LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

Canciones de Combate

lunes, 15 de julio de 2013

EL CARÁCTER DE CLASE DEL FASCISMO

Escrito por: Jorge Dimitrov (Informe ante el VII Congreso de la Internacional Comunista, 2 de Agosto de 1935)

El fascismo en el poder, camaradas, es la dictadura terrorista descarada de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero.

La variedad más reaccionaria del fascismo es el fascismo de tipo alemán. Tiene l
a osadía de llamarse nacionalsocialismo, a pesar de no tener nada de común con el socialismo. El fascismo alemán no es solamente un nacionalismo burgués, es un chovinismo bestial. Es el sistema de gobierno del bandidaje político, un sistema de provocaciones y torturas contra la clase obrera y los elementos revolucionarios del campesinado, de la pequeña burguesía y de los intelectuales. Es la crueldad y la barbarie medievales, la agresividad desenfrenada contra los demás pueblos y países. El fascismo alemán actúa como pelotón de choque de la contrarrevolución internacional, como incendiario principal de la guerra imperialista, como iniciador de la cruzada contra la Unión Soviética, la gran patria de los trabajadores de todo el mundo.

El fascismo no es una forma de Poder estatal que esté, como se pretende, "por encima de ambas clases, del proletariado y de la burguesía", como ha afirmado por ejemplo,Otto Bauer. V No es "la pequeña burguesía insurreccionada que se ha apoderado del aparato del Estado", como declara el socialista inglés Brailsford. No. El fascismo no es un poder situado por encima de las clases, ni el poder de la pequeña burguesía o del lumpen proletariado sobre el capital financiero. El fascismo es el poder del propio capital financiero. Es la organización del ajuste de cuentas terrorista con la clase obrera y la parte revolucionaria de los campesinos y de los intelectuales. El fascismo en política exterior es el chovinismo en su forma más brutal que cultiva un odio bestial contra los demás pueblos.

Hay que recalacar de un modo especial este carácter verdadero del fascismo porque el disfraz de la demagogia social ha dado al fascismo en una serie de países la posibilidad de arrastrar consigo a las masas de la pequeña burguesía, sacadas de quicio por la crisis e incluso a algunos sectores de las capas más atrasadas del proletariado, que jamás hubieran seguido al fascismo si hubiesen comprendido su verdadero carácter de clase, su verdadera naturaleza.

El desarrollo del fascismo y la propia dictadura fascista revisten en los distintos países formas diferentes, según las condiciones históricas, sociales y económicas, las particularidades nacionales y la posición internacional de cada país. En unos países, principalmente allí donde el fascismo no cuenta con una amplia base de masas, y donde la lucha entre los distintos grupos en el campo de la propia burguesía fascista es bastante dura, el fascismo no se decide inmediatamente a acabar con el parlamento y permite a los demás partidos burgueses, así como a la socialdemocracia, cierta legalidad. En otros países donde la burguesía dominante teme el próximo estallido de la revolución, el fascismo establece su monopolio político ilimitado, bien de golpe y porrazo, bien intensificando cada vez más el terror y el ajuste de cuentas con todos los.partidos y agrupaciones rivales, lo cual no excluye que el fascismo, en el momento en que se agudezca de un modo especial su situación, intente extender su base para combinar — sin alterar su carácter de clase — la dictadura terrorista abierta con una burda falsificación del parlamentarismo.

La subida del fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de la burguesía — la democracia burguesa — por otra, por la dictadura terrorista abierta. Pasar por alto esta diferencia sería un error grave, que impediría al proletariado revolucionario movilizar a las amplías capas de los trabajadores de la ciudad y del campo para luchar contra la amenaza de la toma del poder por los fascistas, así como aprovechar las contradicciones existentes en el campo de la propia burguesía. Sin embargo, no menos grave y peligroso es el error de no apreciar suficientemente el significado que tienen para la instauración de la dictadura fascista las medidas reaccionarias de la burguesía que se intensifican actualmente en los países de la democracia burguesa, medidas que reprimen las libertades democráticas de los trabajadores, restringen y falsean los derechos del parlamento y agravan las medidas de represión contra el movimiento revolucionario.

Camaradas, no hay que representarse la subida del fascismo al poder de una forma tan simplista y llana como si un comité cualquiera del capital financiero tomase el acuerdo de implantar en tal o cual día la dictadura fascista. En realidad, el fascismo llega generalmente al poder en lucha recíproca, a veces enconada, con los viejos partidos burgueses o con determinada parte de éstos, en lucha incluso en el seno del propio campo fascista, que muchas veces conduce a choques armados, como hemos visto en Alemania, Austria y otros países. Todo esto, sin embargo, no disminuye la significación del hecho de que antes de la instauración de la dictadura fascista los gobiernos burgueses atraviesan habitualmente por una serie de etapas preparatorias y realizan una serie de medidas reaccionarias, que facilitan directamente el acceso del fascismo al poder. Todo el que no luche en estas etapas preparatorias contra las medidas reaccionarias de la burguesía y contra el creciente fas- cismo, no está en condiciones de impedir la victoria del fascismo, sino que por el contrario la facilitará.

Los jefes de la socialdemocracia encubrieron y ocultaron ante las masas el verdadero carácter de clase del fascismo y no llamaron a la lucha contra las medidas reaccionarias cada vez más graves de la burguesía. Sobre ellos pesa una gran responsabilidad histórica, por el hecho de que en los momentos decisivos de la ofensiva fascista una parte considerable de las masas trabajadoras de Alemania y de otra serie de países fascistas no reconociesen en el fascismo a la fiera sedienta de sangre del capital financiero, a su peor enemigo y que estas masas no estuvieran preparadas para hacerle frente.

¿De dónde emana la influencia del fascismo sobre las masas? El fascismo logra atraerse las masas, porque apela en forma demagógica a sus necesidades y exigencias más candentes. El fascismo no sólo azuza los prejuicios hondamente arraigados en las masas, sino que especula también con los mejores sentimientos de éstas, con su sentimiento de la justicia, y. a veces incluso con sus tradiciones revolucionarias. ¿ Por qué los fascistas alemanes, esos lacayos de la gran burguesía y enemigos mortales del socialismo se hacen pasar ante las masas por "socialistas", y presentan su subida al poder como una "revolución"? Porque se esfuerzan en explotar la fe en la revolución, la atracción del socialismo que vive en el corazón de las amplias masas trabajadoras de Alemania.

El fascismo labora al servicio de los intereses de los imperialistas más agresivos, pero ante las masas se presenta bajo la máscara de defensor de la nación ultrajada y apela al sentimiento nacional herido, como hizo, por ejemplo, el fascismo alemán que arrastró consigo las masas pequeño-burguesas con la consigna de "¡Contra Versalles!".

El fascismo aspira a la más desenfrenada explotación de las masas, pero se acerca a ellas con una demagogia anticapitalista, muy hábil, explotando el odio profundo de los trabajadores contra la burguesía rapaz, contra los bancos, los trusts y los magnates financieros, y lanzando las consignas más seductoras para el momento dado, para las masas que no han alcanzado una madurez política: en Alemania: "el bien común está por encima del bien particular"; en Italia: "nuestro Estado no es un Estado capitalista sino un Estado corporativo"; en el Japón: "por un Japón sin explotadores"; en los Estados Unidos: "por el reparto de las riquezas".

El fascismo entrega al pueblo a la voracidad de los elementos más corrompidos y venales, pero se presenta ante él con la reivindicación de un "gobierno honrado e insobornable". Especulando con la profunda desilusión de las masas sobre los gobiernos de la democracia burguesa, el fascismo se indigna hipócritamente ante la corrupción (véase, por ejemplo, el caso Barmat y Scularek en Alemania, el caso Staviski en Francia y otros).

El fascismo capta, en interés de los sectores más reaccionarios de la burguesía, a las masas decepcionadas que abandonan los viejos partidos burgueses. Pero impresiona a estas masas por la violencia de sus ataques contra los gobiernos burgueses, por su actitud irreconciliable frente a los viejos partidos de la burguesía.

Dejando atrás a todas las demás variedades de reacción burguesa, por su cinismo y sus mentiras, el fascismo adapta su demagogia a las particularidades nacionales de cada país e incluso a las particularidades de las diferentes capas sociales dentro de un mismo país.

Y las masas de la pequeña burguesía, incluso una parte de los obreros, llevados a la desesperación por la miseria, el paro forzoso y la inseguridad de su existencia, se convierten en víctimas de la demagogia social y chovinista del fascismo.

El fascismo llega al poder como el partido del asalto contra el movimiento revolucionario del proletariado, contra las masas populares en efervescencia, pero presenta su subida al poder como un movimiento "revolucionario" dirigido contra la burguesía en nombre de "toda la nación" y para "salvar a la nación". (Recordemos la "marcha" de Mussolini sobre Roma, la "marcha" de Pilsudski sobre Varsovia, la "revolución" nacionalsocialista de Hitler en Alemania, etc.)

Pero cualquiera que sea la careta con que se disfrace el fascismo, cualquiera que sea la forma en que se presente, cualquiera que sea el camino por el que suba al Poder, el fascismo es la más feroz ofensiva del capital contra las masas trabajadoras; el fascismo es el chovinismo más desenfrenado y la guerra de rapiña; el fascismo es la reacción feroz y la contrarrevolución; el fascismo es el peor enemigo de la clase obrera y de todos los trabajadores

lunes, 8 de julio de 2013

El modo de producción como base material de la vida de la sociedad

A la vida material de la sociedad se refiere, ante todo, el trabajo de los hombres, por el que éstos producen los objetos y bienes necesarios para su subsistencia: alimentos, vestidos, viviendas, etc. El trabajo es una necesidad natural eterna, condición indispensable para que la sociedad pueda existir. Como decía Engels, antes de dedicarse a la política, la ciencia, el arte o la religión, los hombres necesitan comer, beber, tener una vivienda y vestirse. Las premisas materiales naturales del proceso de producción son el medio geográfico y la población. Sin embargo, aunque estas condiciones ejercen sensible influencia sobre la marcha del desarrollo social, lo aceleran o frenan, no son lo que constituye la base del proceso histórico. En un mismo medio natural pueden existir regímenes sociales diferentes, y la densidad de población influye de manera diversa en distintas condiciones históricas. A diferencia de los animales, que se adaptan pasivamente al medio, el hombre obra sobre él activamente, obteniendo los bienes materiales necesarios para su existencia con ayuda del trabajo, el cual presupone el empleo y fabricación de instrumentos especiales.
La sociedad no puede elegir esos instrumentos a su arbitrio. Cada nueva generación, cuando llega a la vida, se encuentra con los instrumentos de producción que crearon generaciones anteriores, y de ellos se vale, perfeccionándolos y modificándolos gradualmente. La sociedad no puede renunciar a ellos y volver a instrumentos de épocas pasadas -del tractor al arado romano, de la industria maquinizada al rudimentario taller del artesano medieval-, pues esto significaría la muerte, si no de la sociedad entera, sí de la mayoría de sus miembros, al escasear los bienes materiales necesarios para la vida de una población muy acrecida. Al mismo tiempo, el progreso de esos instrumentos se halla subordinado a un cierto orden de sucesión. La humanidad no pudo, por ejemplo, pasar directamente del hacha de piedra a la central electroatómica. Cada perfeccionamiento o invento tiene que ser consecuencia de los anteriores, ha de apoyarse en la gradual acumulación de experiencia productiva, de hábitos de trabajo y de conocimientos dentro del propio país o dentro de otro país más avanzado. Pero los instrumentos de trabajo no funcionan por sí mismos. El papel central en el proceso de producción corresponde a los hombres, a los trabajadores que crean y ponen en acción esos instrumentos gracias a sus hábitos y a la experiencia que poseen. Los instrumentos de producción, los medios de trabajo con ayuda de los cuales son creados los bienes materiales, y los hombres que llevan a cabo el proceso de producción apoyándose en la experiencia que a este respecto poseen, forman las fuerzas productivas de la sociedad. La producción no es obra del hombre aislado, a semejanza de Robinson en su isla deshabitada. Tiene siempre un carácter social. En el proceso de producción de bienes materiales, los hombres, quiéranlo o no, se relacionan de un modo o de otro, y el trabajo de cada productor se convierte en una partícula del trabajo social. Incluso en las primeras fases de la historia, los hombres hubieron de unirse para subsistir, para, con ayuda de los instrumentos más toscos, lograr lo medios de existencia en lucha con las fieras, los elementos, etc. A medida que la división social del trabajo se desarrolla, esta dependencia recíproca de los hombres no hace sino crecer. Así, al aparecer las industrias, el campesino depende del artesano, los artesanos dependen unos de otros y de los campesinos, etc. Los productores se hallan relacionados, pues, entre sí por numerosos vínculos.
Tales vínculos no se refieren únicamente a la relación entre productores de diferentes ramas de producción. En un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas, según veremos más abajo, la propiedad sobre todos los medios de producción, o sobre los fundamentales, se ve separada de los productores directos y se concentra en manos de un reducido número de miembros de la sociedad. Entonces los productores y los instrumentos de trabajo no pueden unirse y el proceso de producción no tiene lugar si los dueños de los medios de producción y los productores no establecen entre sí determinadas relaciones. Esas relaciones que los hombres establecen en el curso de la producción son relaciones de clases, o lo que es lo mismo, de grandes grupos humanos de los cuales unos poseen los medios de producción y se apropian del producto del trabajo de los otros, que carecen total o parcialmente de medios de producción y se ven obligados a trabajar para los primeros. Por ejemplo, en la sociedad burguesa la clase capitalista no trabaja, pero, como es propietaria de fábricas y ferrocarriles, etc., puede apropiarse de los frutos del trabajo de los obreros. Y éstos, quiéranlo o no, sólo pueden ganar el sustento vendiendo su trabajo a los capitalistas, puesto que carecen de medios de producción. Las relaciones que los hombres establecen en el curso de la producción de bienes materiales fueron denominadas por Marx y Engels relaciones de producción. Se les da también el nombre de relaciones económicas o de propiedad, puesto que su carácter depende de quién es el propietario de los medios de producción. Las relaciones de producción tienen lugar fuera de la conciencia de los hombres, y en este sentido son de índole material. El carácter de ellas viene determinado por el nivel de desarrollo y el carácter de las fuerzas productivas. Las relaciones económicas propias de la esclavitud, por ejemplo, habrían sido imposibles en la sociedad primitiva. Primero, porque los instrumentos de trabajo eran tan rudimentarios (mazas, hachas de piedra) que cualquiera podía hacerlos, por lo que la propiedad privada sobre ellos era imposible. Y segundo, porque nadie habría podido explotar a otros trabajadores, puesto que la productividad era tal que apenas si bastaba para satisfacer sus propias necesidades y el sostenimiento de clases parasitarias era materialmente imposible. Este ejemplo nos dice ya que las relaciones que los hombres establecen en el proceso de producción y las fuerzas productivas no se muestran aisladas unas de otras, sino que se mantienen en determinada unidad. El materialismo histórico expresa esa unidad de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción mediante el concepto de modo de producción. Cómo se desarrolla la producción. Por cuanto el modo de producción es la base material de la vida de la sociedad, la historia de esta última es, ante todo, la historia del desarrollo de la producción, la historia de los modos de producción que se van sucediendo conforme las fuerzas productivas se incrementan.
¿Cómo se produce este desarrollo? ¿Qué es lo que lo impulsa?
Los hechos señalan que las fuentes del desarrollo de la producción hay que buscarlas dentro de ella misma, y no fuera. Así lo subraya Marx cuando define la historia como un "estado social" de los hombres "en proceso de autodesarrollo". En el proceso del trabajo los hombres obran sobre la naturaleza y la modifican. Pero al propio tiempo cambian ellos mismos: acumulan experiencia de producción, hábitos de trabajo y conocimientos acerca del mundo que les rodea. Todo esto les permite modernizar los instrumentos de trabajo y modos de empleo de los mismos, inventar otros nuevos y perfeccionar de una manera u otra el proceso de producción. Y cada uno de esos perfeccionamientos o inventos trae consigo nuevos avances, y en ocasiones dan lugar a una verdadera revolución en la técnica y en la productividad del trabajo. Ahora bien, según se indicaba antes, la producción presupone obligatoriamente unas u otras relaciones entre el hombre y la naturaleza y también entre aquellos que participan en el proceso productivo. Estas relaciones, a su vez, influyen sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, son un estímulo en la actividad de los productores directos y de las clases poseedoras de los instrumentos de trabajo. De las relaciones de producción dependen las leyes económicas de cada modo de producción, las condiciones de vida y de trabajo de quienes están ocupados en este proceso y otros factores que influyen sobre el desarrollo de las fuerzas productivas. Interacción de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. La unidad de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, expresada en el modo de producción, no excluye en modo alguno las contradicciones entre ellas. Estas contradicciones obedecen al desigual desarrollo que siguen ambos elementos del modo de producción: las relaciones económicas y las fuerzas productivas. La técnica, los hábitos de producción y la experiencia de trabajo, en su conjunto -lo mismo si se trata de toda su historia que de un modo concreto de producción- siguen más o menos un creo cimiento constante. Son el elemento más revolucionario y mutable de la producción.
En cuanto a las relaciones de producción, si bien sufren algunos cambios durante el período de existencia de un modo de producción concreto, no se ven afectadas en su esencia. El capitalismo monopolista de Estado, por ejemplo, tal como existe en nuestros días, presenta sensibles diferencias si lo comparamos con el capitalismo del siglo XIX. No obstante, la base de las relaciones capitalistas de producción -la propiedad privada sobre los instrumentos y medios de producción- sigue siendo la misma, o sea que las leyes fundamentales del capitalismo se mantienen en vigor. Los cambios radicales de las relaciones económicas presentan obligatoriamente el carácter de salto, de solución de la continuidad, que significa la supresión de las relaciones de producción viejas y su sustitución por otras nuevas, es decir, la aparición de un nuevo modo de producción. De aquí se deduce claramente por qué la concordancia entre las relaciones económicas y el carácter de las fuerzas productivas sólo puede ser transitoria y provisional en la historia de cada modo de producción hasta que se llega a la época socialista. De ordinario, esa concordancia existe en la fase inicial de desarrollo del modo de producción, cuando se afirman las nuevas relaciones de producción que corresponden a la fase alcanzada en el desarrollo de las fuerzas productivas. Mas después de esto, de ordinario se acelera el progreso de la técnica, la acumulación de experiencia de trabajo y conocimientos. Y esa aceleración confirma la beneficiosa influencia de las relaciones de producción sobre el avance de las fuerzas productivas. Cuando las relaciones económicas guardan concordancia con estas últimas, el desarrollo marcha por un camino relativamente liso y llano. Pero las relaciones económicas no pueden seguir al paso de las fuerzas de producción. En la sociedad de clases, una vez surgidas, dichas relaciones toman cuerpo jurídica y políticamente en las formas de propiedad, en las leyes, en la política de las clases, en el Estado, etc. A medida que las fuerzas productivas crecen, entre ellas y las relaciones de producción se ahonda inevitablemente la discrepancia hasta transformarse por último en conflicto, pues las relaciones de producción, ya caducas, se convierten en un estorbo para que las fuerzas productivas sigan adelante.
Así vemos lo que ocurre con las relaciones económicas de la sociedad feudal; basadas en la propiedad del señor sobre la tierra con los campesinos a ella adscritos, hubo un tiempo que correspondían a las fuerzas productivas con que contaba la sociedad, y por eso ayudaban a su desarrollo. Pero la situación cambia cuando la industria (manufacturera, y luego con empleo de máquinas) comienza su rápido avance: la servidumbre se convierte en un freno que dificultaba el progreso de la industria; ésta necesitaba de trabajadores personalmente libres y desprovistos de medios de producción propios, a los que el hambre empujase a las fábricas para colocarse bajo el yugo del capitalista. Un claro ejemplo de discordancia entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas nos lo ofrece el capitalismo moderno. No otra cosa significan las catastróficas crisis, las guerras, la disminución del ritmo de desarrollo económico, etc. El conflicto entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas agudiza las contradicciones en las distintas esferas de la vida social, y ante todo entre las clases, de las que unas se mantienen vinculadas por sus intereses a lo viejo y otras ven su porvenir en las nuevas relaciones económicas que comienzan a madurar. La sociedad no puede volver atrás, no puede regresar a fuerzas productivas que correspondiesen a unas relaciones de producción ya caducas; y no puede aunque las clases que se encuentran en el poder comprendiesen que solamente ahí estaba su salvación. Tarde o temprano, el conflicto es resuelto por otro camino, el único posible: la supresión revolucionaria de las viejas relaciones de producción, que son sustituidas por otras en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas y con las necesidades de su ulterior desarrollo. Da comienzo un nuevo ciclo que atraviesa las mismas etapas y, si se trata de una sociedad de clases antagónicas, de nuevo culmina con la desaparición del viejo modo de producción y con la aparición de otro nuevo,el Socialismo.

martes, 21 de mayo de 2013

La dialéctica como método de conocimiento y transformación del mundo


La dialéctica materialista revela las leyes más generales de desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano, proporcionando a los hombres un método científico de conocimiento, y también apoyándose en ese conocimiento, de transformación práctica del mundo real. Valor de la dialéctica para la ciencia y la práctica.
Las leyes de la dialéctica, en virtud de su carácter universal, tienen valor en cuanto a las cuestiones de método, son indicaciones valederas para la investigación, jalones que orientan en el camino del
conocimiento. En efecto, si en el mundo transcurre todo según las leyes de la dialéctica, para comprender cualquier fenómeno hay que enfocarlo desde ese ángulo de mira. Sabiendo cómo se produce el desarrollo, podemos conocer cómo es preciso estudiar la realidad, siempre sujeta a cambio, y cómo hay que obrar para modificarla. Tal es el formidable valor de la dialéctica para la ciencia y para la transformación práctica del mundo. La dialéctica materialista, ciertamente, no puede suplantar a las distintas ciencias y resolver por ellas los problemas que les son propios y específicos. No obstante, cualquier teoría científica es un reflejo del mundo objetivo, es al mismo tiempo síntesis y generalización de los datos que proporciona la experiencia, presupone el empleo de conceptos generales; y el arte de operar con ellos es lo que la dialéctica enseña. Es verdad que incluso el investigador que no conoce la dialéctica puede, siguiendo la lógica de los datos que estudia, llegar a conclusiones acertadas. Pero la aplicación consciente del método dialéctico le presta una ayuda inestimable y facilita su trabajo. Las proposiciones y leyes de la dialéctica materialista no derivan de los datos de una u otra ciencia tomada separadamente, sino que constituyen la generalización de la historia entera del conocimiento del mundo. El conocimiento de la dialéctica permite al investigador, cuando resuelve problemas específicos de la ciencia concreta que le ocupa, mantenerse a la altura debida en cuanto al método científico y a la visión del mundo, con lo que su estudio no queda divorciado de la experiencia general de todas las ciencias y de toda la práctica social. La dialéctica agudiza nuestra visión cuando tratamos de estudiar los hechos y las leyes de la realidad. Proporciona a la mente del hombre de ciencia, del político, del técnico, del maestro o del artista perspicacia y la agilidad y capacidad suficientes para captar los nuevos fenómenos, que les son tan necesarias como el aire que respiran. Emancipa también la mente de toda clase de dogmas, prejuicios, opiniones preconcebidas y supuestas "verdades eternas", que atan el pensamiento y frenan la marcha del progreso científico. La dialéctica enseña a prestar atención a la vida, a no estancarse en el pasado, a ver lo nuevo y a ir siempre adelante. La dialéctica materialista significa el espíritu mismo de la investigación científica, el no conformarse nunca con los conocimientos adquiridos, la eterna inquietud, la aspiración siempre viva de alcanzar la verdad, de penetrar cada vez más profundamente en el conocimiento de las cosas.
La dialéctica excluye todo subjetivismo, estrechez y visión unilateral, proporciona una amplia noción del mundo y acostumbra a abarcar en todos los sentidos el fenómeno que se estudia. Obliga a examinar las cosas objetivamente, en todos sus aspectos, en su movimiento y desarrollo y en relación con las transformaciones recíprocas. Enseña a ver no sólo lo externo, sino también lo interno, a tomar por igual en consideración el contenido y la forma del fenómeno, a no limitarse a describir lo que sale a la superficie y penetrar cada vez más en la esencia, aunque sin olvidar que lo externo es también esencial y no hay que despreciarlo. La dialéctica atrae la atención hacia las tendencias contrarias que se descubren en cada fenómeno en desarrollo; en lo mutable, diferencia lo estable, pero en lo que parece inmutable advierte el germen de futuros cambios.
La dialéctica, escribió Lenin, es "el conocimiento vivo y multilateral (con un eterno incremento del número de aspectos), con una infinidad de matices en cuanto a la visión, a la aproximación a la realidad..." El estudio de la dialéctica y su aplicación es un poderoso instrumento educativo. La dialéctica proporciona un modo específico de pensar y un peculiar estilo de trabajo que se oponen al subjetivismo, al estancamiento, al dogmatismo, y que se hacen eco a lo nuevo, a lo que crece y a lo avanzado. La dialéctica es la verdadera alma del marxismo. El estudio de la dialéctica materialista presta inapreciable ayuda no sólo al hombre de ciencia o al político, sino a cualquiera que desee calar hondo en los acontecimientos que se producen a su alrededor y participar conscientemente en la vida social. Hoy día, los hombres de ciencia avanzados -bajo la presión del propio desarrollo de la ciencia y de la vida social- comienzan a desprenderse cada vez más de sus prejuicios con relación a la dialéctica y a comprender el incalculable valor que ésta tiene para la ciencia y la vida. Aplicación creadora de la dialéctica. La aplicación acertada de la dialéctica en la ciencia y en el quehacer práctico está muy lejos de ser una empresa fácil. La dialéctica no es un cuestionario que proporcione respuestas escritas a todas las preguntas que puedan formular la ciencia y la práctica, sino una guía para la acción, algo vivo, flexible a la vida y a su espíritu. Las leyes y tesis de la dialéctica no pueden ser concebidas como esquemas a los que arbitrariamente sea posible "ajustar" los hechos de la realidad. Esta es una visión equivocada, escolástica y dogmática.
Las leyes de la dialéctica son universales, valen para el desarrollo de todas las cosas y fenómenos. Mas al propio tiempo hay que tener presente que actúan de diversa manera en las distintas esferas del mundo material, en procesos cualitativamente distintos. En el mundo orgánico obran en forma diferente a como lo hacen en la naturaleza muerta; en el desarrollo de la sociedad no tienen el mismo carácter que en la evolución de las especies; en la vida de la sociedad socialista se manifiestan de otro modo que dentro de la sociedad capitalista. Para la aplicación de la dialéctica en el proceso del conocimiento y en la actividad práctica no basta con asimilar sus proposiciones, sino que es necesario un profundo estudio de los hechos concretos y circunstancias de cada problema. Sólo el análisis más atento y detallado de cada situación concreta nos puede revelar cómo y de qué manera se manifiestan las leyes dialécticas en la esfera y el caso que nos ocupa, cómo hemos de valorar la situación y qué camino hemos de seguir para alcanzar el éxito. De ahí que la aplicación de la dialéctica sea siempre una tarea de creación. En este sentido nos ayudan los excelentes ejemplos de aplicación del método de la dialéctica materialista que encontramos en las obras de los creadores del marxismo-leninismo -de Marx, Engels y Lenin- y en las resoluciones y actuación del Partido Comunista de la Unión Soviética y demás Partidos Comunistas y Obreros. El Partido Comunista de la Unión Soviética y otros partidos marxistas han conseguido grandes victorias. Una de las razones principales de que así fuera reside en que los partidos marxistas tienen en cuenta para su política y su labor práctica el método de la dialéctica materialista, que ellos desarrollan con un espíritu creador. El desviarse del materialismo dialéctico, el olvido de sus leyes y tesis, han conducido y conducen, en fin de cuentas, a fracasos tanto en el análisis teórico como en la actividad práctica. En la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros de los países socialistas, celebrada en Moscú del 14 al 16 de noviembre de 1957, se dice con toda razón:
"Si un partido político marxista no examina los problemas partiendo de la dialéctica y del materialismo, eso conducirá a criterios unilaterales y al subjetivismo, a la petrificación de las ideas, al divorcio de la práctica y a la incapacidad para proporcionar el correspondiente análisis de las cosas y fenómenos, a errores revisionistas o dogmáticos y a equivocaciones en política."
La dialéctica, además de ser un método en el estudio de la realidad, orienta para la transformación revolucionaria de esa realidad. Siempre subraya el valor de una actitud eficaz y activa frente al mundo que nos rodea. En la práctica -en el trabajo, en la lucha de clases y en la construcción del comunismo- es donde son sometidas a prueba las tesis y leyes de la dialéctica materialista. La práctica proporciona el material más valioso para los nuevos avances de la dialéctica; permite concretar sus proposiciones y alcanzar un conocimiento más amplio y profundo de sus leyes. Por ello, la aplicación creadora de la dialéctica marxista consiste, lo primero de todo, en utilizarla como instrumento de labor práctica, como medio para la transformación de la vida.

jueves, 16 de mayo de 2013

La dialéctica materialista


La dialéctica materialista marxista es la doctrina más profunda, multifacética y valiosa por su contenido que jamás se haya enunciado acerca del movimiento y el desarrollo. Es la cúspide de toda la secular historia del conocimiento del mundo y en ella se resume un material inmenso relativo a la práctica social. La dialéctica materialista y el materialismo filosófico mantienen vínculos indisolubles y se penetran mutuamente como dos caras de un todo único que es la doctrina filosófica del marxismo. La diferencia está en que cuando hablamos del materialismo filosófico marxista nos referimos a la relación entre materia y conciencia, a la comprensión de la materia, a la doctrina de la unidad material del mundo, al análisis de las formas de existencia de la materia, etc.; y cuando hablamos de la dialéctica materialista sacamos en primer lugar la concatenación universal y las leyes del movimiento y desarrollo del mundo objetivo y de la manera como estas leyes se reflejan en la conciencia del hombre. Los filósofos de la antigua Grecia llamaban "arte de la dialéctica" (dialektiké téchné) al arte de determinar la verdad mediante la controversia en la que se exponen las opiniones contradictorias de los interlocutores. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX los filósofos idealistas alemanes. Hegel en primer término, entendían por dialéctica el desarrollo de la idea a través de las contradicciones reveladas en la propia idea. Hegel describió detalladamente las formas principales del pensar dialéctico. Pero su dialéctica partía de un criterio equivocado, idealista, según el cual el desarrollo dialéctico era propio y exclusivo del pensar, del espíritu, de la idea, pero no de la naturaleza. Según la expresión de Marx, la dialéctica de Hegel "se hallaba cabeza abajo". Para su acertada interpretación había que darle la vuelta y ponerla de pie. Esto es lo que hicieron Marx y Engels, creando así la dialéctica materialista y proporcionando un sentido nuevo al propio término de "dialéctica".
Los fundadores del marxismo, que partían de la unidad material del mundo, comprendían por dialéctica la doctrina de la concatenación universal, de las leyes más generales que presiden el desarrollo del mundo entero. Y así la "dialéctica", que en Hegel era una doctrina idealista acerca del movimiento de la idea, conviértase en la doctrina materialista que trata de las leyes generales de desarrollo del ser. La dialéctica del desarrollo de nuestros conceptos (dialéctica subjetiva) resultaba, pues, un reflejo, en el pensamiento científico, de la dialéctica de desarrollo del propio ser (dialéctica objetiva). Cada una de las ciencias estudia las formas del movimiento y las leyes de una región específica de la realidad. La dialéctica es una ciencia distinta: estudia las leyes más generales de todo movimiento, cambio y desarrollo. Las leyes de la dialéctica son universales porque actúan en la naturaleza y en la sociedad, y el propio pensamiento está subordinado a ellas. Marx y Engels consideraban la dialéctica no sólo como teoría científica, sino también como método de conocimiento y como guía para la acción. Las leyes generales del desarrollo nos permiten llegar a una interpretación justa del pasado, a comprender acertadamente los procesos que se están sucediendo y a prever el futuro. Por eso es un modo de enfocar la investigación y la acción práctica derivada de los resultados así obtenidos. A todo lo largo de su historia, y también en nuestros días, la dialéctica ha tenido enfrente a la metafísica como modo contrario de pensar y como concepción opuesta del mundo. La noción que los marxistas tienen de la palabra "metafísica" no es la misma que existía antes de Marx o que le atribuyen los filósofos burgueses de nuestro tiempo. Antes de Marx, esta voz griega, o mejor dicho, esta expresión (ta metá ta fisiká: "lo que va después de la física", la ciencia de la naturaleza), significaba una parte especial de la filosofía. La parte en que los filósofos trataban y tratan aún, por vía puramente especulativa, de alcanzar una supuesta esencia inalterable y eterna de las cosas. En su crítica de los sistemas no científicos y artificiosos de la metafísica, Marx y Engels no entienden ésta como una parte de la filosofía ni como conocimiento especulativo, sino como método de investigación y de pensamiento empleado por los creadores de estos sistemas y que se opone al método dialéctico. Actualmente, en la filosofía marxista el término "metafísica" se emplea casi exclusivamente en ese sentido.
El vicio fundamental de la metafísica es su visión unilateral, limitada y rígida del mundo; es la tendencia a exagerar y a convertir en absolutos algunos aspectos de los fenómenos, mientras que se rechazan otros aspectos no menos importantes. Así, por ejemplo, el metafísico ve la estabilidad relativa, la determinación de las cosas, pero no advierte su cambio y desarrollo. Se fija en lo que distingue al fenómeno del conjunto de otros fenómenos, pero no está en condiciones de apreciar sus variadas relaciones y sus profundos nexos con otros objetos y fenómenos. Únicamente admite respuestas definitivas para todas las cuestiones que afectan a la ciencia, sin comprender que la propia realidad se desarrolla y que cualquier proposición científica es sólo valedera dentro de determinados límites. El método metafísico es más o menos aceptable en la vida corriente y en los escalones inferiores de desarrollo de la ciencia, pero fracasa sin remedio cuando con su ayuda se quiere buscar explicación a los procesos complejos de desarrollo. Las ciencias naturales y la vida político-social ponen a cada paso de manifiesto la insuficiencia de la metafísica y la necesidad de sustituirla por la dialéctica. No obstante, la metafísica no ha sido aún desplazada por completo ni de la filosofía ni de las ciencias especiales. ¿Cómo explicar semejante vitalidad de la metafísica? Hubo un tiempo en que el pensamiento científico era fundamentalmente metafísico, y no dialéctico. El modo metafísico de pensar, como método de la ciencia, cobra forma y se extiende en los siglos XVII y XVIII, en el período en que la ciencia de la Edad Moderna adquiere definitivamente sus perfiles. Entonces, de lo que se trataba era de reunir informes de la naturaleza, de describir las cosas y los fenómenos, de dividir las cosas y los fenómenos en clases determinadas. Mas para describir una cosa había de sustraerla del conjunto y examinarla separadamente. Así surgió la costumbre de examinar los objetos y fenómenos desvinculados de su concatenación universal. Y esto impedía ver el desarrollo de las cosas, no dejaba apreciar cómo unas cosas proceden de otras distintas. Así arraigó el método metafísico de pensar, que toma los objetos aisladamente, al margen de su desarrollo. La metafísica imperó largo tiempo en la conciencia de los hombres y se hizo tradición del pensamiento científico. Actualmente no hay nada que justifique el empleo del método metafísico. La metafísica es un método caduco, una concepción decrépita que repercute muy desfavorablemente sobre el conocimiento científico y sobre la vida político-social, puesto que conduce a graves equivocaciones y errores de cálculo. La segunda causa de la vitalidad de la metafísica es la hostilidad que los ideólogos de la burguesía mantienen desde hace tiempo hacia la dialéctica materialista.
"En su forma racional -escribe Marx- la dialéctica sólo infunde a la burguesía y a sus ideólogos doctrinarios rabia y espanto, ya que en la comprensión positiva de lo existente incluye la idea de su negación, la necesidad de su muerte; cada forma ya realizada la examina en su movimiento y, por consiguiente, también en su aspecto perecedero. La dialéctica no se inclina ante nada y por su propia esencia es crítica y revolucionaria."
No hemos de asombrarnos de que, bajo la presión política e ideológica de las fuerzas reaccionarias, muchos hombres de ciencia y filósofos de los países capitalistas teman a la dialéctica, no la conozcan ni la estudien, la miren con prevención y... vayan a remolque de la metafísica. La dialéctica materialista marxista proporciona un arma segura en la lucha contra la metafísica y para el estudio científico de todos los fenómenos del mundo en desarrollo.

lunes, 6 de mayo de 2013

El materialismo filosófico


La base inconmovible de todo el edificio del marxismo-leninismo es su doctrina filosófica: el materialismo dialéctico e histórico. Esta doctrina toma el mundo tal como existe en la realidad, lo examina en consonancia con los datos de la ciencia avanzada y de la práctica social. El materialismo filosófico marxista es el producto legítimo del secular desarrollo del conocimiento científico.

Progreso de la ciencia materialista avanzada en lucha contra la reacción y la ignorancia.
La ciencia es en su historia la palestra de una lucha constante de los investigadores y filósofos avanzados contra la ignorancia y la superstición, contra la reacción en política y en el campo de las ideas. En las sociedades de clases, basadas en la explotación, siempre hubo, como las hay ahora, fuerzas a quienes perjudica la difusión de las concepciones científicas avanzadas. Esas fuerzas son las clases reaccionarias de la sociedad. Unas veces, los reaccionarios se pusieron abiertamente contra la ciencia y persiguieron a los sabios y filósofos progresistas, sin que se detuvieran ni ante la hoguera o la prisión; otras, se esforzaron por deformar los descubrimientos científicos, despojándolos de su contenido materialista progresivo. Los aristócratas reaccionarios destruían en la antigua Grecia las obras del eminente materialista Demócrito, fundador de la doctrina de la estructura atómica de la materia, que negaba la intervención de los dioses en la vida de la naturaleza y en los asuntos de los hombres. El filósofo materialista Anaxágoras fue expulsado de Atenas bajo la acusación de impiedad. Epicuro, filósofo materialista continuador de Demócrito, exaltado en la Antigüedad como héroe que quitó a los hombres el miedo a los dioses y glorificó la ciencia, durante dos mil años sufrió el anatema de los "padres" de la Iglesia, que lo presentaban como a un hombre que sembraba el libertinaje y era enemigo de la moral.
El año 391, monjes cristianos entregaron a las llamas la famosa biblioteca de Alejandría, en la que se guardaba cerca de 700.000 obras de escritores y sabios antiguos. El papa Gregario I (590-604), enemigo acérrimo de la cultura laica y de la ciencia, mandó destruir un gran número de valiosas producciones de autores grecorromanos, y sobre todo las obras de los filósofos materialistas. La Inquisición, creada por los papas para combatir a todos los enemigos de la Iglesia católica, persiguió con verdadera saña a los pensadores avanzados. En 1600 quemó en la hoguera a Giordano Bruno, eminente filósofo y sabio que defendía la doctrina de Copérnico. En 1619, en Toulouse (Francia), por sentencia de la Inquisición, los verdugos arrancaron la lengua a Lucilio Vanini y luego lo quemaron en la hoguera. El gran sabio italiano Galileo, defensor de la teoría de Copérnico, sufrió persecuciones de la Inquisición, la cual le obligó a abjurar públicamente de sus creencias. Voltaire, el famoso filósofo francés del siglo XVIII, estuvo recluido en la Bastilla, y la misma suerte corrió Diderot, filósofo materialista de aquel tiempo. Sería erróneo pensar que la lucha de la reacción contra la ciencia es cosa de la Edad Antigua y Media. No ha cesado en la época del capitalismo. Los capitalistas muestran interés por el avance de las ciencias positivas -física, química, matemáticas, etc.- por cuanto ese avance se halla en relación directa con los éxitos de la técnica. Mas no desean en absoluto la propagación de la filosofía materialista, de una concepción científica del mundo que permita adquirir una noción exacta de cuanto ocurre alrededor, saber cómo reaccionar y qué actitud adoptar ante cada acontecimiento. De ahí que los ideólogos de la burguesía traten de evitar las conclusiones materialistas y ateas que se derivan de los descubrimientos científicos, recelosos de que eso pueda significar un peligro para su dominación. La burguesía reaccionaria odia especialmente la doctrina del marxismo-leninismo y su filosofía, el materialismo dialéctico e histórico. Multitud de profesores burgueses se entregan a la labor de "refutar" el marxismo.
La moderna burguesía reaccionaria no quema en la hoguera a los investigadores y filósofos avanzados,sino que recurre a otros procedimientos para influir sobre ellos: los aparta de las universidades e institutos científicos, les quita de hecho la posibilidad de publicar sus trabajos, los desacredita moral y políticamente, etc. Estos últimos años toda clase de recursos han sido puestos en juego en los Estados Unidos y otros países para combatir las "ideas peligrosas". Con estas medidas y con la propaganda de su ideología reaccionaria la clase dominante presiona sobre la conciencia de los hombres, les imbuye aquellas ideas que considera convenientes y se opone a la propagación de las concepciones materialistas avanzadas. Sin embargo, por espinoso que sea el camino de la ciencia y de la filosofía materialista, por grandes que sean los sacrificios que se les exijan en una sociedad basada en la explotación, en última instancia superan todos los obstáculos y siguen con empeño su avance. La ciencia materialista y la filosofía avanzada son fuertes porque dan a conocer a los hombres las leyes de la naturaleza y de la sociedad, porque les enseñan a valerse de estas leyes en beneficio de la humanidad, los sacan de las tinieblas de la ignorancia y los elevan a la luz del verdadero conocimiento.

jueves, 2 de mayo de 2013

Materialismo e idealismo


La filosofía considera los problemas más generales de la concepción del mundo. La filosofía materialista parte de la afirmación de que la naturaleza existe: existen las estrellas, el Sol, la Tierra, con sus montañas y llanuras, con sus mares y bosques, con los animales, con el hombre dotado de conciencia, de la capacidad de pensar. No hay ni puede haber fenómenos o fuerzas sobrenaturales. Dentro de la gran variedad que la naturaleza brinda, el hombre no es sino una partícula, y la conciencia es una propiedad o capacidad del hombre. La naturaleza existe objetivamente, esto es, fuera de la conciencia del hombre y con independencia de ella. Hay, sin embargo, filósofos que niegan la existencia de la naturaleza como algo independiente de la conciencia. Según ellos afirman, lo primero que existe es la conciencia, el pensar, el espíritu o idea, y todo el mundo físico es derivado y depende del principio espiritual. El problema de la relación entre la conciencia humana y el ser material es el punto básico de toda filosofía, sin excluir la de nuestros tiempos. ¿Qué es lo primero, la naturaleza o el pensar? Los filósofos se dividen en dos grandes campos, según sea la respuesta que den.
Quienes consideran que lo primero es el principio material, la naturaleza, y que el pensar, el espíritu, es una propiedad de la materia, se sitúan en el campo del materialismo. Quienes afirman que el pensar, el espíritu o la idea existieron antes que la naturaleza, que ésta, de una manera o de otra, es creada por el principio espiritual, militan en el campo del idealismo. Esto y nada más es lo que en filosofía quieren decir "idealismo" y "materialismo". Desde tiempos antiguos no cesa la reñida pugna entre los adeptos del materialismo y del idealismo. Toda la historia de la filosofía es una constante lucha entre dos campos, entre dos partidos: el materialismo y el idealismo. El materialismo elemental. Los hombres, en su actividad práctica, no ponen en duda que los objetos que les rodean y los fenómenos de la naturaleza existen con independencia de ellos y de su conciencia. Eso significa que, de un modo elemental, se mantienen en las posiciones del materialismo.
El materialismo elemental "de todo hombre sano que no está en un manicomio o que en la ciencia no comulga con los filósofos idealistas -escribe Lenin- consiste en que las cosas, el medio, el mundo existen independientemente de nuestra sensación, de nuestra conciencia, de nuestro yo y del hombre en general". Es imposible vivir de ideas, de conceptos, y alimentarse de las sensaciones propias, de los productos de la propia imaginación. En la práctica esto lo saben perfectamente todos, y también los filósofos dedicados a componer doctrinas idealistas que deducen la existencia de las cosas materiales de las sensaciones, conceptos e ideas. En repetidas ocasiones han debido manifestar que viven a pesar de su filosofía y que si, en efecto, en el mundo no existiesen cosas materiales, la gente se moriría de hambre. El materialismo elemental, no consciente, es profesado por la inmensa mayoría de los naturalistas. Estos no penetran de ordinario en los problemas filosóficos, sino que se dejan llevar por la lógica del material científico que ellos manejan. A cada paso, la naturaleza les muestra el carácter material de los fenómenos que investigan. Da lo mismo que su estudio se refiera a los cuerpos celestes que a las moléculas y átomos, a los fenómenos de la electricidad y el magnetismo que al mundo de las plantas y los animales: siempre tienen ante sí procesos objetivos, cuerpos materiales y sus propiedades, leyes de la naturaleza que son independientes de la conciencia del hombre. Dentro de la sociedad burguesa, con todas las condiciones que en ella imperan, sólo los científicos más intrépidos y consecuentes se declaran partidarios del materialismo filosófico. La mayoría de ellos se encuentran bajo una presión tan intensa de la ideología oficial, de la doctrina de la Iglesia y de la filosofía idealista, de todo el ambiente de la sociedad burguesa, que no se deciden a manifestar su materialismo, vacilan y a menudo se dicen idealistas, aunque, por el carácter mismo de sus investigaciones, profesan en el fondo ideas materialistas.
Así, por ejemplo, Thomas Huxley, naturalista inglés del siglo XIX, no admitía el materialismo. Mas en sus investigaciones sobre zoología, anatomía comparada, antropología y teoría de la evolución defendía concepciones materialistas, y afirmaba que el idealismo filosófico no trae consigo nada más que confusión y oscuridad. Engels calificaba a tales investigadores como "materialistas vergonzantes"; según Lenin, los alegatos antimaterialistas de Huxley no eran sino la hoja de parra que encubría su materialismo científico elemental. Los investigadores contemporáneos llegan a menudo a conclusiones idealistas cuando tratan de concebir el sentido filosófico de sus descubrimientos. Pero mientras permanecen en un terreno estrictamente científico, mientras no se salen de sus laboratorios, de las fábricas, de los campos experimentales, mientras no se entregan a reflexiones filosóficas y se circunscriben al estudio de la naturaleza, obran, aun sin tener conciencia de ello, como verdaderos materialistas. Alberto Einstein, uno de los físicos más grandes de nuestra época, se hallaba bajo la influencia de la filosofía idealista cuando exponía en alguno de sus trabajos consideraciones de tipo general, sin que ello fuese obstáculo para que la teoría de la relatividad, por él enunciada, sea de un carácter materialista. Max Planck, otro físico famoso, autor de la teoría de los cuantos, tampoco confesaba su materialismo. No obstante, en sus trabajos sobre física y en sus escritos sobre cuestiones filosóficas defendía la idea de una "visión sana del mundo", que admitiese la existencia de la naturaleza como algo independiente de la conciencia del hombre. Max Planck combatió el idealismo filosófico y de hecho era materialista. Ahora bien, la influencia del idealismo repercute a veces negativamente en la interpretación que los investigadores dan al propio material científico. Esto nos dice que el materialismo elemental no es una protección eficaz contra la penetración del idealismo. Sólo la filosofía del materialismo dialéctico, conscientemente adoptada, previene a los hombres de ciencia contra los errores idealistas. El materialismo como filosofía avanzada. El materialismo filosófico se diferencia del materialismo elemental o espontáneo en que se atiene a un criterio científico en la argumentación y exposición de las proposiciones materialistas, que aplica consecuentemente utilizando los datos de la ciencia avanzada y de la práctica social. La filosofía materialista es un arma segura, que defiende al hombre de la funesta influencia de la reacción espiritual. Le sirve de guía en la vida y le muestra el camino acertado para aclarar cuantos problemas le inquieten acerca de la visión del mundo.
Durante milenios enteros la Iglesia ha imbuido al hombre el desprecio hacia la vida terrena y el temor a Dios. Ha enseñado, principalmente a las masas oprimidas de la humanidad, que su destino es trabajar y orar, que la felicidad no se puede conseguir en este "valle de lágrimas" y únicamente la alcanzarán en la "otra vida" si en ésta son mansos. La Iglesia amenaza con el castigo de Dios y con los tormentos del infierno a quien se atreva a levantarse contra la dominación de los explotadores, supuestamente establecida por la voluntad divina. La filosofía materialista tiene el gran mérito histórico de haber ayudado al hombre a emanciparse de las supersticiones. En tiempos antiguos combatió ya el miedo a la muerte y el temor a los dioses y a otras fuerzas sobrenaturales. No hay que poner las esperanzas en la vida de ultratumba; lo que hace falta es estimar en lo que vale la vida terrena y tratar de mejorarla: eso es lo que enseña la filosofía materialista. El materialismo fue el primero en exaltar la dignidad y la razón humanas, en proclamar que el hombre no es un gusano que se arrastra por el polvo, sino el ser supremo de la naturaleza, capaz de dominar y gobernar sus fuerzas. El materialismo tiene una fe absoluta en el poderío del saber, en la razón del hombre, en su capacidad para descubrir los secretos del mundo que nos rodea y crear un régimen social sensato y justo. Los voceros del idealismo difaman a menudo al materialismo, al que presentan como "una concepción sombría, plomiza, parecida a una pesadilla" (W. James). En realidad, es precisamente la filosofía idealista, sobre todo la contemporánea, la que ofrece unos tonos sombríos. No es el materialismo, sino el idealismo el que niega la capacidad cognoscitiva de la razón y predica la desconfianza hacia la ciencia; no es el materialismo, sino el idealismo el que ensalza el culto a la muerte; no es el materialismo, sino el idealismo el que fue y es un terreno abonado para los más repugnantes brotes del antihumanismo: la teoría racista y el oscurantismo fascista. El idealismo filosófico se niega a aceptar la realidad del mundo material que nos rodea, huye de él, lo califica de impuro y, en su lugar, dibuja un mundo inmaterial imaginario. El materialismo, por el contrario, ofrece un cuadro real y verdadero del mundo, sin el menor aditamento de espíritus, de un Dios creador, etc. Los materialistas no esperan ayuda alguna de las fuerzas sobrenaturales, creen en el hombre y en su capacidad para transformar el mundo con su propia mano y de hacerlo digno de él.
El materialismo, en su última esencia, es una concepción optimista y clara, que afirma la vida y niega el pesimismo y el "dolor universal". De ahí que, ordinariamente, sea la concepción de los grupos y clases sociales avanzados. Quienes lo profesan son hombres que miran adelante sin miedo, que no se debaten en dudas acerca de la razón que les asiste. Los voceros del idealismo calumniaron siempre al materialismo, al que acusaban y acusan de desconocer los valores morales y los ideales elevados; estas virtudes, según ellos, son propias y exclusivas de los partidarios del idealismo filosófico. La realidad es muy otra: el materialismo dialéctico e histórico de Marx y Engels no niega, sino todo lo contrario, afirma y exalta las ideas avanzadas, los principios morales y los ideales más sublimes. La lucha por el progreso, por un régimen social avanzado, nos dice, jamás tendrá éxito si no se inspira en grandes ideas que alienten a los hombres en su labor de creación y les empujen a las empresas más atrevidas. La lucha de la clase obrera, la lucha de los comunistas refuta de plano la estúpida invención idealista de que los materialistas son gente indiferente hacia toda clase de ideales. Esa lucha se ve inspirada por el ideal más noble y sublime que jamás conocieron los hombres, que es el comunismo, y por eso se forjan en ella innumerables e intrépidos campeones fieles hasta el fin a su elevado ideal. El materialismo dialéctico e histórico como fase superior en el desarrollo del pensamiento filosófico. El materialismo de nuestros días es el materialismo dialéctico e histórico que crearon Marx y Engels. El terreno en que surgió hallábase ya abonado. La filosofía de Marx y Engels es producto de una larga evolución del pensamiento humano. El materialismo apareció hace unos dos mil quinientos años en China, la India y Grecia. La filosofía materialista guardaba en estos países estrecha relación con la experiencia diaria de los hombres y con los gérmenes de un conocimiento de la naturaleza. Mas en aquel tiempo la ciencia acababa de nacer, por lo que las nociones de los antiguos filósofos materialistas sobre el mundo, aunque encerraban geniales atisbos, carecían de base científica y eran aún muy primitivas. Mucho más maduro es el materialismo de los siglos XVII y XVIII. Los éxitos de la ciencia y de la técnica hacían avanzar a la filosofía. Al mismo tiempo, la filosofía materialista ayudaba al estudio de la naturaleza. Así, por ejemplo, la doctrina del materialista inglés F. Bacon (siglo XVII), que ponía en la experiencia el origen del conocimiento, y su idea de que el conocimiento es una fuerza, significaron un poderoso estímulo para el desarrollo de las ciencias de la naturaleza.
En los siglos XVII y XVIII los mayores avances correspondieron a las matemáticas y a la mecánica de los cuerpos terrestres y celestes. Esta circunstancia impone su sello a las concepciones filosóficas de los materialistas de aquel entonces y a su comprensión de la materia y el movimiento. Un papel formidable en el desarrollo de la nueva forma del materialismo correspondió a la física del filósofo francés R. Descartes, que era materialista en la doctrina de la naturaleza; a la teoría mecanicista del materialista inglés T. Hobbes (siglo XVII) y, de un modo especial, a la mecánica del sabio inglés Newton. Los filósofos materialistas examinaban todos los fenómenos de la naturaleza y de la vida social desde el punto de vista de la mecánica y trataban de explicarlos con arreglo a las leyes de la mecánica. Por eso su materialismo recibió el nombre de mecanicista. En el siglo XVIII, entre sus representantes tenemos a J. Toland y J. Priestley (Inglaterra) y a P. Holbach, C. Helvecio y D. Diderot (Francia). Los estrechos vínculos del materialismo de los siglos XVII y XVIII con las ciencias de la naturaleza eran su lado fuerte. Adolecía, sin embargo, de algunos defectos, entre los cuales Engels destaca tres. El primero era su mecanicismo. La mecánica, que en aquel tiempo era para los filósofos materialistas el paradigma de las ciencias, limitaba sus horizontes, llevándoles a reducir todos los procesos y clases de movimiento al movimiento mecánico. Estos filósofos no comprendían las características de la naturaleza orgánica ni los rasgos y leyes peculiares de la vida social. La segunda limitación de estos materialistas era su incapacidad para comprender y explicar el desarrollo de la naturaleza, incluso cuando advertían hechos que así lo acreditaban. Los materialistas de los siglos XVII y XVIII estimaban la naturaleza en su conjunto como algo inmutable, eternamente sometido a un mismo fenómeno de rotación. Tal criterio de la naturaleza se denomina metafísico. Quiere decirse que el materialismo mecanicista era también metafísico. Finalmente, los materialistas de ese período, como todos los materialistas anteriores a Marx, no sabían aplicar su doctrina a la comprensión de la vida social. No advertían la base material de la vida social y enseñaban que la transición a formas sociales más perfectas era originada por el progreso de la ciencia, al cambiar las concepciones e ideas imperantes en la sociedad. Pero tal explicación es idealista. Fuera de ello, los materialistas anteriores a Marx no comprendían el valor de la actuación práctica de crítica y revolucionaria de las clases y las masas en cuanto al cambio de la realidad, al cambio de la vida social. Mantenían la necesidad de sustituir el régimen feudal por el burgués, pero, a la vez, rechazaban y temían la lucha de las masas en pro del sistema por ellos mismos defendido. Esto era una muestra de su limitación burguesa de clase.
Un paso adelante en la evolución de la filosofía materialista, en la primera mitad del siglo XIX, significa la obra del filósofo alemán Ludwig Feuerbach, y singularmente las aportaciones de los demócratas revolucionarios rusos: A. Herzen, V. Belinski, N. Chernishevski y N. Dobroliúbov. Feuerbach superó en cierto grado la limitación mecanicista de los materialistas del siglo XVIII, pero no ocurrió lo mismo en cuanto a los otros defectos señalados. Además, su filosofía se hallaba divorciada de la práctica político-social. Un gran avance de los materialistas rusos fue que trataron de combinar la comprensión materialista de la naturaleza con la dialéctica. Por otra parte, siendo estos últimos como eran ideólogos de los campesinos revolucionarios rusos, consideraban la filosofía no sólo como la doctrina de lo que existe, sino también de cómo lo existente puede ser transformado en bien del pueblo. Una fase nueva y superior en el desarrollo de las concepciones materialistas es el materialismo dialéctico e histórico creado por Marx y Engels, los grandes maestros y jefes de la clase más avanzada y revolucionaria de la sociedad moderna, que es el proletariado. Su obra significa una verdadera revolución en el campo de la filosofía. Desde las cumbres del pensamiento social y científico de su época, Marx y Engels toman con espíritu crítico y creador cuanto de valioso había producido la filosofía hasta ellos y construyen un materialismo nuevo, libre ya de los defectos de que adolecía la anterior filosofía materialista: el materialismo dialéctico e histórico. En la filosofía marxista, el materialismo aparece orgánicamente unido a la dialéctica. Apóyase en un nivel de la ciencia más elevado, en los nuevos descubrimientos de las ciencias de la naturaleza, entre los cuales tenían singular importancia la ley de la conservación y transformación de la energía, la teoría celular y la teoría darvinista del origen de las especies. Los éxitos de las ciencias naturales proporcionaron una base estrictamente científica a las ideas del desarrollo y de la unidad y concatenación universal de los fenómenos de la naturaleza. En vez de la unilateral concepción mecanicista de la naturaleza y del hombre, Marx y Engels enuncian la doctrina del desarrollo, que abarca a todas las esferas de la realidad y que, al mismo tiempo, toma en consideración la peculiaridad de cada una de esas esferas: la naturaleza inorgánica, el mundo orgánico, la vida social y la conciencia de los hombres. Marx y Engels son los primeros en aplicar el materialismo a la comprensión de la vida social; a ellos se debe el descubrimiento de las fuerzas motrices materiales y de las leyes del desarrollo social, con lo que la historia de la sociedad adquiere la categoría de ciencia. Los fundadores del marxismo, en fin, convirtieron la doctrina filosófica materialista -antes una teoría abstracta- en medio eficaz para la transformación de la sociedad, en arma ideológica de la clase obrera en su lucha por el socialismo y el comunismo. La doctrina filosófica de Marx y Engels ha prendido entre las más grandes masas de los trabajadores de todos los países. Es una genuina filosofía de masas.

martes, 30 de abril de 2013

El internacionalismo, manantial de fuerzas para el movimiento obrero


Carácter internacionalista del movimiento obrero. En el pasado no podían ser internacionalistas ni las clases opresoras ni las oprimidas. Oponíanse a ello las condiciones históricas y también el lugar de estas clases en la producción social y su modo de vida.
La primera clase consecuentemente internacionalista son los obreros, los proletarios. Apareció en la palestra histórica en una época en que empezaba a formarse la economía mundial, cuando los vínculos económicos adquirían un carácter verdaderamente mundial y, a continuación de los lazos económicos, crecían en proporciones inusitadas los nexos culturales y de otra índole entre los países y los pueblos. Tal es la situación histórica general que permitió la aparición del internacionalismo de los obreros. Pero si los obreros son genuinamente internacionalistas, no se debe sólo a las condiciones externas; también contribuyen a ello sus vitales intereses de clase. Los obreros carecen de propiedad privada, que divide a los hombres, y les son asimismo ajenos los intereses que engendran la hostilidad hacia los trabajadores de otros países y nacionalidades. Al contrario, los obreros de todos los países tienen un interés primordial único: el derrocamiento del yugo del capital. Este interés los agrupa contra la fuerza internacional de los capitalistas, haciendo que el internacionalismo se convierta para los obreros no en algo posible, sino necesario, condición obligatoria para el éxito de la lucha por el socialismo y el comunismo. El carácter internacionalista del movimiento obrero no tardó en revelarse. Los obreros de cada país mantenían en un principio la lucha contra "su" burguesía, mas pronto empezaron a ponerse de acuerdo para su acción común, a apoyarse mutuamente y prestarse ayuda, así como para crear sus propias organizaciones internacionales. Desde el punto y hora en que apareció y se extendió por todo el mundo la doctrina marxista y se formaron los partidos políticos del proletariado, el movimiento obrero es profundamente internacionalista. Marx y Engels expresaron el principio del internacionalismo en la fórmula precisa de su inmortal consigna: "¡Proletarios de todos los países: uníos!" Todo el que haya asimilado la doctrina marxista y comprendido la misión histórica del proletariado por ella descubierta no puede por menos de ser internacionalista, de buscar conscientemente la unidad y colaboración de los trabajadores de todos los países. Por eso, a medida que el marxismo-leninismo vence en el movimiento obrero de cualquier país, se amplían los vínculos internacionalistas de este movimiento con los trabajadores de otros países. Para los partidos marxistas-leninistas, el internacionalismo es parte integrante importantísima de su ideología y su política. Sin el internacionalismo, sin la unión de esfuerzos de los trabajadores de todos los países, es imposible vencer a la burguesía mundial y construir una sociedad nueva.
El internacionalismo proletario es, ante todo, la ideología científica de la comunidad de intereses de la clase obrera de todos los países y naciones. En segundo lugar, es el sentimiento de solidaridad de los trabajadores de todos los países, de fraternidad de los hombres del trabajo. En tercero, es un determinado tipo de relaciones entre los destacamentos nacionales de la clase obrera. Dichas relaciones se basan en la unidad y armonía de acción, en la ayuda y el apoyo recíprocos. Se basan en el principio de libre aceptación, en la conciencia de que tales relaciones responden a los intereses vitales de los obreros de todos los países. El internacionalismo proletario no niega en absoluto la independencia de los destacamentos nacionales de la clase obrera, su derecho a resolver por sí mismos sus propios asuntos. Pero esto no debilita en modo alguno la unidad de la clase obrera en el plano internacional. Todo lo contrario, precisamente porque en el movimiento obrero internacional políticamente consciente reina el espíritu de una verdadera igualdad de derechos y de respeto a los intereses de los obreros de las distintas naciones, entre los trabajadores de todos los países es cada vez más profunda la confianza mutua y la tendencia a la colaboración. Los ideólogos burgueses tratan de demostrar que el internacionalismo de la clase obrera significa la desestimación de los intereses nacionales de su propio pueblo. Esto es deformar la esencia del internacionalismo proletario. Es precisamente la lucha de liberación de la clase obrera lo que asegura a cualquier nación el mantenimiento de su libertad e independencia, la igualdad de derechos con las demás naciones, el ascenso del bienestar de todas las capas de la población y el florecimiento de la cultura nacional. Solidaridad internacional de los trabajadores. La solidaridad y unión del proletariado se han robustecido extraordinariamente a lo largo de los últimos cien años. Ello encuentra expresión concreta, principalmente, en la organización del movimiento obrero. Los sindicatos de diversos países se agrupan ahora en poderosas federaciones internacionales, de las cuales la más importante es la Federación Sindical Mundial, que ha demostrado ser un defensor consecuente de los intereses internacionales y nacionales de los obreros. También mantienen estrechos vínculos los partidos políticos de la clase obrera, y en primer lugar los partidos marxistas-leninistas. Diversas formas de colaboración internacional se observan en otras organizaciones de trabajadores (de jóvenes, de mujeres, cooperativas), y también en los movimientos democráticos progresistas en los que la clase obrera ocupa un primer puesto (movimiento de los pueblos en defensa de la paz y otros). Pero los avances del internacionalismo proletario no se circunscriben a las formas orgánicas. Se han producido grandes cambios en la conciencia de los obreros y, bajo la influencia de éstos, en la conciencia de todos los trabajadores. Los hombres del trabajo comprenden cada vez más la comunidad de sus intereses con los de sus hermanos de otros países y naciones, así como el valor que representa su cohesión, la unidad de acción y la solidaridad de clase.
Tales cambios en la conciencia de los obreros tienen raíces profundas en la realidad histórica. La transformación del capital monopolista en una fuerza reaccionaria internacional, con la consiguiente formación del campo imperialista -dispuesto a cualquier crimen, a cualquier infamia para esquilmar y oprimir a todos los pueblos del mundo-, contribuye objetivamente a que los trabajadores de los distintos países comprendan la comunidad de sus intereses vitales. La propia vida hace ver a los obreros que no pueden permanecer indiferentes ante la suerte de otros países y pueblos. Las severas lecciones de la historia les convencen, por ejemplo, de que las guerras coloniales, aun las mantenidas por los imperialistas en los rincones más alejados de la tierra, significan inevitablemente para los trabajadores un incremento de las cargas económicas y de la reacción política que pesan sobre ellos, y, lo que es más importante, acentúan la amenaza de una nueva guerra mundial. De la misma manera, las derrotas infligidas por la burguesía imperialista de cualquier país a su clase obrera -como lo demuestran las enseñanzas del fascismo en Alemania- pueden empeorar las condiciones del movimiento obrero en otros países capitalistas y dejar a los imperialistas las manos libres para desencadenar una guerra mundial. El internacionalismo de la clase obrera ha demostrado en la práctica su eficacia. En 1918-1920, cuando sobre la joven República Soviética se lanzó la burguesía reaccionaria de muchos países, el movimiento obrero internacional se puso frente a la intervención imperialista. La solidaridad internacional de los trabajadores fue un arma excelente en la lucha contra el fascismo. Miles de obreros de distintos países combatieron contra los fascistas en los campos de España, y luego se incorporaron a la Resistencia en Francia, Bélgica, Grecia, Noruega, Italia y otros países ocupados por los hitlerianos. Los obreros de todos los países apoyaron la heroica guerra de liberación del pueblo soviético contra los invasores fascistas. Después de la segunda guerra mundial, la solidaridad internacional de la clase obrera ha encontrado brillante expresión en la lucha contra las nuevas maniobras de los agresores imperialistas, en apoyo de las acciones de la Unión Soviética y de todo el campo socialista contra la agresión del imperialismo. Ello contribuyó grandemente a limitar y poner fin a las guerras desencadenadas por los imperialistas contra los pueblos de Indonesia, Indochina, Corea, Egipto y otros países.
La unidad de acción internacional de los trabajadores, su cohesión y solidaridad es en nuestros días una fuerza formidable en la lucha que se mantiene contra los intentos del campo imperialista por poner fin a la independencia, la libertad y la felicidad de los pueblos. Esta es la razón de que los Partidos obreros no cesan de plantear la tarea de fortalecer la solidaridad internacional de los trabajadores en la lucha por la paz, la democracia y el socialismo.

martes, 23 de abril de 2013

Obstáculos y dificultades del movimiento obrero en su desarrollo


Los grandes éxitos y triunfos históricos de la clase obrera han sido conseguidos en encarnizada lucha. Para alcanzarlos hubieron de ser salvadas numerosas barreras. Todo obrero consciente, todo marxista debe ver esos obstáculos, a fin de comprender mejor las tareas futuras del movimiento obrero internacional. Las dificultades que se presentan ante el movimiento obrero son de naturaleza diversa, pero las principales son las que en su camino levanta la burguesía. El proletariado tropieza con ellas constantemente, y no es empresa fácil superarlas. Porque los obreros han de luchar contra una clase que tiene gran experiencia política y que dispone de un poderoso aparato de presión económica y de violencia física y espiritual. Las organizaciones obreras no han aprendido en todos los sitios, ni mucho menos, a hacer frente a las dificultades de dicho género, y esa es una de las causas principales del atraso del movimiento socialista en una serie de países. En su historia, de más de cien años, el movimiento obrero ha experimentado pérdidas sensibles por el terrorismo de la burguesía: muchos millares de combatientes proletarios fueron asesinados ferozmente, decenas y cientos de miles fueron a parar a la cárcel; las organizaciones obreras fueron empujadas repetidas veces a la clandestinidad y se pusieron toda clase de trabas a su labor. En las condiciones actuales, los círculos dominantes de los países capitalistas recurren cada vez más a las represiones policíacas, al chantaje y a la intimidación de la parte más activa y consciente de los obreros. Cuanto más frágiles son las posiciones de la burguesía, más recurre ésta a la violencia. Pero la burguesía dominante no se limita, en su lucha con el movimiento obrero, a las medidas de persecución. Otra calamidad que pesa sobre los obreros de los países donde hay desocupación crónica es la constante amenaza de verse despedidos y de ser incluidos en las listas negras de las organizaciones patronales. Con ayuda de este inhumano método, los capitalistas norteamericanos ejercen ahora la más fuerte presión para impedir el desarrollo de un movimiento obrero independiente. La burguesía dominante recurre también en vasta escala al engaño, a la demagogia social y a otros métodos más sutiles y hábiles -más peligrosos por tanto- de desorganización de la clase obrera, a la que trata de someter a su putrefacta influencia espiritual.
La cosa se complica si consideramos que los obreros no constituyen una clase homogénea. Sus filas se nutren sin cesar con elementos arruinados de la pequeña burguesía. Estas gentes llevan consigo a menudo la carga de una ideología, psicología y moral burguesas, y contaminan a otros obreros. Además, siguiendo la vieja norma de todos los opresores -"divide y vencerás"-, los grandes capitalistas se esfuerzan por sobornar a las capas altas del proletariado, por crear así una casta privilegiada, la "aristocracia obrera", a la que quieren convertir en un apoyo, en semillero de la influencia burguesa en el seno del movimiento obrero. Todo esto hace que cierta parte de los obreros se deje impresionar por la demagogia social de la burguesía y sus agentes. La burguesía no deja de intensificar su labor en este sentido. Últimamente, en los Estados Unidos y otros países burgueses, además del aparato ordinario de la influencia sobre las masas (prensa, cine, radio, etc.), han aparecido hasta "ciencias" especiales que persiguen el mismo objeto ("relaciones sociales", "relaciones humanas", "sociología y psicología industrial", etc.). Cientos y miles de "especialistas" de estas "ciencias" trabajan ya en las empresas y en los organismos del gobierno y de la administración pública. Su misión consiste en proponer y aplicar medidas conducentes a la desorganización del movimiento obrero y a evitar las huelgas, y también a hacer que el obrero se sienta satisfecho de su suerte, a crear apariencias de una "armonía de clases" y a establecer la "paz de clases" en las empresas.

miércoles, 17 de abril de 2013

El papel del Pueblo y el individuo en la historia


Los ideólogos de las clases explotadoras deforman con singular celo cuanto se refiere al papel del Pueblo y del individuo en la historia. En su afán por justificar el "derecho" de una minoría insignificante a oprimir a la mayoría, siempre trataron de rebajar el papel de las masas del pueblo en la vida y en el progreso de la sociedad. El pueblo, la gente, las masas trabajadoras son, según ellos, una turba obtusa que por su naturaleza misma está destinada a someterse por entero a la voluntad ajena y a soportar mansamente su vida de humillaciones y necesidades. Para quienes así piensan, las masas populares no son más que el objeto pasivo del proceso histórico, y, en el mejor de los casos, ejecutores ignorantes de la voluntad de los "grandes hombres": de los reyes, generales, legisladores, etc. Tales teorías subjetivistas no se limitan a justificar los regímenes en que un puñado de explotadores oprime a la mayoría de la población, sino que también argumentan en pro de una política interior dirigida a la supresión de la democracia y al establecimiento de sistemas fascistas. Estos sistemas precisamente, afirman los ideólogos reaccionarios, son los que pueden asegurar a los grandes hombres el campo libre para "hacer" historia e imponer su voluntad sin temor a la intervención de las masas ignorantes del pueblo. Así justificaban los hitlerianos y otros fascistas la falta de derechos a que tenían sometido al pueblo y la omnipotencia del "führer". Además de la concepción subjetivista del papel del individuo en la historia, entre los ideólogos burgueses goza también de privanza la visión fatalista, según la cual los hombres no pueden ejercer influencia alguna sobre la marcha de los acontecimientos. Tal punto de vista es impuesto con particular insistencia por las gentes de la Iglesia, para quienes la vida y el desarrollo de la sociedad han sido determinados por la providencia, por el sino, por la suerte ciega. "El hombre propone y Dios dispone": a esto se reducen todos sus razonamientos.
La teoría fatalista rebaja tanto como la subjetivista el papel de las masas populares en el progreso de la sociedad. Lo mismo la una que la otra parten del falso supuesto de que el desarrollo social se produce al margen de la actividad y la lucha de los millones de trabajadores; cada una, a su manera, sirve a los fines ideológicos de las clases explotadoras, interesadas en que se mire con desprecio al hombre del trabajo. La teoría marxista ha puesto de manifiesto la falsedad de ambas concepciones, lo mismo de la subjetivista que de la fatalista. El marxismo-leninismo, que ha descubierto las leyes del proceso histórico, ve en las masas populares el portavoz de la necesidad histórica, la fuerza a la cual corresponde el papel determinante en el desarrollo social.

martes, 9 de abril de 2013

Fuerzas motrices de la sociedad Socialista


El avance de la sociedad no se interrumpe, sino que, al contrario, se ve acelerado con el triunfo del socialismo. A velocidad vertiginosa, como jamás conocieron las formaciones anteriores, marcha el desarrollo de la industria y de la agricultura, de las relaciones sociales y políticas y de toda la superestructura social, que se va perfeccionando en el avance hacia el mayor bienestar del Pueblo. Este proceso se basa en las leyes objetivas de desarrollo de la producción social socialista, lo cual infunde a dicho avance rasgos absolutamente nuevos, que marcan diferencias profundas entre la sociedad socialista y los regímenes de explotación. La sociedad se ve libre para siempre de antagonismos. Las contradicciones de su desarrollo no son antagónicas. Se trata principalmente de contradicciones y dificultades de crecimiento, debidas al vertiginoso ascenso de la economía socialista y a un incremento todavía más rápido de las necesidades de los hombres; son contradicciones que surgen en el choque de lo nuevo y lo viejo, de lo avanzado y lo atrasado.
Dichas contradicciones no se resuelven por la lucha de clases -pues en la sociedad socialista no hay capas o clases sociales interesadas en detener el desarrollo, en defender el régimen viejo y caduco-, sino por la colaboración de todas las clases y capas, interesadas por igual en la consolidación del socialismo y la transferencia del Poder al Pueblo. El instrumento principal por el que se descubren y se resuelven las contradicciones es la crítica y la autocrítica. Una crítica y autocrítica amplias son necesarias para encontrar a tiempo y eliminar los defectos y contradicciones, para cortar en su nacimiento los brotes de lo viejo y caduco. Donde la crítica es ahogada, viene el estancamiento y se hace más difícil resolver las contradicciones. Por eso la sociedad socialista tiene un interés vital en estimular constantemente la crítica y la autocrítica, en las que ve un valioso instrumento para movilizar la energía fecunda y la actividad política de los trabajadores y dirigirlas hacia la superación de las dificultades, hacia el cumplimiento de las nuevas tareas de la construcción del comunismo. La eliminación de las contradicciones antagónicas brinda una superioridad enorme al régimen socialista, al asegurar unas posibilidades nunca vistas de desarrollo armónico de las fuerzas productivas y el consiguiente progreso de la superestructura política e ideológica de la sociedad. Un papel cada vez mayor en el avance de la sociedad corresponde a las fuerzas que no dividen y enfrentan a los hombres, sino que los agrupan y los orientan hacia la consecución de fines que les son comunes. La aparición de estas fuerzas motrices del desarrollo es lo que permite a la sociedad proseguir su avance a velocidad mucho mayor y con menos pérdidas que antes. Una importante fuerza motriz del desarrollo social es el trabajo colectivo basado en la propiedad socialista. Dicho trabajo, que aproxima y une a los hombres, es la fuente principal del avance. El trabajo, que antes servía para enriquecer a los explotadores, conviértese en una función social que la sociedad estimula material y moralmente; pasa a ser una causa de honor y valor, un acto de servicio al bien común. El trabajo colectivo y las relaciones de camaradería, ayuda mutua y colaboración, engendran la emulación socialista, forma nueva de colaboración entre los hombres que contribuye a poner de relieve y a fomentar sus capacidades. A diferencia de la competencia capitalista, que se basa en los principios de "cada uno para sí" y de "el hombre es un lobo para el hombre", presupone una ayuda mutua amistosa en todos los órdenes, el intercambio de las mejores experiencias y la incorporación sistemática de los atrasados hasta el nivel de los avanzados. En el trabajo colectivo consciente es donde mejor se revela un rasgo de la fisonomía espiritual del hombre de la sociedad socialista como es la preocupación por el bien común, esa sensación de sentirse dueño cuando se trata de los asuntos de la sociedad.
En virtud de los hondos cambios que con el triunfo del socialismo experimentan las relaciones de clase, se sientan los sólidos cimientos para la unidad político-moral de la sociedad. Esta unidad de todas las clases y capas sociales respecto de sus principales intereses se convierte también en una poderosa fuerza motriz del desarrollo social. La unidad político-moral permite agrupar a todos los trabajadores para el cumplimiento de las más importantes tareas económicas, político-sociales y culturales. Y ello significa una fuerza capaz de vencer cualquier obstáculo.
Otra fuerza motriz de la sociedad socialista es la amistad de las naciones socialistas, tanto dentro de cada país como por lo que se refiere al sistema mundial del socialismo. Esta amistad ayuda a defender las conquistas de los trabajadores frente a los atentados de los imperialistas y crea las condiciones más favorables para el desarrollo económico y cultural de todos los pueblos que se prestan fraternalmente ayuda. Las elevadas ideas que inspiran al hombre del socialismo encuentran expresión en el fecundo sentimiento del patriotismo socialista. Se trata de un patriotismo nuevo, que no refleja ya simplemente el natural cariño que cada uno siente por el lugar donde nació, por sus personas, costumbres, idioma, etc. Se trata en primer término de la devoción al régimen socialista, que se basa en la comprensión de su decisiva superioridad frente al capitalismo. Tal patriotismo no separa, sino que une a los hombres de las distintas naciones. El patriotismo socialista no engendra el exclusivismo nacional, sino un profundo sentimiento de solidaridad internacional y de amistad con la clase obrera y con todos los trabajadores de los demás países. El patriotismo socialista es un sentimiento activo y eficaz, que impulsa a los hombres a entregar a su patria todo cuanto pueden y valen y, en caso necesario, hasta la vida. Buena prueba de ello la tenemos en la gran hazaña del pueblo soviético durante los años de la Gran Guerra Patria. Las fuerzas motrices de la sociedad socialista no son algo dado de una vez para siempre. Ellas mismas evolucionan a medida que el Socialismo se perfecciona y robustece. Una de las principales tareas que la sociedad tiene ante sí es la de ayudar a esa evolución, a la consolidación de las nuevas fuerzas motrices del socialismo. Ese es el motivo de que se preste tanta atención al perfeccionamiento de las formas del trabajo colectivo apoyándose en el desarrollo de los estímulos materiales y morales. Tiene también enorme valor el robustecimiento continuo de la unidad político-moral del pueblo, es decir, de la unidad, la cohesión y la alianza indestructible entre los obreros, los campesinos y los intelectuales. Comprendiendo toda la trascendencia de esta tarea para el avance del socialismo hacia el comunismo, la sociedad y su fuerza dirigente -el Partido- vigilan atentamente para que en la economía, la política y la ideología no aparezcan fenómenos contrarios a la unidad político-moral del pueblo.
El Partido, el Estado y toda la sociedad socialista no pierden tampoco de vista la necesidad de fortalecer la amistad de los pueblos. Esta tarea es cumplida con ayuda de medidas de orden económico, político y cultural-educativo. La experiencia histórica demuestra que el fortalecimiento de la amistad entre los pueblos exige una lucha constante contra las recidivas del nacionalismo en todas sus manifestaciones. Gran importancia para el desarrollo todo de la sociedad socialista tiene, en fin, el robustecimiento del patriotismo socialista, del amor de los trabajadores a su país socialista, por el que han de estar dispuestos a trabajar abnegadamente y, si llegase el caso, a combatir en defensa de sus conquistas y de su seguridad. La sociedad socialista posee, pues, poderosas fuerzas motrices que garantizan un constante y rápido progreso en todas las esferas de la vida. El sistema socialista abre posibilidades nunca vistas para el desarrollo de la sociedad y para la resolución de los más complejos problemas sociales en interés de la humanidad trabajadora, creando para ello las premisas necesarias. Pero este sistema, de por sí, se comprende que no resuelve ni puede resolver problema alguno. Son los hombres los encargados de hacerlo. Una característica de capital importancia del desarrollo social dentro del socialismo es que elimina lo elemental o espontáneo y se convierte en un proceso en el que un papel cada vez mayor corresponde a la actividad consciente y regular de los hombres. En estas condiciones cobra un valor formidable la función de los partidos Revolucionarios , vanguardia de los trabajadores, en el que encuentran su expresión más acabada y completa el pensar y el sentir colectivos de la sociedad socialista. La dirección acertada del Partido es condición indispensable para que se traduzcan en realidad todas las posibilidades y ventajas que el sistema socialista encierra. Considerándolo así, aun después del triunfo del socialismo, los marxistas-leninistas atribuyen un significado esencial al fortalecimiento de la dirección de los partidos Revolucionarios, que ha de incrementar su papel en todas las esferas de la vida social. 
Después de que el socialismo rebasó los límites de un solo país y se ha convertido en sistema mundial, ante la teoría y la práctica se presentan problemas nuevos y de gran trascendencia, relativos a las leyes que rigen la organización de la economía socialista mundial y a las relaciones entre los Estados socialistas soberanos e independientes.