LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

Canciones de Combate

domingo, 24 de junio de 2012

Marxismo y reformismo

Por: V.I. Lenin 
A diferencia de los anarquistas, los marxistas admiten la lucha por las reformas, es decir, por mejoras de la situación de los trabajadores que no lesionan el poder, dejándolo como estaba, en manos de la clase dominante. Pero, a la vez, los marxistas combaten con la mayor energía a los reformistas, los cuales circunscriben directa o indirectamente los anhelos y la actividad de la clase obrera a las reformas. El reformismo es una manera que la burguesía tiene de engañar a los obreros, que seguirán siendo esclavos asalariados, pese a algunas mejoras aisladas, mientras subsista el dominio del capital.
Cuando la burguesía liberal concede reformas con una mano, siempre las retira con la otra, las reduce a la nada o las utiliza para subyugar a los obreros, para dividirlos en grupos, para eternizar la esclavitud asalariada de los trabajadores. Por eso el reformismo, incluso cuando es totalmente sincero, se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia. La experiencia de todos los países muestra que los obreros han salido burlados siempre que se han confiado a los reformistas.
Por el contrario, si los obreros han asimilado la doctrina de Marx, es decir, si han comprendido que es inevitable la esclavitud asalariada mientras subsista el dominio del capital, no se dejarán engañar por ninguna reforma burguesa. Comprendiendo que, al mantenerse el capitalismo, las reformas no pueden ser ni sólidas ni importantes, los obreros pugnan por obtener mejoras y las utilizan para proseguir la lucha, más tesonera, contra la escalvitud asalariada. Los reformistas pretenden dividir y engañar con algunas dádivas a los obreros, pretenden apartarlos de su lucha de clase. Los obreros, que han comprendido la falsedad del reformismo, utilizan las reformas para desarrollar y ampliar su lucha de clase.
Cuanto mayor es la influencia de los reformistas en los obreros, tanto menos fuerza tiene éstos, tanto más dependen de la burguesía y tanto más fácil le es a esta última anular con diversas artimañas el efecto de las reformas. Cuanto más independiente y profundo es el movimiento obrero, cuanto más amplio es por sus fines, más desembarazado se ve de la estrechez del reformismo y con más facilidad consiguen los obreros afianzar y utilizar ciertas mejoras.
Reformistas hay en todos los países, pues la burguesía trata por doquier de corromper de uno u otro modo a los obreros y hacer de ellos esclavos satisfechos que no piensen en destruir la escalvitud. En Rusia, los reformistas son los liquidadores, que renuncian a nuestro pasado para adormecer a los obreros con ilusiones en un partido nuevo, abierto y legal. No hace mucho, obligados por Siévernaya Pravda, los liquidadores de San Petersburgo comenzaron a defenderse de la acusación de reformismo. Es preciso detenerse a examinar con atención sus razonamientos para dejar bien clara uba cuestión de extraordinaria importancia.
No somos reformistas -escribían los liquidadores petersburgueses-, porque no hemos dicho que las reformas lo sean todo y que el objetivo final no sea nada; hemos dicho: movimiento hacia el objetivo final; hemos dicho: a través de la lucha por las reformas, hacia la realización plena de las tareas planteadas.
Veamos si esta defensa corresponde a la verdad.
Hecho primero. Resumiendo las afirmaciones de todos los liquidadores, el liquidador Sedov ha escrito que dos de "las tres ballenas" presentadas por los marxistas no sirven hoy para la agitación. Ha dejado la jornada de ocho horas, que, teóricamente, es factible como reforma. Ha suprimido o relegado precisamente lo que no cabe en el marco de las reformas. Por consiguiente, ha incurrido en el oportunismo más palmario, preconizando ni más ni menos que la política expresada por la fórmula de que el objetivo final no es nada. Eso es justamente reformismo, ya que el "objetivo final" (aunque sólo sea con relación a la democracia) se aparta bien lejos de la agitación.
Hecho segundo. La decantada conferencia de agosto (del año pasado) de los liquidadores también pospone -reservándolas para un caso especial- las reivindicaciones no reformistas, en vez de sacarlas a primer plano y colocarlas en el centro mismo de la agitación.
Hecho tercero. Al negar y rebajar "lo viejo", queriéndose desentender de ello, los liquidadores se limitan al reformismo. En las actuales circunstancias es evidente la conexión entre el reformismo y la renuncia a "lo viejo".
Hecho cuarto. El movimiento económico de los obreros provoca la ira y las alharacas de los liquidadores ("pierden los estribos", "no hacen más que amagar", etc., etc.), toda vez que se vincula con consignas que van más allá del reformismo.
¿Qué vemos en definitiva? De palabra, los liquidadores rechazan el reformismo como tal, pero de hecho lo aplican en toda la línea. Por una parte nos aseguran que para ellos las reformas no son todo, ni mucho menos; mas, por otra, siempre que los marxistas van en la práctica más allá del reformismo, se ganan las invectivas o el menosprecio de los liquidadores.
Por cierto, lo que ocurre en todos los terrenos del movimento obrero nos muestra que los marxistas, lejos de quedarse a la zaga, van muy por delante en lo que se refiere a la utilización práctica de las reformas y a la lucha por las reformas. Tomemos las elecciones a la Duma por la curia obrera: los discursos pronunciados por los diputados dentro y fuera de la Duma, la organización de periódicos obreros, el aprovechamiento de la reforma de los seguros, el sindicato metalúrgico, uno de los más importantes, etc., y veremos por doquier un predominio de los obreros marxistas sobre los liquidadores en la esfera de la labor directa, inmediata y "diaria" de agitación, organización y lucha por las reformas y su aprovechamiento.
Los marxistas realizan una labor constante sin perder una sola "posibilidad" de conseguir reformas y utilizarlas, sin censurar, antes bien apoyando y desarrollando con solicitud cualquier actividad que vaya más allá del reformismo tanto en la propaganda como en la agitación, en las acciones económicas de masas, etc. Mientras tanto, los liquidadores, que han abandonado el marxismo, no hacen con sus ataques a la existencia misma de un marxismo monolítico, con su destrucción de la disciplina marxista y con su prédica del reformismo y de la política obrera liberal más que desorganizar el movimiento obrero.
Tampoco se debe olvidar que el reformismo se manifiesta en Rusia de una forma peculiar, a saber: en la equiparación de las condiciones fundamentales de la situación política de la Rusia actual y de la Europa actual. Desde el punto de vista de un liberal, esta equiparación es legítima, pues el liberal cree y confiesa que, "gracias a Dios, tenemos Constitución". El liberal expresa los intereses de lo burguesía cuando defiende la idea de que, después del 17 de octubre, toda acción de la democracia que vaya más allá del reformismo es una locura, un crimen, un pecado, etc.
Pero precisamente estas ideas burguesas son las que ponen en práctica nuestros liquidadores, que "trasplantan" sin cesar y con regularidad (en el papel) a Rusia tanto el "partido a la vista de todos" como la "lucha por la legalidad", etc. Con otras palabras, los liquidadores preconizan, a semejanza de los liberales, el trasplante de una Constitución europea a Rusia sin reparar en el camino peculiar que condujo en Occidente a la proclamación y afianzamiento de las constituciones durante varias generaciones y, a veces, incluso siglos. Los liquidadores y los liberales quieren, como suele decirse, pescar truchas a bragas enjutas.
En Europa, el reformismo significa en la práctica renuncia al marxismo y sustitución de esta doctrina por la "política social" burguesa. En nuestro país, el reformismo de los liquidadores implica, además de eso, desmoronamiento de la organización marxista, renuncia a las tareas democráticas de la clase obrera y sustitución de éstas con una política obrera liberal.

martes, 19 de junio de 2012

La lucha ideológica contra el fascismo


Por: J.Dimitrov

Uno de los aspectos más débiles de la lucha antifascista de nuestros Partidos consiste en que no reaccionan suficientemente, ni a su debido tiempo contra la demoagogia del fascismo y siguen tratando despectivamente los problemas de la lucha contra la ideología fascista. Muchos camaradas no creían que una variedad tan reaccionaria de la ideología burguesa, como es la ideología del fascismo, que en su absurdo llega con harta frecuencia hasta el desvarío, fuese en general capaz de conquistar influencia sobre las masas. Esto fue un gran error. La avanzada putrefacción del capitalismo llega hasta la misma médula de su ideología y su cultura, y la situación desesperada de las extensas masas del pueblo predispone a ciertos sectores al contagio con los detritus ideológicos de este proceso de putrefacción.

No debemos menospreciar, en modo alguno, esta fuerza del contagio ideológico del fascismo. Al contrario, debemos librar por nuestra parte una amplia lucha ideológica, basada en una argumentación clara y popular y en un método certero a la hora de abordar lo peculiar en la psicología nacional de las masas del pueblo.

Los fascistas resuelven la historia de cada pueblo, para presentarse como herederos y continuadores de todo lo que hay de elevado y heroico en su pasado, y explotan todo lo que humilla y ofende a los sentimientos nacionales del pueblo, como arma contra los enemigos del fascismo. En Alemania se publican centenares de libros que no persiguen otro fin que el de falsear la historia del pueblo alemán sobre una pauta fascista.

Los flamantes historiadores nacionalsocialistas se esfuerzan en presentar la historia de Alemania, como si, bajo el imperativo de una "ley histórica", un hilo conductor marcara, a los largo de 2.000 años, la trayectoria del desarrollo que ha determinado la aparición en la escena de la historia del "salvador nacional", del "Mesías" del pueblo alemán, el célebre cabo de progenie austríaca. Todos los grandes hombres del pueblo alemán en épocas pasadas se presentan en estos libros como fascistas, y todos los grandes movimientos campesinos, como precursores directos del movimiento fascista.

Mussolini se esfuerza obstinadamente en sacar partido de la figura heroica de Garibaldi. Los fascistas franceses tremolan a Juana de Arco como su heroína. Los fascistas norteamericanos apelan a las tradiciones de la guerra de la independencia americana, a las tradiciones de Washington y de Lincoln. Los fascistas búlgaros explotan el movimiento de liberación nacional de la década del 70 del siglo pasado y a los héroes populares, tan queridos, de este movimiento, como Vasil Levski, Stefan Karadsha, etc.

Los comunistas, que creen que todo esto no tiene nada que ver con la causa obrera y no hacen nada, ni lo más mínimo, para esclarecer ante las masas trabajadoras el pasado de su propio pueblo con toda fidelidad histórica y el verdadero sentido marxista, marxista-leninista, para entroncar la lucha actual con las tadiciones revolucionarias de su pasado, esos comunistas entregan voluntariamente a los falsificadores fascistas todo lo que hay de valioso en el pasado histórico de la nación, para que engañen a las masas del pueblo.

¡No, camaradas! A nosotros nos afectan todos los problemas importantes, no sólo del presente y del futuro, sino también los que forman parte del pasado de nuestro propio pueblo, pues nosotros, los comunistas, no practicamos la política mezquina de los intereses gremiales de los obreros. Nosotros no somos los funcionarios limitados de las tradeuniones, ni tampoco los dirigentes de los gremios medievales de artesanos y oficiales. Somos los representates de los intereses de clase de la más importante y grande de las clases de la sociedad moderna, de la clase obrera, que tiene por misión emancipar a la humanidad de los tormentos del sistema capitalista, que ya ha abatido el yugo del capitalismo y es la clase gobernante en una sexta parte del planeta. Nosotros defendemos los intereses vitales de todos los sectores trabajadores explotados, es decir, de la mayoría del pueblo de todos los países capitalistas.

Nosotros, los comunistas, somo, por principio, enemigos irreconciliables del nacionalismo burgués, en todas sus formas y variedades. Pero no somos partidarios del nihilismo nacional, ni podemos actuar jamás como tales. La misión de educar a los obreros y a los trabajadores en el espíritu del internacionalismo proletario es una de las tareas fundamentales de todos los Partidos Comunistas. Pero, el que piense, que esto le permite, e incluso, le obliga a escupir en la cara a todos los sentimientos nacionales de las amplias masas trabajadoras, está muy lejos del verdadero bolchevismo y no ha comprendido nada de las enseñanzas de Lenin sobre la cuestión nacional. (Aplausos).

Lenin que luchó siempre decidida y consecuentemente contra el nacionalismo burgués, en su artículo Sobre el orgullo nacional de los grandes rusos, escrito en el año 1914, nos dio un ejemplo de cómo debe enfocarse acertadamente el problema de los sentimientos nacionales.

He aquí lo que escribe:
«¿Nos es ajeno a nosotros, proletarios conscientes grandes rusos, el sentimiento de orgullo nacional? ¡Claro que no! Amamos nuestra lengua y nuestra Patria, trabajamos más que todo por elevar sus masas trabajadoras (es decir las nueve décimas partes de su población) a la vida consciente de demócratas y socialistas. Lo más duro para nosotros es ver y sentir a qué violencias, opresión y burlas someten a nuestra magnífica Patria los verdugos zaristas, los palaciegos y los capitalistas. Nos sentimos orgullosos de que estas violencias provocaran la resistencia de nuestros medios, en el seno de los grandes rusos, que estos medios dieran a Rashev, a los decembristas, a los revolucionarios-raznochintzi de la década del 70, que la clase obrera gran rusa creara en 1905 un poderoso partido revolucionario de las masas.
De nosotros se apodera un sentimiento de orgullo nacional, ya que la nación gran rusa ha creado también una clase obrera, demostró también que es capaz de dar a la humanidad grandes ejemplos de lucha por la libertad y el socialismo y que no sólo sabe organizar pogromos, elevar horcas, llenar las cárceles, causar grandes hambres y engendrar servilismo ante curas, zares, terratenientes y capitalistas.

De nosotros se apodera un sentimiento de orgullo nacional y por eso precisamente aborrecemos ante todo nuestro pasado de escalvos... y nuestro presente de esclavos, cuando estos mismo terratenientes, ayudados por los capitalistas, nos llevan a la guerra, para esclavizar a Polonia y Ucrania: ¡para aplastar el movimiento democrático en Persia y China, para reforzar la camarilla de los Romanov, Bobrinski, Purishkevich que es una vergüenza para nuestra dignidad nacional gran rusa!
»

Es lo que escribe Lenin sobre el orgullo nacional.

Yo creo, camaradas, no haber procedido equivocadamente cuando, en el proceso de Leipzig, ante el intento de los fascistas de calumniar al pueblo búlgaro como a un pueblo bárbaro, defendí el honor nacional de la masas trabajadoras, del pueblo búlgaro, que lucha abnegadamente contra los usurpadores fascistas, que son los verdaderos bárbaros y salvajes, (aplausos impetuosos y prolongados) y cuando declaré que no tengo ningún motivo para avergonzarme de ser búlgaro y que, lejos de ello, estoy orgulloso de ser hijo de la heroica clase obrera búlgara (Aplausos).


¡Camaradas! El internacionalismo proletario debe "aclimatarse", por decirlo así, en cada país y echar raíces profundas en el suelo natal. Las formas nacionales, que reviste la lucha proletaria de clases, el movimiento obrero en cada país no están en contradicción con el internacionalismo proletario, sino que, al contrario, es precisamente bajo estas formas como se pueden defender también con éxito los intereses internacionales del proletariado.

Es evidente que hay que poner bien de relieve, en todas partes y en todas las ocasiones, ante las masas y demostrar de un modo concreto que la burguesía fascista, con el pretexto de defender los intereses de toda la nación, practica la política egoísta de opresión y explotación de su propio pueblo y la expoliación y la esclavización de los demás pueblos. Pero no podemos limitarnos a esto. Al mismo tiempo, tenemos que poner de manifiesto, a través de las propias luchas de la clase obrera y mediante las acciones del Partido Comunista, que el proletariado, al rebelarse contra todo vasallaje y contra toda opresión nacional, es el único y auténtico campeón de la libertad nacional y de la independencia del pueblo.

Los intereses de la lucha de clases del proletariado contra los explotadores y opresores patrios no están en pugna con los intereses de un porvenir libre y feliz de la nación. Al contrario: la revolución socialista será la salvación de la nación y le abrirá el camino para un auge más esplendoroso. Por esto, porque la clase obrera, al construir hoy sus organizaciones de clase y afianzar sus posiciones, al defender contra el fascismo los derechos y libertades democráticas, al luchar por el derrocamiento del capitalismo, lucha ya a través de todo esto por ese porvenir de la nación.

El proletariado revolucionario lucha por salvar la cultura del pueblo, por redimirla de las cadenas del capital monopolista en putrefacción, del fascismo bárbaro que la violenta. Sólo la revolución proletaria puede impedir el naufragio de la cultura, elevarla al más alto esplendor como vedadera cultura popular, de esa cultura, nacional por su forma y socialista por su contenido, que se está realizando ante nuestros ojos en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El interenacionalismo proletario no sólo no está contra la lucha de los trabajadores de cada país por la libertad nacional, socia y cultural, sino que además garantiza, gracias a la solidaridad proletaria internacional y a la unidad de lucha, el apoyo necesario para triunfar en ella. Sólo en la más estrecha alianza con el proletariado victorioso de la gran Unión Soviética, puede triunfar la clase obrera de los países capitalistas. Sólo luchando codo a codo con el proletariado de los países imperialistas, pueden los pueblos coloniales y las minorías oprimidas lograr su liberación. La alianza revolucionaria de la clase obrera de los países imperialistas con los movimientos de liberación nacional de las colonias y países dependientes es un jalón, absolutamente indispensable, en la senda del triunfo de la revolución proletaria en los países imperialistas, pues como enseñaba Marx, "el pueblo que oprime a otros pueblos jamás puede ser libre".

Los comunistas, que forman parte de una nación oprimida o dependiente, no podrán luchar con éxito contra el chovinismo, en el seno de su propia nación, si al mismo tiempo no ponen de manifiesto, en la práctica del movimiento de masas, que luchan realmente por redimir a su nación del yugo extranjero. Por otra parte, los comunistas de la nación opresora tampoco podrán hacer lo que es necesario para educar a las masas trabajadoras de su nación en el espíritu del internacionalismo, si no libran una lucha decidida contra la política de opresión de su "propia" burguesía, por el derecho a la completa autodeterminación de las naciones esclavizadas por ellas. Si no lo hacen, tampoco ayudarán a los trabajadores de las naciones oprimidas a sobreponerse a sus prejuicios nacionalistas.

Sólo actuando en este sentido, demostrando de un modo convincente en toda nuestra labor de masas que estamos tan libres del nihilismo nacional, como del nacionalismo burgués, sólo entonces podremos librar una lucha verdaderamente eficaz contra la demagogia chovinista del fascismo.

Por eso, tiene una importancia tan enorme la aplicación justa y concreta de la política nacional leninista. Es ésta una premisa absolutamente indispensable, para luchar eficazmente contra el chovinismo, principal instrumento de la influencia ideológica de los fascistas sobre las masas.

martes, 12 de junio de 2012

La economía y la política de la dictadura del proletariado


Por: V.I. LENIN
Tenía proyectado escribir para el segundo aniversario del Poder soviético un pequeño folleto sobre el tema indicado en el título. Pero con el ajetreo del trabajo diario no he logrado hasta ahora ir más allá de la preparación preliminar de algunas partes. Por eso, he resuelto tratar de hacer una exposición breve y sumaria de las ideas más esenciales, a mi modo de ver, en esta cuestión. Naturalmente, el carácter resumido de la exposición encierra muchas dificultades e inconvenientes. Pero quizás para un pequeño artículo periodístico puede ser realizable este objetivo modesto: plantear la cuestión y sus fundamentos para su discusión por los comunistas de los diferentes países.

1

Teóricamente, no cabe duda de que entre el capitalismo y el comunismo existe cierto período de transición. Este período no puede dejar de reunir los rasgos o las propiedades de ambas formaciones de la economía social, no puede dejar de ser un período de lucha entre el capitalismo agonizante y el comunismo naciente; o en otras palabras: entre el capitalismo vencido, pero no aniquilado, y el comunismo ya nacido, pero muy débil aún.
La necesidad de toda una época histórica, que se distinga por estos rasgos del período de transición, debe ser clara por sí misma, no sólo para un marxista, sino para toda persona instruida que conozca de una u otra manera la teoría del desarrollo. Y, sin embargo, todos los discursos que sobre la transición al socialismo escuchamos de labios de los actuales representantes de la democracia pequeñoburguesa (tales son, a pesar de su pretendida etiqueta socialista, todos los representantes de la II Internacional, incluyendo a gentes del corte de MacDonald y Jean Longuet, de Kautsky y Friedrich Adler) se distinguen por el completo olvido de esta verdad evidente. A los demócratas pequeñoburgueses les son propios la aversión a la lucha de clases, los sueños sobre la posibilidad de prescindir de ella, la aspiración a atenuar, conciliar y limar sus agudas aristas. Por eso, los demócratas de esta especie o se desentienden de cualquier reconocimiento de todo un período histórico de transición del capitalismo al comunismo o consideran que su tarea es inventar planes para conciliar ambas fuerzas en pugna, en lugar de dirigir la lucha de una de estas fuerzas.

2

En Rusia, la dictadura del proletariado tiene que distinguirse inevitablemente por ciertas particularidades en comparación con los países avanzados, como consecuencia del inmenso atraso y del carácter pequeñoburgués de nuestro país. Pero las fuerzas fundamentales -- y las formas fundamentales de la economía social -- son, en Rusia, las mismas que en cualquier país capitalista, por lo que estas particulariclades pueden referirse tan sólo a lo que no es esencial.
Estas formas básicas de la economía social son: el capitalismo, la pequeña producción mercantil y el comunismo. Y las fuerzas básicas son: la burguesía, la pequeña burguesía (particularmente los campesinos) y el proletariado.
La economía de Rusia en la época de la dictadura del proletariado representa la lucha que en sus primeros pasos sostiene el trabajo mancomunado al modo comunista -- en escala única de un enorme Estado -- contra la pequeña producción mercantil, contra el capitalismo que sigue subsistiendo y contra el que revive sobre la base de esta producción.
El trabajo está mancomunado en Rusia a la manera comunista por cuanto, primero, está abolida la propiedad privada sobre los medios de producción y, segundo, porque el Poder proletario del Estado organiza en escala nacional la gran producción en las tierras y empresas estatales, distribuye la mano de obra entre las diferentes ramas de la economía y entre las empresas, distribuye entre los trabajadores inmensas cantidades de artículos de consumo pertenecientes al Estado.
Hablamos de los "primeros pasos" del comunismo en Rusia (como lo dice también el programa de nuestro Partido aprobado en marzo de 1919), ya que estas condiciones las hemos realizado sólo en parte, o dicho con otras palabras: la realización de estas condiciones se encuentra sólo en su fase inicial. De una vez, con un solo golpe revolucionario, se ha hecho todo cuanto puede, en general, hacerse de un golpe: por ejemplo, ya el primer día de la dictadura del proletariado, el 26 de octubre de 1917 (8 de noviembre de 1917), fue abolida la propiedad privada de la tierra y fueron expropiados sin indemnización los grandes propietarios de la tierra. En unos meses fueron expropiados, también sin indemnización, casi todos los grandes capitalistas, los dueños de fábricas, empresas de sociedades anónimas, bancos, ferrocarriles, etc. La organización de la gran producción industrial por el Estado, el tránsito del "control obrero" a la "administración obrera" de las fábricas y ferrocarriles, está ya realizado en sus rasgos más importantes y fundamentales; pero con respecto a la agricultura esto no ha hecho más que empezar (las "haciendas soviéticas", grandes explotaciones organizadas por el Estado obrero sobre las tierras del Estado). Igualmente apenas ha comenzado la organización de las diferentes formas de cooperación de los pequeños labradores, como tránsito de la pequeña producción agrícola mercantil a la agricultura comunista*. Lo mismo cabe decir de la organización estatal de la distribución de los productos en sustitución del comercio privado, es decir, en lo que atañe al acopio y al envío de cereales a las ciudades y de los artículos industriales al campo por el Estado. Más abajo daremos los datos estadísticos que poseemos sobre esta cuestión.
La economía campesina continúa siendo una pequeña producción mercantil. Hay aquí para el capitalismo una base extraordinariamente amplia y dotada de raíces muy profundas y muy sólidas. Sobre esta base, el capitalismo se mantiene y revive de nuevo, luchando de la manera más encarnizada contra el comunismo. Las formas de esta lucha son: la venta clandestina y la especulación contra los acopios estatales de cereal (al igual que de otros productos) y en general contra la distribución estatal de los productos.

3

Para ilustrar estas tesis teóricas abstractas, citaremos datos concretos.
El acopio estatal de cereales en Rusia, según datos del Comisariado del Pueblo de Abastecimiento, ha dado, desde el 1.ƒ de agosto de 1917 al 1.ƒ de agosto de 1918, cerca de 30 millones de puds. Al otro año, cerca de 110 millones de puds. En los primeros tres meses de la campaña siguiente (1919-1920), los acopios alcanzarán, por lo visto, cerca de 45 millones de puds, contra 37 millones en los mismos meses (agosto-octubre) del año 1918.
Estas cifras revelan claramente un lento pero constante mejoramiento en el sentido de la victoria del comunismo sobre el capitalismo. Se obtiene este mejoramiento a pesar de las inauditas dificultades motivadas por la guerra civil, que los capitalistas rusos y extranjeros organizan poniendo en tensión todas las fuerzas de las potencias más poderosas del mundo.
Por eso, por más que mientan y calumnien los burgueses de todos los países y sus cómplices francos o encubiertos (los "socialistas" de la II Internacional), es indudable que, desde el punto de vista del problema económico fundamental de la dictadura del proletariado, en nuestro país está asegurada la victoria del comunismo sobre el capitalismo. Si la burguesía de todo el mundo está enrabiada y enfurecida contra el bolchevismo, si organiza invasiones armadas, complots, etc., contra los bolcheviques, es precisamente porque comprende muy bien lo inevitable de nuestra victoria en la reestructuración de la economía social, a menos que nos aplaste por la fuerza militar. Pero no consigue aplastarnos por ese procedimiento.



Así, pues, aproximadamente la mitad de los cereales para las ciudades la da el Comisariado de Abastecimiento; la otra mitad, los especuladores. La investigación exacta de la alimentación de los obreros de las ciudades en 1918 ha dado precisamente esta proporción. Advirtamos que los obreros pagan por el cereal proporcionado por el Estado la novena parte que por el de los especuladores. El precio de especulación es equivalente al décuplo que el precio del Estado. Así lo dice el estudio concienzudo del presupuesto de los obreros.


4

Los datos citados, si se piensa bien en ellos, proporcionan un material exacto acerca de todos los rasgos fundamentales de la economía actual en Rusia.

Los trabajadores han sido liberados de sus opresores y explotadores seculares, los terratenientes y capitalistas. Este paso de la verdadera libertad y de la verdadera igualdad, paso que por su grandeza, magnitud y rapidez no tiene precedente en el mundo, no ha sido tomado en consideración por los partidarios de la burguesía (incluidos los demócratas pequeñoburgueses), los cuales hablan de la libertad y de la igualdad en el sentido de la democracia burguesa parlamentaria, proclamándola falsamente "democracia" en general o "democracia pura" (Kautsky).

Pero los trabajadores toman en consideración precisamente la verdadera igualdad, la verdadera libertad (la que implica verse libre de terratenientes y capitalistas), por eso apoyan con tanta firmeza al Poder soviético.

En este país campesino, han sido los campesinos en general los primeros en salir favorecidos, los que más han ganado y los que de golpe han gozado los beneficios de la dictadura del proletariado. Bajo el régimen de los terratenientes y capitalistas, en Rusia los campesinos padecían hambre. En el transcurso de largos siglos de nuestra historia, los campesinos jamás tuvieron la posibilidad de trabajar para sí: pasaban hambre, entregando cientos de millones de puds de trigo a los capitalistas, a las ciudades y al extranjero. Bajo la dictadura del proletariado, el campesino por primera vez trabaja para sí y se alimenta mejor que el habitante de la ciudad. El campesino ha visto por primera vez la libertad de hecho: la libertad de comer su propio pan, la libertad de no pasar hambre. Se ha establecido, como es sabido, la igualdad máxima en el reparto de las tierras: en la gran mayoría de los casos, los campesinos reparten la tierra "por el número de bocas".

Socialismo significa la abolición de las clases.

Para abolir las clases, es preciso, primero, derribar a los terratenientes y a los capitalistas. Esta parte de la tarea la hemos cumplido, pero es sólo una parte y, ademas, no es la más difícil. Para abolir las clases, es preciso, en segundo lugar, suprimir la diferencia entre los obreros y los campesinos, convertir a todos en trabajadores. Esto no es posible hacerlo de golpe. Esta es una tarea incomparablemente más difícil y, por la fuerza de la necesidad, de larga duración. No es una tarea que pueda resolverse con el derrocamiento de una clase cualquiera. Sólo puede resolverse mediante la reorganización de toda la economía social, pasando de la pequeña producción mercantil, individual y aislada, a la gran producción colectiva. Este tránsito es, por necesidad, extraordinariamente largo, y las medidas administrativas y legislativas precipitadas e imprudentes sólo conducirían a hacerlo más lento y difícil. Solamente cabe acelerarlo prestando a los campesinos una ayuda que les permita mejorar en enorme medida toda la técnica agrícola, transformándola de raíz.

Para resolver esta segunda parte de la tarea, la más difícil, el proletariado, después de haber vencido a la burguesía, debe aplicar inalterablemente la siguiente línea fundamental en su política con respecto a los campesinos: el proletariado debe distinguir, diferenciar a los campesinos trabajadores de los campesinos propietarios, al campesino trabajador del campesino mercader, al campesino laborioso del campesino especulador.

En esta delimitación reside toda la esencia del socialismo.

Y no es extraño que los socialistas de palabra y demócratas pequeñoburgueses de hecho (los Mártov y los Chernov, los Kautsky y Cía.) no comprendan esta esencia del socialismo. La delimitación aquí indicada es muy difícil, pues en la vida práctica todos los rasgos propios del "campesino", por variados y contradictorios que sean, forman un todo único. No obstante, la delimitación es posible, y no sólo posible, sino que emana inevitablemente de las condiciones de la hacienda y de la vida del campesino. El campesino trabajador ha estado oprimido durante siglos por los terratenientes, los capitalistas, los mercaderes, los especuladores y su Estado, incluyendo a las repúblicas burguesas más democráticas. El campesino trabajador ha ido formando durante siglos su odio y su animosidad contra estos opresores y explotadores, y esta "formación", producto de la vida misma, obliga a los campesinos a buscar la alianza con los obreros contra el capitalista, contra el especulador, contra el mercader. Pero, al mismo tiempo, las circunstancias económicas, las circunstancias de la economía mercantil, convierten de modo inevitable al campesino (no siempre, pero sí en una gran mayoría de casos) en mercader y especulador.

Los datos estadísticos arriba citados muestran con claridad la diferencia que existe entre el campesino trabajador y el campesino especulador. Los campesinos que en 1918-1919 dieron a los obreros hambrientos de las ciudades 40 millones de puds de cereal, a los precios de tasa fijados por el Estado y a través de los organismos estatales, a pesar de todos los defectos de estos organismos, defectos perfectamente conocidos por el gobierno obrero, pero irremediables en el primer período de transición al socialismo, estos campesinos son unos campesinos trabajadores, unos camaradas de los obreros socialistas con todos los derechos, sus aliados más seguros, sus hermanos carnales en la lucha contra el yugo del capital. Pero esos otros campesinos que vendieron a escondidas 40 millones de puds de cereal a un precio equivalente al décuplo que el fijado por el Estado, aprovechándose de la penuria y del hambre del obrero de la ciudad, defraudando al Estado, aumentando y engendrando por todas partes el engaño, el pillaje y las maniobras fraudulentas, esos campesinos son unos especuladores, unos aliados del capitalista, unos enemigos de clase del obrero, unos explotadores. Pues tener sobrantes de cereal recolectado en las tierras que pertenecen al Estado, con la ayuda de aperos en cuya creación fue invertido, de uno u otro modo, no sólo el esfuerzo del campesino, sino también el del obrero, etc., tener sobrantes de cereal y especular con ellos significa ser un explotador del obrero hambriento.

Vosotros violáis la libertad, la igualdad, la democracia, nos gritan desde todos lados, señalando la desigualdad entre el obrero y el campesino en nuestra Constitución, la disolución de la Asamblea Constituyente, las requisas forzosas de los excedentes de cereal, etc. Nosotros replicamos: no ha habido en el mundo Estado que haya hecho tanto para eliminar la verdadera desigualdad y la verdadera falta de libertad que ha padecido durante siglos el campesino laborioso. Pero jamás reconoceremos la igualdad con el campesino especulador, como no reconoceremos la "igualdad" del explotador con el explotado, del harto con el hambriento, la "libertad" del primero de robar al segundo. Y a aquellos hombres instruidos que no quieran comprender estas diferencias, nosotros los trataremos como a los guardias blancos, aunque se llamen demócratas, socialistas, internacionalistas, los Kautsky, los Chernov, los Mártov.


5

El socialismo es la supresión de las clases. La dictadura del proletariado ha hecho en este sentido todo lo que estaba a su alcance. Pero no se puede suprimir de golpe las clases.

Y las clases han quedado y quedarán durante la época de la dictadura del proletariado. La dictadura dejará de ser necesaria cuando desaparezcan las clases. Y sin la dictadura del proletariado las clases no desaparecerán.

Las clases han quedado, pero cada una de ellas se ha modificado en la época de la dictadura del proletariado; han variado igualmente las relaciones entre ellas. La lucha de clases no desaparece bajo la dictadura del proletariado, lo único que hace es adoptar otras formas.

El proletariado, bajo el capitalismo, era una clase oprimida, una clase que había sido desprovista de toda propiedad sobre los medios de producción, la única clase opuesta directa e íntegramente a la burguesía, y por eso la única capaz de ser revolucionaria hasta el fin. El proletariado, al derrocar a la burguesía y conquistar el Poder político, se ha convertido en la clase dominante: tiene en sus manos el Poder del Estado, dispone de los medios de producción ya socializados, dirige a los elementos y las clases vacilantes, intermedios, aplasta la resistencia de los explotadores, que se manifiesta con energía creciente. Todas éstas son las tareas especiales de la lucha de clases, tareas que antes el proletariado no se las había planteado ni podía planteárselas.

La clase de los explotadores, los terratenientes y capitalistas, no ha desaparecido ni puede desaparecer de golpe bajo la dictadura del proletariado. Los explotadores han sido derrotados, pero no aniquilados. Aún tienen una base internacional, el capital internacional, del cual son una sucursal. Aún tienen, en parte, algunos medios de producción, aún tienen dinero, aún tienen amplios vínculos sociales. Precisamente a causa de su derrota, se ha multiplicado en cien y en mil veces su fuerza de resistencia. El "arte" de la administración estatal, militar y económica les da una superioridad, una superioridad muy grande, de modo que su importancia es inconmensurablemente mayor que su proporción numérica en la población. La lucha de clases que libran los explotadores derrocados contra la victoriosa vanguardia de los explotados, es decir, contra el proletariado, se ha vuelto incomparablemente más encarnizada. Y no puede ser de otra manera, si se trata de una revolución, si no se reemplaza este concepto (como lo hacen todos los héroes de la II Internacional) por ilusiones reformistas.

Por último, el campesinado, como toda la pequeña burguesía en general, ocupa bajo la dictadura del proletariado una situación intermedia: por un lado, representa una masa de trabajadores, bastante considerable (y en la Rusia atrasada, una masa inmensa), unida por el interés, común a los trabajadores, de emanciparse del terrateniente y del capitalista; y por otro lado, son pequeños patronos, propietarios y comerciantes aislados. Tal situación económica provoca inevitablemente su oscilación entre el proletariado y la burguesía. Y en las condiciones de la lucha agudizada entre estos últimos, de la ruptura extraordinariamente brusca de todas las relaciones sociales, ante la máxima costumbre de lo viejo, lo rutinario, lo invariable, tan arraigada precisamente entre los campesinos y los pequeños burgueses en general, es lógico que observemos inevitablemente entre ellos evasiones de un campo a otro, vacilaciones, virajes, inseguridad, etc.

En relación a esta clase -- o a estos elementos sociales --, al proletariado le incumbe la tarea de dirigir, de luchar por la influencia sobre ella. Conducir tras sí a los vacilantes e inestables es lo que debe hacer el proletariado.

Si confrontamos todas las fuerzas o clases fundamentales y sus relaciones mutuas modificadas por la dictadura del proletariado, veremos qué ilimitado absurdo teórico, qué estupidez constituye la opinión pequeñoburguesa en boga entre los representantes de la II Internacional de que se puede pasar al socialismo "a través de la democracia" en general. La base de este error reside en el prejuicio, heredado de la burguesía, de que la "democracia" tiene un contenido absoluto, independiente de las clases. Pero, de hecho, la democracia pasa a una fase absolutamente nueva bajo la dictadura del proletariado, y la lucha de clases se eleva a un grado superior, sometiendo a su dominio todas y cada una de las formas políticas.

Las frases comunes sobre la libertad, la igualdad y la democracia equivalen en el fondo a una repetición ciega de conceptos plasmados por las relaciones de la producción mercantil. Querer resolver por medio de estas frases comunes las tareas concretas de la dictadura del proletariado, significa pasarse en toda la línea a las posiciones teóricas y de principio de la burguesía. Desde el punto de vista del proletariado, la cuestión se plantea sólo así: ¿liberación de la opresión ejercida por qué clase?, ¿igualdad entre qué clases?, ¿democracia sobre la base de la propiedad privada o sobre la base de la lucha por la supresión de la propiedad privada?, etc.

En su Anti-Dühring, Engels aclaró hace tiempo que la noción de igualdad ha sido moldeada por las relacioncs de la producción mercantil; la igualdad se transforma en prejuicio si no se comprende como la abolición de las clases [**]. Esta verdad elemental relativa a la diferencia de la concepción democraticoburguesa y la socialista sobre la igualdad es olvidada constantemente. Cuando no se la olvida resulta evidente que el proletariado, al derrocar a la burguesía, da con ello el paso más decisivo hacia la supresión de las clases, y que para coronar esto el proletariado debe continuar su lucha de clase utilizando el aparato del Poder del Estado y aplicando diferentes métodos de lucha, de influencia, de acción con respecto a la burguesia derrocada y a la pequeña burguesia vacilante.

(Continuará )[***]

30 de octubre de 1919.



NOTAS

* El número de "haciendas soviéticas" y de "comunas agrícolas" en la Rusia Soviética es de unas 3.536 y 1.961 respectivamente; el número de arteles agrícolas es de 3.696. Nuestra Dirección Central de Estadística efectua en la actualiclad un censo excacto de todas las haciendas soviéticas y comunas. Los primeros resultados serán conocidos en noviembre de 1919.

**Véase F. Engels, Anti-Dühring, Parte primera, X.
*** El artículo quedó sin terminar. (N. de la Ed.)


viernes, 8 de junio de 2012

El imperialismo y la escisión del socialismo


Por: V. I. Lenin
Existe alguna relación entre el imperialismo y la monstruosa y repugnante victoria que el oportunismo (en forma de socialchovinismo) ha obtenido sobre el movimiento obrero en Europa?

Este es el problema fundamental del socialismo contemporáneo. Después de haber dejado plenamente sentado en nuestra literatura de partido, en primer lugar, el carácter imperialista de nuestra época y de la guerra actual, y, en segundo lugar, el nexo histórico indisoluble que existe entre el socialchovinismo y el oportunismo, así como su igualdad de contenido ideológico y político, podemos y debemos pasar a examinar este problema fundamental.

Hay que empezar por definir, del modo más exacto completo y posible, qué es el imperialismo. El imperialismo es una fase histórica especial del capitalismo. Su carácter específico tiene tres peculiaridades: el imperialismo es 1) capitalismo monopolista; 2) capitalismo parasitario o en descomposición; 3) capitalismo agonizante. La sustitución de la libre competencia por el monopolio es el rasgo económico fundamental, la esencia del imperialismo. El monopolismo se manifiesta en cinco formas principales: 1) cártels, sindicatos y trusts; la concentración de la producción ha alcanzado el grado que da origen a estas asociaciones monopolistas de los capitalistas; 2) situación monopolista de los grandes Bancos: de tres a cinco Bancos gigantescos manejan toda la vida económica de los EE.UU., de Francia y de Alemania; 3) apropiación de las fuentes de materias primas por los trusts y la oligarquía financiera (el capital financiero es el capital industrial monopolista fundido con el capital bancario); 4) se ha iniciado el reparto (económico) del mundo entre los cártels internacionales. ¡Son ya más de cien los cártels internacionales que dominan todo el mercado mundial y se lo reparten "ami gablemente", hasta que la guerra lo redistribuya! La exportación del capital, como fenómeno particularmente característico a diferencia de la exportación de mercancías bajo el capitalismo no monopolista, guarda estrecha relación con el reparto económico y político-territorial del mundo. 5) Ha terminado el reparto territorial del mundo (de las colonias).

El imperialismo, como fase superior del capitalismo en Norteamérica y en Europa, y después en Asia, se formó plenamente en el período 1898-1914. Las guerras hispano-norteamericana (1898), anglo-bóer (1899-1902) y ruso-japonesa (1904-1905), y la crisis económica de Europa en 1900, son los principales jalones históricos de esta nueva época de la historia mundial.

Que el imperialismo es el capitalismo parasitario o en descomposición se manifiesta, ante todo, en la tendencia a la descomposición que distingue a todo monopolio en el régimen de la propiedad privada sobre los medios de producción. La diferencia entre la burguesía imperialista democrático-republicana y la monárquico-reaccionaria se borra, precisamente, porque una y otra se pudren vivas (lo que no elimina, en modo alguno, el desarrollo asombrosamente rápido del capitalismo en ciertas ramas industriales, en ciertos países, en ciertos períodos). En segundo lugar, la descomposición del capitalismo se manifiesta en la formación de un enorme sector de rentistas, de capitalistas que viven de "cortar cu pones". En los cuatro países imperialistas avanzados -- Inglaterra, América del Norte, Francia y Alemania --, el capital en valores asciende, en cada país, de cien a ciento cincuenta mil millones de francos, lo cual significa, por lo menos, una renta anual de cinco mil a ocho mil millones de francos. En tercer lugar, la exportación de capital es el parasitismo elevado al cuadrado. En cuarto lugar, "el capital financiero tiende a la dominación, y no a la libertad". La reacción política en toda la línea es rasgo característico del imperialismo. Venalidad, soborno en proporciones gigantescas, un verdadero Panamá[1]. En quinto lugar, la explotación de las naciones oprimidas, ligada indisolublemente a las anexiones, y, sobre todo, la explotación de las colonias por un puñado de "grandes" potencias, convierte cada vez más el mundo "civilizado" en un parásito que vive sobre el cuerpo de centenares de millones de hombres de los pueblos no civilizados. El proletario romano vivía a expensas de la sociedad. La sociedad actual vive a expensas del proletario moderno. Marx subrayaba especialmente esta profunda observación de Sismondi[2]. El imperialismo modifica algo la situación. Una capa privilegiada del proletariado de las potencias imperialistas vive, en parte, a expensas de los centenares de millones de hombres de los pueblos no civilizados.

Queda claro por qué el imperialismo es un capitalismo agonizante, en transición hacia el socialismo: el monopolio, que nace del capitalismo, es ya capitalismo agonizante, el comien~o de su tránsito al socialismo. La misma significación tiene la gigantesca socialización del trabajo realizada por el imperialismo (lo que sus apologistas, los economistas burgueses, llaman "entrelazamiento").

Al definir de este modo el imperialismo, nos colocamos en plena contradicción con C. Kautsky, que se resiste a considerar el imperialismo como una "fase del capitalismo" y lo define como política "preferida" del capital financiero, como tendencia de los países "industriales" a anexionarse los países "agrarios"[*]. Desde el punto de vista teórico, esta definición de Kautsky es completamente falsa. La peculiaridad del imperialismo no es precisamente el dominio del capital industrial, sino el del capital financiero, precisamente la tendencia a anexionarse no sólo países agrarios, sino toda clase de países. Kautsky separa la política del imperialismo de su economía, separa el monopolismo en política del monopolismo en economía, para desbrozar el camino a su vulgar reformismo burgués tal como el "desarme", el "ultraimperialismo" y demás necedades por el estilo. El propósito y el objeto de esta falsedad teórica se reducen exclusivamente a disimular las contradicciones más profundas del imperialismo y a justificar de este modo la teoría de la "unidad" con sus apologistas: con los oportunistas y socialchovinistas descarados.

Ya hemos hablado bastante de esta ruptura de Kautsky con el marxismo, tanto en el Sotsial-Demokrat como en el Kommunist [3]. Nuestros kautskianos rusos, los del CO con Axelrod y Spectator[4] al frente, sin excluir a Mártov y, en grado considerable, a Trotski, han preferido silenciar el kautskismo como tendencia. No se han atrevido a defender lo que Kautsky ha escrito durante la guerra limitándose simplemente a elogiar a Kautsky (Axelrod en su folleto alemán que el Comité de Organización[5] ha prometido publicar en ruso) o aludir a cartas particulares de Kautsky (Spectator) en las que afirma que pertenece a la oposición y trata de anular jesuíticamente sus declaraciones chovinistas.

Observamos que, en su "interpretación" del imperialismo -- que equivale a embellecerlo -- , Kautsky retrocede no sólo en relación a El capital financiero de Hilferding (¡por muy empeñadamente que el mismo Hilferding defienda ahora a Kautsky y la "unidad" con los socialchovinistas!), sino también en relación al social-liberal J. A. Hobson. Este economista inglés, que ni por asomo pretende merecer el título de marxista, define de un modo mucho más profundo el imperialismo y pone de manifiesto sus contradicciones en su obra de 1902**. Veamos lo que dice este escritor (en cuyas obras podemos encontrar casi todas las vulgaridades pacifistas y "conciliadoras" de Kautsky) sobre la cuestión, que tiene singular importancia, del carácter parasitario del imperialismo:

Dos clases de circunstancias han debilitado, a juicio de Hobson, la potencia de los viejos imperios: 1) el "parasitismo económico" y 2) la formación de ejércitos con hombres de los pueblos dependientes. "La primera es la costumbre del parasitismo económico, en virtud de la cual el Estado dominante utiliza sus provincias, sus colonias y los países dependientes, con objeto de enriquecer a su clase dirigente y de sobornar a sus clases inferiores para que se estén quietas". Refiriéndose a la segunda circunstancia Hobson escribe:

"Uno de los síntomas más extraños de la ceguera del imperialismo" (en boca del social-liberal Hobson esta cantinela sobre la "ceguera" de los imperialistas es más apropiada que en el "marxista" Kautsky) "es la despreocupación con que la Gran Bretaña, Francia y otras naciones imperialistas emprenden este camino. La Gran Bretaña ha ido más lejos que ningún otro país. La mayor parte de las batallas por medio de las cuales conquistamos nuestro imperio de la India, fueron sostenidas por nuestras tropas indígenas. En la India, y últimamente en Egipto, grandes ejércitos permanentes están mandados por ingleses; casi todas las guerras de conquista en Africa, a excepcion de la del Sur, han sido llevadas a cabo, para nosotros, por los indígenas".

La perspectiva del reparto de China dio lugar a la siguiente apreciación económica de Hobson: "La mayor parte de la Europa Occidental podría adquirir entonces el aspecto y el carácter que tienen actualmente ciertos lugares de estos países: el sur de Inglaterra, la Riviera, los sitios de Italia y de Suiza más frecuentados por los turistas y poblados por los ricachos, es decir, pequeños grupos de aristócratas acaudalados, que reciben dividendos y pensiones del Lejano Oriente, con un grupo algo más numeroso de empleados y comerciantes y un número más considerable de criados y obreros del ramo del transporte y de la industria dedicada al ultimo retoque de los artículos manufacturados. En cambio, las ramas principales de la industria desaparecerían y los productos alimenticios de gran consumo, los artículos semimanufacturados de uso corriente afluirían, como un tributo, de Asia y de Africa". "He aquí qué posibilidades abre ante nosotros una alianza más vasta de los Estados occidentales una federación europea de las grandes potencias; dicha federación no sólo no haría avanzar la civilización mundial, sino que podría implicar un peligro gigantesco de parasitismo occidental: formar un grupo de las naciones industriales avanzadas, cuyas clases superiores percibirían inmensos tributos de Asia y de Africa, por medio de los cuales mantendrían a grandes masas domesticadas de empleados y servidores, ocupados no ya en la producción agrícola e industrial de gran consumo, sino en prestar servicios personales o realizar un trabajo industrial secundario, bajo el control de una nueva aristocracia financiera. Que los que estén dispuestos a rechazar esta teoría" (debería decirse: perspectiva), "como poco digna de atención, reflexionen sobre las condiciones económicas y sociales de las regiones del sur de Inglaterra que se hallan ya en esta situación. Que piensen en las enormes proporciones que podría adquirir dicho sistema si China se viera sometida al control económico de tales grupos financieros, de "inversionistas de capital" (rentistas), de sus funcionarios políticos y empleados comerciales e industriales que extraerían beneficios del más grande depósito potencial que jamás ha conocido el mundo, con objeto de consumir dichos beneficios en Europa. Naturalmente, la situación es excesivamente compleja, el juego de las fuerzas mundiales es demasiado difícil de calcular para que resulte muy verosimil esa u otra interpretación unilateral del futuro. Pero las influencias que rigen el imperialismo de la Europa Occidental en el presente se orientan hacia esa dirección, y, si no encuentran resistencia, si no son desviadas hacia otra dirección, orientarán en ese sentido la consumación del proceso".

El social-liberal Hobson no ve que esta "resistencia" sólo puede oponerla el proletariado revolucionario, y sólo en forma de revolución social. ¡Por algo es social-liberal! Pero ya en 1902 abordaba admirablemente tanto el problema de la significación de los "Estados Unidos de Europa" (¡sépalo el kautskiano Trotski!) como todo lo que tratan de disimular los kautskianos hipócritas de diversos países, a saber: que los oportunistas (socialchovinistas) colaboran con la burguesía imperialista precisamente para formar una Europa imperialista sobre los hombros de Asia y de Africa; que los oportunistas son, objetivamente, una parte de la pequeña burguesía y de algunas capas de la clase obrera, parte sobornada con las superganancias imperialistas, convertida en perros guardianes del capitalismo, en elemento corruptor del movimiento obrero.

Más de una vez, y no sólo en artículos, sino en resoluciones de nuestro Partido, hemos señalado esta relación económica, la más honda, precisamente entre la burguesía imperialista y el oportunismo, que ahora (¿será por mucho tiempo?) ha vencido al movimiento obrero. De ello deducíamos, entre otras cosas, que es inevitable la escisión con el socialchovinismo. ¡Nuestros kautskianos han preferido eludir este problema! Mártov, por ejemplo, ya en sus conferencias, recurría al sofisma que se ha expresado del modo siguiente en el Boletín del Secretariado en el Extranjero del Comité de Organización[6] (núm. 4, del 10 de abril de 1916):
-- ". . . Muy mala, incluso desesperada, sería la situación de la socialdemocracia revolucionaria si los grupos de obreros, que por su desarrollo espiritual están más cerca de los "intelectuales", y los más calificados, la abandonaran fatalmente para pasar al oportunismo . . ."

¡Empleando la tonta palabreja "fatalmente" y con un poco de "trampa", se elude el hecho de que ciertas capas obreras se han pasado al oportunismo y a la burguesía imperialista! ¡Y este es el hecho que querían eludir los sofistas del Comité de Organizaciónl Salen del paso con el "optimismo oficial" de que ahora hacen gala tanto el kautskiano Hilferding como muchos otros, ¡diciendo que las condiciones objetivas garantizan la unidad del proletariado y la victoria de la tendencia revolucionaria!, ¡diciendo que nosotros somos "optimistas" en lo que respecta al proletariado!

Y, en realidad, todos estos kautskianos, Hilferding, los partidarios del CO, Mártov y Cía. son optimistas . . . en lo que respecta al oportunismo. ¡Este es el quid de la cuestión!

El proletariado es fruto del capitalismo, pero del capitalismo mundial, y no sólo del europeo, no sólo del imperialista. En escala mundial, cincuenta años antes o cincuenta años después -- en tal escala esto es un problema secundario --, el "proletariado", naturalmente, "llegará" a la unidad y en él triunfará "ineludiblemente" la socialdemocracia revolucionaria. No se trata de esto, señores kautskianos, sino de que ustedes, ahora, en los países imperialistas de Europa, se prosternan como lacayos ante los oportunistas, que son extraños al proletariado como clase, que son servidores, agentes y portadores de la influencia de la burguesía y, si no se desembaraza de ellos, el movimiento obrero seguirá siendo un movimiento obrero burgués. Vuestra prédica de la "unidad" con los oportunistas, con los Legien y los David, los Plejánov y los Chjenkeli, los Potrésov, etc., es, objetivamente, la defensa de la esclavización de los obreros por la burguesía imperialista a través de sus mejores agentes en el movimiento obrero. La victoria de la socialdemocracia revolucionaria en escala mundial es absolutamente ineludible, pero marcha y marchará, avanza y avanzará sólo contra ustedes, será una victoria sobre ustedes.

Las dos tendencias, incluso los dos partidos del movimiento obrero contemporáneo, que tan claramente se han escindido en todo el mundo en 1914-1916, fueron observadas por Engels y Marx en Inglaterra durante varios decenios, aproximadamente entre 1858 y 1892.

Ni Marx ni Engels vivieron para ver la época imperialista del capitalismo mundial, que sólo se inicia entre 1898 y 1900. Pero ya a mediados del siglo XIX, era característica de Inglaterra la presencia, por lo menos, de dos principales rasgos distintivos del imperialismo: 1) inmensas colonias y 2) ganancias monopolistas (a consecuencia de su situación monopolista en el mercado mundial). En ambos sentidos, Inglaterra representaba entonces una excepción entre los países capitalistas, y Engels y Marx, analizando esta excepción, indicaban en forma completamente clara y definida que estaba en relación con la victoria (temporal) del oportunismo en el movimiento obrero inglés.

En una carta a Marx, del 7 de octubre de 1858, escribía Engels: "El proletariado inglés se está aburguesando, de hecho, cada día más; así que esta nación, la más burguesa de todas, aspira aparentemente a llegar a tener al lado de la burguesía, una aristocracia burguesa y un proletariado burgués Naturalmente, por parte de una nación que explota al mundo entero, esto es, hasta cierto punto, lógico". En una carta a Sorge, fechada el 2I de septiembre de 1872, Engels comunica que Hales promovió en el Consejo Federal de la Internacional un gran escándalo, logrando un voto de censura contra Marx por sus palabras de que "los líderes obreros ingleses se habían vendido". Marx escribe a Sorge el 4 de agosto de 1874: "En lo que respecta a los obreros urbanos de aquí (en Inglaterra), es de lamentar que toda la banda de líderes no haya ido al Parlamento. Sería el camino más seguro para librarse de esa canalla". En una carta a Marx, del 11 de agosto de 1881, Engels habla de "las peores tradeuniones inglesas, que permiten que las dirija gente vendida a la burguesía, o, cuando menos, pagada por ella". En una carta a Kautsky, del 12 de septiembre de 1882, escribía Engels: "Me pregunta usted ¿qué piensan los obreros ingleses acerca de la política colonial? Lo mismo que piensan de la política en general. Aquí no hay un partido obrero, sólo hay conservadores y radicales liberales, y los obreros se aprovechan con ellos, con la mayor tranquilidad, del monopolio colonial de Inglaterra y de su monopolio en el mercado mundial".

El 7 de diciembre de 1889, escribía Engels a Sorge: ". . . Lo más repugnante aquí (en Inglaterra) es la respectability (respetabilidad) burguesa que se ha hecho carne y sangre de los obreros. . .; hasta el propio Tom Mann, a quien considero el mejor de todos ellos, le gusta mencionar que habrá de comer con el lord mayor. Basta compararlos con los franceses para convencerse de hasta qué punto en este aspecto influye saludablemente la revolución". En otra carta, del 19 de abril de 1890: "El movimiento (de la clase obrera en Inglaterra) avanza bajo la superficie, abarca sectores cada vez más amplios que, en la mayoría de los casos, pertenecen a la masa más inferior (subrayado por Engels), inerte hasta ahora; y no está ya lejano el día en que esta masa se encuentre a sí misma, en que vea claro que es ella misma, precisamente, la colosal masa en movimiento"[7]. El 4 de marzo de 189I: "el revés del fracasado sindicato de los obreros del puerto, las 'viejas' tradeuniones conservadoras, ricas y por ello mismo cobardes, quedan solas en el campo de batalla". . . El 14 de septiembre de 1891: en el Congreso de las tradeuniones, celebrado en Newcastle, son derrotados los viejos tradeunionistas, enemigos de la jornada de 8 horas, "y los periódicos burgueses reconocen la derrota del partido obrero burgués " (subrayado en todas partes por Engels)[8]. . .

Que estas ideas, repetidas por Engels durante décadas enteras, también fueron expresadas por él públicamente, en la prensa, lo prueba su prólogo a la segunda edición de La situación de la clase obrera en Inglaterra (1892)[9]. Habla aquí de una "aristocracia en el seno de la clase obrera", de la "minoría privilegiada de obreros" frente a "la gran masa obrera". "Una pequeña minoría, privilegiada y protegida", de la clase obrera es la única que obtuvo "prolongadas ventajas" de la situación privilegiada de Inglaterra en 1848-1868, mientras que, "la gran masa, en el mejor de los casos, sólo gozaba de breves mejoras". . . "Cuando quiebre el monopolio industrial de Inglaterra, la clase obrera inglesa perderá su situación privilegiada". . . Los miembros de las "nuevas" tradeuniones, los sindicatos de obreros no calificados, "tienen una enorme ventaja: su mentalidad es todavía un terreno virgen, absolutamente exento de los 'respetables' prejuicios burgueses heredados, que trastornan las cabezas de los 'viejos tradeunionistas' mejor situados. . ." En Inglaterra se habla de "los llamados representantes obreros" refiriéndose a gentes a las que "se perdona su pertenencia a la clase obrera porque ellos mismos están dispuestos a ahogar esta cualidad suya en el océano de su liberalismo. . ."

Hemos citado deliberadamente las declaraciones directas de Marx y Engels en forma bastante extensa, para que los lectores puedan estudiarlas en conjunto. Es imprescindible estudiarlas y merece la pena de que se reflexione atentamente sobre ellas. Porque son la clave de la táctica del movimiento obrero que prescriben las condiciones objetivas de la época imperialista. También aquí Kautsky ha intentado ya "enturbiar el agua" y sustituir el marxismo por una conciliación dulzona con los oportunistas. Polemizando con los socialimperialistas francos y cándidos (como Lensch), que justifican la guerra por parte de Alemania, como destrucción del monopolio de Inglaterra, Kautsky "corrige " esta evidente falsedad con otra falsedad igualmente palmaria. ¡En lugar de una falsedad cínica coloca una falsedad dulzona! El monopolio industrial de Inglaterra, dice, está hace tiempo roto, destruido: ni se puede ni hay por qué destruirlo.

¿Por qué es falso este argumento?

En primer lugar, porque pasa por alto el monopolio colonial de Inglaterra. ¡Y Engels, como hemos visto, ya en 1882, hace 34 años, lo indicaba con toda claridad! Si está deshecho el monopolio industrial de Inglaterra, su colonial no sólo se mantiene, sino que se ha recrudecido extraordinariamente, porque ¡todo el mundo está ya repartido! Con sus mentiras dulzonas, Kautsky hace pasar de contrabando la idea, pacifista-burguesa y oportunista-pequeñoburguesa de que "no hay por qué hacer la guerra". Por el contrario, los capitalistas no sólo tienen ahora por qué hacer la guerra, sino que no pueden dejar de hacerla, si, quieren conservar el capitalismo, porque sin un nuevo reparto de las colonias por la fuerza, los nuevos países imperialistas no podrán obtener los privilegios de que disfrutan las potencias imperialistas más viejas (y menos fuertes ).

En segundo lugar, ¿por qué explica el monopolio de Inglaterra la victoria (temporal) del oportunismo en este país? Porque el monopolio da superganancias, es decir, un exceso de ganancias por encima de las ganancias normales, ordinarias del capitalismo en todo el mundo. Los capitalistas pueden gastar una parte de estas superganancias (¡e incluso una parte no pequeña!) para sobornar a sus obreros, creando algo así como una alianza (recuérdense las famosas "alianzas" de las tradeuniones inglesas con sus amos descritas por los Webb), alianza de los obreros de un pais dado, con sus capitalistas contra los demás países. A fines del siglo XIX, el monopolio industrial de Inglaterra estaba ya deshecho. Eso es indiscutible. Pero ¿cómo se produjo esa destrucción? ¿De modo que hiciera desaparecer todo monopolio?

Si así fuera, la "teoría" de Kautsky de la conciliación (con el oportunismo) estaría hasta cierto punto justificada. Pero precisamente se trata de que no es así. El imperialismo es el capitalismo monopolista. Cada cártel, cada trust, cada sindicato, cada Banco gigantesco es un monopolio. Las superganancias no han desaparecido, sino que prosiguen. La explotación por un país privilegiado, financieramente rico, de todos los demás, sigue y es aún más intensa. Un puñado de países ricos -- son en total cuatro, si se tiene en cuenta una riqueza independiente y verdaderamente gigantesca, una riqueza "contemporánea: Inglaterra, Francia, los Estados Unidos y Alemania -- ha extendido los monopolios en proporciones inabarcables, obtiene centenares, si no miles de millones de superganancias, "vive sobre las espaldas" de centenares y centenares de millones de hombres de otros países, entre luchas intestinas por el reparto de un botín de lo más suntuoso, de lo más pingue, de lo más fácil.

En esto consiste precisamente la esencia económica y política del imperialismo, cuyas profundísimas contradicciones Kautsky oculta en vez de ponerlas al descubierto.

La burguesía de una "gran" potencia imperialista puede económicamente sobornar a las capas superiores de "sus" obreros, dedicando a ello alguno que otro centenar de millo nes de francos al año, ya que sus superganancias se elevan probablemente a cerca de mil millones. Y la cuestión de cómo se reparte esa pequeña migaja entre los ministros obreros, los "diputados obreros" (recordad el espléndido análisis que de este concepto hace Engels), los obreros que forman parte de los comités de la industria armamentista[10], los funcionarios obreros, los obreros organizados en sindicatos de carácter estrechamente gremial, los empleados, etc., etc., es ya una cuestión secundaria.

Desde 1848 a 1868, y en parte después, Inglaterra era el único país monopolista; por esto pudo vencer allí, para decenios, el oportunismo; no había más países ni con riquísimas colonias ni con monopolio industrial.

El último tercio del siglo XIX es un periodo de transición a una nueva época, a la época imperialista. Disfruta del monopolio no el capital financiero de una sola gran potencia, sino el de unas cuantas, muy pocas. (En el Japón y en Rusia, el monopolio de la fuerza militar, de un territorio inmenso o de facilidades especiales para despojar a los pueblos alógenos, a China, etc., completa y en parte sustituye el monopolio del capital financiero más moderno.) De esta diferencia se deduce que el monopolio de Inglaterra pudo ser indiscutido durante decenios. En cambio, el monopolio del capital financiero actual se discute furiosamente; ha comenzado la época de las guerras imperialistas. Entonces se podía sobornar, corromper durante decenios a la clase obrera de un país. Ahora esto es inverosimil, y quizá hasta imposible. Pero, en cambio, cada "gran" potencia imperialista puede sobornar y soborna a capas más reducidas (que en Inglaterra entre 1848 y 1868) de la "aristocracia obrera". Entonces, como dice con admirable profundidad Engels, sólo en un país podia constituirse un "partido obrero burgués ", porque sólo un país disponía del monopolio, pero, en cambio, por largo tiempo. Ahora, el "partido obrero burgués" es inevitable y tipico en todos los países imperialistas, pero, teniendo en cuenta la desesperada lucha de éstos por el reparto del botín, no es probable que semejante partido triunfe por largo tiempo en una serie de países. Ya que los trusts, la oligarquía financiera, la carestía, etc., permiten sobornar a un puñado de las capas superiores y de esta manera oprimen, subyugan, arruinan y atormentan con creciente intensidad a la masa de proletarios y semiproletarios.

Por una parte, está la tendencia de la burguesía y de los oportunistas a convertir el puñado de naciones mas ricas, privilegiadas, en "eternos" parásitos sobre el cuerpo del resto de la humanidad, a "dormir sobre los laureles" de la explotación de negros, hindúes, etc., teniéndolos sujetos por medio del militarismo moderno, provisto de una magnífica técnica de exterminio. Por otra parte, está la tendencia de las masas, que son más oprimidas que antes, que soportan todas las calamidades de las guerras imperialistas, tendencia a sacudirse cse yugo, a derribar a la burguesía. La historia del movimiento obrero se desarrollará ahora, inevitablemente, en la lucha entre estas dos tendencias, pues la primera tendencia no es casual, sino que tiene un "fundamento" económico. La burguesía ha dado ya a luz, ha criado y se ha asegurado "partidos obreros burgueses" de socialchovinistas en todos los países. Carecen de importancia las diferencias entre un partido oficialmente formado, como el de Bissolati en Italia, por ejemplo, partido totalmente socialimperialista, y, supongamos, el quasipartido, a medio formar, de los Potrésov, Gvózdiev, Bulkin, Chjeídze, Skóbeliev y Cía. Lo importante es que, desde el punto de vista económico, ha madurado y se ha consumado el paso de una capa de aristocracia obrera a la burguesía, pues este hecho económico, este desplazamiento en las relaciones entre las clases, encontrará sin gran "dificultad" una u otra forma política.

Sobre la indicada base económica, las instituciones políticas del capitalismo moderno -- prensa, parlamento, sindicatos, congresos, etc. -- han creado privilegios y dádivas políticos, correspondientes a los económicos, para los empleados y obreros respetuosos, mansos, reformistas y patrioteros. La burguesía imperialista atrae y premia a los representantes y partidarios de los "partidos obreros burgueses" con lucrativos y tranquilos cargos en el gobierno o en el comité de industrias de guerra, en el parlamento y en diversas comisiones, en las redacciones de periódicos legales "serios" o en la dirección de sindicatos obreros no menos serios y "obedientes a la burguesía".

En este mismo sentido actúa el mecanismo de la democracia política. En nuestros días no se puede pasar sin elecciones; ni nada se puede hacer sin las masas, pero en la época de la imprenta y del parlamentarismo no es posible llevar tras de sí a las masas sin un sistema ampliamente ramificado, metódicamente aplicado, sólidamente organizado de adulación, de mentiras, de fraudes, de prestidigitación con palabrejas populares y de moda, de promesas a diestro y siniestro de toda clase de reformas y beneficios para los obreros, con tal de que renuncien a la lucha revolucionaria por derribar a la burguesía. Yo llamaría a este sistema lloydgeorgismo, por el nombre de uno de sus representantes más eminentes y hábiles de este sistema en el país clásico del "partido obrero burgués", el ministro inglés Lloyd George. Negociante burgués de primera clase y político astuto, orador popular, capaz de pronunciar toda clase de discursos, incluso r-r-revolucionarios, ante un auditorio obrero; capaz de conseguir, para los obreros dóciles, dádivas apreciables como son las reformas sociales (seguros, etc.), Lloyd George sirve admirablemente a la burguesía[***] y la sirve precisamente entre los obreros, extendiendo su influencia precisamente en el proletariado, donde le es más necesario y más difícil someter moralmente a las masas.

¿Pero es tanta la diferencia entre Lloyd George y los Scheidemann, los Legien, los Henderson, los Hyndman, los Plejánov, los Renaudel y Cía.? Se nos objetará que, de estos últimos, algunos volverán al socialismo revolucionario de Marx. Es posible, pero ésta es una diferencia insignificante en proporción, si se considera el problema en escala política, es decir, en su aspecto de masas. Algunos de los actuales líderes socialchovinistas pueden volver al proletariado. Pero la corriente socialchovinista o (lo que es lo mismo) oportunista no puede desaparecer ni "volver" al proletariado revolucionario. Donde el marxismo es popular entre los obreros, esta corriente política, este "partido obrero burgués", invocará a Marx y jurará en su nombre. No se le puede prohibir, como no se le puede prohibir a una empresa comercial que emplee cualquier etiqueta, cualquier rótulo, cualquier anuncio. En la historia ha sucedido siempre que, después de muertos los jefes revolucionarios cuyos nombres son populares en las clases oprimidas, sus enemigos han intentado apropiárselos para engañar a estas clases.

El hecho de que en todos los países capitalistas avanzados se han constituido ya "partidos obreros burgueses", como fenómeno político, y que sin una lucha enérgica y despiadada, en toda la línea, contra esos partidos -- o, grupos, corrientes, etc., todo es lo mismo -- no puede ni hablarse de lucha contra el imperialismo, ni de marxismo, ni de movimiento obrero socialista. La fracción de Chjeídze[11], Nashe Dielo [12] y Golos Trudá [13] en Rusia, y los partidarios del CO en el extranjero, no son sino una variante de uno de estos partidos. No tenemos ni asomo de fundamento para pensar que estos partidos pueden desaparecer antes de la revolución social. Por el contrario, cuanto más cerca esté esa revolución, cuanto más poderosamente se encienda, cuanto más bruscos y fuertes sean las transiciones y los saltos en el proceso de su desarrollo, tanto mayor será el papel que desempeñe en el movimiento obrero la lucha de la corriente revolucionaria, de masas, contra la corriente oportunista, pequeñoburguesa. El kautskismo no es ninguna tendencia independiente, pues no tiene raíces ni en las masas ni en la capa privilegiada que se ha pasado a la burguesía. Pero el peligro que entraña el kautskismo consiste en que, utilizando la ideología del pasado, se esfuerza por conciliar al proletariado con el "partido obrero burgués", por mantener su unidad con este último y levantar de tal modo el prestigio de dicho partido. Las masas no siguen ya a los socialchovinistas descarados: Lloyd George ha sido silbado en Inglaterra en asambleas obreras, Hyndman ha abandonado el partido; a los Renaudel y los Scheidemann, a los Potrésov y los Gvózdiev les protege la policía. Lo más peligroso es la defensa encubierta que los kautskianos hacen de los socialchovinistas.

Uno de los sofismas más difundidos de los kautskistas es el remitirse a las "masas". ¡No queremos, dicen, separarnos de ellas ni de sus organizaciones! Pero obsérvese cómo plantea Engels esta cuestión. Las "organizaciones de masas" de las tradeuniones inglesas estuvieron en el siglo XIX al lado del partido obrero burgués. Y no por eso se conformaron Marx y Engels con este partido, sino que lo desenmascararon. No olvidaban, en primer lugar, que las organizaciones de las tradeuniones abarcan, en forma inmediata, una minoría del proletariado. Tanto entonces en Inglaterra como ahora en Alemania está organizada no más de una quinta parte del proletariado. Bajo el capitalismo no puede pensarse seriamente en la posibilidad de organizar a la mayoría de los proletarios. En segundo lugar -- y esto es lo principal --, no se trata tanto del número de miembros de una organización, como del sentido real, objetivo, de su política: de si esa política representa a las masas, sirve a las masas, es decir, sirve para liberarlas del capitalismo, o representa los intereses de una minoría, su conciliación con el capitalismo. Precisamente esto último, que era justo en relación con Inglaterra en el siglo XIX, es justo hoy día en relación con Alemania, etc.

Del "partido obrero burgués" de las viejas tradeuniones, de la minoría privilegiada, distingue Engels la "masa inferior ", la verdadera mayoría' y apela a ella, que no está contaminada de "respetabilidad burguesa". ¡Ese es el quid de la táctica marxista!

Ni nosotros ni nadie puede calcular exactamente qué parte del proletariado es la que sigue y seguirá a los socialchovinistas y oportunistas. Sólo la lucha lo pondrá de manifiesto, sólo la revolución socialista lo decidirá definitivamente. Pero lo que sí sabemos con certeza es que los "defensores de ila patria" en la guerra imperialista sólo representan una minoría. Y por esto, si queremos seguir siendo socialistas, nuestro deber es ir más abajo y más a lo hondo, a las verdaderas masas: en ello está el sentido de la lucha contra el oportunismo y todo el contenido de esta lucha. Poniendo al descubierto que los oportunistas y los socialchovinistas traicionan y venden de hecho los intereses de las masas, que defienden privilegios pasajeros de una minoría obrera, que extienden ideas e influencias burguesas, que, en realidad, son aliados y agentes de la burguesía, de este modo enseñamos a las masas a comprender cuáles son sus verdaderos intereses políticos, a luchar por el socialismo y por la revolución, a través de todas las largas y penosas peripecias de las guerras imperialistas y de los armisticios imperialistas.

La única línea marxista en el movimiento obrero mundial consiste en explicar a las masas que la escisión con el oportunismo es inevitable e imprescindible, en educarlas para la revolución en una lucha despiadada contra él, en aprovechar la experiencia de la guerra para desenmascarar todas las infamias de la política obrera liberal-nacionalista, y no para encubrirlas


NOTAS

* "EI imperialismo es un producto del capitalismo industrial altamente desarrollado. Consiste en la tendencia de toda nación capitalista industrial a someter y anexionarse cada vez más regiones agrarias cualesquiera sean los pueblos que las habitan" (véase Kautsky, Die Neue Zeit, II. IX. 1914).
** J. A. Hobson: Imperialismo, Londres, 1902.
*** Hace poco he leído en una revista inglesa un artículo de un tory, adversario político de Lloyd George: Lloyd George desde el punto de vista de un tory. ¡La guerra ha abierto los ojos a este adversario, haciéndole ver qué magnífico servidor de la burguesía es Lloyd George! ¡Y los tories se han reconciliado con él!


[1] Panamá (francesa): gran fraude en una empresa capitalista surgido en 1892-1893 en Francia, ligado a abusos y al soborno de activistas esta tales, funcionarios y periódicos. Esta palabra adquirió tal significación por ser una compañía francesa la que inició las obras de apertura del canal de Panamá y de los enormes abusos por ella cometidos.
[2] Véase C. Marx, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.
[3] Kommunist: revista organizada por Lenin, que en 1915 editó en Ginebra la Redacción de Sotsial-Demokrat. Apareció un número (doble) en el que se insertaban tres artículos de Lenin; "La bancarrota de la II Internacional", "La voz honrada de un socialista francés" e "Imperialismo y socialismo en Italia". En el seno de la redacción de la revista, Lenin combatió contra el grupo de Bujarin-Piatakov, hostil al Partido, denunciando sus concepciones antibolcheviques y sus intentos de utilizar la revista con móviles fraccionalistas. Considerando la posición de este grupo, contraria al Partido, Lenin propuso a la Redacción de Sotsial-Demokrat romper con él y cesar la publicación conjunta de la revista. En octubre de 1916, la Redacción del periódico empezó a editar su Sbórnik Sotsial-Demokrata.
[4] Spektator: economista ruso M. I. Nagimson.
[5] Comité de Organización (CO), (OK en ruso, sus miembros se denominaban okistas): centro dirigente de los mencheviques; se formó en en la Conferencia de agosto de los mencheviques liquidacionistas y de todos los grupos y tendencias contrarias al Partido; cesó sus actividades después de la elección del CC del Partido menchevique en agosto de 1917. Durante la Primera Guerra Mundial, el CO tomó una posición socialchovinista.
[6] Boletín del Secretariado en el Extranjero del Comité de Organización ("Izvestia Zagraníchnogo Sekretariata O.K."): periódico meochevique publicado de febrero de 1915 a marzo de 1917 en Suiza; 10 números en total.
[7] Véase la carta de F. Engels a F. Sorge del 19 de abril de 1890.
[8] Ibid., del 4 de marzo y del 14 de septiembre de 1891.
[9] Véase C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XXII.
[10] Los comités de la industria armamentista fueron creados en 1915 en Rusia por la gran burguesía imperialista para ayudar al zarismo en la guerra. Tratando de someter a los obreros a su influencia y de inculcarler ideas nacional-defensistas, la burguesía ideó la organización de "grupos obreros" anejos a esos comités. A la burguesía le convenía que en esos grupos hubiese representantes de los obreros, encargados de hacer propaganda entre las masas obreras en favor de una mayor productividad del trabajo en las fábricas de materiales militares. Los mencheviques participaron activamente en esta empresa seudopatriótica de la burguesía. Los bolcheviques declararon el boicot a los comités de la industria armamentista y lo aplicaron eficazmente con el apoyo de la mayoría de los obreros.
[11] Fracción de Chjeídze: fracción menchevique en la IV Duma de Estado, dirigida por N. Chjeídze, en la cual ocuparon siete asientos delegados-liquidacionistas de los socialdemócratas.
[12] Nashe Dielo ("Nuestra Causa"): Revista menchevique del liquidacionismo, órgano principal de los socialchovinistas en Rusia; apareció en 1915 en Petersburgo en lugar de la revista Nasba Zariá, clausurada en octubre de 1914.
[13] Golos Truda ("La Voz del Trabajo"): períodico menchevique legal editado en 1916 en Samara después de la clausura del períodico Nash Golos ("Nuestra Voz").

lunes, 4 de junio de 2012

No debemos olvidar al Oriente.


Por: J.V. Stalin
Editorial publicado el 24 de noviembre de 1918 en el núm. 3 de “Zhizn Natsionálnostei”.

En el momento de ascendente movimiento revolucionario en Europa, cuando se desmoronan los viejos tronos y coronas, cediendo lugar a los Soviets revolucionarios de obreros y soldados, y cuando las regiones ocupadas arrojan de sus territorios a los testaferros del imperialismo, es natural que todos fijen sus miradas en el Occidente.
Allí, en el Occidente, ante todo, deben ser rotas las cadenas del imperialismo, que, forjadas en Europa, asfixian al mundo entero. Allí en el Occidente, ante todo, debe brotar, pujante una vida nueva, la vida socialista. En tal momento desaparece “por sí mismo” del campo visual, se olvida el lejano Oriente, con sus centenares de millones de seres sojuzgados por el imperialismo.
Sin embargo, no se debe olvidar el Oriente ni por un instante, aunque sólo sea porque sirve de reserva “inagotable” y de “segurísima” retaguardia al imperialismo mundial.
Los imperialistas siempre han mirado al Oriente como a la base de su bienestar. Las inmensas riquezas naturales de los países del Oriente (algodón, petróleo, oro, carbón, minerales), ¿no han sido, acaso, la “manzana de la discordia” para los imperialistas de todos los países? A ello se debe, en rigor, que al combatir en Europa y divagar acerca del Occidente, los imperialistas no hayan dejado nunca de pensar en China, en la India, en Persia, en Egipto,
en Marruecos, puesto que, propiamente dicho, en todo momento se ha tratado del Oriente. A ello se debe, principalmente, el celo con que mantienen “el orden y la ley” en los países orientales, pues sin esto el imperialismo no tendría asegurada su retaguardia profunda.
Pero los imperialistas no sólo necesitan las riquezas del Oriente. Necesitan el “dócil” “material humano” que tanto abunda en las colonias y semicolonias del Oriente. Necesitan la “tratable” y barata “mano de obra” de los pueblos de Oriente. Necesitan, además, los “dóciles” “muchachos” de los países orientales, entre los cuales reclutan las tropas llamadas “de color”, a las que no tardarán en utilizar contra “sus propios” obreros revolucionarios. Por eso llaman a los países orientales su reserva “inagotable”.
Es tarea del comunismo romper el secular letargo de los pueblos oprimidos del Oriente, contagiar a los obreros y campesinos de eso países el espíritu liberador de la revolución, levantarlos a la lucha contra el imperialismo y privar, de tal modo, al imperialismo mundial de su “segurísima” retaguardia, de su reserva “inagotable”.
Sin ello no se puede ni pensar en el triunfo definitivo del socialismo, en la victoria completa sobre el imperialismo.
La revolución de Rusia ha sido la primera en levantar a los pueblos oprimidos del Oriente a la lucha contra el imperialismo. Los Soviets de Diputados en Persia, en la India, en China son un síntoma indudable de que el letargo secular de los obreros y campesinos del Oriente se aleja a la esfera del pasado.
La revolución en el Occidente dará, sin duda, un nuevo impulso al movimiento revolucionario del Oriente, le dará bríos y fe en la victoria.
No es escaso el apoyo que prestarán a la revolucionarización del Oriente los mismos imperialistas con sus nuevas anexiones, que hacen que se incorporen a la lucha contra el imperialismo nuevos países y se ensanche la base de la revolución mundial.
Es tarea de los comunistas intervenir en el creciente movimiento espontáneo del Oriente y desarrollarlo hasta hacer de él una lucha consciente contra el imperialismo.
En este sentido, la resolución de la reciente Conferencia de los comunistas musulmanes36 acerca de la intensificación de la propaganda en los países orientales, en Persia, en la India, en China, tiene, sin duda, profunda importancia revolucionaria.
Abriguemos la esperanza de que nuestros camaradas musulmanes cumplirán su decisión, de tan alta importancia.
Porque se debe comprender de una vez para siempre la verdad de que el que desee el triunfo del socialismo no debe olvidar al Oriente.