudan los excelentes ejemplos de aplicación del
método de la dialéctica materialista que encontramos en las obras
de los creadores del marxismo-leninismo -de Marx, Engels y Lenin- y
en las resoluciones y actuación del Partido Comunista de la Unión
Soviética y demás Partidos Comunistas y Obreros. El Partido
Comunista de la Unión Soviética y otros partidos marxistas han
conseguido grandes victorias. Una de las razones principales de que
así fuera reside en que los partidos marxistas tienen en cuenta para
su política y su labor práctica el método de la dialéctica
materialista, que ellos desarrollan con un espíritu creador. El
desviarse del materialismo dialéctico, el olvido de sus leyes y
tesis, han conducido y conducen, en fin de cuentas, a fracasos tanto
en el análisis teórico como en la actividad práctica. En la
Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos
Comunistas y Obreros de los países socialistas, celebrada en Moscú
del 14 al 16 de noviembre de 1957, se dice con toda razón:
"Si un partido
político marxista no examina los problemas partiendo de la
dialéctica y del materialismo, eso conducirá a criterios
unilaterales y al subjetivismo, a la petrificación de las ideas, al
divorcio de la práctica y a la incapacidad para proporcionar el
correspondiente análisis de las cosas y fenómenos, a errores
revisionistas o dogmáticos y a equivocaciones en política."
La dialéctica, además
de ser un método en el estudio de la realidad, orienta para la
transformación revolucionaria de esa realidad. Siempre subraya el
valor de una actitud eficaz y activa frente al mundo que nos rodea.
En la práctica -en el trabajo, en la lucha de clases y en la
construcción del comunismo- es donde son sometidas a prueba las
tesis y leyes de la dialéctica materialista. La práctica
proporciona el material más valioso para los nuevos avances de la
dialéctica; permite concretar sus proposiciones y alcanzar un
conocimiento más amplio y profundo de sus leyes. Por ello, la
aplicación creadora de la dialéctica marxista consiste, lo primero
de todo, en utilizarla como instrumento de labor práctica, como
medio para la transformación de la vida.
jueves, 16 de mayo de 2013
La dialéctica materialista
La dialéctica materialista marxista es la doctrina más profunda, multifacética y valiosa por su contenido que jamás se haya enunciado acerca del movimiento y el desarrollo. Es la cúspide de toda la secular historia del conocimiento del mundo y en ella se resume un material inmenso relativo a la práctica social. La dialéctica materialista y el materialismo filosófico mantienen vínculos indisolubles y se penetran mutuamente como dos caras de un todo único que es la doctrina filosófica del marxismo. La diferencia está en que cuando hablamos del materialismo filosófico marxista nos referimos a la relación entre materia y conciencia, a la comprensión de la materia, a la doctrina de la unidad material del mundo, al análisis de las formas de existencia de la materia, etc.; y cuando hablamos de la dialéctica materialista sacamos en primer lugar la concatenación universal y las leyes del movimiento y desarrollo del mundo objetivo y de la manera como estas leyes se reflejan en la conciencia del hombre. Los filósofos de la antigua Grecia llamaban "arte de la dialéctica" (dialektiké téchné) al arte de determinar la verdad mediante la controversia en la que se exponen las opiniones contradictorias de los interlocutores. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX los filósofos idealistas alemanes. Hegel en primer término, entendían por dialéctica el desarrollo de la idea a través de las contradicciones reveladas en la propia idea. Hegel describió detalladamente las formas principales del pensar dialéctico. Pero su dialéctica partía de un criterio equivocado, idealista, según el cual el desarrollo dialéctico era propio y exclusivo del pensar, del espíritu, de la idea, pero no de la naturaleza. Según la expresión de Marx, la dialéctica de Hegel "se hallaba cabeza abajo". Para su acertada interpretación había que darle la vuelta y ponerla de pie. Esto es lo que hicieron Marx y Engels, creando así la dialéctica materialista y proporcionando un sentido nuevo al propio término de "dialéctica".
Los fundadores del marxismo, que partían de la unidad material del mundo, comprendían por dialéctica la doctrina de la concatenación universal, de las leyes más generales que presiden el desarrollo del mundo entero. Y así la "dialéctica", que en Hegel era una doctrina idealista acerca del movimiento de la idea, conviértase en la doctrina materialista que trata de las leyes generales de desarrollo del ser. La dialéctica del desarrollo de nuestros conceptos (dialéctica subjetiva) resultaba, pues, un reflejo, en el pensamiento científico, de la dialéctica de desarrollo del propio ser (dialéctica objetiva). Cada una de las ciencias estudia las formas del movimiento y las leyes de una región específica de la realidad. La dialéctica es una ciencia distinta: estudia las leyes más generales de todo movimiento, cambio y desarrollo. Las leyes de la dialéctica son universales porque actúan en la naturaleza y en la sociedad, y el propio pensamiento está subordinado a ellas. Marx y Engels consideraban la dialéctica no sólo como teoría científica, sino también como método de conocimiento y como guía para la acción. Las leyes generales del desarrollo nos permiten llegar a una interpretación justa del pasado, a comprender acertadamente los procesos que se están sucediendo y a prever el futuro. Por eso es un modo de enfocar la investigación y la acción práctica derivada de los resultados así obtenidos. A todo lo largo de su historia, y también en nuestros días, la dialéctica ha tenido enfrente a la metafísica como modo contrario de pensar y como concepción opuesta del mundo. La noción que los marxistas tienen de la palabra "metafísica" no es la misma que existía antes de Marx o que le atribuyen los filósofos burgueses de nuestro tiempo. Antes de Marx, esta voz griega, o mejor dicho, esta expresión (ta metá ta fisiká: "lo que va después de la física", la ciencia de la naturaleza), significaba una parte especial de la filosofía. La parte en que los filósofos trataban y tratan aún, por vía puramente especulativa, de alcanzar una supuesta esencia inalterable y eterna de las cosas. En su crítica de los sistemas no científicos y artificiosos de la metafísica, Marx y Engels no entienden ésta como una parte de la filosofía ni como conocimiento especulativo, sino como método de investigación y de pensamiento empleado por los creadores de estos sistemas y que se opone al método dialéctico. Actualmente, en la filosofía marxista el término "metafísica" se emplea casi exclusivamente en ese sentido.
El vicio fundamental de la metafísica es su visión unilateral, limitada y rígida del mundo; es la tendencia a exagerar y a convertir en absolutos algunos aspectos de los fenómenos, mientras que se rechazan otros aspectos no menos importantes. Así, por ejemplo, el metafísico ve la estabilidad relativa, la determinación de las cosas, pero no advierte su cambio y desarrollo. Se fija en lo que distingue al fenómeno del conjunto de otros fenómenos, pero no está en condiciones de apreciar sus variadas relaciones y sus profundos nexos con otros objetos y fenómenos. Únicamente admite respuestas definitivas para todas las cuestiones que afectan a la ciencia, sin comprender que la propia realidad se desarrolla y que cualquier proposición científica es sólo valedera dentro de determinados límites. El método metafísico es más o menos aceptable en la vida corriente y en los escalones inferiores de desarrollo de la ciencia, pero fracasa sin remedio cuando con su ayuda se quiere buscar explicación a los procesos complejos de desarrollo. Las ciencias naturales y la vida político-social ponen a cada paso de manifiesto la insuficiencia de la metafísica y la necesidad de sustituirla por la dialéctica. No obstante, la metafísica no ha sido aún desplazada por completo ni de la filosofía ni de las ciencias especiales. ¿Cómo explicar semejante vitalidad de la metafísica? Hubo un tiempo en que el pensamiento científico era fundamentalmente metafísico, y no dialéctico. El modo metafísico de pensar, como método de la ciencia, cobra forma y se extiende en los siglos XVII y XVIII, en el período en que la ciencia de la Edad Moderna adquiere definitivamente sus perfiles. Entonces, de lo que se trataba era de reunir informes de la naturaleza, de describir las cosas y los fenómenos, de dividir las cosas y los fenómenos en clases determinadas. Mas para describir una cosa había de sustraerla del conjunto y examinarla separadamente. Así surgió la costumbre de examinar los objetos y fenómenos desvinculados de su concatenación universal. Y esto impedía ver el desarrollo de las cosas, no dejaba apreciar cómo unas cosas proceden de otras distintas. Así arraigó el método metafísico de pensar, que toma los objetos aisladamente, al margen de su desarrollo. La metafísica imperó largo tiempo en la conciencia de los hombres y se hizo tradición del pensamiento científico. Actualmente no hay nada que justifique el empleo del método metafísico. La metafísica es un método caduco, una concepción decrépita que repercute muy desfavorablemente sobre el conocimiento científico y sobre la vida político-social, puesto que conduce a graves equivocaciones y errores de cálculo. La segunda causa de la vitalidad de la metafísica es la hostilidad que los ideólogos de la burguesía mantienen desde hace tiempo hacia la dialéctica materialista.
"En su forma racional -escribe Marx- la dialéctica sólo infunde a la burguesía y a sus ideólogos doctrinarios rabia y espanto, ya que en la comprensión positiva de lo existente incluye la idea de su negación, la necesidad de su muerte; cada forma ya realizada la examina en su movimiento y, por consiguiente, también en su aspecto perecedero. La dialéctica no se inclina ante nada y por su propia esencia es crítica y revolucionaria."
No hemos de asombrarnos de que, bajo la presión política e ideológica de las fuerzas reaccionarias, muchos hombres de ciencia y filósofos de los países capitalistas teman a la dialéctica, no la conozcan ni la estudien, la miren con prevención y... vayan a remolque de la metafísica. La dialéctica materialista marxista proporciona un arma segura en la lucha contra la metafísica y para el estudio científico de todos los fenómenos del mundo en desarrollo.
lunes, 6 de mayo de 2013
El materialismo filosófico
La
base inconmovible de todo el edificio del marxismo-leninismo es su
doctrina filosófica: el materialismo dialéctico e histórico. Esta
doctrina toma el mundo tal como existe en la realidad, lo examina en
consonancia con los datos de la ciencia avanzada y de la práctica
social. El materialismo filosófico marxista es el producto legítimo
del secular desarrollo del conocimiento científico.
Progreso
de la ciencia materialista avanzada en lucha contra la reacción y la
ignorancia.
La
ciencia es en su historia la palestra de una lucha constante de los
investigadores y filósofos avanzados contra la ignorancia y la
superstición, contra la reacción en política y en el campo de las
ideas. En las sociedades de clases, basadas en la explotación,
siempre hubo, como las hay ahora, fuerzas a quienes perjudica la
difusión de las concepciones científicas avanzadas. Esas fuerzas
son las clases reaccionarias de la sociedad. Unas veces, los
reaccionarios se pusieron abiertamente contra la ciencia y
persiguieron a los sabios y filósofos progresistas, sin que se
detuvieran ni ante la hoguera o la prisión; otras, se esforzaron por
deformar los descubrimientos científicos, despojándolos de su
contenido materialista progresivo. Los aristócratas reaccionarios
destruían en la antigua Grecia las obras del eminente materialista
Demócrito, fundador de la doctrina de la estructura atómica de la
materia, que negaba la intervención de los dioses en la vida de la
naturaleza y en los asuntos de los hombres. El filósofo materialista
Anaxágoras fue expulsado de Atenas bajo la acusación de impiedad.
Epicuro, filósofo materialista continuador de Demócrito, exaltado
en la Antigüedad como héroe que quitó a los hombres el miedo a los
dioses y glorificó la ciencia, durante dos mil años sufrió el
anatema de los "padres" de la Iglesia, que lo presentaban
como a un hombre que sembraba el libertinaje y era enemigo de la
moral.
El
año 391, monjes cristianos entregaron a las llamas la famosa
biblioteca de Alejandría, en la que se guardaba cerca de 700.000
obras de escritores y sabios antiguos. El papa Gregario I (590-604),
enemigo acérrimo de la cultura laica y de la ciencia, mandó
destruir un gran número de valiosas producciones de autores
grecorromanos, y sobre todo las obras de los filósofos
materialistas. La Inquisición, creada por los papas para combatir a
todos los enemigos de la Iglesia católica, persiguió con verdadera
saña a los pensadores avanzados. En 1600 quemó en la hoguera a
Giordano Bruno, eminente filósofo y sabio que defendía la doctrina
de Copérnico. En 1619, en Toulouse (Francia), por sentencia de la
Inquisición, los verdugos arrancaron la lengua a Lucilio Vanini y
luego lo quemaron en la hoguera. El gran sabio italiano Galileo,
defensor de la teoría de Copérnico, sufrió persecuciones de la
Inquisición, la cual le obligó a abjurar públicamente de sus
creencias. Voltaire, el famoso filósofo francés del siglo XVIII,
estuvo recluido en la Bastilla, y la misma suerte corrió Diderot,
filósofo materialista de aquel tiempo. Sería erróneo pensar que la
lucha de la reacción contra la ciencia es cosa de la Edad Antigua y
Media. No ha cesado en la época del capitalismo. Los capitalistas
muestran interés por el avance de las ciencias positivas -física,
química, matemáticas, etc.- por cuanto ese avance se halla en
relación directa con los éxitos de la técnica. Mas no desean en
absoluto la propagación de la filosofía materialista, de una
concepción científica del mundo que permita adquirir una noción
exacta de cuanto ocurre alrededor, saber cómo reaccionar y qué
actitud adoptar ante cada acontecimiento. De ahí que los ideólogos
de la burguesía traten de evitar las conclusiones materialistas y
ateas que se derivan de los descubrimientos científicos, recelosos
de que eso pueda significar un peligro para su dominación. La
burguesía reaccionaria odia especialmente la doctrina del
marxismo-leninismo y su filosofía, el materialismo dialéctico e
histórico. Multitud de profesores burgueses se entregan a la labor
de "refutar" el marxismo.
La
moderna burguesía reaccionaria no quema en la hoguera a los
investigadores y filósofos avanzados,sino que recurre a otros
procedimientos para influir sobre ellos: los aparta de las
universidades e institutos científicos, les quita de hecho la
posibilidad de publicar sus trabajos, los desacredita moral y
políticamente, etc. Estos últimos años toda clase de recursos han
sido puestos en juego en los Estados Unidos y otros países para
combatir las "ideas peligrosas". Con estas medidas y con la
propaganda de su ideología reaccionaria la clase dominante presiona
sobre la conciencia de los hombres, les imbuye aquellas ideas que
considera convenientes y se opone a la propagación de las
concepciones materialistas avanzadas. Sin embargo, por espinoso que
sea el camino de la ciencia y de la filosofía materialista, por
grandes que sean los sacrificios que se les exijan en una sociedad
basada en la explotación, en última instancia superan todos los
obstáculos y siguen con empeño su avance. La ciencia materialista y
la filosofía avanzada son fuertes porque dan a conocer a los hombres
las leyes de la naturaleza y de la sociedad, porque les enseñan a
valerse de estas leyes en beneficio de la humanidad, los sacan de las
tinieblas de la ignorancia y los elevan a la luz del verdadero
conocimiento.
jueves, 2 de mayo de 2013
Materialismo e idealismo
La filosofía considera
los problemas más generales de la concepción del mundo. La
filosofía materialista parte de la afirmación de que la naturaleza
existe: existen las estrellas, el Sol, la Tierra, con sus montañas y
llanuras, con sus mares y bosques, con los animales, con el hombre
dotado de conciencia, de la capacidad de pensar. No hay ni puede
haber fenómenos o fuerzas sobrenaturales. Dentro de la gran variedad
que la naturaleza brinda, el hombre no es sino una partícula, y la
conciencia es una propiedad o capacidad del hombre. La naturaleza
existe objetivamente, esto es, fuera de la conciencia del hombre y
con independencia de ella. Hay, sin embargo, filósofos que niegan la
existencia de la naturaleza como algo independiente de la conciencia.
Según ellos afirman, lo primero que existe es la conciencia, el
pensar, el espíritu o idea, y todo el mundo físico es derivado y
depende del principio espiritual. El problema de la relación entre
la conciencia humana y el ser material es el punto básico de toda
filosofía, sin excluir la de nuestros tiempos. ¿Qué es lo primero,
la naturaleza o el pensar? Los filósofos se dividen en dos grandes
campos, según sea la respuesta que den.
Quienes consideran que lo
primero es el principio material, la naturaleza, y que el pensar, el
espíritu, es una propiedad de la materia, se sitúan en el campo del
materialismo. Quienes afirman que el pensar, el espíritu o la idea
existieron antes que la naturaleza, que ésta, de una manera o de
otra, es creada por el principio espiritual, militan en el campo del
idealismo. Esto y nada más es lo que en filosofía quieren decir
"idealismo" y "materialismo". Desde tiempos
antiguos no cesa la reñida pugna entre los adeptos del materialismo
y del idealismo. Toda la historia de la filosofía es una constante
lucha entre dos campos, entre dos partidos: el materialismo y el
idealismo. El materialismo elemental. Los hombres, en su actividad
práctica, no ponen en duda que los objetos que les rodean y los
fenómenos de la naturaleza existen con independencia de ellos y de
su conciencia. Eso significa que, de un modo elemental, se mantienen
en las posiciones del materialismo.
El materialismo elemental
"de todo hombre sano que no está en un manicomio o que en la
ciencia no comulga con los filósofos idealistas -escribe Lenin-
consiste en que las cosas, el medio, el mundo existen
independientemente de nuestra sensación, de nuestra conciencia, de
nuestro yo y del hombre en general". Es imposible vivir de
ideas, de conceptos, y alimentarse de las sensaciones propias, de los
productos de la propia imaginación. En la práctica esto lo saben
perfectamente todos, y también los filósofos dedicados a componer
doctrinas idealistas que deducen la existencia de las cosas
materiales de las sensaciones, conceptos e ideas. En repetidas
ocasiones han debido manifestar que viven a pesar de su filosofía y
que si, en efecto, en el mundo no existiesen cosas materiales, la
gente se moriría de hambre. El materialismo elemental, no
consciente, es profesado por la inmensa mayoría de los naturalistas.
Estos no penetran de ordinario en los problemas filosóficos, sino
que se dejan llevar por la lógica del material científico que ellos
manejan. A cada paso, la naturaleza les muestra el carácter material
de los fenómenos que investigan. Da lo mismo que su estudio se
refiera a los cuerpos celestes que a las moléculas y átomos, a los
fenómenos de la electricidad y el magnetismo que al mundo de las
plantas y los animales: siempre tienen ante sí procesos objetivos,
cuerpos materiales y sus propiedades, leyes de la naturaleza que son
independientes de la conciencia del hombre. Dentro de la sociedad
burguesa, con todas las condiciones que en ella imperan, sólo los
científicos más intrépidos y consecuentes se declaran partidarios
del materialismo filosófico. La mayoría de ellos se encuentran bajo
una presión tan intensa de la ideología oficial, de la doctrina de
la Iglesia y de la filosofía idealista, de todo el ambiente de la
sociedad burguesa, que no se deciden a manifestar su materialismo,
vacilan y a menudo se dicen idealistas, aunque, por el carácter
mismo de sus investigaciones, profesan en el fondo ideas
materialistas.
Así, por ejemplo, Thomas
Huxley, naturalista inglés del siglo XIX, no admitía el
materialismo. Mas en sus investigaciones sobre zoología, anatomía
comparada, antropología y teoría de la evolución defendía
concepciones materialistas, y afirmaba que el idealismo filosófico
no trae consigo nada más que confusión y oscuridad. Engels
calificaba a tales investigadores como "materialistas
vergonzantes"; según Lenin, los alegatos antimaterialistas de
Huxley no eran sino la hoja de parra que encubría su materialismo
científico elemental. Los investigadores contemporáneos llegan a
menudo a conclusiones idealistas cuando tratan de concebir el sentido
filosófico de sus descubrimientos. Pero mientras permanecen en un
terreno estrictamente científico, mientras no se salen de sus
laboratorios, de las fábricas, de los campos experimentales,
mientras no se entregan a reflexiones filosóficas y se circunscriben
al estudio de la naturaleza, obran, aun sin tener conciencia de ello,
como verdaderos materialistas. Alberto Einstein, uno de los físicos
más grandes de nuestra época, se hallaba bajo la influencia de la
filosofía idealista cuando exponía en alguno de sus trabajos
consideraciones de tipo general, sin que ello fuese obstáculo para
que la teoría de la relatividad, por él enunciada, sea de un
carácter materialista. Max Planck, otro físico famoso, autor de la
teoría de los cuantos, tampoco confesaba su materialismo. No
obstante, en sus trabajos sobre física y en sus escritos sobre
cuestiones filosóficas defendía la idea de una "visión sana
del mundo", que admitiese la existencia de la naturaleza como
algo independiente de la conciencia del hombre. Max Planck combatió
el idealismo filosófico y de hecho era materialista. Ahora bien, la
influencia del idealismo repercute a veces negativamente en la
interpretación que los investigadores dan al propio material
científico. Esto nos dice que el materialismo elemental no es una
protección eficaz contra la penetración del idealismo. Sólo la
filosofía del materialismo dialéctico, conscientemente adoptada,
previene a los hombres de ciencia contra los errores idealistas. El
materialismo como filosofía avanzada. El materialismo filosófico se
diferencia del materialismo elemental o espontáneo en que se atiene
a un criterio científico en la argumentación y exposición de las
proposiciones materialistas, que aplica consecuentemente utilizando
los datos de la ciencia avanzada y de la práctica social. La
filosofía materialista es un arma segura, que defiende al hombre de
la funesta influencia de la reacción espiritual. Le sirve de guía
en la vida y le muestra el camino acertado para aclarar cuantos
problemas le inquieten acerca de la visión del mundo.
Durante milenios enteros
la Iglesia ha imbuido al hombre el desprecio hacia la vida terrena y
el temor a Dios. Ha enseñado, principalmente a las masas oprimidas
de la humanidad, que su destino es trabajar y orar, que la felicidad
no se puede conseguir en este "valle de lágrimas" y
únicamente la alcanzarán en la "otra vida" si en ésta
son mansos. La Iglesia amenaza con el castigo de Dios y con los
tormentos del infierno a quien se atreva a levantarse contra la
dominación de los explotadores, supuestamente establecida por la
voluntad divina. La filosofía materialista tiene el gran mérito
histórico de haber ayudado al hombre a emanciparse de las
supersticiones. En tiempos antiguos combatió ya el miedo a la muerte
y el temor a los dioses y a otras fuerzas sobrenaturales. No hay que
poner las esperanzas en la vida de ultratumba; lo que hace falta es
estimar en lo que vale la vida terrena y tratar de mejorarla: eso es
lo que enseña la filosofía materialista. El materialismo fue el
primero en exaltar la dignidad y la razón humanas, en proclamar que
el hombre no es un gusano que se arrastra por el polvo, sino el ser
supremo de la naturaleza, capaz de dominar y gobernar sus fuerzas. El
materialismo tiene una fe absoluta en el poderío del saber, en la
razón del hombre, en su capacidad para descubrir los secretos del
mundo que nos rodea y crear un régimen social sensato y justo. Los
voceros del idealismo difaman a menudo al materialismo, al que
presentan como "una concepción sombría, plomiza, parecida a
una pesadilla" (W. James). En realidad, es precisamente la
filosofía idealista, sobre todo la contemporánea, la que ofrece
unos tonos sombríos. No es el materialismo, sino el idealismo el que
niega la capacidad cognoscitiva de la razón y predica la
desconfianza hacia la ciencia; no es el materialismo, sino el
idealismo el que ensalza el culto a la muerte; no es el materialismo,
sino el idealismo el que fue y es un terreno abonado para los más
repugnantes brotes del antihumanismo: la teoría racista y el
oscurantismo fascista. El idealismo filosófico se niega a aceptar la
realidad del mundo material que nos rodea, huye de él, lo califica
de impuro y, en su lugar, dibuja un mundo inmaterial imaginario. El
materialismo, por el contrario, ofrece un cuadro real y verdadero del
mundo, sin el menor aditamento de espíritus, de un Dios creador,
etc. Los materialistas no esperan ayuda alguna de las fuerzas
sobrenaturales, creen en el hombre y en su capacidad para transformar
el mundo con su propia mano y de hacerlo digno de él.
El materialismo, en su
última esencia, es una concepción optimista y clara, que afirma la
vida y niega el pesimismo y el "dolor universal". De ahí
que, ordinariamente, sea la concepción de los grupos y clases
sociales avanzados. Quienes lo profesan son hombres que miran
adelante sin miedo, que no se debaten en dudas acerca de la razón
que les asiste. Los voceros del idealismo calumniaron siempre al
materialismo, al que acusaban y acusan de desconocer los valores
morales y los ideales elevados; estas virtudes, según ellos, son
propias y exclusivas de los partidarios del idealismo filosófico. La
realidad es muy otra: el materialismo dialéctico e histórico de
Marx y Engels no niega, sino todo lo contrario, afirma y exalta las
ideas avanzadas, los principios morales y los ideales más sublimes.
La lucha por el progreso, por un régimen social avanzado, nos dice,
jamás tendrá éxito si no se inspira en grandes ideas que alienten
a los hombres en su labor de creación y les empujen a las empresas
más atrevidas. La lucha de la clase obrera, la lucha de los
comunistas refuta de plano la estúpida invención idealista de que
los materialistas son gente indiferente hacia toda clase de ideales.
Esa lucha se ve inspirada por el ideal más noble y sublime que jamás
conocieron los hombres, que es el comunismo, y por eso se forjan en
ella innumerables e intrépidos campeones fieles hasta el fin a su
elevado ideal. El materialismo dialéctico e histórico como fase
superior en el desarrollo del pensamiento filosófico. El
materialismo de nuestros días es el materialismo dialéctico e
histórico que crearon Marx y Engels. El terreno en que surgió
hallábase ya abonado. La filosofía de Marx y Engels es producto de
una larga evolución del pensamiento humano. El materialismo apareció
hace unos dos mil quinientos años en China, la India y Grecia. La
filosofía materialista guardaba en estos países estrecha relación
con la experiencia diaria de los hombres y con los gérmenes de un
conocimiento de la naturaleza. Mas en aquel tiempo la ciencia acababa
de nacer, por lo que las nociones de los antiguos filósofos
materialistas sobre el mundo, aunque encerraban geniales atisbos,
carecían de base científica y eran aún muy primitivas. Mucho más
maduro es el materialismo de los siglos XVII y XVIII. Los éxitos de
la ciencia y de la técnica hacían avanzar a la filosofía. Al mismo
tiempo, la filosofía materialista ayudaba al estudio de la
naturaleza. Así, por ejemplo, la doctrina del materialista inglés
F. Bacon (siglo XVII), que ponía en la experiencia el origen del
conocimiento, y su idea de que el conocimiento es una fuerza,
significaron un poderoso estímulo para el desarrollo de las ciencias
de la naturaleza.
En los siglos XVII y
XVIII los mayores avances correspondieron a las matemáticas y a la
mecánica de los cuerpos terrestres y celestes. Esta circunstancia
impone su sello a las concepciones filosóficas de los materialistas
de aquel entonces y a su comprensión de la materia y el movimiento.
Un papel formidable en el desarrollo de la nueva forma del
materialismo correspondió a la física del filósofo francés R.
Descartes, que era materialista en la doctrina de la naturaleza; a la
teoría mecanicista del materialista inglés T. Hobbes (siglo XVII)
y, de un modo especial, a la mecánica del sabio inglés Newton. Los
filósofos materialistas examinaban todos los fenómenos de la
naturaleza y de la vida social desde el punto de vista de la mecánica
y trataban de explicarlos con arreglo a las leyes de la mecánica.
Por eso su materialismo recibió el nombre de mecanicista. En el
siglo XVIII, entre sus representantes tenemos a J. Toland y J.
Priestley (Inglaterra) y a P. Holbach, C. Helvecio y D. Diderot
(Francia). Los estrechos vínculos del materialismo de los siglos
XVII y XVIII con las ciencias de la naturaleza eran su lado fuerte.
Adolecía, sin embargo, de algunos defectos, entre los cuales Engels
destaca tres. El primero era su mecanicismo. La mecánica, que en
aquel tiempo era para los filósofos materialistas el paradigma de
las ciencias, limitaba sus horizontes, llevándoles a reducir todos
los procesos y clases de movimiento al movimiento mecánico. Estos
filósofos no comprendían las características de la naturaleza
orgánica ni los rasgos y leyes peculiares de la vida social. La
segunda limitación de estos materialistas era su incapacidad para
comprender y explicar el desarrollo de la naturaleza, incluso cuando
advertían hechos que así lo acreditaban. Los materialistas de los
siglos XVII y XVIII estimaban la naturaleza en su conjunto como algo
inmutable, eternamente sometido a un mismo fenómeno de rotación.
Tal criterio de la naturaleza se denomina metafísico. Quiere decirse
que el materialismo mecanicista era también metafísico. Finalmente,
los materialistas de ese período, como todos los materialistas
anteriores a Marx, no sabían aplicar su doctrina a la comprensión
de la vida social. No advertían la base material de la vida social y
enseñaban que la transición a formas sociales más perfectas era
originada por el progreso de la ciencia, al cambiar las concepciones
e ideas imperantes en la sociedad. Pero tal explicación es
idealista. Fuera de ello, los materialistas anteriores a Marx no
comprendían el valor de la actuación práctica de crítica y
revolucionaria de las clases y las masas en cuanto al cambio de la
realidad, al cambio de la vida social. Mantenían la necesidad de
sustituir el régimen feudal por el burgués, pero, a la vez,
rechazaban y temían la lucha de las masas en pro del sistema por
ellos mismos defendido. Esto era una muestra de su limitación
burguesa de clase.
Un paso adelante en la
evolución de la filosofía materialista, en la primera mitad del
siglo XIX, significa la obra del filósofo alemán Ludwig Feuerbach,
y singularmente las aportaciones de los demócratas revolucionarios
rusos: A. Herzen, V. Belinski, N. Chernishevski y N. Dobroliúbov.
Feuerbach superó en cierto grado la limitación mecanicista de los
materialistas del siglo XVIII, pero no ocurrió lo mismo en cuanto a
los otros defectos señalados. Además, su filosofía se hallaba
divorciada de la práctica político-social. Un gran avance de los
materialistas rusos fue que trataron de combinar la comprensión
materialista de la naturaleza con la dialéctica. Por otra parte,
siendo estos últimos como eran ideólogos de los campesinos
revolucionarios rusos, consideraban la filosofía no sólo como la
doctrina de lo que existe, sino también de cómo lo existente puede
ser transformado en bien del pueblo. Una fase nueva y superior en el
desarrollo de las concepciones materialistas es el materialismo
dialéctico e histórico creado por Marx y Engels, los grandes
maestros y jefes de la clase más avanzada y revolucionaria de la
sociedad moderna, que es el proletariado. Su obra significa una
verdadera revolución en el campo de la filosofía. Desde las cumbres
del pensamiento social y científico de su época, Marx y Engels
toman con espíritu crítico y creador cuanto de valioso había
producido la filosofía hasta ellos y construyen un materialismo
nuevo, libre ya de los defectos de que adolecía la anterior
filosofía materialista: el materialismo dialéctico e histórico. En
la filosofía marxista, el materialismo aparece orgánicamente unido
a la dialéctica. Apóyase en un nivel de la ciencia más elevado, en
los nuevos descubrimientos de las ciencias de la naturaleza, entre
los cuales tenían singular importancia la ley de la conservación y
transformación de la energía, la teoría celular y la teoría
darvinista del origen de las especies. Los éxitos de las ciencias
naturales proporcionaron una base estrictamente científica a las
ideas del desarrollo y de la unidad y concatenación universal de los
fenómenos de la naturaleza. En vez de la unilateral concepción
mecanicista de la naturaleza y del hombre, Marx y Engels enuncian la
doctrina del desarrollo, que abarca a todas las esferas de la
realidad y que, al mismo tiempo, toma en consideración la
peculiaridad de cada una de esas esferas: la naturaleza inorgánica,
el mundo orgánico, la vida social y la conciencia de los hombres.
Marx y Engels son los primeros en aplicar el materialismo a la
comprensión de la vida social; a ellos se debe el descubrimiento de
las fuerzas motrices materiales y de las leyes del desarrollo social,
con lo que la historia de la sociedad adquiere la categoría de
ciencia. Los fundadores del marxismo, en fin, convirtieron la
doctrina filosófica materialista -antes una teoría abstracta- en
medio eficaz para la transformación de la sociedad, en arma
ideológica de la clase obrera en su lucha por el socialismo y el
comunismo. La doctrina filosófica de Marx y Engels ha prendido entre
las más grandes masas de los trabajadores de todos los países. Es
una genuina filosofía de masas.
martes, 30 de abril de 2013
El internacionalismo, manantial de fuerzas para el movimiento obrero
Carácter
internacionalista del movimiento obrero. En el pasado no podían ser
internacionalistas ni las clases opresoras ni las oprimidas.
Oponíanse a ello las condiciones históricas y también el lugar de
estas clases en la producción social y su modo de vida.
La primera clase
consecuentemente internacionalista son los obreros, los proletarios.
Apareció en la palestra histórica en una época en que empezaba a
formarse la economía mundial, cuando los vínculos económicos
adquirían un carácter verdaderamente mundial y, a continuación de
los lazos económicos, crecían en proporciones inusitadas los nexos
culturales y de otra índole entre los países y los pueblos. Tal es
la situación histórica general que permitió la aparición del
internacionalismo de los obreros. Pero si los obreros son
genuinamente internacionalistas, no se debe sólo a las condiciones
externas; también contribuyen a ello sus vitales intereses de clase.
Los obreros carecen de propiedad privada, que divide a los hombres, y
les son asimismo ajenos los intereses que engendran la hostilidad
hacia los trabajadores de otros países y nacionalidades. Al
contrario, los obreros de todos los países tienen un interés
primordial único: el derrocamiento del yugo del capital. Este
interés los agrupa contra la fuerza internacional de los
capitalistas, haciendo que el internacionalismo se convierta para los
obreros no en algo posible, sino necesario, condición obligatoria
para el éxito de la lucha por el socialismo y el comunismo. El
carácter internacionalista del movimiento obrero no tardó en
revelarse. Los obreros de cada país mantenían en un principio la
lucha contra "su" burguesía, mas pronto empezaron a
ponerse de acuerdo para su acción común, a apoyarse mutuamente y
prestarse ayuda, así como para crear sus propias organizaciones
internacionales. Desde el punto y hora en que apareció y se extendió
por todo el mundo la doctrina marxista y se formaron los partidos
políticos del proletariado, el movimiento obrero es profundamente
internacionalista. Marx y Engels expresaron el principio del
internacionalismo en la fórmula precisa de su inmortal consigna:
"¡Proletarios de todos los países: uníos!" Todo el que
haya asimilado la doctrina marxista y comprendido la misión
histórica del proletariado por ella descubierta no puede por menos
de ser internacionalista, de buscar conscientemente la unidad y
colaboración de los trabajadores de todos los países. Por eso, a
medida que el marxismo-leninismo vence en el movimiento obrero de
cualquier país, se amplían los vínculos internacionalistas de este
movimiento con los trabajadores de otros países. Para los partidos
marxistas-leninistas, el internacionalismo es parte integrante
importantísima de su ideología y su política. Sin el
internacionalismo, sin la unión de esfuerzos de los trabajadores de
todos los países, es imposible vencer a la burguesía mundial y
construir una sociedad nueva.
El internacionalismo
proletario es, ante todo, la ideología científica de la comunidad
de intereses de la clase obrera de todos los países y naciones. En
segundo lugar, es el sentimiento de solidaridad de los trabajadores
de todos los países, de fraternidad de los hombres del trabajo. En
tercero, es un determinado tipo de relaciones entre los destacamentos
nacionales de la clase obrera. Dichas relaciones se basan en la
unidad y armonía de acción, en la ayuda y el apoyo recíprocos. Se
basan en el principio de libre aceptación, en la conciencia de que
tales relaciones responden a los intereses vitales de los obreros de
todos los países. El internacionalismo proletario no niega en
absoluto la independencia de los destacamentos nacionales de la clase
obrera, su derecho a resolver por sí mismos sus propios asuntos.
Pero esto no debilita en modo alguno la unidad de la clase obrera en
el plano internacional. Todo lo contrario, precisamente porque en el
movimiento obrero internacional políticamente consciente reina el
espíritu de una verdadera igualdad de derechos y de respeto a los
intereses de los obreros de las distintas naciones, entre los
trabajadores de todos los países es cada vez más profunda la
confianza mutua y la tendencia a la colaboración. Los ideólogos
burgueses tratan de demostrar que el internacionalismo de la clase
obrera significa la desestimación de los intereses nacionales de su
propio pueblo. Esto es deformar la esencia del internacionalismo
proletario. Es precisamente la lucha de liberación de la clase
obrera lo que asegura a cualquier nación el mantenimiento de su
libertad e independencia, la igualdad de derechos con las demás
naciones, el ascenso del bienestar de todas las capas de la población
y el florecimiento de la cultura nacional. Solidaridad internacional
de los trabajadores. La solidaridad y unión del proletariado se han
robustecido extraordinariamente a lo largo de los últimos cien años.
Ello encuentra expresión concreta, principalmente, en la
organización del movimiento obrero. Los sindicatos de diversos
países se agrupan ahora en poderosas federaciones internacionales,
de las cuales la más importante es la Federación Sindical Mundial,
que ha demostrado ser un defensor consecuente de los intereses
internacionales y nacionales de los obreros. También mantienen
estrechos vínculos los partidos políticos de la clase obrera, y en
primer lugar los partidos marxistas-leninistas. Diversas formas de
colaboración internacional se observan en otras organizaciones de
trabajadores (de jóvenes, de mujeres, cooperativas), y también en
los movimientos democráticos progresistas en los que la clase obrera
ocupa un primer puesto (movimiento de los pueblos en defensa de la
paz y otros). Pero los avances del internacionalismo proletario no se
circunscriben a las formas orgánicas. Se han producido grandes
cambios en la conciencia de los obreros y, bajo la influencia de
éstos, en la conciencia de todos los trabajadores. Los hombres del
trabajo comprenden cada vez más la comunidad de sus intereses con
los de sus hermanos de otros países y naciones, así como el valor
que representa su cohesión, la unidad de acción y la solidaridad de
clase.
Tales cambios en la
conciencia de los obreros tienen raíces profundas en la realidad
histórica. La transformación del capital monopolista en una fuerza
reaccionaria internacional, con la consiguiente formación del campo
imperialista -dispuesto a cualquier crimen, a cualquier infamia para
esquilmar y oprimir a todos los pueblos del mundo-, contribuye
objetivamente a que los trabajadores de los distintos países
comprendan la comunidad de sus intereses vitales. La propia vida hace
ver a los obreros que no pueden permanecer indiferentes ante la
suerte de otros países y pueblos. Las severas lecciones de la
historia les convencen, por ejemplo, de que las guerras coloniales,
aun las mantenidas por los imperialistas en los rincones más
alejados de la tierra, significan inevitablemente para los
trabajadores un incremento de las cargas económicas y de la reacción
política que pesan sobre ellos, y, lo que es más importante,
acentúan la amenaza de una nueva guerra mundial. De la misma manera,
las derrotas infligidas por la burguesía imperialista de cualquier
país a su clase obrera -como lo demuestran las enseñanzas del
fascismo en Alemania- pueden empeorar las condiciones del movimiento
obrero en otros países capitalistas y dejar a los imperialistas las
manos libres para desencadenar una guerra mundial. El
internacionalismo de la clase obrera ha demostrado en la práctica su
eficacia. En 1918-1920, cuando sobre la joven República Soviética
se lanzó la burguesía reaccionaria de muchos países, el movimiento
obrero internacional se puso frente a la intervención imperialista.
La solidaridad internacional de los trabajadores fue un arma
excelente en la lucha contra el fascismo. Miles de obreros de
distintos países combatieron contra los fascistas en los campos de
España, y luego se incorporaron a la Resistencia en Francia,
Bélgica, Grecia, Noruega, Italia y otros países ocupados por los
hitlerianos. Los obreros de todos los países apoyaron la heroica
guerra de liberación del pueblo soviético contra los invasores
fascistas. Después de la segunda guerra mundial, la solidaridad
internacional de la clase obrera ha encontrado brillante expresión
en la lucha contra las nuevas maniobras de los agresores
imperialistas, en apoyo de las acciones de la Unión Soviética y de
todo el campo socialista contra la agresión del imperialismo. Ello
contribuyó grandemente a limitar y poner fin a las guerras
desencadenadas por los imperialistas contra los pueblos de Indonesia,
Indochina, Corea, Egipto y otros países.
La unidad de acción
internacional de los trabajadores, su cohesión y solidaridad es en
nuestros días una fuerza formidable en la lucha que se mantiene
contra los intentos del campo imperialista por poner fin a la
independencia, la libertad y la felicidad de los pueblos. Esta es la
razón de que los Partidos obreros no cesan de plantear la tarea de
fortalecer la solidaridad internacional de los trabajadores en la
lucha por la paz, la democracia y el socialismo.
martes, 23 de abril de 2013
Obstáculos y dificultades del movimiento obrero en su desarrollo
Los grandes éxitos y triunfos históricos de la clase obrera han sido conseguidos en encarnizada lucha. Para alcanzarlos hubieron de ser salvadas numerosas barreras. Todo obrero consciente, todo marxista debe ver esos obstáculos, a fin de comprender mejor las tareas futuras del movimiento obrero internacional. Las dificultades que se presentan ante el movimiento obrero son de naturaleza diversa, pero las principales son las que en su camino levanta la burguesía. El proletariado tropieza con ellas constantemente, y no es empresa fácil superarlas. Porque los obreros han de luchar contra una clase que tiene gran experiencia política y que dispone de un poderoso aparato de presión económica y de violencia física y espiritual. Las organizaciones obreras no han aprendido en todos los sitios, ni mucho menos, a hacer frente a las dificultades de dicho género, y esa es una de las causas principales del atraso del movimiento socialista en una serie de países. En su historia, de más de cien años, el movimiento obrero ha experimentado pérdidas sensibles por el terrorismo de la burguesía: muchos millares de combatientes proletarios fueron asesinados ferozmente, decenas y cientos de miles fueron a parar a la cárcel; las organizaciones obreras fueron empujadas repetidas veces a la clandestinidad y se pusieron toda clase de trabas a su labor. En las condiciones actuales, los círculos dominantes de los países capitalistas recurren cada vez más a las represiones policíacas, al chantaje y a la intimidación de la parte más activa y consciente de los obreros. Cuanto más frágiles son las posiciones de la burguesía, más recurre ésta a la violencia. Pero la burguesía dominante no se limita, en su lucha con el movimiento obrero, a las medidas de persecución. Otra calamidad que pesa sobre los obreros de los países donde hay desocupación crónica es la constante amenaza de verse despedidos y de ser incluidos en las listas negras de las organizaciones patronales. Con ayuda de este inhumano método, los capitalistas norteamericanos ejercen ahora la más fuerte presión para impedir el desarrollo de un movimiento obrero independiente. La burguesía dominante recurre también en vasta escala al engaño, a la demagogia social y a otros métodos más sutiles y hábiles -más peligrosos por tanto- de desorganización de la clase obrera, a la que trata de someter a su putrefacta influencia espiritual.
La cosa se complica si consideramos que los obreros no constituyen una clase homogénea. Sus filas se nutren sin cesar con elementos arruinados de la pequeña burguesía. Estas gentes llevan consigo a menudo la carga de una ideología, psicología y moral burguesas, y contaminan a otros obreros. Además, siguiendo la vieja norma de todos los opresores -"divide y vencerás"-, los grandes capitalistas se esfuerzan por sobornar a las capas altas del proletariado, por crear así una casta privilegiada, la "aristocracia obrera", a la que quieren convertir en un apoyo, en semillero de la influencia burguesa en el seno del movimiento obrero. Todo esto hace que cierta parte de los obreros se deje impresionar por la demagogia social de la burguesía y sus agentes. La burguesía no deja de intensificar su labor en este sentido. Últimamente, en los Estados Unidos y otros países burgueses, además del aparato ordinario de la influencia sobre las masas (prensa, cine, radio, etc.), han aparecido hasta "ciencias" especiales que persiguen el mismo objeto ("relaciones sociales", "relaciones humanas", "sociología y psicología industrial", etc.). Cientos y miles de "especialistas" de estas "ciencias" trabajan ya en las empresas y en los organismos del gobierno y de la administración pública. Su misión consiste en proponer y aplicar medidas conducentes a la desorganización del movimiento obrero y a evitar las huelgas, y también a hacer que el obrero se sienta satisfecho de su suerte, a crear apariencias de una "armonía de clases" y a establecer la "paz de clases" en las empresas.
miércoles, 17 de abril de 2013
El papel del Pueblo y el individuo en la historia
Los ideólogos de las
clases explotadoras deforman con singular celo cuanto se refiere al
papel del Pueblo y del individuo en la historia. En su afán por
justificar el "derecho" de una minoría insignificante a
oprimir a la mayoría, siempre trataron de rebajar el papel de las
masas del pueblo en la vida y en el progreso de la sociedad. El
pueblo, la gente, las masas trabajadoras son, según ellos, una turba
obtusa que por su naturaleza misma está destinada a someterse por
entero a la voluntad ajena y a soportar mansamente su vida de
humillaciones y necesidades. Para quienes así piensan, las masas
populares no son más que el objeto pasivo del proceso histórico, y,
en el mejor de los casos, ejecutores ignorantes de la voluntad de los
"grandes hombres": de los reyes, generales, legisladores,
etc. Tales teorías subjetivistas no se limitan a justificar los
regímenes en que un puñado de explotadores oprime a la mayoría de
la población, sino que también argumentan en pro de una política
interior dirigida a la supresión de la democracia y al
establecimiento de sistemas fascistas. Estos sistemas precisamente,
afirman los ideólogos reaccionarios, son los que pueden asegurar a
los grandes hombres el campo libre para "hacer" historia e
imponer su voluntad sin temor a la intervención de las masas
ignorantes del pueblo. Así justificaban los hitlerianos y otros
fascistas la falta de derechos a que tenían sometido al pueblo y la
omnipotencia del "führer". Además de la concepción
subjetivista del papel del individuo en la historia, entre los
ideólogos burgueses goza también de privanza la visión fatalista,
según la cual los hombres no pueden ejercer influencia alguna sobre
la marcha de los acontecimientos. Tal punto de vista es impuesto con
particular insistencia por las gentes de la Iglesia, para quienes la
vida y el desarrollo de la sociedad han sido determinados por la
providencia, por el sino, por la suerte ciega. "El hombre
propone y Dios dispone": a esto se reducen todos sus
razonamientos.
La teoría fatalista
rebaja tanto como la subjetivista el papel de las masas populares en
el progreso de la sociedad. Lo mismo la una que la otra parten del
falso supuesto de que el desarrollo social se produce al margen de la
actividad y la lucha de los millones de trabajadores; cada una, a su
manera, sirve a los fines ideológicos de las clases explotadoras,
interesadas en que se mire con desprecio al hombre del trabajo. La
teoría marxista ha puesto de manifiesto la falsedad de ambas
concepciones, lo mismo de la subjetivista que de la fatalista. El
marxismo-leninismo, que ha descubierto las leyes del proceso
histórico, ve en las masas populares el portavoz de la necesidad
histórica, la fuerza a la cual corresponde el papel determinante en
el desarrollo social.
martes, 9 de abril de 2013
Fuerzas motrices de la sociedad Socialista
El avance de la sociedad no se interrumpe, sino que, al contrario, se ve acelerado con el triunfo del socialismo. A velocidad vertiginosa, como jamás conocieron las formaciones anteriores, marcha el desarrollo de la industria y de la agricultura, de las relaciones sociales y políticas y de toda la superestructura social, que se va perfeccionando en el avance hacia el mayor bienestar del Pueblo. Este proceso se basa en las leyes objetivas de desarrollo de la producción social socialista, lo cual infunde a dicho avance rasgos absolutamente nuevos, que marcan diferencias profundas entre la sociedad socialista y los regímenes de explotación. La sociedad se ve libre para siempre de antagonismos. Las contradicciones de su desarrollo no son antagónicas. Se trata principalmente de contradicciones y dificultades de crecimiento, debidas al vertiginoso ascenso de la economía socialista y a un incremento todavía más rápido de las necesidades de los hombres; son contradicciones que surgen en el choque de lo nuevo y lo viejo, de lo avanzado y lo atrasado.
Dichas contradicciones no se resuelven por la lucha de clases -pues en la sociedad socialista no hay capas o clases sociales interesadas en detener el desarrollo, en defender el régimen viejo y caduco-, sino por la colaboración de todas las clases y capas, interesadas por igual en la consolidación del socialismo y la transferencia del Poder al Pueblo. El instrumento principal por el que se descubren y se resuelven las contradicciones es la crítica y la autocrítica. Una crítica y autocrítica amplias son necesarias para encontrar a tiempo y eliminar los defectos y contradicciones, para cortar en su nacimiento los brotes de lo viejo y caduco. Donde la crítica es ahogada, viene el estancamiento y se hace más difícil resolver las contradicciones. Por eso la sociedad socialista tiene un interés vital en estimular constantemente la crítica y la autocrítica, en las que ve un valioso instrumento para movilizar la energía fecunda y la actividad política de los trabajadores y dirigirlas hacia la superación de las dificultades, hacia el cumplimiento de las nuevas tareas de la construcción del comunismo. La eliminación de las contradicciones antagónicas brinda una superioridad enorme al régimen socialista, al asegurar unas posibilidades nunca vistas de desarrollo armónico de las fuerzas productivas y el consiguiente progreso de la superestructura política e ideológica de la sociedad. Un papel cada vez mayor en el avance de la sociedad corresponde a las fuerzas que no dividen y enfrentan a los hombres, sino que los agrupan y los orientan hacia la consecución de fines que les son comunes. La aparición de estas fuerzas motrices del desarrollo es lo que permite a la sociedad proseguir su avance a velocidad mucho mayor y con menos pérdidas que antes. Una importante fuerza motriz del desarrollo social es el trabajo colectivo basado en la propiedad socialista. Dicho trabajo, que aproxima y une a los hombres, es la fuente principal del avance. El trabajo, que antes servía para enriquecer a los explotadores, conviértese en una función social que la sociedad estimula material y moralmente; pasa a ser una causa de honor y valor, un acto de servicio al bien común. El trabajo colectivo y las relaciones de camaradería, ayuda mutua y colaboración, engendran la emulación socialista, forma nueva de colaboración entre los hombres que contribuye a poner de relieve y a fomentar sus capacidades. A diferencia de la competencia capitalista, que se basa en los principios de "cada uno para sí" y de "el hombre es un lobo para el hombre", presupone una ayuda mutua amistosa en todos los órdenes, el intercambio de las mejores experiencias y la incorporación sistemática de los atrasados hasta el nivel de los avanzados. En el trabajo colectivo consciente es donde mejor se revela un rasgo de la fisonomía espiritual del hombre de la sociedad socialista como es la preocupación por el bien común, esa sensación de sentirse dueño cuando se trata de los asuntos de la sociedad.
En virtud de los hondos cambios que con el triunfo del socialismo experimentan las relaciones de clase, se sientan los sólidos cimientos para la unidad político-moral de la sociedad. Esta unidad de todas las clases y capas sociales respecto de sus principales intereses se convierte también en una poderosa fuerza motriz del desarrollo social. La unidad político-moral permite agrupar a todos los trabajadores para el cumplimiento de las más importantes tareas económicas, político-sociales y culturales. Y ello significa una fuerza capaz de vencer cualquier obstáculo.
Otra fuerza motriz de la sociedad socialista es la amistad de las naciones socialistas, tanto dentro de cada país como por lo que se refiere al sistema mundial del socialismo. Esta amistad ayuda a defender las conquistas de los trabajadores frente a los atentados de los imperialistas y crea las condiciones más favorables para el desarrollo económico y cultural de todos los pueblos que se prestan fraternalmente ayuda. Las elevadas ideas que inspiran al hombre del socialismo encuentran expresión en el fecundo sentimiento del patriotismo socialista. Se trata de un patriotismo nuevo, que no refleja ya simplemente el natural cariño que cada uno siente por el lugar donde nació, por sus personas, costumbres, idioma, etc. Se trata en primer término de la devoción al régimen socialista, que se basa en la comprensión de su decisiva superioridad frente al capitalismo. Tal patriotismo no separa, sino que une a los hombres de las distintas naciones. El patriotismo socialista no engendra el exclusivismo nacional, sino un profundo sentimiento de solidaridad internacional y de amistad con la clase obrera y con todos los trabajadores de los demás países. El patriotismo socialista es un sentimiento activo y eficaz, que impulsa a los hombres a entregar a su patria todo cuanto pueden y valen y, en caso necesario, hasta la vida. Buena prueba de ello la tenemos en la gran hazaña del pueblo soviético durante los años de la Gran Guerra Patria. Las fuerzas motrices de la sociedad socialista no son algo dado de una vez para siempre. Ellas mismas evolucionan a medida que el Socialismo se perfecciona y robustece. Una de las principales tareas que la sociedad tiene ante sí es la de ayudar a esa evolución, a la consolidación de las nuevas fuerzas motrices del socialismo. Ese es el motivo de que se preste tanta atención al perfeccionamiento de las formas del trabajo colectivo apoyándose en el desarrollo de los estímulos materiales y morales. Tiene también enorme valor el robustecimiento continuo de la unidad político-moral del pueblo, es decir, de la unidad, la cohesión y la alianza indestructible entre los obreros, los campesinos y los intelectuales. Comprendiendo toda la trascendencia de esta tarea para el avance del socialismo hacia el comunismo, la sociedad y su fuerza dirigente -el Partido- vigilan atentamente para que en la economía, la política y la ideología no aparezcan fenómenos contrarios a la unidad político-moral del pueblo.
El Partido, el Estado y toda la sociedad socialista no pierden tampoco de vista la necesidad de fortalecer la amistad de los pueblos. Esta tarea es cumplida con ayuda de medidas de orden económico, político y cultural-educativo. La experiencia histórica demuestra que el fortalecimiento de la amistad entre los pueblos exige una lucha constante contra las recidivas del nacionalismo en todas sus manifestaciones. Gran importancia para el desarrollo todo de la sociedad socialista tiene, en fin, el robustecimiento del patriotismo socialista, del amor de los trabajadores a su país socialista, por el que han de estar dispuestos a trabajar abnegadamente y, si llegase el caso, a combatir en defensa de sus conquistas y de su seguridad. La sociedad socialista posee, pues, poderosas fuerzas motrices que garantizan un constante y rápido progreso en todas las esferas de la vida. El sistema socialista abre posibilidades nunca vistas para el desarrollo de la sociedad y para la resolución de los más complejos problemas sociales en interés de la humanidad trabajadora, creando para ello las premisas necesarias. Pero este sistema, de por sí, se comprende que no resuelve ni puede resolver problema alguno. Son los hombres los encargados de hacerlo. Una característica de capital importancia del desarrollo social dentro del socialismo es que elimina lo elemental o espontáneo y se convierte en un proceso en el que un papel cada vez mayor corresponde a la actividad consciente y regular de los hombres. En estas condiciones cobra un valor formidable la función de los partidos Revolucionarios , vanguardia de los trabajadores, en el que encuentran su expresión más acabada y completa el pensar y el sentir colectivos de la sociedad socialista. La dirección acertada del Partido es condición indispensable para que se traduzcan en realidad todas las posibilidades y ventajas que el sistema socialista encierra. Considerándolo así, aun después del triunfo del socialismo, los marxistas-leninistas atribuyen un significado esencial al fortalecimiento de la dirección de los partidos Revolucionarios, que ha de incrementar su papel en todas las esferas de la vida social.
Después de que el socialismo rebasó los límites de un solo país y se ha convertido en sistema mundial, ante la teoría y la práctica se presentan problemas nuevos y de gran trascendencia, relativos a las leyes que rigen la organización de la economía socialista mundial y a las relaciones entre los Estados socialistas soberanos e independientes.
lunes, 1 de abril de 2013
Por dónde empieza el poder de la clase obrera
En la esfera económica,
lo principal en el período de transición es la socialización de
los medios de producción, el rápido desarrollo del sector
socialista y la organización, sobre esta base, de relaciones de
producción nuevas, socialistas. El primer acto de las
transformaciones en el plano económico es la nacionalización de la
gran producción capitalista. Nacionalización de la gran industria,
transportes y bancos.
En el Manifiesto del
Partido Comunista se dice: "El proletariado utiliza su
dominación política para arrancar a la burguesía, paso a paso,
todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de
producción en manos del Estado, es decir, del proletariado
organizado como clase dominante, y aumentar, lo más rápidamente
posible, el conjunto de las fuerzas productivas." La gran
burguesía, se comprende, presenta la nacionalización socialista
como un acto ilegal y como un "robo". La realidad es que se
trata de una medida absolutamente justa, que, con toda la razón,
calificó Marx como "expropiación de los expropiadores".
La gran propiedad capitalista es fruto de la expoliación más
implacable de millones de seres, de la apropiación de las tierras de
los campesinos, de la ruina de los artesanos, del bandolerismo en las
colonias y del saqueo de las cajas del Tesoro. La riqueza de los
capitalistas aumenta siempre a expensas del trabajo de la clase
obrera y de la ruina de los pequeños productores. Por eso, la
revolución socialista no hace sino restablecer la justicia cuando
convierte en patrimonio del pueblo lo que fue creado por el trabajo
del pueblo y por derecho pertenece a los trabajadores.
El fin que la
nacionalización socialista persigue al quebrantar la potencia
económica de la burguesía y poner en manos del Estado proletario
los puestos de mando dentro de la economía nacional es crear un
nuevo modo de producción. La historia ha confirmado ya que las
formas y métodos de la nacionalización pueden ofrecer diferencias
sensibles en cada país. La nacionalización socialista de los
principales medios de producción fue llevada a cabo por primera vez
por la clase obrera de Rusia. Antes de iniciar la nacionalización,
el Poder Soviético implantó el control obrero. La industria, el
comercio y las finanzas fueron colocados bajo el control de los
obreros y empleados de cada empresa. La respuesta de la burguesía a
esta medida y a otras semejantes, encaminadas a regular la economía,
fue el sabotaje y la resistencia más desesperada. Esto obligó al
Gobierno soviético a llevar adelante la nacionalización con gran
premura. En diciembre de 1917 eran nacionalizados los bancos, y
seguidamente los ferrocarriles, las comunicaciones y los barcos de
mar y de río, así como algunas empresas industriales. En junio de
1918 se anunciaba la nacionalización de las empresas grandes en
todos los sectores de la industria y de los ferrocarriles privados.
Estas medidas se llevaron a cabo mediante confiscación, sin
indemnización alguna. En las democracias populares europeas, este
mismo proceso de formación del sistema socialista en la economía
transcurrió de manera muy distinta. Los gobiernos
democrático-populares sólo nacionalizaron en un principio las
empresas pertenecientes a los criminales de guerra, a los traidores a
la patria que habían colaborado con el fascismo alemán, y también
las empresas de los monopolios capitalistas. La nacionalización de
las otras empresas vino más tarde, como respuesta a los manejos
antisocialistas de la burguesía. Características muy acusadas
presenta la nacionalización en la República Popular China. El
Gobierno popular se limitó al comienzo a nacionalizar las empresas
de la industria pesada pertenecientes a las altas capas de la
burguesía comercial intermediaria y burocrática, tomó en sus manos
los bancos más importantes y los ferrocarriles y estableció el
control sobre el comercio exterior y las operaciones con moneda
extranjera. La nacionalización no afectó, sin embargo, a capas
importantes de la burguesía nacional china, que habían colaborado
con la clase obrera durante la guerra de liberación y la revolución
popular.
En el período
subsiguiente de transformación de la propiedad capitalista, se
recurrió en gran escala a formas diversas de capitalismo de Estado,
desde la simple regulación y el control hasta la creación de
empresas mixtas estatales-privadas. Los capitalistas que toman parte
en tales empresas perciben, en calidad de indemnización, un interés
del cinco por ciento del dinero invertido (estos pagos habrán de
cesar en 1962). Cualquiera que sea el modo como se realice la
nacionalización socialista, en todo caso sólo afecta a los
intereses de una minoría muy reducida de la sociedad, a la vez que
favorece a su inmensa mayoría. El desarrollo del capitalismo, al
concentrar la propiedad de los medios de producción en manos de un
reducido grupo de gentes, prepara por sí mismo las condiciones para
que esos grandes medios de producción sean transferidos sin
conmoción alguna a su legítimo dueño, que es el pueblo.
La nacionalización
socialista no toca en modo alguno la propiedad de los pequeños
industriales, comerciantes y artesanos. Todo lo contrario, en los
primeros tiempos el Estado de la clase obrera victoriosa les presta
ayuda en forma de materias primas, créditos y pedidos, y en la
marcha de las transformaciones posteriores se preocupa de que puedan
ocupar una posición digna en la sociedad nueva. En una carta a los
comunistas georgianos escrita en marzo de 1921, inmediatamente
después de haberse establecido el Poder Soviético en Georgia, Lenin
escribía acerca de los pequeños comerciantes: "Hay que
comprender que no trae cuenta alguna nacionalizar y que incluso hay
que hacer ciertos sacrificios para mejorar su situación y darles la
posibilidad de que sigan su pequeño comercio." En los países
de capitalismo desarrollado, al procederse a la nacionalización de
las grandes empresas capitalistas, se tendrán presentes, sin duda,
los intereses de los pequeños accionistas. Esto se refiere a los
propietarios de una pequeña renta, de pólizas de seguros, etc. Por
lo tanto, la nacionalización socialista es una de las tareas
generales y obligatoriamente necesarias de la revolución, cualquiera
que sea el país donde la clase obrera haya llegado al poder. La gran
producción capitalista únicamente puede ser convertida en
socialista mediante su nacionalización por el Estado de los
trabajadores. Así se crean los cimientos del sector socialista de la
economía, del nuevo modo de producción. Apoyándose en ese sector,
la clase obrera puede iniciar la transformación de toda la vida
económica de la sociedad. Confiscación de la gran propiedad
agraria. La clase obrera, que toma el poder en alianza con otros
trabajadores, no puede limitarse a suprimir las relaciones
capitalistas; en muchos países tropieza también con supervivencias
del feudalismo.
Esto se refiere, ante
todo, a los países subdesarrollados, y muy especialmente a las
colonias y países dependientes, donde la tierra que los campesinos
cultivan pertenece en buena parte a los grandes propietarios. Mas las
supervivencias del feudalismo se conservan, en una forma u otra, en
muchos países de capitalismo desarrollado. La propia burguesía
adquiere tierra en ellos y no se atreve a apartar del camino una
barrera tan formidable para el progreso social como es el monopolio
de la gran propiedad agraria. De ahí que en todos los países donde
esa gran propiedad exista -lo mismo si es feudal que capitalista- la
confiscación de la misma sea una tarea primordial de la clase
obrera. En Rusia, donde los terratenientes fueron hasta 1917 una de
las clases dominantes, la tarea no podía ser más perentoria. Por
eso, uno de los primeros actos del poder proletario fue la
confiscación sin indemnización de sus tierras. El Decreto de la
Tierra, aprobado por el II Congreso de los Soviets de toda Rusia el
26 de octubre (8 de noviembre) de 1917, convertía todo el suelo en
patrimonio del pueblo. Esto, además de poner fin a la clase de los
terratenientes, significaba un rudo golpe para el poderío económico
de la burguesía. Al propio tiempo se robustecía la alianza de la
clase obrera con los campesinos, y las grandes masas de trabajadores
de la aldea ligaban estrechamente su suerte a la del Poder Soviético.
En Rusia quedó abolida la propiedad privada sobre toda la tierra,
circunstancia ésta que venía dictada por las condiciones históricas
concretas. Las tradiciones de la propiedad privada de la tierra eran
en Rusia más débiles que en el resto de Europa. Durante largo
tiempo en la aldea rusa había imperado la propiedad comunal, con
repartos periódicos de los lotes campesinos. En la conciencia de los
campesinos estaba arraigada la idea de que "la tierra no es de
nadie, es de Dios", y de que sus frutos habían de pertenecer a
quien la trabajaba. Por eso la mayoría de los campesinos apoyó la
reivindicación de suprimir la propiedad privada sobre la tierra. La
situación era distinta en las democracias populares europeas. La
propiedad privada de la tierra tenía allí unas tradiciones muy
arraigadas y los campesinos miraban con recelo la consigna de la
nacionalización. Esta medida no habría hecho más que dificultar
las relaciones entre la clase obrera y los campesinos. Por eso el
Estado popular se limitó a nacionalizar únicamente las grandes
propiedades.
La mayor parte de la
tierra confiscada se entregó a los braceros, a los campesinos
pobres, y, en ocasiones, a los campesinos medios, a precios muy
asequibles que habían de satisfacer a plazos, en el transcurso de
diez a veinte años, aunque fue mucha la que se cedió a título
gratuito. La tierra pasaba a ser propiedad personal, mas con ciertas
limitaciones: prohibíase la venta de la misma, salvo casos
excepcionales, la entrega en arriendo, el reparto y la donación, es
decir, todo cuanto puede servir para convertir la tierra en medio de
explotación y de lucro especulativo. Los lotes se calculaban de tal
forma que pudiesen ser cultivados directamente por el dueño y su
familia. De ordinario se trataba de campos que no sobrepasaban de
cinco Ha, y sólo en algunos casos llegaban a 10 y 15 Ha. La
confiscación de la propiedad de los grandes terratenientes, tanto en
Rusia como en las democracias populares, tuvo importancia inmensa en
cuanto a la consolidación política del nuevo poder. La historia nos
dice que la gran propiedad agraria ha sido siempre un apoyo de la
reacción y que los terratenientes son el espinazo de las
contrarrevoluciones. La confiscación de la gran propiedad agraria no
es de por sí una medida socialista, por cuanto no afecta a las bases
de las relaciones capitalistas. En bastantes países esta
confiscación se llevó ya a cabo en el curso de las revoluciones
burguesas de los siglos XVIII y XIX, y la única consecuencia fue la
de propiciar un desarrollo más rápido del capitalismo en la
agricultura. Pero cuando en el poder se encuentran los trabajadores,
la confiscación de la gran propiedad del suelo se convierte en una
importante premisa de las posteriores transformaciones socialistas.
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