LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

Canciones de Combate

martes, 26 de marzo de 2013

Leyes fundamentales de la Revolución Socialista y peculiaridades de su manifestación en los distintos países


En la teoría marxista-leninista de la revolución socialista ocupa importante lugar el problema de la correlación entre las leyes generales de la revolución y las peculiaridades que éstas presentan en el plano nacional. Del acertado criterio con que se enfoque este problema depende mucho el éxito de la revolución. No puede extrañarnos, pues, que en torno a él se desarrolle una enconada lucha ideológica. Los revisionistas no admiten la existencia de leyes generales de la revolución, desorbitando el valor de las peculiaridades nacionales. Y como este punto de vista se quiere imponer a los partidos de los países donde la revolución no se ha producido todavía, de lo que en realidad se trata es de la renuncia a la revolución. Los dogmáticos, al contrario, no quieren considerar las peculiaridades nacionales en el curso de la revolución. Exigen que en todos los lugares se lleve a cabo la revolución socialista con arreglo a un esquema adoptado de una vez para siempre. También esta posición puede causar daño sensible al movimiento revolucionario. La gran fuerza del socialismo reside precisamente en que se afirma como resultado de la creación revolucionaria de las masas y se incorpora a la vida de cada nación en formas que el pueblo comprende y hace suyas, orgánicamente relacionadas con toda la estructura de su vida nacional. Y los dogmáticos, al no tener presentes las peculiaridades nacionales y limitarse a copiar mecánicamente la experiencia de otros países, traban la acción creadora de las masas, debilitan la fuerza de atracción del socialismo y le crean dificultades complementarias en su camino. Considerando el peligro que el revisionismo y el dogmatismo encierran, la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros (1957) subraya la necesidad de mantener simultáneamente la lucha contra estas dos tendencias.
El marxismo-leninismo estima que, a pesar de las diferencias en cuanto a las condiciones concretas y a las tradiciones nacionales, la revolución socialista presenta en todos los países rasgos y leyes comunes de sustancial importancia. Y se comprende que así sea: la sustitución del capitalismo por el socialismo es en todos los países un proceso idéntico en líneas generales. Su comienzo va señalado por dos transformaciones fundamentales: 1) se aparta del poder político a las clases explotadoras y se implanta el poder de los trabajadores dirigidos por la clase obrera, la dictadura del proletariado; 2) se suprime la propiedad de los capitalistas y terratenientes y se establece la propiedad social sobre los principales medios de producción. Estas dos transformaciones, según se indicaba antes, pueden sucederse en distintas formas. Pero la clase obrera ha de llevarlas a cabo obligatoriamente en todos los casos en que se realiza el paso al socialismo. Sin ello el socialismo es imposible. La enunciación más completa de los principios cuya observación es necesaria para el triunfo de la revolución socialista, figura en la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros. En ella se enumeran los siguientes principios y leyes generales, que abarcan al período completo de transición del capitalismo al socialismo: Dirección de las masas trabajadoras por la clase obrera, el núcleo de la cual es el partido marxista-leninista, para la realización de la revolución proletaria en una u otra forma y el establecimiento de la dictadura del proletariado en una u otra forma. Alianza de la clase obrera con la masa fundamental de los campesinos y con otras capas de trabajadores. Supresión de la propiedad capitalista y establecimiento de la propiedad social sobre los principales medios de producción. Gradual transformación socialista de la agricultura. Desarrollo planificado de la economía nacional, dirigido a la construcción del socialismo y el comunismo, a la elevación del nivel de vida de los trabajadores. Aplicación de la revolución socialista al campo de la ideología y la cultura y formación de una intelectualidad numerosa, fiel a la clase obrera, al pueblo trabajador y a la causa del socialismo. Supresión de la opresión nacional y establecimiento de una amistad fraternal e igual en derechos entre los pueblos. Defensa de las conquistas del socialismo contra los ataques de los enemigos de fuera y de dentro. Solidaridad de la clase obrera del país con la clase obrera de los otros países: internacionalismo proletario. Estos principios y leyes generales no son sino las conclusiones fundamentales, brevemente formuladas, que se derivan de la teoría marxista-leninista de la revolución proletaria y de la construcción del socialismo.
Los partidos marxistas-leninistas no pretenden la aplicación de sus principios en la misma forma y con iguales métodos cualquiera que sea el país de que se trate. Siempre tienen presentes las condiciones concretas y las peculiaridades nacionales de su propio país. El leninismo enseña que la clave de los éxitos de la política socialista reside en la aplicación con un espíritu creador de los principios generales a las condiciones concretas del país, de conformidad con los rasgos originales de su economía, su política y su cultura, con las tradiciones de su movimiento obrero, las costumbres y psicología de su pueblo, etc.
Mientras existan diferencias nacionales y estatales entre los pueblos y los países, indicaba Lenin, la unidad de la táctica internacional del movimiento obrero comunista de todos los países no exige que se elimine la diversidad, que se ponga fin a las diferencias nacionales, sino una aplicación de los principios fundamentales del comunismo que "modifique acertadamente esos principios en lo particular, que los acomode y aplique acertadamente a sus diferencias nacionales y nacionales-estatales." Una tarea muy importante de los comunistas es la de adivinar, buscar, captar, investigar y estudiar lo particular y específicamente nacional en el enfoque concreto de la manera como cada país ha de resolver problemas internacionales únicos. La evolución de la sociedad humana del capitalismo al socialismo es un proceso histórico único. Ahora bien, la revolución socialista, cuando el desarrollo social la pone al orden del día en uno u otro país, es un acto de creación independiente de las masas populares que viven en cada país concreto, en un determinado medio en el que ha transcurrido su vida. Esto impone su huella imborrable a la marcha de los procesos revolucionarios. El conjunto de formas y modos por los que en un país se realizan las transformaciones revolucionarias comunes a todos los países es lo que constituye la característica del paso de ese país al socialismo. Las leyes fundamentales de la transición del capitalismo al socialismo son únicas para todos los países capitalistas. Lo que hay de común en el avance hacia el socialismo predomina sobre las peculiaridades nacionales. Las condiciones específicas de uno u otro país pueden modificar parcialmente las manifestaciones concretas de las leyes fundamentales, sin que sean capaces de suprimir las propias leyes. Esto no significa, sin embargo, que cada país vaya al socialismo por un camino sustancialmente distinto del que siguen los otros países. Hay un socialismo verdadero: el socialismo científico de Marx y Lenin, que establece principios generales para todos los países y pueblos en cuanto a la organización de la sociedad nueva, principios que se derivan de un estudio profundo de las leyes del desarrollo social.
La teoría marxista-leninista se enriquece a medida que se va reuniendo experiencia de la puesta en práctica de las transformaciones socialistas. La aplicación, con un espíritu creador, de los principios generales del marxismo-leninismo a las condiciones concretas de cada país significa, a la vez, un mayor desarrollo de estos principios. Cualquier país -grande o pequeño- puede enriquecer con su experiencia la teoría marxista de la revolución socialista.

jueves, 21 de marzo de 2013

El paso del poder a la clase obrera


El problema cardinal de toda revolución es el problema del poder. El problema de las revoluciones burguesas del pasado era la transmisión del poder, detentado por los señores feudales, a la burguesía, que entonces era una clase en ascenso. La tarea de la revolución proletaria consiste en privar del poder a la burguesía reaccionaria y a sus mandatarios políticos y entregarlo a la clase obrera y sus aliados. Esta revolución priva a las clases explotadoras de su dominación política y destruye las bases de su poderío económico; significa el paso a un nuevo período histórico: el de transición del capitalismo al socialismo. El hecho de que la revolución socialista se plantee en todos los países y en todas las condiciones un mismo fin no significa que siempre haya de llevarse a cabo con arreglo a unas mismas formas. No. El imperio de la burguesía reaccionaria puede ser suprimido de diversos modos. El marxismo-leninismo rechaza los modos y formas de conquista del poder político dados de una vez para siempre y aplicables en todos los tiempos y pueblos. Esos modos y formas cambian en consonancia con las condiciones generales de la época, con la situación concreta de cada país y con sus características nacionales, con la virulencia de la situación revolucionaria, la correlación de las fuerzas de clase y el grado de organización de la clase obrera y de sus adversarios. Cada partido de la clase obrera, cuando orienta a las masas hacia la revolución proletaria, ha de determinar, ante todo, el carácter -pacífico o no pacífico- de la misma. Esto depende, ante todo, de las condiciones objetivas: de la situación dentro del propio país, sin excluir el nivel de desarrollo de la lucha de clases, la tensión a que ésta ha llegado y la fuerza de resistencia de las clases dominantes, y también de la situación internacional. Hay que tener presente que en toda revolución no depende sólo de uno de los bandos la elección de las formas de lucha. En la revolución socialista, no depende únicamente de la clase obrera, que se lanza al asalto del capitalismo, sino también de la burguesía y de quienes están a sueldo de ella para defender las resquebrajadas murallas del régimen de explotación.
La clase obrera no tiene especial interés en resolver los problemas sociales por la violencia. Lenin señaló siempre que "la clase obrera preferiría,como es lógico, tomar pacíficamente el poder... " La burguesía no quiere tenerlo para nada en cuenta y, si puede, impone a los obreros revolucionarios los métodos y formas de lucha más violentos. Posibilidad de resolver el problema del poder por vía no pacífica. Las enseñanzas de la historia nos dicen que las clases dominantes no se retiran nunca voluntariamente de la palestra social y no entregan el poder por sí mismas. Apoyándose en toda la maquinaria de su Estado, aplastan por la fuerza la más pequeña acción revolucionaria y cualquier intento de desposeerlas de sus privilegios de clase. A eso se debe que, desde tiempos antiguos, la forma clásica de la revolución política sea la insurrección armada de la clase revolucionaria contra las viejas clases que se encuentran en el poder. Por lo demás, nadie sabe esto mejor que la propia burguesía, cuyos representantes se atreven ahora a acusar a los obreros revolucionarios de sentir "inclinación" por la violencia. En el período en que la burguesía aspiraba al poder, no tenía inconveniente alguno en recurrir a las armas contra los enemigos de clase que trataban de cerrarle el camino. Más aún, en aquel tiempo la burguesía mostraba la suficiente decisión histórica como para proclamar abiertamente el derecho de las masas a la violencia en la lucha por el triunfo de un régimen social nuevo y más progresivo. Un documento tan importante de la revolución norteamericana, burguesa, como la Declaración de Independencia (1776) sostiene sin rodeos no sólo el derecho, sino hasta el deber de cada ciudadano de cambiar e incluso de destruir la vieja forma de gobierno cuando ésta va contra los intereses del pueblo. La burguesía no llegó al "principio" de negar la violencia dirigida contra su poder "legítimo" más que cuando su propia dominación, degenerada en dictadura de una reducida oligarquía financiera, cuando su forma de gobierno, caduca y que ha dejado de estar al servicio de los intereses sociales, se ha visto amenazada de muerte. Los enemigos del socialismo llevan muchos años tratando de desfigurar la posición del marxismo-leninismo en cuanto a la insurrección armada y al lugar que ésta ocupa en la revolución socialista. No cesan los viejos intentos de presentar a los comunistas como conspiradores que, a espaldas de las masas, tratan de adueñarse del poder. Tales afirmaciones no contienen ni un ápice de verdad.
Cuando Lenin exponía la posición del marxismo hacia la insurrección armada, siempre subrayó la gravedad y responsabilidad que encierra esta forma de lucha, poniendo en guardia a los obreros contra todo aventurerismo, contra el juego a la conspiración para "apoderarse" del poder. Siempre concibió la insurrección como una vasta acción de las masas trabajadoras dirigidas por la parte consciente de la clase obrera. Cinco meses antes de la Revolución de Octubre, en mayo de 1917, decía: "Nosotros no queremos «apoderarnos» del poder, puesto que toda la experiencia revolucionaria enseña que únicamente es estable el poder que se apoya en la mayoría de la población." Ese poder estable y firme es el que se creó como fruto de la revolución socialista de octubre de 1917 en Rusia. En los trabajos de Lenin podemos encontrar un análisis completo de la "forma especial de la lucha política" que, según él, es la insurrección armada. Lenin daba los consejos siguientes a los revolucionarios: "1) No jugar nunca con la insurrección, y si se comienza, hay que saber firmemente que es preciso ir hasta el fin. "2) Es necesario reunir una gran superioridad de fuerzas en el lugar decisivo y en el momento decisivo, pues de otra manera el enemigo, mejor preparado y organizado, destruirá a los insurrectos. "3) Una vez la insurrección ha sido empezada, hay que obrar con la mayor decisión y obligatoriamente, forzosamente, pasar a la ofensiva. «La defensa es la muerte de la insurrección armada.» "4) Hay que tratar de coger de sorpresa al enemigo, aprovechar el momento en que sus tropas se hallan dispersas.
"5) Hay que conseguir éxitos, aunque sean pequeños, diariamente (podríamos decir que cada hora si se trata de una sola ciudad), manteniendo la «superioridad moral» a toda costa." La acertada aplicación de estas indicaciones de Lenin fue una de las condiciones que aseguraron el éxito de la Revolución Socialista de Octubre en Rusia, que fue casi la más incruenta de cuantas revoluciones registra la historia. En el asalto del Palacio de Invierno, que significaba la caída del gobierno provisional y el paso del poder a los Soviets, no pasaron de unas decenas los muertos por ambas partes. Nadie afirma, se comprende, que la revolución proletaria ha de ostentar forzosamente en otros países el mismo carácter que en Rusia. Explicando el cruento carácter que los combates revolucionarios tomaron posteriormente en Rusia, Lenin señalaba dos circunstancias.
Primeramente, los explotadores habían sido derrotados sólo en un país; inmediatamente después del golpe revolucionario poseían aún una serie de ventajas frente a la clase obrera, y por eso ofrecieron una larga y desesperada resistencia, sin perder hasta el último momento sus esperanzas en la restauración.
En segundo lugar, la revolución era fruto "de la gran matanza imperialista", se había producido en unas condiciones de inusitado incremento del militarismo. Una revolución así no podía seguir adelante "sin complots y atentados contrarrevolucionarios de decenas y cientos de miles de oficiales que pertenecían a la clase de los terratenientes y capitalistas... " Y esto no podía por menos de provocar medidas de respuesta del pueblo que había empuñado las armas. Otros países, indicaba Lenin, irán al socialismo por una vía más fácil. Posibilidades de la revolución por vía pacífica. Es, sin duda, preferible el paso al socialismo por vía pacífica. Ello permite conseguir la transformación completa de la vida social con el mínimo de víctimas entre los trabajadores y con un mínimo de destrucciones de las fuerzas productivas de la sociedad y de interrupción del proceso de producción. La clase obrera toma en este caso de las manos de los monopolios capitalistas el aparato de producción casi intacto y, una vez realizada la reorganización necesaria, lo pone en marcha para, en un plazo corto, hacer que todas las capas de la población vean las ventajas que el nuevo modo de producción y distribución ha traído consigo. La toma pacífica del poder responde más que ninguna otra a todo el modo de pensar de la clase obrera. Sus grandes ideales humanos se oponen al empleo de la violencia por la violencia, tanto más que la fuerza de la verdad histórica, de que ella es portavoz, es tal que puede contar perfectamente con el apoyo de la inmensa mayoría de la población. Todo el problema estriba, pues, no en si los marxistas y los obreros revolucionarios quieren o dejan de querer la revolución pacífica, sino en si existen para ello premisas objetivas.
Marx y Lenin estimaban que, en determinadas condiciones, tales premisas pueden darse. Por ejemplo, en los años 70 del siglo pasado Marx admitía esa posibilidad para Inglaterra y Norteamérica. Tenían presente que en aquellos años -los del máximo esplendor del capitalismo premonopolista- esos dos países tenían menos ejército y burocracia que cualquiera otro; por consiguiente, la revolución podía no provocar un intenso empleo de la violencia de parte de la burguesía, por lo que tampoco serían necesarias las acciones de respuesta del proletariado. La clase obrera predominaba ya entre la población inglesa y se distinguía por su gran organización y por una cultura relativamente elevada, mientras que la burguesía mostraba siempre la tendencia a resolver las cuestiones litigiosas por vía de compromiso. En estas condiciones, Marx consideraba posible el triunfo pacífico del socialismo; por ejemplo,adquiriendo los obreros los medios de producción que la burguesía detentaba.
Lenin escribió posteriormente acerca de esto: "Marx no se ataba las manos -ni se las ataba a los futuros líderes de la revolución socialista- acerca de las formas, procedimientos y modos de la revolución, pues comprendía perfectamente el cúmulo de problemas nuevos que entonces se presentarán, cómo cambiará toda la situación en el curso de la acción revolucionaria, con qué frecuencia e intensidad cambiará todo en la marcha de la revolución." Los auténticos marxistas se han distinguido siempre por la flexibilidad con que emplearon las distintas formas de la revolución. Los marxistas-leninistas rusos se preparaban para la insurrección armada, pero sin dejar escapar por ello la más pequeña posibilidad de conseguir la transformación política por medios pacíficos. Cuando en el transcurso de la revolución rusa, de abril a junio de 1917, se esbozó la perspectiva del paso pacífico a la etapa socialista de la revolución, Lenin propuso utilizarla sin dilación alguna. En el primer tiempo que siguió a la revolución de febrero, no había otro país más libre que Rusia: el pueblo había conquistado unos derechos como no existían en los Estados más democráticos. De ahí que en sus famosas Tesis de Abril plantease Lenin la consigna de la revolución pacífica. Sólo después de los acontecimientos de julio de 1917, cuando el Gobierno provisional hizo ametrallar en las calles de Petrogrado una manifestación de obreros y soldados, se retiró esa consigna. A la violencia del poder burgués había que responder con la insurrección armada. Los bolcheviques no tuvieron la culpa de que en Rusia no fuera posible el paso pacífico a la etapa socialista de la revolución. Después de ser establecido el poder de los Soviets, como todos sabemos, los obreros y los campesinos hubieron de derramar abundantemente su sangre en los frentes de la guerra civil. Los bolcheviques hicieron cuanto estaba a su alcance para evitar esa guerra. Lenin, en nombre del poder soviético, propuso un acuerdo con los capitalistas rusos y extranjeros, a los que se otorgarían concesiones, creando empresas capitalistas de Estado. Pero los capitalistas no aceptaron la propuesta y, con el apoyo del imperialismo internacional, desencadenaron en el país una sangrienta lucha intestina.
En el período comprendido entre las dos guerras mundiales la burguesía reaccionaria de muchos países de Europa, que ampliaba y perfeccionaba sin cesar su maquinaria policíaca-burocrática, persiguió con saña los movimientos de masas de los trabajadores, cerrando el camino para la vía pacífica de la revolución socialista. La posibilidad de que ésta pueda desarrollarse así se ha esbozado únicamente en los últimos años, a consecuencia de los grandes cambios históricos producidos después de la segunda guerra mundial. Estos cambios, que imponen su huella en la vida de todos los pueblos y clases de la sociedad, así como la experiencia de la lucha de los Partidos hermanos. Esto se ha visto luego confirmado en la Declaración de la Conferencia de Partidos Comunistas y Obreros, pasando a convertirse en patrimonio de todo el movimiento comunista mundial. La vía pacífica de la revolución se ha hecho posible en virtud de la aparición de una serie de factores nuevos. Primeramente, ha cambiado la correlación de fuerzas entre el capitalismo y el comunismo en escala mundial. Los imperialistas no son ya dueños y señores absolutos del mundo. Frente a ellos tienen al poderoso campo de los Estados socialistas, al robustecido movimiento obrero internacional y a las fuerzas democráticas de todo el mundo. Esto significa que la revolución cuenta con una situación exterior más propicia. En segundo lugar, crece sin cesar la fuerza de atracción de las ideas del socialismo y en todo el mundo aumenta rápidamente el número de sus partidarios. Cuanto mayores son los éxitos que los países socialistas consiguen en el campo de la economía, la cultura y la democracia socialista, tanto más vigorosamente se acercan al socialismo los trabajadores de los países capitalistas y de las colonias, tanto más amplio es el frente de las fuerzas que aspiran a pasar al nuevo régimen social. En tercero, después de la guerra ha adquirido realidad en muchos países capitalistas la perspectiva de que la mayoría de la población se agrupe alrededor de la bandera antimonopolista y democrática, con lo que se conseguirá una superioridad decisiva de fuerzas sobre los grupos dirigentes de la burguesía. Así, pues, la revolución pacífica se ha hecho posible no porque las clases dirigentes hayan cambiado de naturaleza y se muestren inclinadas a renunciar voluntariamente a su poder. No; es posible porque en bastantes países se puede llegar a conseguir una superioridad tal sobre la reacción, que las clases afectadas, comprendiendo la inutilidad de la resistencia, no tengan otro recurso que capitular ante el pueblo revolucionario. Por consiguiente, también en este caso la suerte de la revolución viene determinada por la correlación real de fuerzas.
El hecho de que los marxistas-leninistas acepten la posibilidad de la revolución pacífica no quiere decir en modo alguno que se hayan pasado a las posiciones del reformismo. Los reformistas propugnan la vía pacífica porque niegan en general la lucha de clases y la revolución. Según los socialdemócratas de derecha, la sociedad de "justicia social" no es producto de las acciones revolucionarias de los trabajadores, sino que viene como consecuencia de la evolución elemental de la propia sociedad capitalista. Los marxistas-leninistas niegan que eso sea así: no lo confirman ni la ciencia de la sociedad ni la experiencia de la vida. Saben que toda revolución -pacífica o no pacífica- es resultado de la lucha de clases. Y tanto más la revolución socialista -pacífica o no pacífica-, que siempre es revolución, pues viene a resolver el problema del paso del poder que detentaban las clases reaccionarias a las manos del pueblo. Además, los reformistas ven la vía pacífica como el único camino que conduce al socialismo. Los marxistas-leninistas, aun señalando la posibilidad de una revolución pacífica, ven algo más: ven como algo inevitable, en una serie de casos, una gran agudización de la lucha de clases. Donde el aparato policíaco-militar de la burguesía reaccionaria es fuerte, la clase obrera tropezará con una desesperada resistencia. No hay duda de que el derrocamiento de la dictadura burguesa por la lucha armada de las clases será inevitable en algunos países capitalistas. Lenin advertía ya que la reacción puede lanzarse a probar todas sus posibilidades en una batalla última y definitiva. No tenerlo presente y no prepararse a darle respuesta firme sería el mayor de los errores.

domingo, 10 de marzo de 2013

ORACION A SIMON BOLÍVAR EN LA NOCHE NEGRA DE AMÉRICA

Por Mahfud Massis
Atraviesas la eternidad con un hueso de caballo,
incendiando el abismo como si fuese el abanico de una vieja diosa.
Corre el tiempo, el agua verde entre tus piernas de coloso,
como la flor indígena de la metáfora
o el lienzo manchado sobre la cara de Cristo,
seco como tú, magro, arando en el mar, arando.
Capitán, macho de amarguras, ¿en qué oscura caja reventó tu sueño
entre el gusano y el oro del atardecer americano?
Como en las lúgubres consejas o en las leyendas de los reinos perdidos,
entraron las grullas en la noche, y traidores vestidos de luto
encendieron sus velas amarillas.
Y tú, aterradoramente pálido,
aterradoramente embrujado, (¡América! ¡Oh América!),
rodeado de rameras y blancas moscas salvajes,
de generales leprosos y enanos de largas trenzas.
Sobre el Chimborazo,
donde el Tiempo duerme en su silla de ópalo
petrificado, echaste una vez tu cuerpo diminuto de gran soldado de América,
forjado en hornos
en tumbas abiertas,
en inocultables sollozos.
Te mojó el tiempo, te golpeó con su barba de madera fría.
Un follaje glacial cubría tu rostro de alucinado,
por el que bajaban piedras, tormentas, galerías, ciudades quemadas,
pueblos que lloran como barcos perdidos.
Yo te comparo a la sal, a la locura,
a los poetas, a los grandes hechizados,
a los que iluminan la razón de cadalsos y mariposa.
Te comparo a la noche, terrible madre del día,
a un cristal que se quiebra en medio de la asamblea,
o a un cielo de trigo en que yace una mujer
con la cabeza incendiada.
Recuerdo tus ojos de idólatra,
jurando por la carne humillada del hombre americano,
juramentos enormes como pájaros de neblina sobre el Monte Sacro.
Y junto a ti, Simón, el Viejo,
monumental, huracanado, mercancía
exiliada en medio de la aurora, escoria de oro,
inventando otros escalofríos,
gárgolas de pecho humano entre la lava errabunda y las adivinaciones.
Jaguares melancólicos devoraron tu corazón
como el neblí al astro iluminado,
arrastrando catafalcos, firmamentos desaparecidos,
agitando un cascabel de miseria, un plato de sangre
ante los propios ojos.
Envueltos en trapos escarlatas
nuestros hijos,
;MALDITOS!
gritan, malditos desde el fondo
de la tierra, desde el fondo del aire.
Cabezas Negras, rufianes coronados
hoy transformados en radiantes verdugos.
Bajo el terciopelo que os cubre sois los mismos,
el mismo belfo, la misma pedrería despiadada,
fríos como montura de muerto;
pero una Sombra,
una irascible,
estremecida,
fulgurante sombra
caerá sobre vuestro delirio, como el ojo de Dios sobre el aceite negro,
en tanto las aves de la tempestad
alumbran la eternidad anunciando un inmarcesible nombre.
Eres tú, Capitán.
¡Estás despierto!
Despierto
sobre el pantano como la pantera en la estepa amarilla.
¡Avanza
entonces sobre esta tierra mojada! y vuelve
a caminar de nuevo, severo, insaciable,
saliendo de tu escritura
como una lágrima del tiempo antepasado.
¡Despierta,
Capitán, despierta.
América te llora como una gran viuda apasionada.

viernes, 1 de marzo de 2013

El imperialismo amenaza más que nunca el futuro de la humanidad

1era parte
La consecuencia más monstruosa del imperialismo son las guerras mundiales. Desde que el capitalismo entró en su última fase, la humanidad ha sido arrastrada ya a dos catástrofes de este género que se prolongaron en total durante diez años. Si a este tiempo unimos las guerras locales desencadenadas por los imperialistas en la primera mitad de siglo, resulta que en más de la mitad de todo este período no cesaron las matanzas. La segunda guerra mundial dejó muy atrás a la primera por sus proporciones y por el encarnizamiento con que se llevó a cabo. En la primera tomaron parte 36 países, con un total de 1.050 millones de habitantes (el 62 por ciento de la población mundial); la segunda atrajo a su órbita a 61 países con una población de 1.700 millones de habitantes (el 80 por ciento de la población del globo). En la primera, las operaciones militares se desarrollaron en un territorio de cuatro millones de kilómetros cuadrados, y en la segunda, de 22 millones. En la primera guerra mundial fueron llamados bajo las armas 70 millones de hombres, y en la segunda 110 millones. Lo mismo puede decirse en cuanto a las víctimas. En la primera guerra mundial hubo 10 millones de muertos y 20 millones de heridos. La segunda se llevó 32 millones de vidas humanas y dejó 35 millones de inválidos.
En cuanto a las pérdidas materiales, podemos hacernos una idea por las cifras siguientes: en Europa, durante la segunda guerra mundial quedaron destruidos 23,6 millones de viviendas, 14,5 millones de edificios públicos y empresas industriales y más de 200.000 kilómetros de vías férreas. Sólo en la Unión Soviética, los invasores fascistas alemanes incendiaron y destruyeron 1.710 ciudades y más de 70.000 aldeas, con lo que perdieron su hogar 25 millones de personas. A pesar de las terribles armas aparecidas en el siglo XX, que llevaban a los militaristas a enunciar las aventureras teorías de la "guerra relámpago", la duración de las guerras no disminuye, sino que va en aumento. La primera guerra mundial duró 51.5 meses, y la segunda 72. Vivo testimonio del creciente espíritu reaccionario y agresivo del imperialismo en nuestros días es la constante amenaza de una nueva guerra mundial, que por su fuerza destructiva dejaría muy atrás a todo cuanto la humanidad ha conocido hasta ahora. En efecto, durante las guerras de 1914-1918 y de 1939-1945 hubo extensas zonas y continentes enteros (por ejemplo, toda América y gran parte de África) a los que no llegó el fragor de la contienda. Actualmente, el cambio, los puntos más alejados de la tierra se encuentran al alcance de la aviación moderna y de los proyectiles dirigidos. No sólo los ejércitos en el frente, sino también la población civil de la retaguardia más profunda conocerían sus efectos. Estrategas y teóricos del imperialismo preparan ya abiertamente a esta idea a la opinión pública. Lyddel Hart, escritor militar inglés, afirma sin rodeos que "la guerra ha dejado de ser una lucha entre dos ejércitos. La guerra se ha convertido en un simple proceso de destrucción". Las calamidades de una tercera conflagración mundial se incrementarían muy especialmente por las circunstancias de que los imperialistas la proyectan y preparan como una guerra nuclear. Y el radio de acción del arma atómica y de hidrógeno es tan extenso, el peligro de contaminación radiactiva de la atmósfera es tan grande, que la explosión de una o dos bombas de hidrógeno podría ser catastrófica para cualquier país europeo de extensión media. Y no hablemos ya de los Estados pequeños. No olvidemos tampoco que las pruebas de armas atómicas, a la prohibición de las cuales tanto se resisten los imperialistas, someten a la humanidad a un grave peligro. La continuación de estas pruebas, incluso al nivel actual, puede tener consecuencias irreparables para la salud de las futuras generaciones. Así, pues, la carrera de armamentos, desencadenada por las potencias imperialistas, nos ha llevado a una situación de extraordinario peligro. La historia del capitalismo abunda en páginas negras que rezuman sangre. Pero los preparativos que los imperialistas hacen para una tercera guerra mundial empujan a la humanidad a un crimen que sobrepasa y eclipsa todo cuanto hasta ahora se conoce.

lunes, 25 de febrero de 2013

Fin fundamental de la producción Socialista


El fin fundamental de la producción capitalista es la ganancia. La producción de por sí, cualquiera que ésta sea, interesa poco al capitalista. Todavía le interesa menos si en la sociedad se ven o no satisfechas las necesidades de todos sus miembros. Lo que en realidad le preocupa es cómo convertir la producción de cualquier mercancía en fuente de ganancias.
Cuando los medios de producción pasan a ser propiedad social, las razones y fines de la producción cambian por completo. Dentro del Socialismo los medios de producción pertenecen a los trabajadores, a la sociedad, y está claro que los trabajadores no pueden someterse a sí mismos a explotación. No hay, pues, tampoco lo que es consecuencia de la explotación, la plusvalía. Ahora, según indicaba Lenin, "el producto complementario no va a parar a la clase de los propietarios, sino a todos los trabajadores y sólo a ellos". Todo el producto social que anualmente se produce en la sociedad socialista pertenece a quien es dueño de los medios de producción, a la sociedad, es decir, a los trabajadores tomados como un cuerpo único de productores. Más adelante se demostrará que este producto anual no puede tener otro empleo que el de satisfacer -directa o indirectamente-, las necesidades de los propios trabajadores. Los trabajadores que tomaron el poder y que han organizado la producción social no pueden marcarse otro objetivo que el de satisfacer sus necesidades sociales y personales. Ahora no hay ya nadie entre el productor y el resultado de su trabajo: ni el capitalista, ni el terrateniente, ni el comerciante, ni el usurero. Todo cuanto sale de las empresas sociales pertenece a los propios productores: tal es la esencia del nuevo modo de producción y distribución. Se comprende, pues, que los trabajadores traten de aumentar sin cesar la producción de bienes materiales, puesto que son ellos mismos los que se benefician de los frutos de su trabajo.
Así, pues, el fin de la producción socialista se desprende de su misma esencia. Lenin lo definía como "organización planificada del proceso de producción social para asegurar el bienestar y el desarrollo completo de todos los miembros de la sociedad..." Hemos de tener presente que las necesidades humanas no permanecen estancadas siempre a un mismo nivel. No pueden por menos de cambiar, puesto que al incrementarse la riqueza social y la cultura crecen las demandas materiales y espirituales de los hombres y aparecen nuevas necesidades. La tarea de la sociedad bajo el socialismo consiste precisamente en asegurar una satisfacción cada vez más completa a las necesidades materiales y culturales, en constante aumento, de todos sus miembros. La satisfacción cada vez más completa de las necesidades como fin de la producción socialista tiene un carácter necesario, o sea, es una ley. Con otras palabras, las leyes de la misma producción basada en la propiedad social dictan objetivamente ese fin a la sociedad socialista. La producción perdería su principal estímulo de desarrollo si no se hallase subordinada a la satisfacción de las crecientes necesidades materiales y culturales de los trabajadores. Por eso, la ampliación de la producción tiene, para el Estado socialista, como fin fundamental, la elevación constante del bienestar del pueblo. Este fin no es otra cosa sino la expresión consciente de una ley económica objetiva propia de la producción socialista. En las obras soviéticas de economía se le da el nombre de ley económica fundamental del socialismo y se formula así: constante ampliación y perfeccionamiento de la producción, sobre la base de una técnica avanzada, con objeto de satisfacer de la manera más completa las necesidades, siempre en aumento, de todos los miembros de la sociedad. La acción de esta ley encuentra expresión fehaciente en el continuo auge del bienestar de los trabajadores de los países socialistas. En la Unión Soviética, los ingresos reales de los obreros y empleados se habían duplicado casi en 1958 respecto de 1940, mientras que los ingresos reales de los campesinos, por individuo activo, eran más del doble. La historia ha hecho que los primeros países socialistas en entrar en emulación con el capitalismo no figurasen, en la mayoría de los casos, entre los más avanzados económicamente. Para vencer en esta emulación se requiere de ellos un elevado ritmo de incremento de la producción; han de poner gran tensión en el trabajo y superar numerosas dificultades relacionadas con su anterior atraso. Un elevado ritmo es imposible de conseguir si no se equipa a todos los sectores de la producción de elementos técnicos perfeccionados, y esto, a su vez, requiere un elevado ritmo de acumulación, es decir, destinar una gran parte de la renta nacional a la ampliación de la producción.
El volumen del fondo de consumo se ve hasta ahora limitado también por la circunstancia de que los países socialistas se ven obligados a invertir recursos considerables en su defensa. Si no fuese por todo esto, el fondo de consumo podría crecer ya ahora extraordinariamente. Sin embargo, la potencia económica y defensiva del campo socialista ha alcanzado actualmente tal nivel, que los países que lo integran están en condiciones de destinar recursos cada vez mayores al fondo de consumo y mejorar así la vida de las masas populares. El alto ritmo de desarrollo de la industria pesada y los gastos de defensa son ahora perfectamente compatibles con el rápido incremento de la industria ligera y con un ascenso vertical de la agricultura. Esto ha permitido a las democracias populares plantearse, con la seguridad de que será cumplida, la tarea de alcanzar en un brevísimo plazo histórico un nivel tal de consumo popular que por todos sus índices supere a cuanto existe en los países capitalistas más desarrollados.

miércoles, 20 de febrero de 2013

La democracia proletaria como democracia de nuevo tipo


El triunfo de la clase obrera pone fin a la época de dominación de una minoría privilegiada y significa el comienzo del verdadero poder del pueblo. Obreros, campesinos, artesanos e intelectuales, hombres que durante siglos se vieron apartados de la vida política y no eran admitidos a las tareas de gobierno, toman en sus manos las riendas del Estado. Esto hace de la democracia proletaria un tipo nuevo de democracia, muy superior a la democracia burguesa. Democracia para los trabajadores.
La democracia burguesa fue en otros tiempos un gran avance. Mas al advenir la época de las revoluciones proletarias se ve reemplazada por un nuevo régimen político. Este, según palabras de Lenin, concede "la democracia máxima a los obreros y campesinos y, al mismo tiempo, significa el rompimiento con la democracia burguesa y la aparición de un tipo nuevo de democracia en la historia: la democracia proletaria o dictadura del proletariado".286 Influidos por la propaganda burguesa y por las manifestaciones de los socialdemócratas, ciertas gentes de los países capitalistas piensan que dictadura y democracia son términos que se excluyen, Razonan así: o democracia, que se extiende por igual para todos, y entonces no hay dictadura, o dictadura de una clase, pero entonces no hay democracia.
Así pueden razonar únicamente quienes comparten el error de que puede existir una democracia "sobre las clases", "general" o, como también se la llama, "integral". Pero lo cierto es que en cualquier sociedad en la que hay clases con intereses opuestos, el poder político, por democrático que parezca, presenta un carácter de clase y se encuentra al servicio de la clase dominante. En los países de democracia burguesa el poder conserva a menudo sus apariencias democráticas: en el plazo debido se celebran elecciones generales, los gobiernos son responsables ante los Parlamentos, etc. Mas la faz verdadera de este poder se revela en cuanto las masas trabajadoras adquieren conciencia de sus intereses de clase y comienzan a presentar reivindicaciones a los capitalistas. El más "democrático" de los poderes toma partido por los patronos y no se detiene ante nada: envía las tropas y la policía contra los obreros, hace ametrallar las manifestaciones pacificas, manda detener a los líderes obreros, y así sucesivamente. Y cuando la lucha de los trabajadores alcanza tales proporciones que ponen en peligro la dominación misma del gran capital, el poder se despoja definitivamente de sus vestiduras democráticas y pasa a los métodos terroristas abiertos. Resulta que bajo la máscara de la democracia en los Estados imperialistas se oculta la más auténtica dictadura de los grandes monopolios capitalistas, de la que son víctimas la clase obrera, todos los trabajadores.
La esencia de clase del Estado se puso al desnudo en todas las épocas en que el poder lo detentaron los explotadores. "Todos saben... -escribe Lenin- que las insurrecciones o, simplemente, una gran agitación entre los esclavos fue motivo en otros tiempos para que inmediatamente apareciese la esencia del Estado antiguo como dictadura de los esclavistas. ¿Destruía esta dictadura la democracia en el seno de los esclavistas, la democracia para ellos? Todos sabemos que no." Quiere decirse que, según confirma la historia, dictadura y democracia se combinaban perfectamente. El Estado, que actúa como dictadura respecto de unas clases, puede al mismo tiempo ser democracia para otras.
El problema se reduce a dilucidar de qué clase de dictadura y de qué clase de democracia se trata. Refiriéndose al Estado del período de transición, Lenin decía que ha de ser "un Estado democrático de una manera nueva (para los proletarios y desposeídos en general) y dictatorial de una manera nueva (contra la burguesía)". La dictadura de la clase obrera es por su esencia el poder más democrático, pues significa la dominación de la mayoría sobre la minoría, mientras que la dictadura de la gran burguesía es la dominación de la minoría sobre la mayoría. No hay por ello contradicción alguna cuando decimos que la dictadura del proletariado es a la vez un nuevo tipo de democracia. Un mismo poder (el de la clase obrera) es dictadura y aplica "medidas dictatoriales" (Lenin) con relación a los enemigos del socialismo, y es una auténtica democracia y emplea métodos democráticos con relación a los trabajadores. Por lo tanto, dictadura del proletariado y democracia proletaria son dos lados de una misma medalla. Para Lenin eran sinónimos ambos conceptos: "democracia proletaria" y "dictadura del proletariado".
Es muy importante en la política del Estado proletario observar una acertada relación de los métodos dictatoriales y democráticos, aplicando los primeros a la burguesía contrarrevolucionaria y los segundos a los trabajadores. Es igualmente inadmisible conceder libertad de acción a las fuerzas reaccionarias y reducir la democracia de que gozan los trabajadores. De las consecuencias que trae el no observar este principio nos hablan los acontecimientos de Hungría en 1956, donde no se cortaban con energía suficiente los ataques de los reaccionarios y, a la vez, se toleraban serias transgresiones de los derechos democráticos de los trabajadores. Los sociólogos y publicistas burgueses esgrimen a menudo otro argumento. La democracia, dicen, presupone obligatoriamente la lucha de partidos, una oposición en el Parlamento, etc. Al no encontrar ninguna de estas notas formales de la democracia burguesa en los Estados socialistas, proclaman triunfalmente que el régimen de la dictadura proletaria no es democrático. Los marxistas tienen una noción distinta de la democracia de un régimen político. De lo que hay que partir es de qué intereses defiende el poder, al servicio de quién está y qué política mantiene. Desde este punto de vista -el único científico-, en los Estados burgueses es imposible descubrir el menor rastro de verdadero poder del pueblo. En los Estados Unidos hay partidos rivales, y oposición en el Congreso, pero toda la política del gobierno se encuentra al servicio de un reducido puñado de multimillonarios. En el fondo, lo que impera allí es la dictadura de los monopolios capitalistas. Sólo la democracia proletaria significa el auténtico poder del pueblo, puesto que se encuentra al servicio de los trabajadores, es decir, de la mayoría de la sociedad. La política del Estado proletario tiende a la supresión de la explotación, al incremento del nivel de vida y de la cultura de las masas, a la defensa de la paz general y al fortalecimiento de la amistad entre los pueblos. Esto responde a las más profundas aspiraciones de las masas populares y de todos cuantos aman el progreso. Sería al mismo tiempo erróneo pensar que el problema de los métodos y formas de ejercicio del poder son secundarios para el Estado proletario. La fuerza principal de la dictadura del proletariado reside en sus vínculos con todas las masas del pueblo. Y estos vínculos sólo son sólidos cuando el poder es democrático por su esencia y por su forma. De ahí que la forma de la dictadura del proletariado sea la república de tipo socialista.
La democracia proletaria amplía como ningún otro poder los derechos de los trabajadores, pero no puede extenderse a las fuerzas reaccionarias de la burguesía vencida ni a los demás elementos que luchan por la restauración del capitalismo. Hasta ahí llegan los límites de la democracia proletaria. Se causaría un daño terrible a la revolución socialista si el proletariado concediese libertades políticas a las organizaciones de los grandes capitalistas. ¿No es evidente que la disolución de los partidos de la burguesía contrarrevolucionaria y la prohibición de la propaganda del fascismo y de otras ideas antipopulares, lejos de restringir las libertades y la democracia para los trabajadores, vienen dictadas por la defensa de los propios intereses?

martes, 12 de febrero de 2013

La clase obrera, guardián de la independencia de los pueblos.


El movimiento obrero defendió siempre el derecho de las naciones a la existencia independiente y luchó contra toda forma de opresión nacional.
El marxismo-leninismo se atiene al principio de que el respeto a las demás naciones es la premisa para la existencia de relaciones normales entre los pueblos. F. Engels escribía en 1888: "Para asegurar la paz internacional, lo primero que se necesita es eliminar, en la medida de lo posible, las fricciones nacionales; cada pueblo ha de ser independiente y dueño de su propio país."
En el prefacio a la segunda edición polaca del Manifiesto del Partido Comunista, escrito en 1892, subraya de nuevo Engels que "la sincera colaboración internacional de los pueblos europeos es sólo posible a condición de que cada uno de estos pueblos sea dueño absoluto en su propia casa".
V. I. Lenin defendió también siempre, con energía y consecuencia, el principio de la independencia e igualdad de derechos de las naciones. La expresión más completa de dicho principio, tal como lo ve la ciencia marxista-leninista, es el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Según escribía Lenin, "el socialismo triunfante ha de aplicar necesariamente una democracia completa, y, por consiguiente, no sólo dar vida a la completa igualdad de derechos de las naciones, sino también aplicar el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas, es decir, el derecho a la libre separación política".
La defensa de la libertad de las naciones que el proletariado lleva a cabo, de su independencia y de sus caracteres específicos, es manifestación del patriotismo de la clase obrera, que representa el polo opuesto lo mismo del chovinismo que del cosmopolitismo burgués. El patriotismo de la clase obrera se desprende, ante todo, del sentimiento de orgullo por la aportación que su pueblo o nación hicieron a la lucha de las masas explotadas y oprimidas para liberarse de la explotación y de la opresión. De ahí que el patriotismo de la clase obrera sea profundamente progresista y revolucionario. A los obreros no les es indiferente el destino de la patria. Los propagandistas de la burguesía reaccionaria se esfuerzan por presentar a los capitalistas como exclusivos portadores de los sentimientos patrióticos. Tratan de ocultar el hecho de que el patriotismo de la burguesía se ha visto siempre supeditado a sus estrechos y egoístas intereses de clase, y se empeñan en desacreditar el patriotismo de la clase obrera y de los comunistas. Los propagandistas burgueses se remiten a veces al lugar del Manifiesto del Partido Comunista en que se dice que "los obreros no tienen patria". Es, sin embargo, de una evidencia absoluta que esto no significa la negación de la patria; lo único que afirma es que, en la sociedad gobernada por los capitalistas, la patria ha sido usurpada de hecho por los explotadores y que para la clase obrera no es una buena madre, sino una mala madrastra. Cuando la clase obrera pone fin a la dominación de los explotadores, crea las condiciones mejores para la manifestación más completa de su patriotismo, del que es genuino portador en la época contemporánea. Sabemos también que Marx y Engels apoyaron siempre la lucha de los obreros en defensa de la independencia de su país frente a la amenaza de esclavización extranjera. Y jamás afirmaron que, dentro del régimen capitalista, a la clase obrera le es indiferente la suerte que pueda correr su patria.
Ampliando el punto de vista del marxismo sobre la patria, Lenin escribía en 1908: "La patria, es decir, el medio político, cultural y social dado, es el factor más poderoso en la lucha de clase del proletariado... El proletariado no puede mirar con indiferencia las condiciones políticas, sociales y culturales de su lucha; por consiguiente, tampoco puede mostrar indiferencia ante la suerte de su país."
En relación precisamente con la actitud de la clase obrera hacia la patria escribió Lenin su conocida observación contra una visión dogmática del marxismo: "Todo el espíritu del marxismo -decía-, todo su sistema exige que cada proposición sea examinada a) sólo históricamente; b) sólo en relación con otras proposiciones; c) sólo en relación con la experiencia concreta de la historia."
Aplicado al patriotismo, esto significa que el proletariado no estima suficiente el planteamiento abstracto del problema relativo a la defensa de la patria. Lo que en primer término le interesa es qué situación histórica, qué clase y con qué objeto proclama la necesidad de defender la patria. Una cosa es la situación producida por la guerra imperialista, cuando esta consigna es manejada por la burguesía dominante para engañar a las masas y encubrir las verdaderas razones que mueven a los magnates imperialistas. Otra cosa es la situación a que se llega cuando se ven amenazadas la independencia nacional y la libertad del país, cuando crece el movimiento de liberación nacional. En este último caso, la clase obrera es la primera en levantarse para defender la libertad de su país, su soberanía y su independencia. En estas condiciones, la defensa de la patria no es para ella una frase vacía, sino una tarea de vital importancia, al cumplimiento de la cual le llaman sus intereses de clase, tanto los inmediatos como los más profundos. Hoy día, en la nueva situación en que nos encontramos, el patriotismo de la clase obrera -inseparable como es del internacionalismo proletario- se ha convertido en una fuerza particularmente activa y poderosa. En los años de ocupación hitleriana y de amenaza mortal para la civilización a que el mundo fue llevado por los bárbaros fascistas, fueron precisamente los obreros quienes, en los países ocupados por los alemanes, demostraron con hechos su devoción a la patria y la fe en su futuro. Mientras que los "patriotas" patentados de la burguesía reaccionaria colaboraban con los invasores fascistas, los comunistas luchaban en las primeras filas de la Resistencia, de la que eran el núcleo más combativo y abnegado. Sabemos, por ejemplo, que el Partido Comunista Francés perdió 75.000 miembros en las batallas por la libertad de la patria. Un heroísmo jamás visto en el trabajo y en la defensa de su patria revelaron los pueblos de la Unión Soviética, China, Corea, Vietnam, Cuba; los de todos los países socialistas. La propia vida se ha encargado de demostrar que el Estado socialista es una escuela de patriotismo como jamás fue ni pudo ser ninguno de los Estados burgueses. Los ideólogos de la burguesía afirman que cuando los marxistas combaten el cosmopolitismo, reniegan del carácter internacionalista de su doctrina y se convierten en nacionalistas. Pero los autores de tales amaños mienten por partida doble: primero, equiparan el cosmopolitismo de la burguesía y el internacionalismo de la clase obrera; segundo, atribuyen a los marxistas las ideas nacionalistas que son precisamente propias de los teóricos burgueses. El internacionalismo de la clase obrera, como ya se ha dicho, es expresión de la unidad de intereses de los obreros de todos los países en su lucha contra el enemigo común, que es el capitalismo; es expresión de la unidad de fines, porque todos tienden a suprimir la explotación del hombre por el hombre, y de la unidad de ideología, puesto que todos defienden la amistad y la fraternidad de los pueblos.

En este sentido, todos los obreros pertenecen a una misma "nación", al ejército mundial de los hombres del trabajo, a los que en todos los países burgueses oprime y explota una misma fuerza: el capital. Ello no significa en modo alguno, sin embargo, que por pertenecer al ejército internacional del trabajo, el obrero deje de ser francés, inglés, italiano, etc. ¡Todo lo contrario! Del internacionalismo proletario se deduce como algo natural y lógico un patriotismo auténtico, y no falso. En efecto, ¿acaso la fidelidad a los ideales últimos de la clase obrera no origina el ardiente deseo de ver al pueblo propio libre y floreciente, prosperando en el campo del progreso social? La clase obrera, que aspira a suprimir todas las formas de explotación y opresión, no desea esto sólo para ella misma, sino para todos los trabajadores y toda la nación. Justamente la realización de los objetivos finales de la clase obrera -derrocamiento del poder de los explotadores, que se oponen al progreso de la nación, y construcción del socialismo- es lo único capaz de proporcionar a cada pueblo una libertad, una independencia y una grandeza nacional verdaderamente auténticas. Resulta que la clase más internacionalista, la clase obrera, es a la vez la más patriótica.  

jueves, 31 de enero de 2013

La alianza de la clase obrera y los campesinos bajo el régimen capitalista


La lucha por los intereses de los campesinos
Obreros y campesinos son hermanos por su origen y por la situación que ocupan en la sociedad capitalista. La clase obrera se formó históricamente por la ruina de los campesinos que eran despojados de sus tierras. El campo, explotado por el capital, sigue nutriendo sin cesar las filas de la clase obrera. Obreros temporeros acuden del campo a la ciudad. El campesino y el obrero tienen de común que ambos son trabajadores y se ganan el pan con el sudor de su frente. Ambos se enfrentan al mismo enemigo de clase. En realidad, como indicaban Marx y Engels, la explotación de que son objeto los campesinos se diferencia de la explotación de los obreros sólo por la forma, mientras que el explotador de unos y otros es el mismo: el capital. A pesar de la semejanza y afinidad de los obreros y campesinos, la alianza entre ellos no se establece de por sí. La burguesía dominante ha conseguido mantener separados durante largo tiempo a los obreros y los campesinos. En muchos países lo logra todavía.
De todos los partidos políticos que la historia conoce, el único que ha trabajado consecuentemente por robustecer la alianza de obreros y campesinos es el Comunista. La necesidad de esta alianza la señalaron por primera vez Marx y Engels, sacando enseñanzas de la derrota del proletariado en las revoluciones de 1848, y también del trágico fin de la Comuna de París en 1871. Las manifestaciones de Marx y Engels sobre el problema campesino, dadas al olvido por los oportunistas de la II Internacional, sirvieron a Lenin de punto de partida al elaborar el programa del Partido bolchevique. La alianza de la clase obrera y los campesinos se convirtió en una de las ideas fundamentales del leninismo. Esta idea marca una diferencia entre los Partidos Comunistas y los socialdemócratas, los cuales no creen en los campesinos e imbuyen su desconfianza a los obreros. Esta misma idea marca también una diferencia entre los Partidos Comunistas y los partidos campesinos, cuyos líderes enfrentan de ordinario los campesinos a los obreros, de lo que sólo salen gananciosos la gran burguesía y los grandes terratenientes. Necesidad de la alianza de los obreros y los campesinos. Los comunistas no se ven impulsados simplemente por sus buenos deseos cuando defienden la alianza de la clase obrera y de los campesinos. Se basan en las leyes objetivas del desarrollo social y saben que los intereses del capital acaban inevitablemente por chocar con los intereses de la inmensa mayoría de los campesinos. La acción de la ley general de la acumulación capitalista en la agricultura conduce a la desintegración y diferenciación de los campesinos. Desaparecen las capas medias y se incrementan los grupos extremos: los ricos de la aldea y los campesinos pobres. Los campesinos acomodados o granjeros, cuya economía se basa en la explotación del trabajo asalariado, se convierten en capitalistas. Hállanse más o menos relacionados con el capital industrial y bancario, aunque últimamente suelen sentir a menudo el peso de los capitostes de los monopolios. La inmensa mayoría de los campesinos cae bajo la dependencia económica del capital: parte de ellos marchan a la ciudad, incrementando las filas del proletariado, y quienes se quedan en la aldea se van convirtiendo en semiproletarios. El estudio de las relaciones agrarias en Rusia, Europa Occidental y Estados Unidos permitió a Lenin establecer que buena parte de los pequeños labradores y la mayoría de los más pequeños no son, en esencia, sino obreros provistos de un lote de tierra. Los dueños de pequeñas economías son necesarios al capitalista en calidad de reservas de una mano de obra asalariada que puede adquirir a bajo precio. La proletarización de los campesinos, por tanto, no significa solamente que parte de ellos son lanzados a la ciudad; también se traduce en que masas cada vez mayores arrastran una existencia mísera en sus trozos de tierra, siempre bajo la dependencia del usurero, del banco agrícola y de los monopolios comerciales, viéndose obligadas, para salir adelante, a trabajar parte del año por contrata.
El capitalismo convierte despiadadamente en ilusiones el deseo de la mayoría de los campesinos de verse dueños independientes de su propia tierra. De ahí que, en su lucha por sus propios intereses, no puedan contar con el apoyo de la burguesía dominante. Necesitan buscar un aliado, y éste lo encuentran en la clase obrera. Tal es la lógica de la historia y tal es la tendencia del desarrollo. Pero el proceso histórico, como ocurre a menudo, sigue unos caminos tortuosos y complejos. ¿En qué se basa concretamente la seguridad de los comunistas en la inevitable ruptura de los campesinos con la burguesía y en que la alianza de la clase obrera y los campesinos ha de llegar forzosamente? Cuando la burguesía luchaba por el poder político, contra la dominación de los señores feudales, utilizaba como fuerza de choque a los campesinos, que aspiraban a romper las cadenas de la servidumbre de la gleba. Las guerras e insurrecciones campesinas quebrantaron los soportes del feudalismo y sentaron las premisas para el triunfo de las revoluciones burguesas en Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y otros países. Pero en la aldea, los frutos de la revolución burguesa los recogieron principalmente los campesinos ricos, los usureros, los traficantes y especuladores, que se enriquecían con la explotación de los campesinos trabajadores. Los ricos de la aldea se convirtieron en baluarte del Estado burgués y en su reserva para la lucha contra el movimiento revolucionario de la clase obrera. Pasaron a ser los portadores de la influencia burguesa en el medio campesino. La diferenciación social acabó prontamente con la relativa unidad de intereses que existía en la comunidad campesina colocada bajo la planta del señor feudal. Mientras que los campesinos ricos se sentían atraídos por la burguesía urbana, los campesinos pobres se inclinan cada vez más hacia la clase obrera. El triunfo de las revoluciones burguesas despejó al gran capital el camino del campo, donde por doquier destruía la pequeña producción y obligaba a masas enormes de campesinos a abandonar sus hogares. El desarrollo del capitalismo significó en Europa una verdadera migración de pueblos. Millones de campesinos arruinados se trasladaban a lejanos países con la esperanza de convertirse en labradores independientes. Pero también allí les alcanzaba el férreo abrazo del capital.
Una vez vio consolidado su poder político, la burguesía de Europa Occidental se convirtió en el peor enemigo del movimiento campesino. Sus gobiernos burgueses apoyaron hasta el fin a la dinastía de los Románov en Rusia, que tenía su principal apoyo en los terratenientes. En todo momento acudían los burgueses en ayuda de las monarquías salvadas del naufragio del feudalismo, cuando los tronos se tambaleaban al empuje del movimiento campesino. La burguesía imperialista de Europa y América del Norte hizo cuanto estaba a su alcance para mantener las formas feudales de explotación en las colonias y semicolonias. Gracias a sus esfuerzos, hoy, a mediados del siglo XX, en Asia, África, Iberoamérica y hasta en algunos lugares de Europa, como España o el Sur de Italia, se conservan casi intangibles formas de la agricultura feudal y de la subordinación económica que son propias de la Edad Media. Por lo tanto, la burguesía no ha resuelto el problema campesino; antes al contrario, ha sido el freno principal para la liberación de los campesinos en todos los países donde había de llevarse a cabo la justa tarea impuesta por la historia de suprimir las caducas formas feudales y semifeudales de propiedad agraria. Esto sienta las premisas para una alianza anticapitalista de la clase obrera y los campesinos. La experiencia de la Gran Revolución Socialista de Octubre y de las revoluciones democrático-populares de Europa y Asia confirma la tesis marxista-leninista de que, en los países donde se plantea la tarea de suprimir las supervivencias del feudalismo, todos los campesinos pueden ir de la mano con la clase obrera, pues ésta es la única clase capaz de llevar hasta el fin la revolución agraria, es decir, de dar la tierra a los campesinos. En las revoluciones democrático-populares de Europa y Asia, la alianza de la clase obrera y los campesinos ha salido brillantemente airosa de la prueba. Aliados a los obreros, los campesinos se han convertido, por primera vez en la historia, en clase gobernante, que construye la nueva sociedad socialista. Mas la alianza de la clase obrera y los campesinos no es necesaria solamente en los países en que perdura una agricultura feudal o semifeudal. Es también una necesidad vital allí donde las relaciones capitalistas están desarrolladas. En estos países el capital monopolista ha desplegado después de la segunda guerra mundial una inusitada ofensiva contra los campesinos, contra los granjeros, con el propósito de arruinar y suprimir las economías de tipo campesino y sustituirlas por grandes empresas capitalistas. El proceso de concentración de la producción y del capital barre en estos países inexorablemente la granja familiar. De ahí que se haya planteado la necesidad práctica de que la masa entera de granjeros o campesinos se una a la clase obrera para rechazar la ofensiva de los monopolios. A su vez, la clase obrera, en el curso de la lucha por sus intereses de clase, se convence inevitablemente de que sin el apoyo de los campesinos, sin la alianza con ellos, no tiene fuerza suficiente para oponerse a la rapaz oligarquía de los grandes capitalistas, que se apoyan en todo el poderío del Estado. Así, pues, el problema campesino, alrededor del cual giraron todos los movimientos populares de pasados siglos, sigue en pie, con toda su agudeza política, en nuestra época de la gran industria. Su contenido objetivo cambia, sin embargo. Antes era antifeudal y ahora se transforma, cada vez más, en antimonopolista y antiimperialista.
La importancia del problema es tanto mayor por cuanto, hasta hoy día, los campesinos representan la parte más nutrida de la población del mundo capitalista. Si bien a lo largo de los últimos 150 años el volumen de la población ocupada en la agricultura ha venido disminuyendo sin cesar, en 1952 era aún del 59 por ciento. Incluso en la Europa capitalista, los campesinos representan cerca de un tercio de su población. Ahora bien, aunque los campesinos son la mayoría de la población en muchos países, sin el apoyo de la clase obrera no pueden sacudirse el yugo de los terratenientes y del capital monopolista. La teoría marxista explica que en la alianza de los obreros y campesinos la fuerza dirigente son los primeros. Así se desprende de la circunstancia de que, por las mismas condiciones de vida, los obreros están incomparablemente mejor organizados que los campesinos; están concentrados en grandes ciudades y poseen ya una larga experiencia de lucha contra las clases explotadoras. Casi en todos los países capitalistas poseen sus combativos Partidos Comunistas, que demuestran no ya su deseo, sino su capacidad para defender los intereses de todos los trabajadores. La preponderancia de la clase obrera en la alianza es necesaria como garantía de éxito, y no significa que vaya a sacar de ella mayores ventajas o privilegios que los campesinos. Los obreros conscientes cargan con el peso principal de la lucha y están dispuestos a hacer los mayores sacrificios, como realmente ocurre. Esencia de las supervivencias feudales. Los fines y tareas de la lucha conjunta de la clase obrera y los campesinos cambian en dependencia de sus condiciones de vida. En los países en que aún se mantienen las relaciones feudales o son fuertes sus supervivencias, pasa a primer plano la lucha contra el feudalismo, contra las formas feudales de explotación de los campesinos por los terratenientes. Esto se refiere, como ya se ha dicho, a las comarcas meridionales de Italia, a toda España y también a muchos países de Oriente y de Iberoamérica. Los restos de las relaciones económicas feudales se manifiestan en formas diversas. Enumeraremos las principales, las más típicas. Es, primeramente, la propiedad de los grandes terratenientes extendida a regiones enormes. La mayoría de los campesinos, a causa de sus escasos recursos, no pueden adquirir tierra y han de arrendarla a los grandes propietarios en condiciones onerosas. En segundo lugar, es la aparcería. Los campesinos entregan al terrateniente una parte importante de la cosecha, que a veces llega a la mitad, y aun pasa de ella.
En tercer lugar, el sistema de pagos en trabajo en la hacienda del gran propietario. Los campesinos han de cultivar las tierras de éste con sus toscos aperos. Esto los coloca de hecho en la situación de siervos de la gleba, que cumplen su prestación personal en beneficio del señor. En cuarto lugar, es la espesa telaraña de deudas que envuelve a la mayoría de los campesinos, que los convierte en morosos y refuerza su dependencia de los terratenientes y usureros. Las consecuencias de todas estas supervivencias del feudalismo son conocidas: extremo atraso técnico de la agricultura, mísera situación de la inmensa mayoría de los campesinos, raquitismo del mercado interior y falta de recursos para la industrialización del país. En los países donde se mantienen las relaciones feudales es imposible suprimir el atraso económico y la miseria del pueblo sin una revolución agraria o sin una radical reforma en el campo. Esta misión histórica únicamente la puede cumplir la alianza de la clase obrera y los campesinos, que es la sola fuerza capaz de acabar por completo con las supervivencias del feudalismo y entregar en propiedad a los campesinos, a título gratuito, la tierra de los grandes propietarios. La alianza de la clase obrera y los campesinos, que dirige su filo contra el yugo de los terratenientes feudales, es condición necesaria para que pueda formarse una amplia coalición democrática de todas las fuerzas progresistas. Los monopolios capitalistas son los expoliadores principales de los obreros y campesinos. En los países capitalistas desarrollados el enemigo principal de todas las clases oprimidas -sin exceptuar a los campesinos- es el capital monopolista. Las grandes asociaciones de capitalistas predominan no sólo sobre la industria, sino también sobre la agricultura. Explotan a los campesinos al igual que a los obreros. A través de su extensa red de instituciones crediticias, bancos agrícolas, compañías de seguros, etc., el capital financiero ha puesto bajo su control a millones de economías campesinas. Los altos precios de los artículos industriales, mientras que para los productos del campo se mantienen a bajo nivel, unidos al incremento de los impuestos y de los arriendos, obligan a los campesinos a pedir préstamos a los bancos con la garantía de la tierra o de otros bienes. Esto aumenta constantemente el volumen de sus deudas y significa un incremento de la dependencia en que se encuentran respecto del capital. Cuando la deuda no es satisfecha, y esto es un fenómeno cada vez más frecuente, la tierra del cultivador pasa a ser propiedad de los bancos y compañías aseguradoras. Así, en Estados Unidos, una sola compañía de este género, la Metropolitan Life Insurance, en 1949 poseía y administraba más de siete mil granjas.
Son muy graves las repercusiones que sobre la situación de los campesinos tiene la política de precios de los monopolios capitalistas. Traducirse ésta en la compra a los granjeros de productos alimenticios y materias primas a bajo precio, mientras encarecen los artículos industriales que les proporcionan. Esta política de cambio no equivalente forma una diferencia de precios ("tijeras") en virtud de la cual los campesinos, por una cantidad igual de producción agrícola, obtienen una cantidad cada vez menor de aperos y maquinaria, abonos y combustible. En Francia, por ejemplo, los precios de los artículos industriales adquiridos por los campesinos eran en 1958 hasta 36 veces superiores a los de 1938, mientras que los precios de su producción habían aumentado 16 veces solamente.
Las "tijeras" son una forma velada de explotación de los campesinos por los monopolios. La forma patente son los elevados impuestos, que sirven para cubrir los gastos de la militarización de la economía y la carrera de armamentos, para sostener el hinchado aparato estatal y para subsidiar a los monopolios. Casi todo el fardo de los impuestos recae sobre los hombros de los obreros y campesinos. Estos últimos, en Francia, por ejemplo, han de satisfacer casi 40 impuestos distintos. En su tiempo, Marx dio una atinada definición del odio del campesino francés a estas cargas. "Cuando el campesino francés quiere imaginarse al diablo -decía- se lo representa en forma de recaudador de impuestos."214 Un gran tributo satisfacen los campesinos a los grandes propietarios agrícolas y a los bancos en forma de arrendamiento. Entre 1950 y 1956 los granjeros norteamericanos han satisfecho por este concepto una media anual de 3.000 millones de dólares, lo que equivale aproximadamente a las ganancias que los monopolios del mismo país obtienen de sus inversiones en el extranjero. El incremento del yugo de los monopolios y la agudizada competencia de las grandes haciendas, que emplean maquinaria para el cultivo de sus campos, traen consigo la ruina en masa de los campesinos. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de granjas (como ya se hacía constar en el capítulo X) disminuyó en 1.315.000 entre 1940 y 1954. En la República Federal Alemana, entre 1949 y 1958 se han arruinado más de 200.000 economías campesinas; en Francia, sin contar las economías inferiores a una Ha, han sido más de 834.000 de 1929 a 1956. En cambio, crece el número de grandes haciendas capitalistas.
El capitalismo monopolista de Estado mantiene una política que acelera la desaparición de economías campesinas pequeñas y medias. A ello contribuyen los denominados programas de "ayuda" a la agricultura, que en realidad significan una ayuda a los grandes capitalistas del campo. Los créditos y subsidios que el Estado concede a los grandes terratenientes para la adquisición de máquinas, abonos y materiales de construcción crean al mismo tiempo, artificialmente, un ventajoso mercado para las corporaciones capitalistas dedicadas a la venta de esos artículos. Una característica que se observa en los países capitalistas desarrollados después de la segunda guerra mundial es la invasión directa de la agricultura por el gran capital. A ello se debe, como una de las causas principales, los grandes cambios producidos en los últimos diez a quince años en la renovación técnica de la agricultura capitalista de los Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Francia, Alemania y otros países. Es cada vez un fenómeno más típico la mecanización completa de las empresas agrícolas, con un gran empleo de abonos químicos, simientes escogidas y cría de ganado de raza. El economista norteamericano V. Perlo escribe refiriéndose a los cambios producidos en la agricultura de su país: "El capital monopolista, siempre en busca de nuevas esferas para sus inversiones, no se satisface ya con la apropiación indirecta («tijeras de precios» e interés de las deudas) de la renta de la tierra y de la plusvalía creada en la agricultura. Comienza a participar directamente en la formación de grandes empresas agrícolas en amplia escala... El gran empleo de maquinaria moderna y una mano de obra pagada a muy bajos precios, integrada principalmente por negros, portorriqueños y mexicanos, permite al capital monopolista obtener una cuota de ganancia suficiente a pesar de las «tijeras» de precios." No en vano los ideólogos del capital monopolista de los Estados Unidos y otros países afirman sin cesar que ha llegado el momento de acabar con las "economías técnicamente débiles" y de que el Estado preste su generoso apoyo a las grandes haciendas. La amenaza de ruina se cierne de nuevo sobre millones de economías campesinas. En 1957 el ministro de Agricultura de los Estados Unidos declaraba que dos millones de granjeros norteamericanos habían de abandonar la tierra. En Francia existe el propósito de acabar con unas 800.000 economías campesinas. Proyectos análogos existen en Alemania Occidental y en algunos otros países capitalistas. El capitalismo monopolista de Estado amenaza la existencia misma de los campesinos como clase.
Todo esto hace que en los principales países capitalistas la lucha de los campesinos adquiera un carácter preferentemente antimonopolista. En las colonias y países dependientes se ha acentuado también mucho el yugo de los monopolios, que se combina con las formas feudales de explotación de los campesinos. El hambre de tierra no es allí consecuencia únicamente de la concentración del suelo en manos de los grandes propietarios: se debe también a que superficies enormes están ocupadas por las plantaciones propiedad de los monopolios extranjeros. Por eso, si antes el problema principal de los campesinos era sacudirse el yugo de los terratenientes feudales, ahora, junto a él, por doquier existe el problema de la lucha contra el yugo de los monopolios.

lunes, 28 de enero de 2013

La clase obrera como fuerza motriz de todos los movimientos democráticos.


Los intereses inmediatos de la clase obrera no se reducen nunca al solo mejoramiento de su situación económica. Desde el momento mismo en que apareció, no ha cesado de incluir en su programa de lucha un gran número de problemas de tipo político-social. Esto le llevó, en la época de las revoluciones burguesas, a combatir contra la reacción feudal absolutista. El proletariado de muchos países ha luchado intensamente por la independencia nacional, contra las guerras de conquista, etc. Conforme la historia avanzaba, la esfera de los intereses económicos, políticos y culturales de la clase obrera se ha ido ensanchando y su defensa ha adquirido mayor importancia dentro de la lucha que sostenía. Problemas, por ejemplo, como la reforma de la enseñanza, las asignaciones presupuestarias para la ciencia y el arte o los nuevos reglamentos parlamentarios podían interesar en grado mínimo al movimiento obrero de principios del siglo XIX. Y hoy día se convierten a menudo en materia de seria lucha entre la clase obrera y la burguesía reaccionaria. Tienen también su importancia los cambios que el capitalismo sufre. A medida que este sistema social acentúa su carácter reaccionario y que los monopolios pasan a la ofensiva en diversas esferas de la vida social, entre los obreros y los trabajadores en general aparecen intereses nuevos y adquieren más valor algunos de los viejos. El paso al imperialismo, y luego la orientación de los monopolios hacia la implantación de regímenes y sistemas fascistas, han convertido en un problema candente para los trabajadores la defensa de los derechos y libertades civiles. La creciente agresividad de la burguesía reaccionaria y el perfeccionamiento de las armas de exterminio han hecho más agudo que nunca el problema del desarme y de la paz.

Así, la propia marcha de la historia ha convertido a la clase obrera en defensora de todas las capas del pueblo. Porque la lucha por la democracia, la paz y la soberanía significa la defensa de los intereses nacionales. La lucha por objetivos democráticos generales, planteada actualmente en toda su amplitud ante el movimiento obrero, refleja las necesidades objetivas del desarrollo social. No ha sido imaginada ni impuesta desde fuera. La clase obrera no se coloca a la cabeza de los movimientos democráticos para "atraer" a nadie, sino porque así lo exigen sus más vitales intereses. La circunstancia de que el proletariado posea un partido marxista-leninista combativo, bien organizado y provisto de una teoría científica, ha tenido excepcional valor en cuanto a ampliar el círculo de intereses por los que luchan los obreros y a elevar su papel político en la sociedad. Este partido ha ayudado a la clase obrera a comprender su papel en la vida social, la ha colocado en las primeras filas de quienes defienden los intereses de su pueblo y ha mostrado el camino a seguir para agrupar a todos los trabajadores contra la reacción. Esta actividad de los partidos marxistas-leninistas es de un gran valor histórico para los destinos del mundo, al salvar a la sociedad del cúmulo de calamidades que el imperialismo trae consigo. La clase obrera es la esperanza de la humanidad progresista. Sus excelentes virtudes para la lucha convierten a la clase obrera en vanguardia de toda la humanidad progresista. En muchos países ha derrocado a la burguesía y se ha puesto a la cabeza de la sociedad. A diferencia de las clases oprimidas del pasado -esclavos y siervos de la gleba-, esta clase no desaparece de la escena histórica después de haber cumplido el papel de fuerza de choque que derriba a los viejos gobiernos y destroza los viejos sistemas. Le aguarda todavía la tarea de construir la sociedad nueva, tarea que los obreros no pueden encomendar a nadie. Para llevarla a cabo no bastan las virtudes del combatiente. Ha de ser también capaz de un trabajo creador, de una labor fecunda en todos los órdenes de la vida social: económico, cultural, político y militar. La capacidad de creación de la clase obrera ha de ser, objetivamente, superior a la de cualquiera otra clase de la historia, pues a ninguna otra le cupo tan gran misión histórica. El paso del capitalismo al Socialismo, por la profundidad y amplitud de la transformación que supone, supera a cuanto se hizo en todas las demás revoluciones sociales.
La historia demuestra que la clase obrera posee por completo la capacidad creadora necesaria para construir la sociedad nueva. Así nos lo dice la experiencia de los obreros de Rusia y China, de Polonia y Checoslovaquia, de Bulgaria y Rumania y otros países, que edifican con éxito una sociedad basada en principios Socialistas y Comunistas. En el curso de esta transformación de la sociedad cambia, como es lógico, la faz de la propia clase obrera. Sin ello resultaría imposible la construcción del socialismo. La clase obrera puede cumplir su gran misión de emancipar a todos los trabajadores sólo en el caso de que posea conciencia revolucionaria. A este efecto, la propia clase obrera ha de eludir la influencia de las ideas burguesas. Marx indicaba que la revolución proletaria se necesita no sólo para que la clase obrera conquiste el poder político, sino también para que, en el curso de la revolución, se depure de la basura que dejó en ella la vieja sociedad. Esta depuración es obra de un largo proceso histórico. La clase obrera, una vez conquistado el poder político, ha de dominar los tesoros del saber reunidos antes por los hombres. Para el cumplimiento de la grandiosa tarea que significa construir la nueva sociedad, llama a los mejores científicos y técnicos, a los intelectuales que se formaron en la sociedad vieja, y a la vez capacita intelectuales suyos, nuevos, salidos del seno de la clase obrera y de los campesinos trabajadores. Más aún, en la marcha de la construcción del socialismo y del avance hacia el comunismo, llega a ser una necesidad imperiosa la tarea de elevar su nivel hasta que todos sus miembros posean instrucción secundaria y superior, de dotarla de una sólida cultura y de conocimientos especiales en todas las esferas de la producción social. La clase obrera, puesta a la cabeza de las fuerzas del progreso, se ha ganado un gran prestigio y el reconocimiento de todos los trabajadores y hombres honestos por lo que lleva ya hecho en el cumplimiento de su misión histórica. Las victorias de la clase obrera han ahorrado muchos sufrimientos y calamidades a la humanidad y han dejado franco el camino del bienestar y la felicidad a los pueblos de una serie de países. Sin embargo, la lucha entre las fuerzas de la reacción y del progreso no ha acabado, ni mucho menos. Todo lo contrario, ha entrado en su fase decisiva. Sobre millones de seres se cierne la amenaza de su monstruoso exterminio en una guerra atómica. Decenas de millones gimen aún bajo el yugo de la opresión colonial. Para los trabajadores de muchos países capitalistas se ha convertido en algo real el creciente peligro de la reacción y del fascismo. El imperialismo amenaza a la cultura y a la civilización. ¡Y cuántos desheredados quedan en la tierra, cuánta miseria, calamidades e injusticias! ¿Podrá la humanidad liberarse para siempre de estas lacras? Sin duda alguna. Los marxistas-leninistas responden hoy día afirmativamente, seguros de que así será, porque así lo dice no ya la teoría, sino una gran experiencia práctica. La historia nos autoriza por completo para manifestar ese optimismo. Por difícil que sea el camino que lleva a la liberación, es un camino seguro. Su realidad está en la creciente potencia del movimiento obrero, y esa potencia es prenda de éxito en la lucha de los pueblos por la paz, la libertad y la independencia de las naciones, por la cultura y la civilización, por una vida en la que no haya lugar para la miseria, la opresión y los sufrimientos. Por eso, todas las esperanzas de la humanidad progresista se hallan puestas en la lucha de liberación de la clase obrera.

jueves, 24 de enero de 2013

La clase obrera lucha y crea


Durante los cien años largos que nos separan de la primera acción revolucionaria independiente de los obreros (1848 en Francia), el proletariado ha reñido miles y miles de batallas de clase, grandes y pequeñas, saliendo vencedor en unas y vencido en otras. En esas batallas los obreros han hecho gala de un heroísmo como jamás demostró ninguna otra clase en la historia.
Las grandes virtudes combativas de la clase obrera se pusieron particularmente de relieve en la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, en las acciones revolucionarias de los obreros de varios países de Europa después de la primera guerra mundial y en las revoluciones democrático-populares de China y de otros países. En un territorio habitado por más de un tercio de la humanidad, la clase obrera ha conseguido un triunfo completo en su lucha de liberación, derrotando al sistema de la esclavitud capitalista y tomando el poder en sus manos. Esta lucha del proletariado lo ha convertido en una importante fuerza político-social también en los países donde el capital mantiene su dominio, y así se refleja profundamente en todos los acontecimientos de nuestra época. La lucha de la clase obrera por sus intereses económicos inmediatos. Una de las direcciones principales de la lucha de los obreros en los países capitalistas es la defensa de sus intereses económicos inmediatos, de las reivindicaciones que tienden a mejorar las condiciones de vida y de trabajo del proletariado. La clase obrera mantiene esta lucha en todo el frente y, a pesar de la desesperada resistencia de la burguesía, ha logrado éxitos importantes. En muchos países capitalistas desarrollados ha conseguido arrancar concesiones que ponen límites a la arbitrariedad de los capitalistas y defienden a los obreros de las formas más duras de explotación. La jornada de trabajo, por ejemplo, que en tiempos pasados era de 12 a 16 horas, ha sido reducida a ocho, y a menos para algunos oficios en ciertos países. En bastantes sitios, los obreros han obligado a la burguesía a adoptar medidas relacionadas con el seguro social (pensiones, subsidio de paro, vacaciones pagadas, etc.), que en cierta medida alivian su situación. Se ha logrado también en algún país limitar un tanto las funestas consecuencias de la intensificación del trabajo, mejorar el sistema de protección del trabajo y algunas ventajas en cuanto a asistencia médica. Los obreros han sabido también obligar a la burguesía de bastantes países a hacer concesiones en lo que a los salarios se refiere, debilitando así un tanto las consecuencias de la incesante desvalorización del dinero, que es un verdadero azote para los trabajadores de todos los países capitalistas. Se amplía sin cesar, en la actual etapa del desarrollo histórico, el marco de la lucha de la clase obrera por sus intereses económicos inmediatos. La mayor organización y conciencia del proletariado le llevan a plantear en su lucha de clase reivindicaciones más generales, como es la de limitación del poderío económico de los monopolios, la reforma del sistema fiscal en favor de los trabajadores, la implantación del seguro contra el paro, etc.
Las conquistas económicas de la clase obrera significan un importante valladar a la tendencia al empeoramiento en la situación de los trabajadores, tendencia que se manifiesta con singular vigor dentro del capitalismo moderno. La repercusión de estas conquistas no se ha circunscrito a la clase obrera, sino que ha afectado también a otros muchos sectores de trabajadores. Además, estos últimos, contagiados por los éxitos del movimiento obrero, han iniciado la lucha en defensa de sus intereses inmediatos específicos, copiando en ocasiones las formas de resistencia a los explotadores que primero empleó la clase obrera: sindicatos, huelgas, etc. En nuestro tiempo, estas formas de lucha no son exclusivas de los obreros, sino que también las manejan los empleados (incluso los funcionarios públicos) y diversos grupos de intelectuales (personal médico, maestros y otros). Los líderes del movimiento reformista de bastantes países capitalistas se apresuraron a atribuirse el mérito de estas conquistas de la clase obrera y afirman que ésta no tiene por qué dedicarse a la lucha política, y tanto menos combatir para el derrocamiento del régimen burgués. Tales afirmaciones son pura demagogia. El proletariado de los países capitalistas no debe sus éxitos a los conciliadores y reformistas, sino a la lucha de los obreros más activos y conscientes. En la mayoría de los casos, los capitalistas han de transigir bajo la presión del ala izquierda del movimiento obrero y ante el temor de que todos los obreros se radicalicen. Hay que tener en cuenta también que muchos éxitos de los obreros en la lucha por sus intereses inmediatos han sido posibles porque el triunfo de la clase obrera de la U.R.S.S. y las democracias populares obligó a la burguesía mundial a hacer concesiones que en tiempos anteriores no hubiera aceptado jamás. Hay que recordar también que buena parte de los éxitos conseguidos por el proletariado en la defensa de sus intereses inmediatos se deben a la lucha política, y no a la económica. A la clase obrera le resulta mucho más fácil hablar con la burguesía de salarios, pensiones, reducciones de jornada, etc., cuando a sus espaldas tiene partidos políticos fuertes y combativos, y ejerce una presión política constante sobre las clases que detentan el poder.
Los líderes del reformismo quieren deformar la esencia de los desacuerdos entre los oportunistas y los marxistas-leninistas. Según ellos, los comunistas son contrarios a la lucha de los obreros por sus intereses inmediatos, pues así vivirán peor y se mostrarán más activos frente al capital. Nada más lejos de la verdad que semejante calumnia. Los comunistas son defensores consecuentes de todos los intereses de la clase obrera, tanto si se trata de reivindicaciones inmediatas como de los objetivos finales. Apoyan todas las medidas que tiendan a mejorar la vida de los obreros. Ahora bien, a diferencia de los oportunistas, los comunistas tienen clara noción de que la lucha económica puede dar sólo resultados limitados, pues no afecta para nada al sistema capitalista de la esclavitud asalariada. Y el interés de los obreros, en su sentido amplio, no se reduce a mejorar las condiciones de esa esclavitud asalariada, sino que está en conseguir la emancipación completa de ella. Para esto, la clase obrera ha de mantener la lucha política, sin limitarse a las reivindicaciones económicas. Son dos formas de lucha que no se excluyen, sino que se complementan y contribuyen por igual al éxito en la defensa de los intereses inmediatos y finales de los obreros.
"Cuando la clase obrera trata de mejorar sus condiciones de vida -escribía V. I. Lenin-, se eleva a la vez en el sentido moral, intelectual y político, se hace más capaz de conseguir los grandes fines de su liberación."