sábado, 12 de mayo de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
La inevitabilidad de las guerras entre los países capitalistas
por: J. V. Stalin
Algunos camaradas afirman
que, debido al desarrollo de nuevas condiciones internacionales
después de la segunda guerra mundial, las guer ras entre los países
capitalistas han dejado de ser inevitables. Consideranesos camaradas
que las contradicciones entre el campo del socialismo y el campo del
capitalismo son más fuertes que las contradicciones entre los países
capitalistas; que los Estados Unidos dominan lo bastante a los demás
países capitalistas para no dejarles combatir entre sí y
debilitarse mutuamente; que los hombres más inteligentes del
capitalismo han sido lo bastante aleccionados por la experiencia de
las dos guerras mundiales -guerras que han causado serios perjuicios
a todo el mundo capitalista- para no permitirse arrastrar de nuevo a
los países capitalistas a una guerra entre sí; y que, en virtud de
todo eso, las guerras entre los países capitalistas han dejado de
ser inevitables.
Esos camaradas se
equivocan. Ven los fenómenos exteriores, que aparecen en la
superficie, pero no advierten las fuerzas de fondo que, si por el
momento actúan imperceptiblemente, serán, en fin de cuentas, las
que determinen el desarrollo de los acontecimientos.
En apariencia, todo
marcha «felizmente»: los Estados Unidos tienen a ración a la
Europa Occidental, al Japón y a otros países
capitalistas; Alemania (la del Oeste), Inglaterra, Francia, Italia y
el Japón, que han caído en las garras de Estados Unidos, cumplen,
sumisos, las órdenes de ese país. Pero sería un error suponerque
es e «bienestar» puede subsistir «por los siglos de los siglos»,
que esos países soportarán siempre el dominio y el yugo de Estados
Unidos y que no intentarán arrancarse de la esclavitud a que los
tienen sometidos los norteamericanos y emprender un camino de
desarrollo independiente.
Tomemos, ante todo, a
Inglaterra y a Francia. Es indudable que son países imperialistas.
Es indudable que las materias primas baratas y los mercados de venta
asegurados tienen para ellos una importancia de primer orden. ¿Se
puede suponer que esos países soportarán eternamente la situación
actual, en la que los norteamericanos, al socaire de la «ayuda»
según el «plan Marshall», penetran profundamente en la economía
de Inglaterra y de Francia, con el afán de convertirla en un
apéndice de la economía de los Estados Unidos? ¿Soportarán
eternamente esos países que el capital norteamericano eche la zarpa
a las materias primas y a los mercados de venta en las colonias
anglo-francesas y prepare de este modo una catástrofe para los
elevados beneficios de los capitalistas anglo-franceses? ¿No será
más acertado decir que la Inglaterra capitalista y, tras ella, la
Francia capitalista se verán, en fin de cuentas, obligadas a
arrancarse del abrazo de los Estados Unidos y a tener un conflicto
con ellos para asegurarse una situación independiente y, claro está,
elevados beneficios?
Pasemos a los principales
países vencidos, a Alemania (la del Oeste) y al Japón. Estos países
arrastran hoy una existencia miserable bajo la bota del imperialismo
norteamericano. Su industria y su agricultura, su comercio y su
política exterior e interior, toda su vida se ve encadenada por el
«régimen» norteamericano de ocupación. Y esos países todavía
ayer eran grandes potencias imperialistas, que sacudieron los
fundamentos del dominio de Inglaterra, los Estados Unidos y Francia
en Europa y en Asia. Suponer que esos países no tratarán de ponerse
en pie otra vez, de dar al traste con el «régimen» de los Estados
Unidos y de abrirse paso hacia un camino de desarrollo independiente,
significa creer en milagros.
Se dice que las
contradicciones entre el capitalismo y el socialismo son más fuertes
que las contradicciones entre los países capitalistas. Teóricamente,
eso es acertado, claro está. Y no sólo lo es ahora, hoy día, sino
que lo era también antes de la segunda guerra mundial. Y, más o
menos, eso lo comprendían los dirigentes de los países
capitalistas. Sin embargo, la segunda guerra mundial no empezó por
una guerra contra la URSS, sino por una guerra entre países
capitalistas. ¿Por qué? En primer término, porque la guerra contra
la URSS, como el país del socialismo, es más peligrosa para el
capitalismo que la guerra entre países capitalistas, pues si la
guerra entre países capitalistas sólo plantea la cuestión del
predominio de unos países capitalistas sobre otros países
capitalistas, la guerra contra la URSS debe plantear inevitablemente
la cuestión de la existencia del propio capitalismo. En segundo
término, porque los capitalistas, aunque con fines de «propaganda»
alborotan acerca de la agresividad de la Unión Soviética, no creen
ellos mismos lo que dicen, pues tienen en cuenta la política
pacífica de la Unión Soviética y saben que este país no agredirá
a los países capitalistas.
Después de la primera
guerra mundial considerábase también que Alemania había sido
puesto fuera de combate para siempre,
como algunos camaradas piensan hoy del Japón y de Alemania. Entonces
también se hablaba y se alborotaba en la prensa diciendo que los
Estados Unidos tenían a Europa a ración, que Alemania no podría
ponerse de nuevo en pie y que no habría ya más guerras entre los
países capitalistas. Sin embargo, a pesar de todas esas
consideraciones, Alemania levantó cabeza y se puso en pie como una
gran potencia al cabo de unos quince o veinte años después de su
derrota, arrancándose a la esclavitud y emprendiendo el camino, de
un desarrollo independiente. Es muy sintomático que fueran
precisamente Inglaterra y los Estados Unidos quienes ayudaron a
Alemania a resurgir económicamente y a elevar su potencial económico
militar. Claro está que, al ayudar a Alemania a ponerse en pie
económicamente, los Estados Unidos e Inglaterra pensaban orientar a
Alemania, una vez repuesta, contra la Unión Soviética, utilizarla
contra el país del socialismo. Sin embargo, Alemania dirigió sus
fuerzas, en primer término, contra el bloque
anglo-franconorteamericano.
Y cuando la Alemania
hitleriana declaró la guerra a la Unión Soviética, el bloque
anglofranco- norteamericano, no sólo no se unió a la Alemania
hitleriana, sino que, por el contrario, se vió constreñido a formar
una coalición con la URSS, contra la Alemania hitleriana.
Por tanto, la lucha de
los países capitalistas por los mercados y el deseo de hundir a sus
competidores resultaron prácticamente
más fuertes que las contradicciones entre el campo del capitalismo y
el campo del socialismo.
Se pregunta: ¿qué
garantía puede haber de que Alemania y el Japón no vuelvan a
ponerse en pie, de que no traten de escapar de
la esclavitud norteamericana y de vivir una vida independiente?
Pienso que no hay tales garantías.
Pero de aquí se
desprende que la inevitabilidad de las guerras entre los países
capitalistas sigue existiendo.
Se dice que la tesis de
Lenin relativa a que el imperialismo engendra inevitablemente las
guerras debe considerarse caducada, por cuanto en el presente han
surgido poderosas fuerzas populares que actúan en defensa de la paz,
contra una nueva guerra mundial. Eso no es cierto.
El presente movimiento
pro paz persigue el fin de levantar a las masas populares a la lucha
por mantener la paz, por conjurar una nueva guerra mundial.
Consiguientemente, ese movimiento no persigue el fin de derrocar el capitalismo y
establecer el socialismo, y se limita a los fines democráticos de la
lucha por mantener la paz. En este
sentido, el actual movimiento por mantener la paz se distingue del
movimiento desarrollado en el
período de la primera guerra mundial por la transformación de la
guerra imperialista en guerra civil, pues este último movimiento iba
más lejos y perseguía fines socialistas.
Es posible que, de
concurrir determinadas circunstancias, la lucha por la paz se
desarrolle hasta transformarse, en algunos lugares, en lucha por el
socialismo, pero eso no sería ya el actual movimiento pro paz, sino
un movimiento por derrocar el capitalismo.
Lo más probable es que
el actual movimiento pro paz, como movimiento para mantener la paz,
conduzca, en caso de éxito, a conjurar una guerra concreta, a
aplazarla temporalmente, a mantener temporalmente una paz concreta, a
que dimitan los gobiernos belicistas y sean sustituidos por otros
gobiernos, dispuestos a mantener temporalmente la paz. Eso, claro es,
está bien. Eso incluso está muy bien. Pero todo ello no basta para
suprimir la inevitabilidad de las guerras en general entre los países
capitalistas. No basta, porque, aún con todos los éxitos del
movimiento en defensa de la paz, el imperialismo se mantiene,
continúa existiendo, y, por consiguiente, continúa existiendo
también la inevitabilidad de las guerras.
Para eliminar la
inevitabilidad de las guerras hay que destruir el imperialismo.
martes, 8 de mayo de 2012
LA TEORIA DE LA "DESIDEOLOGIZACIÓN"
Por: José Sotomayor Pérez
No es casual que todos los teóricos de la «desideologización» se pronuncien, ante todo, contra la ideología de la clase obrera, el marxismo leninismo, tratando de refutarlo. Para demostrar «objetividad» en su teorización comienzan, por lo general ocupándose de ciertas tesis y doctrinas de la burguesía que no tienen vigencia porque históricamente han caducado. Sin embargo, el nacimiento de la teoría de la desideologización, se produjo a mediados de septiembre de 1955 en la ciudad de Milán, con motivo del «Congreso por la libertad de la cultura», cuyo carácter fue descrito por sus dirigentes del siguiente modo:
En ese congreso todos los discursos criticaban de una u otra manera el doctrinarismo, el fanatismo o la posesión ideológica, todos expresaban la idea de que la humanidad, «si es que quiere cultivar y mejorar su jardín, debe liberarse de las visiones y fantasías obsecionales, del hostigamiento por parte de ideólogos y fanáticos».
Uno de los primeros en dar a conocer las ideas de la teoría de la «desideologización» fue R. Aron con la publicación de su libro «El Opio de los Intelectuales», de un contenido abiertamente anticomunista. Para este ideólogo burgués ,el «fin de la ideología» debe ser el fin del marxismo como ideología de la clase obrera. Al libro R. Aron siguieron los libros de D. Bell titulado «El Fin de la Ideología» , y «Hombre Político» de Lipset. No son estas las únicas obras dedicadas a la «desideologización», pero todas buscan con desesperación los medios teóricos y prácticos para consolidar la ideología burguesa y refutar o, por lo menos, neutralizar la influencia creciente del marxismo leninismo, ideología del proletariado.
La teoría burguesa del «fin de las ideologías», como una refutación del marxismo leninismo, confirma, una vez más que la lucha ideológica es una forma de la ley de la lucha de clases. La obsesión burguesa por hacer desaparecer el marxismo leninismo lleva a sus ideólogos a inventar una serie de teorías anticomunistas y antimarxistas, agudizando y agravando la lucha ideológica en el mundo contemporáneo. Es un hecho inobjetable que, mientras exista la sociedad de clases será inevitable la lucha de clases y por consiguiente la lucha ideológica. De aquí resulta de lógica elemental que, decretar el «fin de las ideologías» no es otra cosa que una ilusión de la burguesía. !Cuanta razón tenía Lenin cuando decía: «El problema se plantea solamente así: ideología burguesa o ideología socialista. No hay término medio... Por eso, todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea alejarse de ella equivale a fortalecer la ideología burguesa»! No hay que olvidar la dolorosa tragedia de la URSS, que tuvo entre otras causas, el abandono del trabajo ideológico entre las nuevas generaciones soviéticas y el abierto abandono de los principios y concesiones de los partidos comunistas, que mayoritariamente se sometieron al revisionismo.
La teoría de la “desideologización” es una de las armas ideológicas de la reacción y el imperialismo para poner freno a la conciencia de clase del proletariado e impedir el desarrollo de las fuerzas democrático – revolucionarias en el mundo. La burguesía y sus representantes saben que hoy en día la ideología, como nunca, es inseparable de la política. Todo problema ideológico es inseparable de uno u otro problema político. El Estado burgués contemporáneo otorga una importancia de primer orden a la lucha contra la ideología comunista, camuflándola en muchos casos bajo el nombre de “guerra psicológica”. Una de las razones de este enmascaramiento, está en que la burguesía ha perdido para siempre toda iniciativa de carácter ideológico. Clase reaccionaria y en descomposición, no puede crear teorías avanzadas, como pudo hacerlo cuando era una clase revolucionaria. La iniciativa histórica hoy en día le corresponde a la clase obrera y es su ideología la bandera de lucha por un mundo sin oprimidos ni opresores, sin explotados ni explotadores.
Toda la escalada de especulaciones sobre el “fin de las ideologías” poseen un rasgo común: el rechazo y odio al marxismo, a tal punto que los teóricos de la «desideologización» consideran que la “ideología” que debe desaparecer es el marxismo leninismo. De aquí todas sus divagaciones sobre la doctrina de Marx y Lenín como envejecidas e inaplicables. La verdad, sin embargo, es que la ideología burguesa es la que ha llegado a su fin al haber adquirido un carácter meramente apologético y reaccionario. Sin embargo no hay que olvidar que la “guerra fría” terminó con la debacle del campo socialista después de que la burguesía internacional en complicidad del revisionismo desarmó ideológicamente a los partidos de la clase obrera que se encontraban en el poder.
domingo, 6 de mayo de 2012
Discurso del Camarada J. Dimitrov ante el Tribunal del Reich Aleman
[1]
Jorge Dimitrov fue detenido el 9 de marzo de 1933 en Berlín,
acusado de provocar el incendio ocurrido en el Reichstag el día
27 de febrero de 1933.
J. Dimitrov [*]
16 de diciembre de 1933
-Dimitrov:
En virtud del artículo 258 del Código Procesal, tengo
derecho a hablar a la vez como defensor y como acusado.
-El Presidente: Tiene usted derecho a hablar el último y puede ahora hacer uso de ese derecho.
-Dimitrov: En virtud del citado Código, tengo derecho a contestar a la acusación y, por lo tanto, a hablar en último lugar.
¡Señores jueces, señores fiscales, señores defensores! Desde el comienzo de la vista de este proceso, hace tres meses, como acusado, dirigí una carta al presidente del tribunal. En aquella carta decía que lamentaba que mis intervenciones diesen lugar a incidentes, pero que rechazaba categóricamente el que mi conducta se interpretase como un abuso deliberado del derecho a formular preguntas y emitir declaraciones con fines de propaganda. Se comprende que, desde el momento en que se me ha acusado, a pesar de ser inocente, traté de defenderme por todos los medios de que dispongo...
«Reconozco -decía en mi carta- que no todas las preguntas fueron formuladas correctamente, desde el punto de vista de su forma jurídica. Ello se explica, sin embargo, por mi desconocimiento de las leyes alemanas. Además, es la primera vez en mi vida que me veo envuelto en un proceso semejante. Si tuviese un defensor de mi elección, habría podido evitar en su totalidad estos incidentes desfavorables para mi propia defensa. He nombrado a una serie de abogados: a Dechev, a Moro-Giaferi, a Campinchi, a Torrès, a Grigorov, a Leo Gallager (de Norteamérica) y al Dr. Lehmann (de Saarbrücken). Pero el tribunal del Reich, con uno u otro pretexto, ha rechazado todas mis designaciones, hasta ha negado el permiso de entrada al señor Dechev. No abrigo ninguna desconfianza personal contra el señor Doctor Paul Teichert, ni como persona, no como abogado. Pero, en la situación de Alemania, Teichert no puede merecerme la confianza necesaria, en su papel de abogado de oficio. Por eso, trato de defenderme yo mismo y a veces doy pasos falsos, desde el punto de vista jurídico.
En interés de mi defensa ante el tribunal y, creo que, también en interés de la marcha normal del proceso, me dirijo una vez más, la última, a ese supremo tribunal, pidiendo se designe al abogado Marcel Villard, que ya ha recibido la autorización de mi hermana, para hacerse cargo de mi defensa. Si esta última proposición mía es rechazada también, desgraciadamente, no me quedará otro medio que defenderme yo mismo en la medida de mis fuerzas y como mejor sepa».
Como esta proposición también fue rechazada, decidí defenderme yo mismo. Puesto que no necesito de la miel, ni el veneno de la elocuencia del defensor que se me impuso, me he defendido todo el tiempo sin la ayuda del abogado.
Naturalmente que en modo alguno me hago solidario del informe del abogado Teichert. Lo que ha de tomarse en cuenta para la defensa es sólo lo dicho por mí ante el tribunal, hasta el presente y lo que voy a decir ahora. No quisiera agraviar a Torgler, que, a mi juicio, ha sido ya bastante agraviado por su defensor, pero debo decir abiertamente: prefiero ser condenado injustamente a muerte por la justicia alemana, que ser absuelto por una defensa como la que hizo de Torgler el Dr. Sack.
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Aquí usted no tiene derecho a criticar.
-Dimitrov: Mi lenguaje es apasionado y duro, lo reconozco, pero también mi lucha y mi vida han sido siempre duras y apasionadas. Mi lenguaje es un lenguaje franco y sincero. Estoy acostumabrado a llamar a las cosas por su nombre. No soy un abogado que defiende por deber a su cliente.
Me defiendo a mí mismo, como comunista acusado.
Defiendo mi honor personal de comunista, mi honor de revolucionario.
Defiendo mis ideas, mis convicciones comunistas.
Defiendo el sentido y el contenido de mi vida.
Por esta razón, cada palabra pronunciada por mí ante el tribunal es , por decirlo así, sangre de mi sangre y carne de mi carne. Cada palabra mía es la expresión de mi indignación más profunda contra esta injusta acusación, contra el hecho de que se impute a los comunistas un crimen tan anticomunista. [1]
Se me ha reprochado reiteradamente no tomar en serio al Tribunal Supremo alemán. Este reproche es absolutamente injusto.
-El Presidente: Tiene usted derecho a hablar el último y puede ahora hacer uso de ese derecho.
-Dimitrov: En virtud del citado Código, tengo derecho a contestar a la acusación y, por lo tanto, a hablar en último lugar.
¡Señores jueces, señores fiscales, señores defensores! Desde el comienzo de la vista de este proceso, hace tres meses, como acusado, dirigí una carta al presidente del tribunal. En aquella carta decía que lamentaba que mis intervenciones diesen lugar a incidentes, pero que rechazaba categóricamente el que mi conducta se interpretase como un abuso deliberado del derecho a formular preguntas y emitir declaraciones con fines de propaganda. Se comprende que, desde el momento en que se me ha acusado, a pesar de ser inocente, traté de defenderme por todos los medios de que dispongo...
«Reconozco -decía en mi carta- que no todas las preguntas fueron formuladas correctamente, desde el punto de vista de su forma jurídica. Ello se explica, sin embargo, por mi desconocimiento de las leyes alemanas. Además, es la primera vez en mi vida que me veo envuelto en un proceso semejante. Si tuviese un defensor de mi elección, habría podido evitar en su totalidad estos incidentes desfavorables para mi propia defensa. He nombrado a una serie de abogados: a Dechev, a Moro-Giaferi, a Campinchi, a Torrès, a Grigorov, a Leo Gallager (de Norteamérica) y al Dr. Lehmann (de Saarbrücken). Pero el tribunal del Reich, con uno u otro pretexto, ha rechazado todas mis designaciones, hasta ha negado el permiso de entrada al señor Dechev. No abrigo ninguna desconfianza personal contra el señor Doctor Paul Teichert, ni como persona, no como abogado. Pero, en la situación de Alemania, Teichert no puede merecerme la confianza necesaria, en su papel de abogado de oficio. Por eso, trato de defenderme yo mismo y a veces doy pasos falsos, desde el punto de vista jurídico.
En interés de mi defensa ante el tribunal y, creo que, también en interés de la marcha normal del proceso, me dirijo una vez más, la última, a ese supremo tribunal, pidiendo se designe al abogado Marcel Villard, que ya ha recibido la autorización de mi hermana, para hacerse cargo de mi defensa. Si esta última proposición mía es rechazada también, desgraciadamente, no me quedará otro medio que defenderme yo mismo en la medida de mis fuerzas y como mejor sepa».
Como esta proposición también fue rechazada, decidí defenderme yo mismo. Puesto que no necesito de la miel, ni el veneno de la elocuencia del defensor que se me impuso, me he defendido todo el tiempo sin la ayuda del abogado.
Naturalmente que en modo alguno me hago solidario del informe del abogado Teichert. Lo que ha de tomarse en cuenta para la defensa es sólo lo dicho por mí ante el tribunal, hasta el presente y lo que voy a decir ahora. No quisiera agraviar a Torgler, que, a mi juicio, ha sido ya bastante agraviado por su defensor, pero debo decir abiertamente: prefiero ser condenado injustamente a muerte por la justicia alemana, que ser absuelto por una defensa como la que hizo de Torgler el Dr. Sack.
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Aquí usted no tiene derecho a criticar.
-Dimitrov: Mi lenguaje es apasionado y duro, lo reconozco, pero también mi lucha y mi vida han sido siempre duras y apasionadas. Mi lenguaje es un lenguaje franco y sincero. Estoy acostumabrado a llamar a las cosas por su nombre. No soy un abogado que defiende por deber a su cliente.
Me defiendo a mí mismo, como comunista acusado.
Defiendo mi honor personal de comunista, mi honor de revolucionario.
Defiendo mis ideas, mis convicciones comunistas.
Defiendo el sentido y el contenido de mi vida.
Por esta razón, cada palabra pronunciada por mí ante el tribunal es , por decirlo así, sangre de mi sangre y carne de mi carne. Cada palabra mía es la expresión de mi indignación más profunda contra esta injusta acusación, contra el hecho de que se impute a los comunistas un crimen tan anticomunista. [1]
Se me ha reprochado reiteradamente no tomar en serio al Tribunal Supremo alemán. Este reproche es absolutamente injusto.
Es cierto que para mí, como comunista, la suprema ley es el programa de la Internacional Comunista y el Tribunal Supremo --la Comisión de Control de la Internacional Comunista.
Pero, como acusado, el Tribunal Supremo es para mí un tribunal, ante el que es preciso adoptar una actitud seria, no sólo por el hecho de hallarse integrado por jueces de una especial calificación, sino también porque este tribunal es un órgano sumamente importante del poder del Estado, un importante órgano del régimen social imperante, tribunal que puede condenar en forma inapelable a la mayor pena. Puedo decir con la conciencia tranquila ante el tribunal, y, por lo tanto, ante la opinión pública también, que he dicho la verdad y sólo la verdad en todos los apuntes. En lo tocante a mi Partido colocado en la ilegalidad, me he abstenido de hacer toda clase de declaraciones. He hablado siempre con seriedad y con el sentimiento de la más profunda convicción.
-El Presidente: No toleraré que se ocupe usted aquí, en esta sala, de propaganda comunista. Lo ha estado usted haciendo durante todo el tiempo. Si sigue, le retiraré la palabra.
-Dimitrov: Debo rechazar categóricamente la afirmación de que persigo fines de propaganda. Podrá pensarse que mi defensa ante el tribunal encerraba cierta eficacia propagandista. Admito que mi conducta ante el tribunal puede servir de ejemplo para un comunista acusado. Pero no era ese el objetivo de mi defensa. Mi objetivo ha consistido en rechazar la acusación, según la cual, Dimitrov, Torgler, Popov y Tanev, el Partido Comunista de Alemania y la Internacional Comunista tienen algo que ver con el incendio.
Yo sé que en Bulgaria nadie cree en nuestra supuesta participación en el incendio del Reichstag. Sé que en el extranjero no hay, en general, nadie que dé crédito a esto. Pero en Alemania las circunstancias son diferentes: aquí, podrían creerse tales afirmaciones extrañas. Por eso he querido demostrar que el Partido Comunista no ha tenido, ni tiene que ver nada con tal delito.
Si se habla de propaganda, hay que decir que muchas de las intervenciones hechas ante el tribunal han tenido este carácter. También las intervenciones de Göbbels y de Göring han ejercido una acción indirecta de propaganda a favor del comunismo, pero nadie puede hacerles responsables de ello. (Animación y risas en la sala).
La prensa no sólo me ha denigrado en todas las formas posibles -esto es lo que menos me preocupa- sino que, en relación conmigo, se ha motejado de "salvaje" y de "bárbaro" al pueblo búlgaro, a mí se me ha llamado "el tenebroso sujeto balcánico", el "búlgaro salvaje", y esto no puedo pasarlo por alto.
Es cierto que el fascismo búlgaro es salvaje y bárbaro. Pero la clase obrera, los campesinos y los intelectuales populares de Bulgaria, que están al lado del pueblo, no son, en modo alguno bárbaros, ni salvajes. El nivel material y cultural de los Balcanes no es indudablemente tan elevado como el de otros países europeos; pero, espiritual y políticamente, las masas del pueblo de mi país no ocupan un nivel más bajo que las masas de los dem´s países de Europa. En Bulgaria, nuestras luchas políticas, nuestras aspiraciones políticas no son inferiores a las de otros países. Un pueblo que ha vivido durante quinientos años bajo el yugo extranjero, sin perder su idioma, ni su nacionalidad, una clase obrera y una masa campesina como las nuestras que han luchado y siguen luchando contra el fascismo búlgaro y por el Comunismo, un pueblo tal no es bárbaro, ni salvaje. Los bárbaros y salvajen en Bulgaria son solamente los fascistas. Pero, yo pregunto, señor Presidente:¿En qué país no son los fascistas bárbaros y salvajes?
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) ¿No aludirá usted, por supuesto, a la situación política de Alemania?
-Dimitrov: (con una sonrisa irónica) ¡Naturalmente que no, señor Presidente!
Mucho antes de la época en que el emperador alemán Carlos V dijera que "sólo hablaba en alemán con sus caballos" y que los hidalgos alemanes y la gente instruida escribían sólo en latín y se sentían avergonzados de la lengua alemana, en la "bárbara" Bulgaria, los apóstoles Cirilo y Método habían creado y difundido la antigua escritura búlgara.
El pueblo búlgaro luchó con todas sus fuerzas y con todo tesón contra el yugo extranjero. Por eso protesto contra los ataques de que se hace objeto al pueblo búlgaro. No tengo por qué avergonzarme de ser búlgaro y me enorgullezco de ser hijo de la clase obrera de Bulgaria.
Antes de abordar la cuestión de fondo, debo decir lo siguiente: el Dr. Teichert nos ha reprochado el que nos hubiésemos colocado nosotros mismos en la situación de acusados por el incendio del Reichstag. A esto debo contestar que, desde el 9 de marzo, en que fuimos detenidos, hasta que se abrió este proceso, transcurrió mucho tiempo. En este tiempo habrían podido investigarse todos los factores que dejaban margen a sospechas. Durante la instrucción del sumario hablé con funcionarios responsables de la llamada «Comisión del Incendio del Reichstag». Dichos funcionarios me dijeron que los búlgaros no eran culpables del incendio del Reichstag. Sólo se nos acusaba de haber vivido con pasaportes falsos, bajo nombres falsos, sin inscribirnos...etc.
-El Presidente: Lo que acaba usted de decir no se ha discutido en el proceso; por tanto, no tiene usted derecho a referirse a ello.
-Dimitrov: Señor Presidente, en ese tiempo se debieron analizar todos los datos para descargarnos oportunamente de esta acusación. En el acta de acusación, se dice que Dimitrov, Popov y Tanev afirman ser emigrados búlgaros. Sin embargo, a pesar de ello, hay que reputar como probado que residían en Alemania para los fines del trabajo clandestino. Son, se dice en el acta de la acusación, los "agentes del Partido Comunista de Moscú para preparar la insurrección armada".
En la página 83 del acta de acusación se dice que, a pesar de que Dimitrov manifiesta haber estado ausente de Berlín desde el 25 al 28 de febrero, esto no altera la cosa, ni le descarga de la acusación de complicidad con el incendio del Reichstag. Así lo atestiguan -indica más adelante el acta de acusación- no sólo las declaraciones del Hellmer sino también otros muchos hechos que indican que...
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) No debe usted dar lectura al acta de acusación que conocemos suficientemente.
-Dimitrov: Debo decir que tres cuartas partes de todo lo que el fiscal y los defensores dijeron aquí, ante el tribunal, hace tiempo ya que es conocido por todos y, a pesar de ello, volvieron a repetirlo. (Animación y risas en la sala). Hellmer ha dicho que Dimitrov y Van der Lubbe habían estado en restaurante Bayernhof. Más adelante, se lee en el acta de acusación:
«Aunque Dimitrov no haya sido sorprendido in fraganti en el lugar del delito, ha intervenido, sin embargo, en la preparación del incendio del Reichstag. Se trasladó a Munich para preparar su "coartada". Los folletos encontrados en poder de Dimitrov demuestran que participaba en el movimiento comunista de Alemania.»
Tal era la base de esta acusación prematura, que ha resultado ser un aborto.
-El Presidente: (Interrumpiendo a Dimitrov) No debe usted emplear semejantes expresiones, refiriéndose a la acusación.
-Dimitrov: Buscaré otra expresión.
-El Presidente: Pero no tan inadmisible.
-Dimitrov: Vuelvo, en otro respecto, a los métodos de la acusación y al acta de acusación.
El carácter de este proceso estaba trazado de antemano por la tesis de que el incendio del Reichstag era obra del Partido Comunista de Alemania, e incluso del comunismo mundial. Este acto anti-comunista, el incendio del Reichstag, les ha sido imputado a los comunistas y se les ha presentado como señal para la insurrección comunista, como señal para hacer cambiar la Constitución de Alemania. Con ayuda de esta tesis, se imprimió a todo el proceso un sello anticomunista. En el acta de acusación, se dice:
«…La acusación estima que este atentado criminal había de ser la llamada, la señal para los enemigos del Estado, quienes se proponí,an emprender luego un ataque general contra el Estado alemán con el fin de destruirlo e instaurar en su lugar la dictadura del proletariado, el Estado Soviético, por obra y gracia de la Tercera Internacional...».
Señores jueces: no es la primera vez que se imputan a los comunistas semejantes atentados. No puedo citar aquí todos los ejemplos de esta índole. Mencionaré el atentado ferroviario de Alemania, cerca de Jüterborg, cometido por un aventurero y provocador anormal. Por aquel entonces, se difundió, durante semanas enteras, no sólo en Alemania, sino también en otros países, la afirmación de que aquel atentado era obra del Partido Comunista de Alemania, de que era un acto terrorista de los comunistas. Luego, el autor resultó ser el anormal y aventurero Matuschka, que posteriormente fuera detenido y condenado.
Recordaré otro ejemplo, el asesinato del presidente de la República Francesa, por Gorgulov. También entonces se dijo en todos los países que este atentado era obra de los comunistas. A Gorgulov se le presentaba como un comunista, como un agente soviético. Y ¿qué resultó? Que dicho atentado había sido organizado por los guardias blancos, y Gorgulov resultó ser un provocador que quería conseguir la ruptura de las relaciones entre Francia y la Unión Soviética.
Recordaré también el atentado contra la Catedral de Sofía. Este atentado no fue organizado por el Partido Comunista de Bulgaria. Pero, a raíz de él, el Partido Comunista fue perseguido. Dos mil obreros, campesinos e intelectuales fueron asesinados bestialmente por las bandas fascistas, con el pretexto de que la catedral había sido volada por los comunistas. Este acto de provocación fue organizado por la policía búlgara. Todavía en 1920, el propio Prutkin, jefe de la policía de Sofia, organizó una explosión de dinamita durante la huelga de los ferroviarios, como medio para provocar a los obreros búlgaros.
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Eso no tiene nada que ver con el proceso.
-Dimitrov: El funcionario de policía Séller ha hablado aquí de la incitación comunista al incendio... etc. Yo le pregunté si conocía casos en que los incendios fueran hechos por los patronos y luego imputados a los comunistas. En el «Völkischer Beobachter» del 5 de octubre, se dice que la policía de Settin...
-El Presidente: Este artículo no ha sido unido al proceso...
-Dimitrov: (trata de continuar).
-El Presidente: No tiene usted derecho a hablar de eso, puesto que el hecho no se ha mencionado durante el proceso.
-Dimitrov: Toda una serie de incendios...
-El Presidente: (interrumpe de nuevo a Dimitrov).
-Dimitrov: Esto fue objeto de un atentado, porque toda una serie de incendios fueron imputados a los comunistas. Luego, resultó que habían sido obra de los patronos. «¡Con el fin de proporcionar trabajo!»
Recordaré otro hecho: la falsificación de documentos. Hay una gran cantidad de falsificaciones que fueron explotadas contra la clase obrera. Estos casos son muy numerosos. Sólo recordaré la pretendida carta de Zinoviev, que fue una falsificación, explotada por los conservadores ingleses contra la clase obrera. Recordaré una serie de falsificaciones hechas aquí, en Alemania...
-El Presidente: Eso excede los marcos de la investigación judicial.
-Dimitrov: Aquí se ha afirmado que el incendio del Reichstag había de servir de señal para la insurrección armada. Se ha tratado de demostrarlo del siguiente modo:
Göring ha dicho, ante el tribunal, que el Partido Comunista alemán se había visto obligado, desde el momento en que Hitler asumió el poder, a atizar el estado de ánimo de sus masas y a emprender algo. Dijo: "¡Los comunistas no tenían más remedio que hacer algo, o ahora o nunca!" Dijo que el Partido Comunista llevaba ya años y años llamando a la lucha contra el nacional-socialismo y que desde el momento de la toma del poder por los nacional-socialistas el Partido Comunista de Alemania no tenía más salida que lanzarse a la acción. ¡Ahora o nunca! El Fiscal general trató de formular esta misma tesis con mayor exactitud y aún «más hábilmente».
-El Presidente: No permitiré que agravie usted al Fiscal general.
-Dimitrov: El Fiscal general ha desarrollado aquí, como acusador público, lo afirmado por Göring. El Fiscal general, señor Werner, ha dicho:
«El Partido Comunista se hallaba en tal situación, que tenía que emprender la retirada, sin combate, o aceptarlo sin haber terminado aún sus preparativos. Era la única carta que le quedaba al Partido Comunista, en aquellas circunstancias. O renunciar sin lucha a su objetivo, o lanzarse a un acto de desesperación, jugarse el todo por el todo: era lo único que, en aquellas circunstancias, podía salvar la situación. Podía fracasar, pero aunque así fuere, la situación no sería peor que si el Partido Comunista retrocediera sin lucha.»
La tesis, que se lanza y se atribuye al Partido Comunista, no es una tesis comunista. Una hipótesis de esta naturaleza demuestra que los enemigos del Partido Comunista de Alemania lo conocen mal. Para luchar con acierto contra el enemigo, hay que conocerle. La prohibición del Partido, la disolución de las organizaciones de masas, la pérdida de la legalidad, todo esto representa, naturalmente, un duro golpe para el movimiento revolucionario. Pero dista mucho de significar que con ello todo está perdido.
En febrero de 1933, el Partido Comunista se hallaba bajo la amenaza de la ilegalidad. La prensa comunista estaba suspendida y se esperaba la prohibición del Partido Comunista. El Partido Comunista de Alemania sabía muy bien que en muchos países estaban prohibidos los Partidos Comunistas, pero que a pesar de ello continuaban trabajando y luchando. El Partido Comunista está prohibido en Polonia, en Bulgaria, en Italia y en algunos otros países. Yo puedo hablar de esto sobre la base de la experiencia del Partido Comunista Búlgaro. Después del Levantamiento de 1923, el Partido Comunista Búlgaro fue prohibido; pero trabajaba y, aunque ello haya costado grandes sacrificios, se ha hecho más fuerte de lo que era en 1923. Esto lo comprende toda persona dotada de sentido crítico.
El Partido Comunista de Alemania, aun siendo ilegal, en una situación apropiada, puede realizar la revolución. Esto lo demuestra la experiencia del Partido Comunista de Rusia. El Partido Comunista de Rusia era ilegal, sufría sangrientas persecuciones, pero más tarde, la clase obrera, con el Partido Comunista a la cabeza, llegó al Poder. Las cabezas dirigentes del Partido Comunista de Alemania no podían pensar que «todo estaba perdido», ni que estaban ante el dilema de ¡insurrección o muerte! La dirección del Partido Comunista de Alemania sabía perfectamente que el trabajo ilegal costaría numerosos sacrificios y exigiría valor y abnegación, pero sabía también que sus fuerzas revolucionarias se fortificaban y que sería capaz de cumplir las tareas que tenía planteadas. Por eso, está absolutamente descartado que el Partido Comunista de Alemania haya querido, en aquel momento, jugarse el todo por el todo. Los comunistas no son, afortunadamente, tan miopes, como sus enemigos, ni pierden la cabeza en las situaciones difíciles.
A esto hay que añadir que el Partido Comunista de Alemania y los demás Partidos Comunistas son Secciones del Internacional Comunista. ¿Qué es la Internacional Comunista? Me permitiré citar sus estatutos.
El primer párrafo de los estatutos dice así:
«La Internacional Comunista, asociación internacional de los obreros, es la unificación de los Partidos Comunistas de los distintos países en un único Partido Comunista mundial.
Como guía y organizador del movimiento revolucionario del proletariado y portavoz de los principios y de los objetivos del comunismo, la Internacional Comunista lucha por la conquista de la mayoría de la clase obrera y de las extensas masas de los campesinos pobres, por la instauración de la dictadura del proletariado, por la creación de la Federación mundial de Repúblicas Socialistas Soviéticas, por la supresión total de las clases y por la realización del socialismo, primera etapa de la sociedad comunista.»
En este Partido Mundial de millones de hombres, que es la Internacional Comunista, el Partido más fuerte es el Partido Comunista de la Unión Soviética. Es el Partido que gobierna en la Unión Soviética, en el Estado más grande del mundo. La Internacional Comunista, el Partido Comunista mundial, analiza la situación política conjuntamente con al direccción de los Partidos Comunistas de todos los países.
La Internacional Comunista, ante la cual son directamente responsables todas las Secciones, no es una organización de conspiradores, sino un Partido mundial. Semejante Partido mundial no juega con la insurrección, ni con la revolución. Semejante Partido mundial no puede
decir oficialmente a sus millones de partidarios una cosa y, al mismo
tiempo, hacer secretamente lo contrario. ¡Semejante Partido,
queridísimo Dr. Sack, no conoce la contabilidad por partida
doble!
-El Dr. Sack: Muy bien, prosiga usted su propaganda comunista.
-Dimitrov. Semejante Partido, al dirigirse a los millones de proletarios, al adoptar sus decisiones sobre la táctica y sobre las tareas inmediatas, lo hace seriamente, con plena conciencia de su responsabilidad. Citaré, la resolución del XII Pleno del C.E. de la I.C. Puesto que en el proceso se ha hablado de estas resoluciones, tengo derecho a darles lectura.
De acuerdo con estas resoluciones, la tarea fundamental del Partido Comunista alemán era la siguiente:
«Movilizar a las grandes masas de trabajadores para la defensa de sus intereses más vitales, contra la feroz expoliación por el capital monopolista, contra el fascismo, contra los decretos-leyes, contra el nacionalismo y el chovinismo, luchando por el internacionalismo proletario y desarrollando las huelgas económicas y políticas y las manifestaciones, conduciendo a las masas a la huelga política general; conquistar a las principales masas de la socialdemocracia, liquidar resueltamente los aspectos débiles del movimiento sindical. La principal consigna que el Partido Comunista alemán debe oponer a la de la dictadura fascista (el "Tercer Imperio"), así como a la consigna de la socialdemocracia (la "Segunda República") debe ser la República Obrera y Campesina, es decir la Alemania Socialista Soviética, asegurando de este modo la posibilidad de la incorporación voluntaria de los pueblos de Austria y de las demás regiones alemanas».
¡Trabajo de masas, lucha de masas, resistencia de masas, frente único y nada de aventuras! --tal es el principio y el fin de la táctica comunista.
Se ha encontrado entre mis papeles un llamamiento del C.E. de la Internacional Comunista. Entiendo que también este documento puede ser citado aquí. En este llamamiento hay dos puntos sumamente importantes. Se habla de manifestaciones en los distinto países con motivo de los acontecimientos de Alemania. Se habla de las tareas del Partido Comunista en la lucha contra el terror nacional-socialista, así como de la defensa de las organizaciones y de la prensa de la clase obrera. En este llamamiento se dice, entre otras cosas:
«El principal obstáculo en el camino de la formación del frente único de lucha de los obreros comunistas y socialdemócratas ha sido y sigue siendo la política de colaboración con la burguesía, llevada a cabo por los partidos socialdemócratas, que abandonan hoy al proletariado internacional bajo los golpes del enemigo de clase. Esta política de colaboración con la burguesía, conocida con el nombre de política del "mal menor", ha conducido en la práctica, en Alemania, al triunfo de la reacción fascista.
La Internacional Comunista y los Partidos Comunistas de todos los países han declarado reiteradamente que están dispuestos a ir a la lucha conjunta con los obreros socialdemócratas, contra la ofensiva del capital, contra la reacción política y la amenaza de guerra. Los Partidos Comunistas han sido los organizadores de la lucha conjunta de los obreros comunistas, socialdemócratas y sin partido, a despecho de los jefes socialdemócratas, saboteadores sistemáticos del frente único de las masas obreras. Ya el 20 de junio del año último después de la derrota del gobierno socialdemócrata prusiano por von Papen, el Partido Comunista de Alemania se dirigió al Partido socialdemócrata de Alemania y a su Central Sindical Alemana con la proposición de organizar la huelga conjunta contra el fascismo. Pero el Partido socialdemócrata y la Central Sindical Alemana, con la aquiescencia de toda la Segunda Internacional, calificaron de provocación esta proposición de huelga conjunta. El Partido Comunista de Alemania formuló, de nuevo, al subir Hitler al poder, la proposición de organizar conjuntamente la resistencia contra el fascismo, pero también esta vez obtuvo la negativa del Comité Central del Partido Socialdemócrata y de la directiva de la Central Sindical Alemana. Mas aun cuando, en noviembre del año pasado, los obreros del transporte de Berlín declararon unánimemente la huelga contra la rebaja de los salarios, la socialdemocracia saboteó el frente único de lucha. La práctica del movimiento obrero internacional está llena de ejemplos semejantes.
En el llamamiento lanzado por el Buró de la Internacional Obrera Socialista el 19 de febrero del año actual, figura la declaración de que los partidos socialdemócratas afiliados a esa Internacional están dispuestos a establecer el frente único con los comunistas para luchar contra la reacción fascista en Alemania. Esta declaración se halla en completa pugna con todos los actos realizados hasta hoy por la Internacional Socialista y por los partidos socialdemócratas.
Toda la política y toda la actividad de la Internacional Socialista hasta ahora dan motivos a la Internacional Comunista y a los Partidos Comunistas para no creer en la sinceridad de la declaración del Buró de la Internacional Obrera Socialista, que lanza esta proposición en un momento en que en una serie de países, y sobre todo en Alemania, la misma masa obrera toma en sus manos la organización del frente único de lucha.
Sin embargo, frente al fascismo, que ataca a la clase obrera de Alemania, que desencadena todas las fuerzas de la reacción mundial, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista exhorta a todos los Partidos Comunistas a que hagan una tentativa más para establecer por mediación de los Partidos Socialdemócratas el frente único con las masas obreras socialdemócratas. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hace esta tentativa con la firme convicción de que el frente único de la clase obrera contra la burguesía rechazaría la ofensiva del capital y del fascismo y aceleraría extraordinariamente el fin inevitable de toda la explotación capitalista.
En arreglo con las condiciones peculiares de los distintos países y a diferencia de las tareas concretas de las luchas planteadas ante la clase obrera de cada uno de esos países, los acuerdos que se sellan entre los Partidos Comunistas y los Partidos Socialdemócratas para trazar las acciones contra la burguesía pueden realizarse con la máxima eficacia dentro del marco de cada país. Por eso, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista recomienda a los Partidos Comunistas que presenten a los Comités Centrales de los Partidos Socialdemócratas, que integran la Internacional Socialista, proposiciones congruentes, encaminadas a realizar acciones conjuntas contra el fascismo y contra la ofensiva del capital. Estas negociaciones deben tener como base las condiciones elementales de lucha conjunta contra la ofensiva del capital y del fascismo. Sin un programa concreto de acciones contra la burguesía, todo acuerdo entre los Partidos iría dirigido contra los intereses de la clase obrera...
El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hace estas proposiciones ante toda la clase obrera internacional y exhorta a todos los Partidos Comunistas y, en primer término, al Partido Comunista de Alemania, a que emprendan inmediatamente la organización de comités conjuntos de lucha, tanto con los obreros socialdemócratas, como con los de todas las demás tendencias, sin aguardar a los resultados de las negociaciones y de los acuerdos con la socialdemocracia sobre la lucha común.
Con sus largos años de lucha, los comunistas han demostrado que se encuentran y se encontrarán siempre, no de palabra, sino de hecho, en las primeras filas de lucha por el frente único de las acciones de clase contra la burguesía.
El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista está firmemente convencido de que los obreros socialdemócratas y sin partido, independientemente de la actitud que los líderes de la socialdemocracia mantengan respecto a la creación del frente único, allanarán todos los obstáculos y realizarán, conjuntamente con los comunistas, el frente único, no de palabra, sino de hecho.
Hoy precisamente, en que el fascismo alemán, con el fin de destruir el movimiento obrero en Alemania, ha organizado una provocación nunca vista (incendio del Reichstag, falsificación de documentos sobre la insurrección), todo obrero debe ver claro su deber de clase en la lucha contra la ofensiva del capital y contra la reacción fascista».
Este llamamiento no contiene ni una sola palabra sobre la lucha inmediata por el poder. Esta tarea no ha sido planteada ni por el Partido Comunista de Alemania, ni por la Internacional Comunista. Pero yo podría decir que el llamamiento de la Internacional Comunista prevé la posibilidad de la insurrección armada.
De esto el tribunal ha sacado la conclusión de que, puesto que el Partido Comunista se impone como objetivo la insurrección armada, ello quiere decir que ésta se estaba preparando y había de estallar inmediatamente. Pero esto es ilógico, erróneo, para no emplear un término más fuerte. Sí, el luchar por la dictadura del proletariado, es, naturalmente, la misión del Partido Comunista del mundo entero. Ese es nuestro principio, nuestro objetivo.
Pero éste es un programa concreto, para cuya realización hacen falta las fuerzas no solamente de la clase obrera, sino también de las demás capas de las masas trabajadoras.
Todo el mundo sabe que el Partido Comunista de Alemania era partidario de la revolución proletaria. Pero no es ésta la cuestión que hay que ventilar en este proceso. El problema está en saber si realmente se había señalado la insurrección con objeto de adueñarse del poder para el 27 de febrero, en relación con el incendio del Reichstag.
¿Cuál ha sido el resultado del sumario, señores jueces? La leyenda, según la cual
-El Dr. Sack: Muy bien, prosiga usted su propaganda comunista.
-Dimitrov. Semejante Partido, al dirigirse a los millones de proletarios, al adoptar sus decisiones sobre la táctica y sobre las tareas inmediatas, lo hace seriamente, con plena conciencia de su responsabilidad. Citaré, la resolución del XII Pleno del C.E. de la I.C. Puesto que en el proceso se ha hablado de estas resoluciones, tengo derecho a darles lectura.
De acuerdo con estas resoluciones, la tarea fundamental del Partido Comunista alemán era la siguiente:
«Movilizar a las grandes masas de trabajadores para la defensa de sus intereses más vitales, contra la feroz expoliación por el capital monopolista, contra el fascismo, contra los decretos-leyes, contra el nacionalismo y el chovinismo, luchando por el internacionalismo proletario y desarrollando las huelgas económicas y políticas y las manifestaciones, conduciendo a las masas a la huelga política general; conquistar a las principales masas de la socialdemocracia, liquidar resueltamente los aspectos débiles del movimiento sindical. La principal consigna que el Partido Comunista alemán debe oponer a la de la dictadura fascista (el "Tercer Imperio"), así como a la consigna de la socialdemocracia (la "Segunda República") debe ser la República Obrera y Campesina, es decir la Alemania Socialista Soviética, asegurando de este modo la posibilidad de la incorporación voluntaria de los pueblos de Austria y de las demás regiones alemanas».
¡Trabajo de masas, lucha de masas, resistencia de masas, frente único y nada de aventuras! --tal es el principio y el fin de la táctica comunista.
Se ha encontrado entre mis papeles un llamamiento del C.E. de la Internacional Comunista. Entiendo que también este documento puede ser citado aquí. En este llamamiento hay dos puntos sumamente importantes. Se habla de manifestaciones en los distinto países con motivo de los acontecimientos de Alemania. Se habla de las tareas del Partido Comunista en la lucha contra el terror nacional-socialista, así como de la defensa de las organizaciones y de la prensa de la clase obrera. En este llamamiento se dice, entre otras cosas:
«El principal obstáculo en el camino de la formación del frente único de lucha de los obreros comunistas y socialdemócratas ha sido y sigue siendo la política de colaboración con la burguesía, llevada a cabo por los partidos socialdemócratas, que abandonan hoy al proletariado internacional bajo los golpes del enemigo de clase. Esta política de colaboración con la burguesía, conocida con el nombre de política del "mal menor", ha conducido en la práctica, en Alemania, al triunfo de la reacción fascista.
La Internacional Comunista y los Partidos Comunistas de todos los países han declarado reiteradamente que están dispuestos a ir a la lucha conjunta con los obreros socialdemócratas, contra la ofensiva del capital, contra la reacción política y la amenaza de guerra. Los Partidos Comunistas han sido los organizadores de la lucha conjunta de los obreros comunistas, socialdemócratas y sin partido, a despecho de los jefes socialdemócratas, saboteadores sistemáticos del frente único de las masas obreras. Ya el 20 de junio del año último después de la derrota del gobierno socialdemócrata prusiano por von Papen, el Partido Comunista de Alemania se dirigió al Partido socialdemócrata de Alemania y a su Central Sindical Alemana con la proposición de organizar la huelga conjunta contra el fascismo. Pero el Partido socialdemócrata y la Central Sindical Alemana, con la aquiescencia de toda la Segunda Internacional, calificaron de provocación esta proposición de huelga conjunta. El Partido Comunista de Alemania formuló, de nuevo, al subir Hitler al poder, la proposición de organizar conjuntamente la resistencia contra el fascismo, pero también esta vez obtuvo la negativa del Comité Central del Partido Socialdemócrata y de la directiva de la Central Sindical Alemana. Mas aun cuando, en noviembre del año pasado, los obreros del transporte de Berlín declararon unánimemente la huelga contra la rebaja de los salarios, la socialdemocracia saboteó el frente único de lucha. La práctica del movimiento obrero internacional está llena de ejemplos semejantes.
En el llamamiento lanzado por el Buró de la Internacional Obrera Socialista el 19 de febrero del año actual, figura la declaración de que los partidos socialdemócratas afiliados a esa Internacional están dispuestos a establecer el frente único con los comunistas para luchar contra la reacción fascista en Alemania. Esta declaración se halla en completa pugna con todos los actos realizados hasta hoy por la Internacional Socialista y por los partidos socialdemócratas.
Toda la política y toda la actividad de la Internacional Socialista hasta ahora dan motivos a la Internacional Comunista y a los Partidos Comunistas para no creer en la sinceridad de la declaración del Buró de la Internacional Obrera Socialista, que lanza esta proposición en un momento en que en una serie de países, y sobre todo en Alemania, la misma masa obrera toma en sus manos la organización del frente único de lucha.
Sin embargo, frente al fascismo, que ataca a la clase obrera de Alemania, que desencadena todas las fuerzas de la reacción mundial, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista exhorta a todos los Partidos Comunistas a que hagan una tentativa más para establecer por mediación de los Partidos Socialdemócratas el frente único con las masas obreras socialdemócratas. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hace esta tentativa con la firme convicción de que el frente único de la clase obrera contra la burguesía rechazaría la ofensiva del capital y del fascismo y aceleraría extraordinariamente el fin inevitable de toda la explotación capitalista.
En arreglo con las condiciones peculiares de los distintos países y a diferencia de las tareas concretas de las luchas planteadas ante la clase obrera de cada uno de esos países, los acuerdos que se sellan entre los Partidos Comunistas y los Partidos Socialdemócratas para trazar las acciones contra la burguesía pueden realizarse con la máxima eficacia dentro del marco de cada país. Por eso, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista recomienda a los Partidos Comunistas que presenten a los Comités Centrales de los Partidos Socialdemócratas, que integran la Internacional Socialista, proposiciones congruentes, encaminadas a realizar acciones conjuntas contra el fascismo y contra la ofensiva del capital. Estas negociaciones deben tener como base las condiciones elementales de lucha conjunta contra la ofensiva del capital y del fascismo. Sin un programa concreto de acciones contra la burguesía, todo acuerdo entre los Partidos iría dirigido contra los intereses de la clase obrera...
El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hace estas proposiciones ante toda la clase obrera internacional y exhorta a todos los Partidos Comunistas y, en primer término, al Partido Comunista de Alemania, a que emprendan inmediatamente la organización de comités conjuntos de lucha, tanto con los obreros socialdemócratas, como con los de todas las demás tendencias, sin aguardar a los resultados de las negociaciones y de los acuerdos con la socialdemocracia sobre la lucha común.
Con sus largos años de lucha, los comunistas han demostrado que se encuentran y se encontrarán siempre, no de palabra, sino de hecho, en las primeras filas de lucha por el frente único de las acciones de clase contra la burguesía.
El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista está firmemente convencido de que los obreros socialdemócratas y sin partido, independientemente de la actitud que los líderes de la socialdemocracia mantengan respecto a la creación del frente único, allanarán todos los obstáculos y realizarán, conjuntamente con los comunistas, el frente único, no de palabra, sino de hecho.
Hoy precisamente, en que el fascismo alemán, con el fin de destruir el movimiento obrero en Alemania, ha organizado una provocación nunca vista (incendio del Reichstag, falsificación de documentos sobre la insurrección), todo obrero debe ver claro su deber de clase en la lucha contra la ofensiva del capital y contra la reacción fascista».
Este llamamiento no contiene ni una sola palabra sobre la lucha inmediata por el poder. Esta tarea no ha sido planteada ni por el Partido Comunista de Alemania, ni por la Internacional Comunista. Pero yo podría decir que el llamamiento de la Internacional Comunista prevé la posibilidad de la insurrección armada.
De esto el tribunal ha sacado la conclusión de que, puesto que el Partido Comunista se impone como objetivo la insurrección armada, ello quiere decir que ésta se estaba preparando y había de estallar inmediatamente. Pero esto es ilógico, erróneo, para no emplear un término más fuerte. Sí, el luchar por la dictadura del proletariado, es, naturalmente, la misión del Partido Comunista del mundo entero. Ese es nuestro principio, nuestro objetivo.
Pero éste es un programa concreto, para cuya realización hacen falta las fuerzas no solamente de la clase obrera, sino también de las demás capas de las masas trabajadoras.
Todo el mundo sabe que el Partido Comunista de Alemania era partidario de la revolución proletaria. Pero no es ésta la cuestión que hay que ventilar en este proceso. El problema está en saber si realmente se había señalado la insurrección con objeto de adueñarse del poder para el 27 de febrero, en relación con el incendio del Reichstag.
¿Cuál ha sido el resultado del sumario, señores jueces? La leyenda, según la cual
el
incendio del Reichstag fue obra de los comunistas, se ha desmoronado.
Yo no citaré aquí las declaraciones de los testigos,
como han hecho los otros defensores. Pero para toda persona que esté
en su sano juicio esta cuestión puede considerarse
completamente dilucidada. El incendio del Reichstag no está
vinculado en absoluto con la actuación del Partido Comunista,
no ya con la insurrección, sino ni siquiera con las
manifestaciones, no con la huelga, no con otras acciones de la misma
naturaleza. Esto lo demuestra palmariamente el sumario. El incendio
del Reichstag -no me refiero a las afirmaciones de delincuentes o
anormales- no ha sido interpretado por nadie como una señal
para la insurrección. Nadie se percibió de acto alguno,
ni de tentativa alguna para la insurrección, a raíz del
incendio del Reichstag. Todas las leyendas difundidas en este sentido
nacieron ya con posterioridad a aquel entonces. Los obreros se
encontraban a la defensiva ante el avance del fascismo. El Partido
Comunista de Alemania trataba de organizar la resistencia de las
masas, su defensa. Y se ha demostrado que el incendio del Reichstag
fue el pretexto, el preludio, para una amplia cruzada de aniquilación
de la clase obrera y su vanguardia, el Partido Comunista de
Alemania.
Se ha demostrado irrefutablemente que los representantes responsables del gobierno ni siquiera pensaron, el 27-28 de febrero, en la posibilidad de que sobreviniese una insurrección comunista. En relación con esto, he formulado muchas preguntas a los testigos citados aquí en el proceso. He interrogado, principalmente a Seller, al célebre Karwahne (hilaridad en la sala), a Frey, al conde de Helldorf, a los funcionarios de la policía. No obstante las distintas versiones, todos han coincidido en que no habían oído nada sobre la inminente insurrección comunista. Esto quiere decir que en los círculos del gobierno no se había tomado absolutamente ninguna medida.
-El Presidente: Sin embargo, se ha presentado al tribunal una comunicación del jefe del Departamento de policía del Oeste sobre este asunto.
-Dimitrov: El jefe del Departamento de policía del Oeste expone en su comunicación que Göring le llamó y le dió instrucciones verbales sobre la lucha contra el Partido Comunista, es decir, sobre la lucha contra los mitines, huelgas, manifestaciones, campañas electorales comunistas... etc. Pero esa comunicación no habla de que se adoptasen medidas contra una insurrección comunista inminente.
También el abogado Seuffert habló ayer aquí de esto. Y sacaba la conclusión de que en los círculos del gobierno en aquel momento nadie esperaba la insurrección. Seuffert se refería a Göbbels, al indicar que éste, en un principio, no había dado crédito a la noticia del incendio del Reichstag. No nos incumbe saber si fue así o no.
En este sentido, también constituye una prueba el decreto-ley del gobierno alemán, dictado el 28 de febrero de 1933. Este decreto fue promulgado inmediatamente después del incendio. Lean este decreto. ¿Qué dice? Dice que quedan derogados tales y cuales artículos de la Constitución, o sea los artículos concernientes a la libertad de asociación y de prensa, a la inviolabilidad de las personas, de los domicilios... etc. En esto consiste el fondo del citado decreto-ley, de su segundo artículo. La cruzada contra la clase obrera.
-El Presidente: No contra la clase obrera, sino contra los comunistas...
-Dimitrov: He de decir que mediante este decreto-ley han sido detenidos no sólo comunistas, sino también obreros socialdemócratas y cristianos y disueltas sus organizaciones. Quisiera subrayar que este decreto-ley no iba dirigido solamente contra el Partido Comunista de Alemania, aunque fuese sobre todo contra él, sino también contra los demás partidos y grupos de oposición. Este decreto era necesario para implantar el estado de urgencia y estaba relacionado directa y orgánicamente con el incendio del Reichstag.
-El Presidente: Si ataca al gobierno alemán, le retiraré la palabra.
-Dimitrov: En este proceso, hay una cuestión que no ha sido ventilada en absoluto.
-El Presidente: Usted debe dirigirse a los jueces y no al público, de otro modo su discurso será considerado como propaganda.
-Dimitrov: Una cuestión ha quedado sin dilucidar por la acusación y por los defensores. No me extraña que lo hayan considerado innecesario. Temen mucho a esta cuestión. Es la cuestión de la situación política de Alemania en febrero. Debo detenerme un poco sobre esto.
A fines de febrero, la situación política era tal que en el campo del frente nacional se estaba desarrollando una lucha...
-El Presidente: Entra usted de nuevo en un asunto que más de una vez le he prohibido tratar.
-Dimitrov: Quisiera recordar mi petición al juez de que fuesen citados una serie de testigos: Schleicher, Brüning, Papen, Hugenberg, el antiguo vicepresidente de los cascos de acero, Düsterberg y otros.
-El Presidente: Pero el tribunal denegó la citación de estos testigos. Por lo tanto, no debe usted insistir en esto.
-Dimitrov: Ya lo sé, y sé también por qué.
-El Presidente: Me es molesto tener que interrumpirle constantemente en sus palabras finales, pero debe usted atenerse a mis indicaciones.
-Dimitrov: Esta lucha intestina dentro del campo nacionalista se desarrollaba como consecuencia de la lucha librada entre bastidores en los círculos financieros. Por una parte, los círculos de Thyssen y Krupp (industria de guerra), que durante muchos años habían subvencionado el movimiento nacional-socialista, y, por otra, sus competidores, que debían ser desplazados a segundo plano.
Thyssen y Krupp querían implantar en el país el principio del poder personal y el régimen absoluto bajo su dirección práctica, el principio de la franca reducción del nivel de vida de la clase obrera, para lo cual había que aplastar al proletariado revolucionario. En aquel período, el Partido Comunista tendía a crear el frente único, con objeto de unificar las fuerzas para la defensa contra las tentativas de los nacional-socialistas de destruir el movimiento obrero. Una parte de los obreros socialdemócratas sentía la necesidad del frente único de la clase obrera. La comprendía. Muchos millares de obreros socialdemócratas se habían pasado a las filas del PC de Alemania. Pero, en febrero y marzo, la tarea del establecimiento del frente único no significaba en absoluto la insurrección, ni su preparación; sólo significaba la movilización de la clase obrera contra la cruzada de expoliación de los capitalistas y contra la violencia de los nacional-socialistas.
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Usted ha dicho siempre que sólo se interesaba por la situación de Bulgaria; pero sus manifestaciones de ahora demuestran que ha seguido también con gran interés los asuntos políticos de Alemania.
-Dimitrov: ¡Señor Presidente! Me lanza usted un reproche. Le puedo objetar del modo siguiente: como revolucionario búlgaro, me intereso por el movimiento revolucionario de todos los países; me intereso, por ejemplo, por los problemas políticos de la América del Sur y los conozco tal vez no peor que las cuestiones de Alemania, aunque jamás haya estado en América. Diré de paso que ello no significa que, si en la América del Sur llegara a arder algún Parlamento, yo hubiese de ser el culpable.
Durante el sumario de este proceso, he conocido muchos detalles. En la situación política de aquel período había dos factores fundamentales: primero, la tendencia de los nacional-socialistas de lograr la dominación exclusiva; el segundo factor, contrapeso del primero, era la actuación del Partido Comunista, encaminada a la creación del frente único de los obreros. A mi juicio, esto se ha revelado también durante el sumario de este proceso.
Los nacional-socialistas necesitaban una maniobra para distraer la atención de las dificultades existentes en el campo nacional y malograr el frente único de los obreros. El "gobierno nacional" necesitaba un motivo conmocional para lanzar su decreto-ley del 28 de febrero, derogando la libertad de prensa y de inviolabilidad de las personas e instaurando el sistema de represiones policíacas, de campos de concentración y demás medidas de lucha contra los comunistas.
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Ha llegado usted al límite máximo, hace usted alusiones.
-Dimitrov: Solamente quiero examinar la situación política de Alemania en vísperas del incendio del Reichstag, tal como yo la entiendo.
-El Presidente: No es éste el lugar para hacer alusiones con respecto al gobierno y para afirmaciones que hace mucho han sido refutadas.
-Dimitrov: La clase obrera tenía que defenderse con todas sus fuerzas y, para este objeto, el Partido Comunista trataba de organizar el frente único, pese a la resistencia de Wels y Breitscheid, que ahora en el extranjero dejan oír sus aullidos histéricos.
-El Presidente: Si quiere, debe usted entrar en su defensa; de lo contrario, no le quedará tiempo suficiente para ello.
-Dimitrov: Ya he declarado antes que en un punto estoy de acuerdo con el acta de acusación. Y ahora voy a confirmar este acuerdo. Se trata de la cuestión de si van der Lubbe ha cometido el incendio él solo, o tuvo cómplices. El representante de la acusación, Parisius, ha declarado aquí que del modo cómo se resolviese la cuestión de si Van der Lubbe tuvo o no cómplices, dependía la suerte de los acusados. Y a esto, yo contesto: ¡No, mil veces no! La conclusión del Fiscal no es lógica. Yo entiendo, efectivamente, que Van der Lubbe no ha incendiado él solo el Reichstag. Sobre la base de los informes periciales y de los datos del sumario, llego a la conclusión de que el incendio producido en la sala de sesiones del Reichstag era de distinta clase que el del restaurante del piso bajo... etc... etc. La sala de sesiones fue incendiada por otra gente y con otros medios.
Se ha demostrado irrefutablemente que los representantes responsables del gobierno ni siquiera pensaron, el 27-28 de febrero, en la posibilidad de que sobreviniese una insurrección comunista. En relación con esto, he formulado muchas preguntas a los testigos citados aquí en el proceso. He interrogado, principalmente a Seller, al célebre Karwahne (hilaridad en la sala), a Frey, al conde de Helldorf, a los funcionarios de la policía. No obstante las distintas versiones, todos han coincidido en que no habían oído nada sobre la inminente insurrección comunista. Esto quiere decir que en los círculos del gobierno no se había tomado absolutamente ninguna medida.
-El Presidente: Sin embargo, se ha presentado al tribunal una comunicación del jefe del Departamento de policía del Oeste sobre este asunto.
-Dimitrov: El jefe del Departamento de policía del Oeste expone en su comunicación que Göring le llamó y le dió instrucciones verbales sobre la lucha contra el Partido Comunista, es decir, sobre la lucha contra los mitines, huelgas, manifestaciones, campañas electorales comunistas... etc. Pero esa comunicación no habla de que se adoptasen medidas contra una insurrección comunista inminente.
También el abogado Seuffert habló ayer aquí de esto. Y sacaba la conclusión de que en los círculos del gobierno en aquel momento nadie esperaba la insurrección. Seuffert se refería a Göbbels, al indicar que éste, en un principio, no había dado crédito a la noticia del incendio del Reichstag. No nos incumbe saber si fue así o no.
En este sentido, también constituye una prueba el decreto-ley del gobierno alemán, dictado el 28 de febrero de 1933. Este decreto fue promulgado inmediatamente después del incendio. Lean este decreto. ¿Qué dice? Dice que quedan derogados tales y cuales artículos de la Constitución, o sea los artículos concernientes a la libertad de asociación y de prensa, a la inviolabilidad de las personas, de los domicilios... etc. En esto consiste el fondo del citado decreto-ley, de su segundo artículo. La cruzada contra la clase obrera.
-El Presidente: No contra la clase obrera, sino contra los comunistas...
-Dimitrov: He de decir que mediante este decreto-ley han sido detenidos no sólo comunistas, sino también obreros socialdemócratas y cristianos y disueltas sus organizaciones. Quisiera subrayar que este decreto-ley no iba dirigido solamente contra el Partido Comunista de Alemania, aunque fuese sobre todo contra él, sino también contra los demás partidos y grupos de oposición. Este decreto era necesario para implantar el estado de urgencia y estaba relacionado directa y orgánicamente con el incendio del Reichstag.
-El Presidente: Si ataca al gobierno alemán, le retiraré la palabra.
-Dimitrov: En este proceso, hay una cuestión que no ha sido ventilada en absoluto.
-El Presidente: Usted debe dirigirse a los jueces y no al público, de otro modo su discurso será considerado como propaganda.
-Dimitrov: Una cuestión ha quedado sin dilucidar por la acusación y por los defensores. No me extraña que lo hayan considerado innecesario. Temen mucho a esta cuestión. Es la cuestión de la situación política de Alemania en febrero. Debo detenerme un poco sobre esto.
A fines de febrero, la situación política era tal que en el campo del frente nacional se estaba desarrollando una lucha...
-El Presidente: Entra usted de nuevo en un asunto que más de una vez le he prohibido tratar.
-Dimitrov: Quisiera recordar mi petición al juez de que fuesen citados una serie de testigos: Schleicher, Brüning, Papen, Hugenberg, el antiguo vicepresidente de los cascos de acero, Düsterberg y otros.
-El Presidente: Pero el tribunal denegó la citación de estos testigos. Por lo tanto, no debe usted insistir en esto.
-Dimitrov: Ya lo sé, y sé también por qué.
-El Presidente: Me es molesto tener que interrumpirle constantemente en sus palabras finales, pero debe usted atenerse a mis indicaciones.
-Dimitrov: Esta lucha intestina dentro del campo nacionalista se desarrollaba como consecuencia de la lucha librada entre bastidores en los círculos financieros. Por una parte, los círculos de Thyssen y Krupp (industria de guerra), que durante muchos años habían subvencionado el movimiento nacional-socialista, y, por otra, sus competidores, que debían ser desplazados a segundo plano.
Thyssen y Krupp querían implantar en el país el principio del poder personal y el régimen absoluto bajo su dirección práctica, el principio de la franca reducción del nivel de vida de la clase obrera, para lo cual había que aplastar al proletariado revolucionario. En aquel período, el Partido Comunista tendía a crear el frente único, con objeto de unificar las fuerzas para la defensa contra las tentativas de los nacional-socialistas de destruir el movimiento obrero. Una parte de los obreros socialdemócratas sentía la necesidad del frente único de la clase obrera. La comprendía. Muchos millares de obreros socialdemócratas se habían pasado a las filas del PC de Alemania. Pero, en febrero y marzo, la tarea del establecimiento del frente único no significaba en absoluto la insurrección, ni su preparación; sólo significaba la movilización de la clase obrera contra la cruzada de expoliación de los capitalistas y contra la violencia de los nacional-socialistas.
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Usted ha dicho siempre que sólo se interesaba por la situación de Bulgaria; pero sus manifestaciones de ahora demuestran que ha seguido también con gran interés los asuntos políticos de Alemania.
-Dimitrov: ¡Señor Presidente! Me lanza usted un reproche. Le puedo objetar del modo siguiente: como revolucionario búlgaro, me intereso por el movimiento revolucionario de todos los países; me intereso, por ejemplo, por los problemas políticos de la América del Sur y los conozco tal vez no peor que las cuestiones de Alemania, aunque jamás haya estado en América. Diré de paso que ello no significa que, si en la América del Sur llegara a arder algún Parlamento, yo hubiese de ser el culpable.
Durante el sumario de este proceso, he conocido muchos detalles. En la situación política de aquel período había dos factores fundamentales: primero, la tendencia de los nacional-socialistas de lograr la dominación exclusiva; el segundo factor, contrapeso del primero, era la actuación del Partido Comunista, encaminada a la creación del frente único de los obreros. A mi juicio, esto se ha revelado también durante el sumario de este proceso.
Los nacional-socialistas necesitaban una maniobra para distraer la atención de las dificultades existentes en el campo nacional y malograr el frente único de los obreros. El "gobierno nacional" necesitaba un motivo conmocional para lanzar su decreto-ley del 28 de febrero, derogando la libertad de prensa y de inviolabilidad de las personas e instaurando el sistema de represiones policíacas, de campos de concentración y demás medidas de lucha contra los comunistas.
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Ha llegado usted al límite máximo, hace usted alusiones.
-Dimitrov: Solamente quiero examinar la situación política de Alemania en vísperas del incendio del Reichstag, tal como yo la entiendo.
-El Presidente: No es éste el lugar para hacer alusiones con respecto al gobierno y para afirmaciones que hace mucho han sido refutadas.
-Dimitrov: La clase obrera tenía que defenderse con todas sus fuerzas y, para este objeto, el Partido Comunista trataba de organizar el frente único, pese a la resistencia de Wels y Breitscheid, que ahora en el extranjero dejan oír sus aullidos histéricos.
-El Presidente: Si quiere, debe usted entrar en su defensa; de lo contrario, no le quedará tiempo suficiente para ello.
-Dimitrov: Ya he declarado antes que en un punto estoy de acuerdo con el acta de acusación. Y ahora voy a confirmar este acuerdo. Se trata de la cuestión de si van der Lubbe ha cometido el incendio él solo, o tuvo cómplices. El representante de la acusación, Parisius, ha declarado aquí que del modo cómo se resolviese la cuestión de si Van der Lubbe tuvo o no cómplices, dependía la suerte de los acusados. Y a esto, yo contesto: ¡No, mil veces no! La conclusión del Fiscal no es lógica. Yo entiendo, efectivamente, que Van der Lubbe no ha incendiado él solo el Reichstag. Sobre la base de los informes periciales y de los datos del sumario, llego a la conclusión de que el incendio producido en la sala de sesiones del Reichstag era de distinta clase que el del restaurante del piso bajo... etc... etc. La sala de sesiones fue incendiada por otra gente y con otros medios.
El
incendio de Lubbe y el incendio producido en la sala de sesiones sólo
coinciden en el tiempo; en lo demás, se diferencian
radicalmente. Lo más probable es que Lubbe haya sido un
instrumento inconsciente en manos de esos hombres, instrumento, del
que éstos abusaron. Van der Lubbe no dice aquí todo lo
que sabe. Sigue obstinado en su silencio. El modo cómo se
resuelve esta cuestión no decide la suerte de los acusados.
Van der Lubbe no estaba solo, pero ni Torgler, ni Popov, ni Tanev, ni
Dimitrov estaban con él.
El 26 de febrero, Van der Lubbe encontraría en Hennigsdorf, con seguridad, a una persona, a la que confió sus propósitos de incendiar el Ayuntamiento y el Palacio. Esta persona le sugirió que semejantes incendios sólo eran "juegos de chicos", que la verdadera hazaña sería incendiar el Reichstag durante las elecciones. Y así, de una alianza misteriosa entre la locura política y la provocación política, nació el incendio del Reichstag. El aliado que representaba a la locura política se siente en banquillo de los acusados. Los aliados que representan la provocación política siguen en libertad. El estúpido de Van der Lubbe no podía saber, entonces, que mientras él se entretení,a con sus torpes tentativas de incendiar el restaurante, el pasillo y el primer piso, en ese mismo instante, gente desconocida, empleando el combustible líquido, de que nos habló el Dr. Schatz, incendiaba la sala de sesiones. (Van del Lubbe rompe a reír. Una risa contenida sacude todo su cuerpo. La atención de toda la sala, de los jueces y de los acusados se concentra en este momento en Van der Lubbe).
-Dimitrov: (señalando a Van der Lubbe) El provocador desconocido se preocupó de todos los preparativos del incendio. Este Mefistófeles supo desaparecer sin dejar rastro. Y aquí sólo tenemos al "instrumento" estúpido, al pobre Fausto, pero Mefistófeles ha desaparecido... Lo más probable es que fuera a Hennigsdorf, donde se tendiera el puente entre Lubbe y los representantes de la provocación política, agentes de los enemigos de la clase obrera.
El Fiscal general Werner ha dicho aquí que Van der Lubbe es comunista; ha dicho también que, aunque no fuera comunista, ha realizado su obra en interés del Partido Comunista, o está en relaciones con éste. Es una afirmación falsa.
¿Quién es Van der Lubbe? ¿Comunista? ¡De ningún modo! ¿Anarquista? ¡No! Es un obrero desclasado, un lumpenproletario rebelde, un ser, del que se ha abusado, al que se ha aprovechado contra la clase obrera. ¡Pero Lubbe no es comunista! ¡No es anarquista! No hay en el mundo un solo comunista, un solo anarquista, capaces de seguir en el proceso una conducta como la que ha seguido hasta aquí Van der Lubbe. Los verdaderos anarquistas pueden cometer actos insensatos, pero ante los tribunales responden ellos y explican sus objetivos. Si un comunista hubiera podido realizar un acto semejante, no guardaría silencio en el proceso, cuando en el banquillo de los acusados se sientan hombres inocentes. No. Van der Lubbe no es comunista, ni es anarquista; es un instrumentodel que ha abusado el fascismo.
Ni el presidente de la fracción comunista del Reichstag, ni los comunistas búlgaros pueden tener nada de común con este hombre, con este instrumento del que se ha abusado, al que se ha aprovechado para dañar al comunismo.
Debo recordar aquí que, el 28 de febrero por la mañana, Göring publicó un comunicado sobre el incendio, diciendo que Torgler y Koenen habían huído del edificio del Reichstag a las diez de la noche. Esta noticia fue difundida por todo el país. En el comunicado se decía que el incendio había sido realizado por comunistas. Al mismo tiempo, no se seguía la pista de Van der Lubbe en Hennigsdorf. El individuo que se reunió con Van der Lubbe y pasó la noche en el asilo de policía de Hennigsdorf no fue encontrado...
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) ¿Cuándo piensa usted terminar con su discurso?
-Dimitrov: Me propongo hablar una media hora más. Tengo que exponer mi opinión sobre este punto...
-El Presidente: Pero no puede usted hablar indefinidamente.
-Dimitrov: Durante los tres meses que duró el proceso, usted, señor presidente, me obligó infinidad de veces a guardar silencio, con la promesa de que a la terminación del mismo podría hablar extensamente en mi defensa. Ese momento ha llegado, pero pese a su promesa, restringe usted de nuevo mi derecho a hablar. La cuestión Hennigsdorf es de una importancia extraordinaria. Waschinski, el individuo que pasó la noche con Van der Lubbe, no ha sido encontrado. Mi petición de que se le buscase ha sido calificada de innecesaria. La afirmación de que Lubbe se había reunido en Hennigsdorf con comunistas es una mentira fraguada por un testigo nacional-socialista, el barbero Grawe. Si Van der Lubbe se hubiera reunido en Hennigsdorf con comunistas, hace mucho tiempo que este punto se habría investigado, señor Presidente. ¡Nadie se ha molestado en buscar a Waschinski!
La persona, que vestía de paisano y se presentó en la comisaría de Brandenburgo con la primera noticia sobre el incendio del Reichstag, no ha sido buscada y sigue hasta hoy sin identificar. La instrucción del sumario estaba orientada en un sentido falso. El diputado nacional-socialista doctor Albrecht, que abandonó el Reichstag inmediatamente después del incendio, no ha sido interrogado. Se ha buscado en las filas del Partido Comunista, y eso es un error. Eso ha dado la posibilidad de desaparecer a los verdaderos incendiarios. Ya se ha dicho: puesto que no hemos apresado, ni nos atrevemos a apresar, a los verdaderos culpables del incendio, hay que apresar a otros, a los "incendiarios suplentes", por decirlo así.
-El Presidente: Le prohíbo expresarse de esta forma. Sólo le concedo diez minutos más.
-Dimitrov: Tengo derecho a formular y motivar propuestas sobre el fallo. En su discurso, el Fiscal general ha estimado que las declaraciones de los comunistas no merecen crédito. Yo no adopto una posición semejante. Yo no puedo afirmar, por ejemplo, que todos los testigos nacional-socialistas sean unos embusteros. Creo que entre los millones de nacional-socialistas hay también gente honrada.
-El Presidente: Le prohíbo semejantes ataques violentos.
-Dimitrov: Pero, ¿acaso no es significativo que los testigos principales sean todos diputados nacional-socialistas y partidarios del nacional-socialismo? El diputado nacional-socialista Karwahne ha dicho que había visto a Torgler con Van der Lubbe en el edificio del Reichstag. El diputado nacional-socialista Frey ha declarado que había visto a Popov con Torgler en el edificio del Reichstag. El camarero nacional-socialista Hellmer ha afirmado que había visto a Van der Lubbe con Dimitrov. El periodista nacional-socialista Weberstedt dijo que había visto a Tanev con Lubbe. ¿Qué es esto? ¿Una casualidad? El doctor Dröscher, que se ha presentado aquí, como testigo y que es al mismo tiempo redactor del «Völkischer Beobachter», donde firma con el nombre de Zimmermann...
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Eso no ha sido probado.
-Dimitrov:... Ha afirmado que Dimitrov fue el organizador del atentado en la catedral de Sofía, lo cual ha sido desmentido, y que me había visto, al parecer, con Torgler en el Reichstag. Declaro con una certeza absoluta que Dröscher y Zimmermann son la misma persona...
-El Presidente: Lo rechazo; eso no ha sido probado.
-Dimitrov: El funcionario de policía von Seller citó aquí una poesía comunista de un libro publicado en 1925, para demostrar que en 1933 los comunistas incendiaron el Reichstag. Yo me permitiré también citar un verso del más grande poeta de Alemania, Göthe:
¡Abre los ojos a tiempo!
¡La gran rueda de la dicha
raras veces se detiene;
o te impones o te arrollan;
hay que ganar y mandar,
o someterse y perder,
o resignarse o triunfar,
o ser yunque o ser martillo!
Sí, el que no quiere ser yunque, tiene que ser martillo.
La clase obrera alemana, en su conjunto, no comprendió esta verdad, ni en 1918, ni en 1923, ni el 20 de julio de 1932, ni en enero de 1933. Los culpables de esto son los líderes socialdemócratas, los Wels, los Severing, los Brauns, los Leipart, los Grassmann. Claro está que ahora los obreros alemanes ya podrán comprenderlo y lo comprenderán.
Aquí se ha hablado mucho del derecho y de las leyes alemanas y yo quisiera exponer mi opinión a este respecto. Es indudable que en los fallos de la justicia están siempre latentes las combinaciones políticas del momento y las tendencias políticas dominantes.
El Ministro de Justicia, Kerl, que es un testigo competente para este Tribunal, dice lo siguiente:
«El prejuicio del derecho formalmente liberal consiste en afirmar que el culto de la justicia debe ser la objetividad. Ahora hemos descubierto también la fuente del divorcio entre el pueblo y la justicia, y de este divorcio, en resumidas cuentas, es siempre culpable la justicia. ¿Qué es la objetividad? En los momentos, en que los pueblos luchan por su existencia, ¿acaso conoce la objetividad el soldado que pelea en la guerra, la conoce acaso un beligerante? Los soldados y los ejércitos saben una sola cosa, tienen un solo pensamiento, conocen una sola preocupación. ¿Cómo salvar la libertad y el honor? ¿Cómo salvar a la nación?
Es evidente, pues, que la justicia de un pueblo, que lucha a vida a muerte, no puede prosternarse ante una objetividad muerta. Las medidas del tribunal, de la acusación y de la defensa deben estar inspiradas exclusivamente en una sola consideración: ¿qué es lo que implica esto para la vida de la nación? ¿Qué es lo que salvará al pueblo?
Pero, la objetividad invertebrada, que significa estancamiento y, por tanto, fosilidad, divorcio con el pueblo, no. ¡Todos los actos, todas la medidas de la colectividad, en conjunto, y de cada persona, por separado, deben
El 26 de febrero, Van der Lubbe encontraría en Hennigsdorf, con seguridad, a una persona, a la que confió sus propósitos de incendiar el Ayuntamiento y el Palacio. Esta persona le sugirió que semejantes incendios sólo eran "juegos de chicos", que la verdadera hazaña sería incendiar el Reichstag durante las elecciones. Y así, de una alianza misteriosa entre la locura política y la provocación política, nació el incendio del Reichstag. El aliado que representaba a la locura política se siente en banquillo de los acusados. Los aliados que representan la provocación política siguen en libertad. El estúpido de Van der Lubbe no podía saber, entonces, que mientras él se entretení,a con sus torpes tentativas de incendiar el restaurante, el pasillo y el primer piso, en ese mismo instante, gente desconocida, empleando el combustible líquido, de que nos habló el Dr. Schatz, incendiaba la sala de sesiones. (Van del Lubbe rompe a reír. Una risa contenida sacude todo su cuerpo. La atención de toda la sala, de los jueces y de los acusados se concentra en este momento en Van der Lubbe).
-Dimitrov: (señalando a Van der Lubbe) El provocador desconocido se preocupó de todos los preparativos del incendio. Este Mefistófeles supo desaparecer sin dejar rastro. Y aquí sólo tenemos al "instrumento" estúpido, al pobre Fausto, pero Mefistófeles ha desaparecido... Lo más probable es que fuera a Hennigsdorf, donde se tendiera el puente entre Lubbe y los representantes de la provocación política, agentes de los enemigos de la clase obrera.
El Fiscal general Werner ha dicho aquí que Van der Lubbe es comunista; ha dicho también que, aunque no fuera comunista, ha realizado su obra en interés del Partido Comunista, o está en relaciones con éste. Es una afirmación falsa.
¿Quién es Van der Lubbe? ¿Comunista? ¡De ningún modo! ¿Anarquista? ¡No! Es un obrero desclasado, un lumpenproletario rebelde, un ser, del que se ha abusado, al que se ha aprovechado contra la clase obrera. ¡Pero Lubbe no es comunista! ¡No es anarquista! No hay en el mundo un solo comunista, un solo anarquista, capaces de seguir en el proceso una conducta como la que ha seguido hasta aquí Van der Lubbe. Los verdaderos anarquistas pueden cometer actos insensatos, pero ante los tribunales responden ellos y explican sus objetivos. Si un comunista hubiera podido realizar un acto semejante, no guardaría silencio en el proceso, cuando en el banquillo de los acusados se sientan hombres inocentes. No. Van der Lubbe no es comunista, ni es anarquista; es un instrumentodel que ha abusado el fascismo.
Ni el presidente de la fracción comunista del Reichstag, ni los comunistas búlgaros pueden tener nada de común con este hombre, con este instrumento del que se ha abusado, al que se ha aprovechado para dañar al comunismo.
Debo recordar aquí que, el 28 de febrero por la mañana, Göring publicó un comunicado sobre el incendio, diciendo que Torgler y Koenen habían huído del edificio del Reichstag a las diez de la noche. Esta noticia fue difundida por todo el país. En el comunicado se decía que el incendio había sido realizado por comunistas. Al mismo tiempo, no se seguía la pista de Van der Lubbe en Hennigsdorf. El individuo que se reunió con Van der Lubbe y pasó la noche en el asilo de policía de Hennigsdorf no fue encontrado...
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) ¿Cuándo piensa usted terminar con su discurso?
-Dimitrov: Me propongo hablar una media hora más. Tengo que exponer mi opinión sobre este punto...
-El Presidente: Pero no puede usted hablar indefinidamente.
-Dimitrov: Durante los tres meses que duró el proceso, usted, señor presidente, me obligó infinidad de veces a guardar silencio, con la promesa de que a la terminación del mismo podría hablar extensamente en mi defensa. Ese momento ha llegado, pero pese a su promesa, restringe usted de nuevo mi derecho a hablar. La cuestión Hennigsdorf es de una importancia extraordinaria. Waschinski, el individuo que pasó la noche con Van der Lubbe, no ha sido encontrado. Mi petición de que se le buscase ha sido calificada de innecesaria. La afirmación de que Lubbe se había reunido en Hennigsdorf con comunistas es una mentira fraguada por un testigo nacional-socialista, el barbero Grawe. Si Van der Lubbe se hubiera reunido en Hennigsdorf con comunistas, hace mucho tiempo que este punto se habría investigado, señor Presidente. ¡Nadie se ha molestado en buscar a Waschinski!
La persona, que vestía de paisano y se presentó en la comisaría de Brandenburgo con la primera noticia sobre el incendio del Reichstag, no ha sido buscada y sigue hasta hoy sin identificar. La instrucción del sumario estaba orientada en un sentido falso. El diputado nacional-socialista doctor Albrecht, que abandonó el Reichstag inmediatamente después del incendio, no ha sido interrogado. Se ha buscado en las filas del Partido Comunista, y eso es un error. Eso ha dado la posibilidad de desaparecer a los verdaderos incendiarios. Ya se ha dicho: puesto que no hemos apresado, ni nos atrevemos a apresar, a los verdaderos culpables del incendio, hay que apresar a otros, a los "incendiarios suplentes", por decirlo así.
-El Presidente: Le prohíbo expresarse de esta forma. Sólo le concedo diez minutos más.
-Dimitrov: Tengo derecho a formular y motivar propuestas sobre el fallo. En su discurso, el Fiscal general ha estimado que las declaraciones de los comunistas no merecen crédito. Yo no adopto una posición semejante. Yo no puedo afirmar, por ejemplo, que todos los testigos nacional-socialistas sean unos embusteros. Creo que entre los millones de nacional-socialistas hay también gente honrada.
-El Presidente: Le prohíbo semejantes ataques violentos.
-Dimitrov: Pero, ¿acaso no es significativo que los testigos principales sean todos diputados nacional-socialistas y partidarios del nacional-socialismo? El diputado nacional-socialista Karwahne ha dicho que había visto a Torgler con Van der Lubbe en el edificio del Reichstag. El diputado nacional-socialista Frey ha declarado que había visto a Popov con Torgler en el edificio del Reichstag. El camarero nacional-socialista Hellmer ha afirmado que había visto a Van der Lubbe con Dimitrov. El periodista nacional-socialista Weberstedt dijo que había visto a Tanev con Lubbe. ¿Qué es esto? ¿Una casualidad? El doctor Dröscher, que se ha presentado aquí, como testigo y que es al mismo tiempo redactor del «Völkischer Beobachter», donde firma con el nombre de Zimmermann...
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Eso no ha sido probado.
-Dimitrov:... Ha afirmado que Dimitrov fue el organizador del atentado en la catedral de Sofía, lo cual ha sido desmentido, y que me había visto, al parecer, con Torgler en el Reichstag. Declaro con una certeza absoluta que Dröscher y Zimmermann son la misma persona...
-El Presidente: Lo rechazo; eso no ha sido probado.
-Dimitrov: El funcionario de policía von Seller citó aquí una poesía comunista de un libro publicado en 1925, para demostrar que en 1933 los comunistas incendiaron el Reichstag. Yo me permitiré también citar un verso del más grande poeta de Alemania, Göthe:
¡Abre los ojos a tiempo!
¡La gran rueda de la dicha
raras veces se detiene;
o te impones o te arrollan;
hay que ganar y mandar,
o someterse y perder,
o resignarse o triunfar,
o ser yunque o ser martillo!
Sí, el que no quiere ser yunque, tiene que ser martillo.
La clase obrera alemana, en su conjunto, no comprendió esta verdad, ni en 1918, ni en 1923, ni el 20 de julio de 1932, ni en enero de 1933. Los culpables de esto son los líderes socialdemócratas, los Wels, los Severing, los Brauns, los Leipart, los Grassmann. Claro está que ahora los obreros alemanes ya podrán comprenderlo y lo comprenderán.
Aquí se ha hablado mucho del derecho y de las leyes alemanas y yo quisiera exponer mi opinión a este respecto. Es indudable que en los fallos de la justicia están siempre latentes las combinaciones políticas del momento y las tendencias políticas dominantes.
El Ministro de Justicia, Kerl, que es un testigo competente para este Tribunal, dice lo siguiente:
«El prejuicio del derecho formalmente liberal consiste en afirmar que el culto de la justicia debe ser la objetividad. Ahora hemos descubierto también la fuente del divorcio entre el pueblo y la justicia, y de este divorcio, en resumidas cuentas, es siempre culpable la justicia. ¿Qué es la objetividad? En los momentos, en que los pueblos luchan por su existencia, ¿acaso conoce la objetividad el soldado que pelea en la guerra, la conoce acaso un beligerante? Los soldados y los ejércitos saben una sola cosa, tienen un solo pensamiento, conocen una sola preocupación. ¿Cómo salvar la libertad y el honor? ¿Cómo salvar a la nación?
Es evidente, pues, que la justicia de un pueblo, que lucha a vida a muerte, no puede prosternarse ante una objetividad muerta. Las medidas del tribunal, de la acusación y de la defensa deben estar inspiradas exclusivamente en una sola consideración: ¿qué es lo que implica esto para la vida de la nación? ¿Qué es lo que salvará al pueblo?
Pero, la objetividad invertebrada, que significa estancamiento y, por tanto, fosilidad, divorcio con el pueblo, no. ¡Todos los actos, todas la medidas de la colectividad, en conjunto, y de cada persona, por separado, deben
subordinarse a las necesidades vitales del pueblo, de la
nación!»
Por consiguiente, el derecho es un concepto relativo...
Por consiguiente, el derecho es un concepto relativo...
-El
Presidente: Esto no concierne al tema, formule usted sus
peticiones.
-Dimitrov:
El fiscal general ha pedido la absolución de los acusados
búlgaros, por falta de pruebas. Pero esto a mí no me
basta, en modo alguno. La cuestión dista mucho de ser tan
sencilla. Esto no descartaría las sospechas. No, durante el
proceso se ha demostrado que nosotros no tenemos nada que ver con el
incendio del Reichstag. Por eso, no hay margen para ninguna clase de
sospechas. Nosotros, los búlgaros, como igualmente Torgler,
debemos salir absueltos, no por falta de pruebas, sino porque
nosotros, como comunistas, no hemos tenido, ni hemos podido tener,
nada que ver con este acto anticomunista.
Pido que el fallo sea el siguiente:
1) El Tribunal Supremo debe reconocer nuestra inocencia y la acusación debe ser desechada como falsa, en lo que concierne a Torgler, Popov, Tanev y a mí.
2) Que se considere a Van der Lubbe como un instrumento utilizado en perjuicio de la clase obrera.
3) Los culpables de la acusación injustificada contra nosotros deberán responder de esto ante los tribunales.
4) Que se indemnice por cuenta de los culpables la pérdida de tiempo, los quebrantos de salud y los sufrimientos soportados por nosotros.
Pido que el fallo sea el siguiente:
1) El Tribunal Supremo debe reconocer nuestra inocencia y la acusación debe ser desechada como falsa, en lo que concierne a Torgler, Popov, Tanev y a mí.
2) Que se considere a Van der Lubbe como un instrumento utilizado en perjuicio de la clase obrera.
3) Los culpables de la acusación injustificada contra nosotros deberán responder de esto ante los tribunales.
4) Que se indemnice por cuenta de los culpables la pérdida de tiempo, los quebrantos de salud y los sufrimientos soportados por nosotros.
-El
Presidente: El Tribunal tendrá en cuenta éstas que
usted llama peticiones al discutir el fallo.
-Dimitrov:
Llegará el día en que estas peticiones se cumplirán
con creces. En cuanto al esclarecimiento concreto del incendio del
Reichstag y a la identificación de los verdaderos
incendiarios, esto quedará, naturalmente, para el tribunal del
pueblo de la futura dictadura proletaria.
En el siglo XVII, el fundador de la física científica, Galileo, compareció ante el tribunal de la Inquisición, que había de condenarle a muerte por hereje. Galileo exclamó resueltamente ante sus jueces con una profunda convicción: "¡Eppur si muove!" Y andando el tiempo, esta tesis científica se convirtió en patrimonio de toda la humanidad.
En el siglo XVII, el fundador de la física científica, Galileo, compareció ante el tribunal de la Inquisición, que había de condenarle a muerte por hereje. Galileo exclamó resueltamente ante sus jueces con una profunda convicción: "¡Eppur si muove!" Y andando el tiempo, esta tesis científica se convirtió en patrimonio de toda la humanidad.
-El
Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov, se levanta, recoge los
papeles y se dispone a retirarse)
-Dimitrov:
Nosotros, los comunistas, podemos hoy decir, no menos resueltamente
que el viejo Galileo: "¡Eppur si muove!"
La rueda de la historia gira, marcha adelante, hacia la Europa Soviética. Y nadie conseguirá detenre a esta rueda empujada por el proletariado, bajo la dirección de la Internacional Comunista.
Ni mediante medidas de exterminio, ni con sentencias a trabajo forzado, no con penas de muerte. ¡La rueda gira, seguirá girando hasta el triunfo definitivo del comunismo!
La rueda de la historia gira, marcha adelante, hacia la Europa Soviética. Y nadie conseguirá detenre a esta rueda empujada por el proletariado, bajo la dirección de la Internacional Comunista.
Ni mediante medidas de exterminio, ni con sentencias a trabajo forzado, no con penas de muerte. ¡La rueda gira, seguirá girando hasta el triunfo definitivo del comunismo!
(Por la fuerza los policías obligan a Dimitrov a sentarse en el banquillo de los acusados. El presidente y el Tribunal se retiran para deliberar sobre la cuestión si es posible dejar a Dimitrov que continúe su discurso. Después de haber deliberado, el Tribunal regresa y declara que a Dimitrov se le retira la palabra definitivamente).
-----------------------------------------------------
[*] Escrito: Pronunciado el 16 de diciembre de 1933. Fuente: Jorge Dimitrov, Obras Completas, Editorial del PCB, 1960. Esta Edición: Marxists Internet Archive, año 2001
viernes, 4 de mayo de 2012
Trabajo asalariado y capital
Por:Carlos Marx
De diversas partes se nos
ha reprochado el que no hayamos expuesto las relaciones económicas
que forman la base material de la lucha de clases y de las luchas
nacionales de nuestros días. Sólo hemos examinado
intencionadamente estas relaciones allí donde se imponían
directamente en las colisiones políticas.
Tratábase,
principalmente, de seguir la lucha de clases en la historia
cotidiana, y demostrar empíricamente, con los materiales
históricos existentes y con los que iban apareciendo todos los
días, que con el sojuzgamiento de la clase obrera,
protagonista de febrero y marzo, fueron vencidos, al propio tiempo,
sus adversarios: en Francia, los republicanos burgueses, y en todo el
continente europeo, las clases burguesas y campesinas en lucha contra
el absolutismo feudal; que el triunfo de la «república
honesta» en Francia fue, al mismo tiempo, la derrota de las
naciones que habían respondido a la revolución de
febrero con heroicas guerras de independencia; y, finalmente, que con
la derrota de los obreros revolucionarios, Europa ha vuelto a caer
bajo su antigua doble esclavitud: la esclavitud anglo-rusa. La
batalla de junio en París, la caída de Viena, la
tragicomedia del noviembre berlinés de 1848, los esfuerzos
desesperados de Polonia, Italia y Hungría, el sometimiento de
Irlanda por el hambre: tales fueron los acontecimientos principales
en que se resumió la lucha europea de clases entre la
burguesía y la clase obrera, y a través de los cuales
hemos demostrado que todo levantamiento revolucionario, por muy
alejada que parezca estar su meta de la lucha de clases, tiene
necesariamente que fracasar mientras no triunfe la clase obrera
revolucionaria, que toda reforma social no será más que
una utopía mientras la revolución proletaria y la
contrarrevolución feudal no midan sus armas en una guerra
mundial. En nuestra descripción lo mismo que en la realidad,
Bélgica y Suiza eran estampas de género, caricaturescas
y tragicómicas en el gran cuadro histórico: una, el
Estado modelo de la monarquía burguesa; la otra, el Estado
modelo de la república burguesa, y ambas, Estados que se hacen
la ilusión de estar tan libres de la, lucha de clases como de
la revolución europea.
Ahora que nuestros
lectores han visto ya desarrollarse la lucha de clases, durante el
año 1848, en formas políticas gigantescas, ha llegado
el momento de analizar más de cerca las relaciones económicas
en que descansan por igual la existencia de la burguesía y su
dominación de clase, así como la esclavitud de los
obreros.
Expondremos en tres
grandes apartados:
1) La relación
entre el trabajo asalariado y el capital, la esclavitud del obrero,
la dominación del capitalista.
2) La inevitable ruina,
bajo el sistema actual, de las clases medias burguesas y del llamado
estamento campesino.
3) El sojuzgamiento y la
explotación comercial de las clases burguesas de las distintas
naciones europeas por Inglaterra, el déspota del mercado
mundial.
Nos esforzaremos por
conseguir que nuestra exposición sea lo más sencilla y
popular posible, sin dar por supuestas ni las nociones más
elementales de la Economía Política. Queremos que los
obreros nos entiendan. Además, en Alemania reinan una
ignorancia y una confusión de conceptos verdaderamente
asombrosas acerca de las relaciones económicas más
simples, que van desde los defensores patentados del orden de cosas
existente hasta los taumaturgos socialistas y los genios políticos
incomprendidos, que en la desmembrada Alemania abundan todavía
más que los «padres de la Patria».
Pasemos, pues, al primer
problema:
¿Qué es el
salario? ¿Cómo se determina?
Si preguntamos a los
obreros qué salario perciben, uno nos contestará: «Mi
burgués me paga un marco por la jornada de trabajo»; el
otro: «Yo recibo dos marcos», etc. Según las
distintas ramas del trabajo a que pertenezcan, nos indicarán
las distintas cantidades de dinero que los burgueses respectivos les
pagan por la ejecución de una tarea determinada, v.gr., por
tejer una vara de lienzo o por componer un pliego de imprenta. Pero,
pese a la diferencia de datos, todos coinciden en un punto: el
salario es la cantidad de dinero que el capitalista paga por un
determinado tiempo de trabajo o por la ejecución de una tarea
determinada.
Por tanto, diríase
que el capitalista les compra con dinero el trabajo de los obreros.
Estos le venden por dinero su trabajo. Pero esto no es más que
la apariencia. Lo que en realidad venden los obreros al capitalista
por dinero es su fuerza de trabajo. El capitalista compra esta fuerza
de trabajo por un día, una semana, un mes, etc. Y, una vez
comprada, la consume, haciendo que los obreros trabajen durante el
tiempo estipulado. Con el mismo dinero con que les compra su fuerza
de trabajo, por ejemplo, con los dos marcos, el capitalista podría
comprar dos libras de azúcar o una determinada cantidad de
otra mercancía cualquiera. Los dos marcos con los que compra
dos libras de azúcar son el precio de las dos libras de
azúcar. Los dos marcos con los que compra doce horas de uso de
la fuerza de trabajo son el precio de un trabajo de doce horas. La
fuerza de trabajo es, pues, una mercancía, ni más ni
menos que el azúcar. Aquélla se mide con el reloj,
ésta, con la balanza.
Los obreros cambian su
mercancía, la fuerza de trabajo, por la mercancía del
capitalista, por el dinero y este cambio se realiza guardándose
una determinada proporción: tanto dinero por tantas horas de
uso de la fuerza de trabajo. Por tejer durante doce horas, dos
marcos. Y estos dos marcos, ¿no representan todas las demás
mercancías que pueden adquirirse por la misma cantidad de
dinero? En realidad, el obrero ha cambiado su mercancía, la
fuerza de trabajo, por otras mercancías de todo género,
y siempre en una determinada proporción. Al entregar dos
marcos, el capitalista le entrega, a cambio de su jornada de trabajo,
la cantidad correspondiente de carne, de ropa, de leña, de
luz, etc. Por tanto, los dos marcos expresan la proporción en
que la fuerza de trabajo se cambia por otras mercancías, o sea
el valor de cambio de la fuerza de trabajo. Ahora bien, el valor de
cambio de una mercancía, expresado en dinero, es precisamente
su precio. Por consiguiente, el salario no es más que un
nombre especial con que se designa el precio de la fuerza de trabajo,
o lo que suele llamarse precio del trabajo, el nombre especial de esa
peculiar mercancía que sólo toma cuerpo en la carne y
la sangre del hombre.
Tomemos un obrero
cualquiera, un tejedor, por ejemplo. El capitalista le suministra el
telar y el hilo. El tejedor se pone a trabajar y el hilo se convierte
en lienzo. El capitalista se adueña del lienzo y lo vende en
veinte marcos, por ejemplo. ¿Acaso el salario del tejedor
representa una parte del lienzo, de los veinte marcos, del producto
de su trabajo? Nada de eso. El tejedor recibe su salario mucho antes
de venderse el lienzo, tal vez mucho antes de que haya acabado el
tejido. Por tanto, el capitalista no paga este salario con el dinero
que ha de obtener del lienzo, sino de un fondo de dinero que tiene en
reserva. Las mercancías entregadas al tejedor a cambio de la
suya, de la fuerza de trabajo, no son productos de su trabajo, del
mismo modo que no lo son el telar y el hilo que el burgués le
ha suministrado. Podría ocurrir que el burgués no
encontrase ningún comprador para su lienzo. Podría
ocurrir también que no se reembolsase con el producto de su
venta ni el salario pagado. Y puede ocurrir también que lo
venda muy ventajosamente, en comparación con el salario del
tejedor. Al tejedor todo esto le tiene sin cuidado. El capitalista,
con una parte de la fortuna de que dispone, de su capital, compra la
fuerza de trabajo del tejedor, exactamente lo mismo que con otra
parte de la fortuna ha comprado las materias primas —el hilo— y
el instrumento de trabajo —el telar—. Una vez hechas estas
compras, entre las que figura la de la fuerza de trabajo necesaria
para elaborar el lienzo, el capitalista produce ya con materias
primas e instrumentos de trabajo de su exclusiva pertenencia. Entre
los instrumentos de trabajo va incluido también, naturalmente,
nuestro buen tejedor, que participa en el producto o en el precio del
producto en la misma medida que el telar; es decir, absolutamente en
nada.
Por tanto, el salario no
es la parte del obrero en la mercancía por él
producida. El salario es la parte de la mercancía ya
existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad
de fuerza de trabajo productiva.
La fuerza de trabajo es,
pues, una mercancía que su propietario, el obrero asalariado,
vende al capital. ¿Para qué la vende? Para vivir.
Ahora bien, la fuerza de
trabajo en acción, el trabajo mismo, es la propia actividad
vital del obrero, la manifestación misma de su vida. Y esta
actividad vital la vende a otro para asegurarse los medios de vida
necesarios. Es decir, su actividad vital no es para él más
que un medio para poder existir. Trabaja para vivir. El obrero ni
siquiera considera el trabajo parte de su vida; para él es más
bien un sacrificio de su vida. Es una mercancía que ha
adjudicado a un tercero. Por eso el producto de su actividad no es
tampoco el fin de esta actividad. Lo que el obrero produce para sí
no es la seda que teje ni el oro que extrae de la mina, ni el palacio
que edifica. Lo que produce para sí mismo es el salario; y la
seda, el oro y el palacio se reducen para él a una determinada
cantidad de medios de vida, si acaso a una chaqueta de algodón,
unas monedas de cobre y un cuarto en un sótano. Y para el
obrero que teje, hila, taladra, tornea, construye, cava, machaca
piedras, carga, etc., por espacio de doce horas al día, ¿son
estas doce horas de tejer, hilar, taladrar, tornear, construir, cavar
y machacar piedras la manifestación de su vida, su vida misma?
Al contrario. Para él, la vida comienza allí donde
terminan estas actividades, en la mesa de su casa, en el banco de la
taberna, en la cama. Las doce horas de trabajo no tienen para él
sentido alguno en cuanto a tejer, hilar, taladrar, etc., sino
solamente como medio para ganar el dinero que le permite sentarse a
la mesa o en el banco de la taberna y meterse en la cama. Si el
gusano de seda hilase para ganarse el sustento como oruga, sería
un auténtico obrero asalariado. La fuerza de trabajo no ha
sido siempre una mercancía. El trabajo no ha sido siempre
trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vendía
su fuerza de trabajo al esclavista, del mismo modo que el buey no
vende su trabajo al labrador. El esclavo es vendido de una vez y para
siempre, con su fuerza de trabajo, a su dueño. Es una
mercancía que puede pasar de manos de un dueño a manos
de otro. El es una mercancía, pero su fuerza de trabajo no es
una mercancía suya. El siervo de la gleba sólo vende
una parte de su fuerza de trabajo. No es él quien obtiene un
salario del propietario del suelo; por el contrario, es éste,
el propietario del suelo, quien percibe de él un tributo.
El siervo de la gleba es
un atributo del suelo y rinde frutos al dueño de éste.
En cambio, el obrero libre se vende él mismo y además,
se vende en partes. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, día
tras día, entregándolas al mejor postor, al propietario
de las materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida; es
decir, al capitalista. El obrero no pertenece a ningún
propietario ni está adscrito al suelo, pero las 8, 10, 12, 15
horas de su vida cotidiana pertenecen a quien se las compra. El
obrero, en cuanto quiera, puede dejar al capitalista a quien se ha
alquilado, y el capitalista le despide cuando se le antoja, cuando ya
no le saca provecho alguno o no le saca el provecho que había
calculado. Pero el obrero, cuya única fuente de ingresos es la
venta de su fuerza de trabajo, no puede desprenderse de toda la clase
de los compradores, es decir, de la clase de los capitalistas, sin
renunciar a su existencia. No pertenece a tal o cual capitalista,
sino a la clase capitalista en conjunto, y es incumbencia suya
encontrar un patrono, es decir, encontrar dentro de esta clase
capitalista un comprador.
Antes de pasar a examinar
más de cerca la relación entre el capital y el trabajo
asalariado, expondremos brevemente los factores más generales
que intervienen en la determinación del salario.
El salario es, como hemos
visto, el precio de una determinada mercancía, de la fuerza de
trabajo. Por tanto, el salario se halla determinado por las mismas
leyes que determinan el precio de cualquier otra mercancía.
Ahora bien, nos
preguntamos: ¿Cómo se determina el precio de una
mercancía?
¿Qué es lo
que determina el precio de una mercancía?
Es la competencia entre
compradores y vendedores, la relación entre la demanda y la
oferta, entre la apetencia y la oferta. La competencia que determina
el precio de una mercancía tiene tres aspectos.
La misma mercancía
es ofrecida por diversos vendedores. Quien venda mercancías de
igual calidad a precio más barato, puede estar seguro de que
eliminará del campo de batalla a los demás vendedores y
se asegurará mayor venta. Por tanto, los vendedores se
disputan mutuamente la venta, el mercado. Todos quieren vender,
vender lo más que puedan, y, si es posible, vender ellos
solos, eliminando a los demás. Por eso unos venden más
barato que otros. Tenemos, pues, una competencia entre vendedores,
que abarata el precio de las mercancías puestas a la venta.
Pero hay también
una competencia entre compradores, que a su vez, hace subir el precio
de las mercancías puestas a la venta.
Y, finalmente, hay la
competencia entre compradores y vendedores; unos quieren comprar lo
más barato posible, otros vender lo más caro que
puedan. El resultado de esta competencia entre compradores y
vendedores dependerá de la relación existente entre los
dos aspectos de la competencia mencionada más arriba; es
decir, de que predomine la competencia entre las huestes de los
compradores o entre las huestes de los vendedores. La industria lanza
al campo de batalla a dos ejércitos contendientes, en las
filas de cada uno de los cuales se libra además una batalla
intestina. El ejército cuyas tropas se pegan menos entre sí
es el que triunfa sobre el otro.
Supongamos que en el
mercado hay 100 balas de algodón y que existen compradores
para 1.000 balas. En este caso, la demanda es, como vemos, diez veces
mayor que la oferta. La competencia entre los compradores será,
por tanto, muy grande; todos querrán conseguir una bala, y si
es posible las cien. Este ejemplo no es ninguna suposición
arbitraria. En la historia del comercio hemos asistido a períodos
de mala cosecha algodonera, en que unos cuantos capitalistas
coligados pugnaban por comprar, no ya cien balas, sino todas las
reservas de algodón de la tierra. En el caso que citamos, cada
comprador procurará, por tanto, desalojar al otro, ofreciendo
un precio relativamente mayor por cada bala de algodón. Los
vendedores, que ven a las fuerzas del ejército enemigo
empeñadas en una rabiosa lucha intestina y que tienen segura
la venta de todas sus cien balas, se guardarán muy mucho de
irse a las manos para hacer bajar los precios del algodón, en
un momento en que sus enemigos se desviven por hacerlos subir. Se
hace, pues, a escape, la paz entre las huestes de los vendedores.
Estos se enfrentan como un solo hombre con los compradores, se cruzan
olímpicamente de brazos. Y sus exigencias no tendrían
límite si no lo tuvieran, y muy concreto, hasta las ofertas de
los compradores más insistentes.
Por tanto, cuando la
oferta de una mercancía es inferior a su demanda, la
competencia entre los vendedores queda anulada o muy debilitada. Y en
la medida en que se atenúa esta competencia, crece la
competencia entablada entre los compradores. Resultado: alza más
o menos considerable de los precios de las mercancías.
Con mayor frecuencia se
da, como es sabido, el caso inverso, y con inversos resultados:
exceso considerable de la oferta sobre la demanda; competencia
desesperada entre los vendedores; falta de compradores; lanzamiento
de las mercancías al malbarato.
Pero, ¿qué
significa eso del alza y la baja de los precios? ¿Qué
quiere decir precios altos y precios bajos? Un grano de arena es alto
si se le mira al microscopio, y, comparada con una montaña.
una torre resulta baja. Si el precio está determinado por la
relación entre la oferta y la demanda, ¿qué es
lo que determina esta relación entre la oferta y la demanda?
Preguntemos al primer
burgués que nos salga al paso. No separará a meditar ni
un instante, sino que, cual nuevo Alejandro Magno, cortará
este nudo metafísico [1] con la tabla de multiplicar. Nos
dirá: si el fabricar la mercancía que vendo me ha
costado cien marcos y la vendo por 110 —pasado un año, se
entiende—, esta ganancia es una ganancia moderada, honesta y
decente. Si obtengo, a cambio de esta mercancía, 120, 130
marcos, será ya una ganancia alta; y si consigo hasta 200
marcos, la ganancia será extraordinaria, enorme. ¿Qué
es lo que le sirve a nuestro burgués de criterio para medir la
ganancia? El coste de producción de su mercancía. Si a
cambio de esta mercancía obtiene una cantidad de otras
mercancías cuya producción ha costado menos, pierde. Si
a cambio de su mercancía obtiene una cantidad de otras
mercancías cuya producción ha costado más, gana.
Y calcula la baja o el alza de su ganancia por los grados que el
valor de cambio de su mercancía acusa por debajo o por encima
de cero, por debajo o por encima del coste de producción.
Hemos visto que la
relación variable entre la oferta y la demanda lleva aparejada
tan pronto el alza como la baja de los precios determina tan pronto
precios altos como precios bajos. Si el precio de una mercancía
sube considerablemente, porque la oferta baje o porque crezca
desproporcionadamente la demanda, con ello necesariamente bajará
en proporción el precio de cualquier otra mercancía,
pues el precio de una mercancía no hace más que
expresar en dinero la proporción en que otras mercancías
se entregan a cambio de ella. Si, por ejemplo, el precio de una vara
de seda sube de cinco marcos a seis, bajará el precio de la
plata en relación con la seda, y asimismo disminuirá,
en proporción con ella, el precio de todas las demás
mercancías que sigan costando igual que antes. Para obtener la
misma cantidad de seda ahora habrá que dar a cambio una
cantidad mayor de aquellas otras mercancías. ¿Qué
ocurrirá al subir el precio de una mercancía? Una masa
de capitales afluirá a la rama industrial floreciente, y esta
afluencia de capitales al campo de la industria favorecida durará
hasta que arroje las ganancias normales; o más exactamente,
hasta que el precio de sus productos descienda, empujado por la
superproducción, por debajo del coste de producción.
Y viceversa. Si el precio
de una mercancía desciende por debajo de su coste de
producción, los capitales se retraerán de la producción
de esta mercancía. Exceptuando el caso en que una rama
industrial no corresponda ya a la época, y, por tanto, tenga
que desaparecer, esta huida de los capitales irá reduciendo la
producción de aquella mercancía, es decir, su oferta,
hasta que corresponda a la demanda, y, por tanto, hasta que su precio
vuelva a levantarse al nivel de su coste de producción, o,
mejor dicho, hasta que la oferta sea inferior a la demanda; es decir,
hasta que su precio rebase nuevamente su coste de producción,
pues el precio corriente de una mercancía es siempre inferior
o superior a su coste de producción.
Vemos que los capitales
huyen o afluyen constantemente del campo de una industria al de otra.
Los precios altos determinan una afluencia excesiva, y los precios
bajos, una huida exagerada.
Podríamos
demostrar también, desde otro punto de vista, cómo el
coste de producción determina, no sólo la oferta, sino
también la demanda. Pero esto nos desviaría demasiado
de nuestro objetivo.
Acabamos de ver cómo
las oscilaciones de la oferta y la demanda vuelven a reducir siempre
el precio de una mercancía a su coste de producción. Es
cierto que el precio real de una mercancía es siempre superior
o inferior al coste de producción, pero el alza y la baja se
compensan mutuamente, de tal modo que, dentro de un determinado
período de tiempo, englobando en el cálculo el flujo y
el reflujo de la industria, puede afirmarse que las mercancías
se cambian unas por otras con arreglo a su coste de producción,
y su precio se determina, consiguientemente, por aquél.
Esta determinación
del precio por el coste de producción no debe entenderse en el
sentido en que la entienden los economistas. Los economistas dicen
que el precio medio de las mercancías equivale al coste de
producción; que esto es la ley. Ellos consideran como obra del
azar el movimiento anárquico en que el alza se nivela con la
baja y ésta con el alza. Con el mismo derecho podría
considerarse, como lo hacen en efecto otros economistas, que estas
oscilaciones son la ley, y la determinación del precio por el
coste de producción, fruto del azar. En realidad, si se las
examina de cerca. se ve que estas oscilaciones acarrean las más
espantosas desolaciones y son como terremotos que hacen estremecerse
los fundamentos de la sociedad burguesa. son las únicas que en
su curso determinan el precio por el coste de producción. El
movimiento conjunto de este desorden es su orden. En el transcurso de
esta anarquía industrial, en este movimiento cíclico,
la concurrencia se encarga de compensar, como si dijésemos,
una extravagancia con otra.
Vemos, pues, que el
precio de una mercancía se determina por su coste de
producción, de modo que las épocas en que el precio de
esta mercancía rebasa el coste de producción se
compensan con aquellas en que queda por debajo de este coste de
producción, y viceversa. Claro está que esta norma no
rige para un producto industrial concreto, sino solamente para la
rama industrial entera. No rige tampoco, por tanto, para un solo
industrial, sino únicamente para la clase entera de los
industriales.
La determinación
del precio por el coste de producción equivale a la
determinación del precio por el tiempo de trabajo necesario
para la producción de una mercancía, pues el coste de
producción está formado:
1) por las materias
primas y el desgaste de los instrumentos, es decir, por productos
industriales cuya fabricación ha costado una determinada
cantidad de jornadas de trabajo y que representan, por tanto, una
determinada cantidad de tiempo de trabajo. y
2) por el trabajo
directo; cuya medida es también el tiempo.
Las mismas leyes
generales que regulan el precio de las mercancías en general
regulan también, naturalmente, el salario, el precio del
trabajo.
La remuneración
del trabajo subirá o bajará según la relación
entre la demanda y la oferta, según el cariz que presente la
competencia entre los compradores de la fuerza de trabajo, los
capitalistas, y los vendedores de la fuerza de trabajo, los obreros.
A las oscilaciones de los precios de las mercancías en general
les corresponden las oscilaciones del salario. Pero, dentro de estas
oscilaciones, el precio del trabajo se hallará determinado por
el coste de producción, por el tiempo de trabajo necesario
para producir esta mercancía, que es la fuerza de trabajo.
Ahora bien, ¿cuál
es el coste de producción de la fuerza de trabajo?
Es lo que cuesta sostener
al obrero como tal obrero y educarlo para este oficio.
Por tanto, cuanto menos
tiempo de aprendizaje exija un trabajo, menor será el coste de
producción del obrero, más bajo el precio de su
trabajo, su salario. En las ramas industriales que no exigen apenas
tiempo de aprendizaje, bastando con la mera existencia corpórea
del obrero, el coste de producción de éste se reduce
casi exclusivamente a las mercancías necesarias para que aquél
pueda vivir en condiciones de trabajar. Por tanto, aquí el
precio de su trabajo estará determinado por el precio de los
medios de vida indispensables.
Pero hay que tener
presente, además, otra circunstancia.
El fabricante, al
calcular su coste de producción, y con arreglo a él el
precio de los productos, incluye en el cálculo el desgaste de
los instrumentos de trabajo. Si una máquina le cuesta, por
ejemplo, mil marcos y se desgasta totalmente en diez años,
agregará cien marcos cada año al precio de las
mercancías fabricadas, para, al cabo de los diez años,
poder sustituir la máquina ya agotada, por otra nueva. Del
mismo modo hay que incluir en el coste de producción de la
fuerza de trabajo simple el coste de procreación que permite a
la clase obrera estar en condiciones de multiplicarse y de reponer
los obreros agotados por otros nuevos. El desgaste del obrero entra,
por tanto, en los cálculos, ni más ni menos que el
desgaste de las máquinas.
Por tanto, el coste de
producción de la fuerza de trabajo simple se cifra siempre en
los gastos de existencia y reproducción del obrero. El precio
de este coste de existencia y reproducción es el que forma el
salario. El salario así determinado es lo que se llama el
salario mínimo. Al igual que la determinación del
precio de las mercancías en general por el coste de
producción, este salario mínimo no rige para el
individuo, sino para la especie. Hay obreros, millones de obreros,
que no ganan lo necesario para poder vivir y procrear; pero el
salario de la clase obrera en conjunto se nivela, dentro de sus
oscilaciones, sobre la base de este mínimo.
Ahora, después de
haber puesto en claro las leyes generales que regulan el salario, al
igual que el precio de cualquier otra mercancía, ya podemos
entrar de un modo más concreto en nuestro tema.
El capital está
formado por materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida
de todo género que se emplean para producir nuevas materias
primas, nuevos instrumentos de trabajo y nuevos medios de vida. Todas
estas partes integrantes del capital son hijas del trabajo, productos
del trabajo, trabajo acumulado. El trabajo acumulado que sirve de
medio de nueva producción es el capital.
Así dicen los
economistas.
¿Qué es un
esclavo negro? Un hombre de la raza negra. Una explicación
vale tanto como la otra.
Un negro es un negro.
Sólo en determinadas condiciones se convierte en esclavo. Una
máquina de hilar algodón es una máquina para
hilar algodón. Sólo en determinadas condiciones se
convierte en capital. Arrancada a estas condiciones, no tiene nada de
capital, del mismo modo que el oro no es de por sí dinero, ni
el azúcar el precio del azúcar.
En la producción,
los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que
actúan también los unos sobre los otros. No pueden
producir sin asociarse de un cierto modo, para actuar en común
y establecer un intercambio de actividades. Para producir los hombres
contraen determinados vínculos y relaciones, y a través
de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a
través de ellos, es cómo se relacionan con la
naturaleza y cómo se efectúa la producción.
Estas relaciones sociales
que contraen los productores entre sí, las condiciones en que
intercambian sus actividades y toman parte en el proceso conJunto de
la producción variarán, naturalmente según el
carácter de los medios de producción. Con la invención
de un nuevo instrumento de guerra, el arma de fuego, hubo de cambiar
forzosamente toda la organización interna de los ejércitos.
cambiaron las relaciones dentro de las cuales formaban los individuos
un ejército y podían actuar como tal, y cambió
también la relación entre los distintos ejércitos.
Las relaciones sociales
en las que los individuos producen, las relaciones sociales de
producción, cambian, por tanto, se transforman, al cambiar y
desarrollarse los medios materiales de producción, las fuerzas
productivas. Las relaciones de producción forman en conjunto
lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad, y
concretamente, una sociedad con un determinado grado de desarrollo
histórico, una sociedad de carácter peculiar y
distintivo. La sociedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad
burguesa, son otros tantos conjuntos de relaciones de producción,
cada uno de los cuales representa, a la vez, un grado especial de
desarrollo en la historia de la humanidad.
También el capital
es una relación social de producción. Es una relación
burguesa de producción, una relación de producción
de la sociedad burguesa. Los medios de vida, los instrumentos de
trabajo, las materias primas que componen el capital, ¿no han
sido producidos y acumulados bajo condiciones sociales dadas, en
determinadas relaciones sociales? ¿No se emplean para un nuevo
proceso de producción bajo condiciones sociales dadas, en
determinadas relaciones sociales? ¿Y no es precisamente este
carácter social determinado el que convierte en capital los
productos destinados a la nueva producción?
El capital no se compone
solamente de medios de vida, instrumentos de trabajo y materias
primas, no se compone solamente de productos materiales; se compone
igualmente de valores de cambio. Todos los productos que lo integran
son mercancías. El capital no es, pues, solamente una suma de
productos materiales; es una suma de mercancías, de valores de
cambio, de magnitudes sociales.
El capital sigue siendo
el mismo, aunque sustituyamos la lana por algodón, el trigo
por arroz, los ferrocarriles por vapores, a condición de que
el algodón, el arroz y los vapores —el cuerpo del capital—
tengan el mismo valor de cambio, el mismo precio que la lana, el
trigo y los ferrocarriles en que antes se encarnaba. El cuerpo del
capital es susceptible de cambiar constantemente, sin que por eso
sufra el capital la menor alteración.
Pero, si todo capital es
una suma de mercancías, es decir, de valores de cambio, no
toda suma de mercancías, de valores de cambio, es capital.
Toda suma de valores de
cambio es un valor de cambio. Todo valor de cambio concreto es una
suma de valores de cambio. Por ejemplo, una casa que vale mil marcos
es un valor de cambio de mil marcos. Una hoja de papel que valga un
pfennig, es una suma de valores de cambio de fennig.
Los productos
susceptibles de ser cambiados por otros productos son mercancías.
La proporción concreta en que pueden cambiarse constituye su
valor de cambio, o, si se expresa en dinero, su precio. La cantidad
de estos productos no altera para nada su destino de mercancías,
de ser un valor de cambio o de tener un determinado precio. Sea
grande o pequeño, un árbol es siempre un árbol.
Por el hecho de cambiar hierro por otros productos en medias onzas o
en quintales, ¿cambia su carácter de mercancía,
de valor de cambio? Lo único que hace el volumen es dar a una
mercancía mayor o menor valor, un precio más alto o más
bajo.
Ahora bien, ¿cómo
se convierte en capital una suma de mercancías, de valores de
cambio?
Por el hecho de que, en
cuanto fuerza social independiente, es decir, en cuanto fuerza en
poder de una parte de la sociedad, se conserva y aumenta por medio
del intercambio con la fuerza de trabajo inmediata, viva. La
existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad
de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital.
Sólo el dominio
del trabajo acumulado, pretérito, materializado sobre el
trabajo inmediato, vivo, convierte el trabajo acumulado en capital.
El capital no consiste en
que el trabajo acumulado sirva al trabajo vivo como medio para nueva
producción. Consiste en que el trabajo vivo sirva al trabajo
acumulado como medio para conservar y aumentar su valor de cambio.
¿Qué
acontece en el intercambio entre el capitalista y el obrero
asalariado?
El obrero obtiene a
cambio de su fuerza de trabajo medios de vida, pero, a cambio de
estos medios de vida de su propiedad, el capitalista adquiere
trabajo, la actividad productiva del obrero, la fuerza creadora con
la cual el obrero no sólo repone lo que consume, sino que da
al trabajo acumulado un mayor valor del que antes poseía. El
obrero recibe del capitalista una parte de los medios de vida
existentes. ¿Para qué le sirven estos medios de vida?
Para su consumo inmediato. Pero, al consumir los medios de vida de
que dispongo, los pierdo irreparablemente, a no ser que emplee el
tiempo durante el cual me mantienen estos medios de vida en producir
otros, en crear con mi trabajo, mientras los consumo, en vez de los
valores destruidos al consumirlos, otros nuevos. Pero esta noble
fuerza reproductiva del trabajo es precisamente la que el obrero cede
al capital, a cambio de los medios de vida que éste le
entrega. Al cederla, se queda, pues, sin ella.
Pongamos un ejemplo. Un
granjero abona a su jornalero cinco silbergroschen por día.
Por los cinco silbergroschen el jornalero trabaja la tierra del
granjero durante un día entero, asegurándole con su
trabajo un ingreso de diez silbergroschen. El granjero no sólo
recobra los valores que cede al jornalero, sino que los duplica. Por
tanto, invierte, consume de un modo fecundo, productivo. los cinco
silbergroschen que paga al jornalero. Por estos cinco silbergroschen
compra precisamente el trabajo y la fuerza del jornalero, que crean
productos del campo por el doble de valor y convierten los cinco
silbergroschen en diez. En cambio, el jornalero obtiene en vez de su
fuerza productiva, cuyos frutos ha cedido al granjero, cinco
silbergroschen, que cambia por medios de vida, los cuales se han
consumido de dos modos: reproductivamente para el capital, puesto que
éste los cambia por una fuerza de trabajo [*] que produce diez
silbergroschen; improductivamente para el obrero, pues los cambia por
medios de vida que desaparecen para siempre y cuyo valor sólo
puede recobrar repitiendo el cambio anterior con el granjero. Por
consiguiente, el capital presupone el trabajo asalariado, y éste,
el capital. Ambos se condicionan y se engendran recíprocamente.
Un obrero de una fábrica
algodonera ¿produce solamente tejidos de algodón? No,
produce capital. Produce valores que sirven de nuevo para mandar
sobre su trabajo y crear, por medio de éste, nuevos valores.
El capital sólo
puede aumentar cambiándose por fuerza de trabajo, engendrando
el trabajo asalariado. Y la fuerza de trabajo del obrero asalariado
sólo puede cambiarse por capital acrecentándolo,
fortaleciendo la potencia de que es esclava. El aumento del capital
es, por tanto, aumento del proletariado, es decir, de la clase
obrera.
El interés del
capitalista y del obrero es, por consiguiente, el mismo, afirman los
burgueses y sus economistas. En efecto, el obrero perece si el
capital no le da empleo. El capital perece si no explota la fuerza de
trabajo, y, para explotarla, tiene que comprarla. Cuanto más
velozmente crece el capital destinado a la producción, el
capital productivo, y, por consiguiente, cuanto más próspera
es la industria, cuanto más se enriquece la burguesía,
cuanto mejor marchan los negocios, más obreros necesita el
capitalista y más caro se vende el obrero.
Por consiguiente, la
condición imprescindible para que la situación del
obrero sea tolerable es que crezca con la mayor rapidez posible el
capital productivo.
Pero, ¿qué
significa el crecimiento del capital productivo? Significa el
crecimiento del poder del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo. El
aumento de la dominación de la burguesía sobre la clase
obrera. Cuando el trabajo asalariado produce la riqueza extraña
que le domina, la potencia enemiga suya, el capital, refluyen a él,
emanados de éste, medios de trabajo, es decir, medios de vida,
a condición de que se convierta de nuevo en parte integrante
del capital, en palanca que le haga crecer de nuevo con ritmo
acelerado
Decir que los intereses
del capital y los intereses de los obreros son los mismos, equivale
simplemente a decir que el capital y el trabajo asalariado son dos
aspectos de una misma relación. El uno se halla condicionado
por el otro, como el usurero por el derrochador, y viceversa.
Mientras el obrero
asalariado es obrero asalariado, su suerte depende del capital. He
ahí la tan cacareada comunidad de intereses entre el obrero y
el capitalista.
Al crecer el capital,
crece la masa del trabajo asalariado, crece el número de
obreros asalariados; en una palabra, la dominación del capital
se extiende a una masa mayor de individuos. Y, suponiendo el caso más
favorable: al crecer el capital productivo, crece la demanda de
trabajo y crece también, por tanto, el precio del trabajo, el
salario.
Sea grande o pequeña
una casa, mientras las que la rodean son también pequeñas
cumple todas las exigencias sociales de una vivienda, pero, si junto
a una casa pequeña surge un palacio, la que hasta entonces era
casa se encoge hasta quedar convertida en una choza. La casa pequeña
indica ahora que su morador no tiene exigencias, o las tiene muy
reducidas; y, por mucho que, en el transcurso de la civilización,
su casa gane en altura, si el palacio vecino sigue creciendo en la
misma o incluso en mayor proporción, el habitante de la casa
relativamente pequeña se irá sintiendo cada vez más
desazonado, más descontento, más agobiado entre sus
cuatro paredes.
Un aumento sensible del
salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su
vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un
desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y
goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan
aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor,
comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el
obrero, y con el nivel de desarrollo de la sociedad en general.
Nuestras necesidades y nuestros goces tienen su fuente en la sociedad
y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con
que los satisfacemos. Y como tienen carácter social, son
siempre relativos.
El salario no se
determina solamente, en general, por la cantidad de mercancías
que pueden obtenerse a cambio de él. Encierra diferentes
relaciones.
Lo que el obrero percibe,
en primer término, por su fuerza de trabajo, es una
determinada cantidad de dinero. ¿Acaso el salario se halla
determinado exclusivamente por este precio en dinero?
En el siglo XVI, a
consecuencia del descubrimiento en América de minas más
ricas y más fáciles de explotar, aumentó el
volumen de oro y plata que circulaba en Europa. El valor del oro y la
plata bajó, por tanto, en relación con las demás
mercancías. Los obreros seguían cobrando por su fuerza
de trabajo la misma cantidad de plata acuñada. El precio en
dinero de su trabajo seguía siendo el mismo, y, sin embargo,
su salario había disminuido, pues a cambio de esta cantidad de
plata, obtenían ahora una cantidad menor de otras mercancías.
Fue ésta una de las circunstancias que fomentaron el
incremento del capital y, el auge de la burguesía en el siglo
XVI.
Tomemos otro caso. En el
invierno de 1847, a consecuencia de una mala cosecha, subieron
considerablemente los precios de los artículos de primera
necesidad: el trigo, la carne, la mantequilla, el queso, etc.
Suponiendo que los obreros hubiesen seguido cobrando por su fuerza de
trabajo la misma cantidad de dinero que antes, ¿no habrían
disminuido sus salarios? Indudablemente. A cambio de la misma
cantidad de dinero obtenían menos pan, menos carne, etc. Sus
salarios bajaron, no porque hubiese disminuido el valor de la plata,
sino porque aumentó el valor de los víveres.
Finalmente, supongamos
que la expresión monetaria del precio del trabajo siga siendo
el mismo, mientras que todas las mercancías agrícolas y
manufacturadas bajan de precio, merced a la aplicación de
nueva maquinaria, a la estación más favorable, etc.
Ahora, por el mismo dinero los obreros podrán comprar más
mercancías de todas clases. Su salario, por tanto, habrá
aumentado, precisamente por no haberse alterado su valor en dinero.
Como vemos, la expresión
monetaria del precio del trabajo, el salario nominal, no coincide con
el salario real, es decir, con la cantidad de mercancías que
se obtienen realmente a cambio del salario. Por consiguiente, cuando
hablamos del alza o de la baja del salario. no debemos fijarnos
solamente en la expresión monetaria del precio del trabajo, en
el salario nominal.
Pero, ni el salario
nominal, es decir, la suma de dinero por la que el obrero se vende al
capitalista, ni el salario real, o sea, la cantidad de mercancías
que puede comprar con este dinero, agotan las relaciones que encierra
el salario.
El salario se halla
determinado, además y sobre todo, por su relación con
la ganancia, con el beneficio obtenido por el capitalista: es un
salario relativo, proporcional.
El salario real expresa
el precio del trabajo en relación con el precio de las demás
mercancías; el salario relativo acusa, por el contrario, la
parte del nuevo valor creado por el trabajo, que percibe el trabajo
directo, en proporción a la parte del valor que se incorpora
al trabajo acumulado, es decir, al capital.
Decíamos más
arriba, en la pág. 14: «El salario no es la parte del
obrero en la mercancía por él producida. El salario es
la parte de la mercancía ya existente, con la que el
capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo
productiva. Pero el capitalista tiene que reponer nuevamente este
salario, incluyéndolo en el precio por el que vende el
producto creado por el obrero; y tiene que reponerlo de tal modo,
que, después de cubrir el coste de producción
desembolsado, le quede además, por regla general, un
remanente, una ganancia. El precio de venta de la mercancía
producida por el obrero se divide para el capitalista en tres partes:
la primera, para reponer el precio desembolsado en comprar materias
primas, así como para reponer el desgaste de las herramientas,
máquinas y otros instrumentos de trabajo adelantados por él;
la segunda, para reponer los salarios por él adelantados, y la
tercera, el remanente que queda después de saldar las dos
partes anteriores, la ganancia del capitalista. Mientras que la
primera parte se limita a reponer valores que ya existían, es
evidente que tanto la suma destinada a reembolsar los salarios
abonados como el remanente que forma la ganancia del capitalista
salen en su totalidad del nuevo valor creado por el trabajo del
obrero y añadido a las materias primas. En este sentido,
podemos considerar tanto el salario como la ganancia, para
compararlos entre sí, como partes del producto del obrero.
Puede ocurrir que el
salario real continúe siendo el mismo e incluso que aumente,
y, no obstante, disminuya el salario relativo. Supongamos, por
ejemplo, que el precio de todos los medios de vida baja en dos
terceras partes, mientras que el salario diario sólo disminuye
en un tercio, de tres marcos a dos, v. gr. Aunque el obrero, con
estos dos marcos, podrá comprar una cantidad mayor de
mercancías que antes con tres, su salario habrá
disminuido, en relación con la ganancia obtenida por el
capitalista. La ganancia del capitalista (por ejemplo, del
fabricante) ha aumentado en un marco; es decir, que ahora el obrero,
por una cantidad menor de valores de cambio, que el capitalista le
entrega, tiene que producir una cantidad mayor de estos mismos
valores. La parte obtenida por el capital aumenta en comparación
con la del trabajo. La distribución de la riqueza social entre
el capital y el trabajo es ahora todavía más desigual
que antes. El capitalista manda con el mismo capital sobre una
cantidad mayor de trabajo. El poder de la clase de los capitalistas
sobre la clase obrera ha crecido, la situación social del
obrero ha empeorado, ha descendido un grado más en comparación
con la del capitalista .
¿Cuál es la
ley general que rige el alza y la baja del salario y la ganancia, en
sus relaciones mutuas?
Se hallan en razón
inversa. La parte de que se apropia el capital, la ganancia, aumenta
en la misma proporción en que disminuye la parte que le toca
al trabajo, el salario, y viceversa. La ganancia aumenta en la medida
en que disminuye el salario y disminuye en la medida en que éste
aumenta.
Se objetará acaso
que el capital puede obtener ganancia cambiando ventajosamente sus
productos con otros capitalistas, cuando aumenta la demanda de su
mercancía, sea mediante la apertura de nuevos mercados, sea al
aumentar momentáneamente las necesidades en los mercados
antiguos. etc.; que, por tanto. las ganancias de un capitalista
pueden aumentar a costa de otros capitalistas, independientemente del
alza o baja del salario, del valor de cambio de la fuerza de trabajo;
que las ganancias del capitalista pueden aumentar también
mediante el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo, la
nueva aplicación de las fuerzas naturales, etc.
En primer lugar, se
reconocerá que el resultado sigue siendo el mismo, aunque se
alcance por un camino inverso. Es cierto que la ganancia no habrá
aumentado porque haya disminuido el salario. pero el salario habrá
disminuido por haber aumentado la ganancia. Con la misma cantidad de
trabajo ajeno, el capitalista compra ahora una suma mayor de valores
de cambio, sin que por ello pague el trabajo más caro; es
decir, que el trabajo resulta peor remunerado, en relación con
los ingresos netos que arroja para el capitalista.
Además, recordamos
que, pese a las oscilaciones de los precios de las mercancías,
el precio medio de cada mercancía, la proporción en que
se cambia por otras mercancías, se determina por su coste de
producción. Por tanto, los lucros conseguidos por unos
capitalistas a costa de otros dentro de la clase capitalista se
nivelan necesariamente entre sí. El perfeccionamiento de la
maquinaria, la nueva aplicación de las fuerzas naturales al
servicio de la producción, permiten crear en un tiempo de
trabajo dado y con la misma cantidad de trabajo y capital una masa
mayor de productos, pero no, ni mucho menos, una masa mayor de
valores de cambio. Si la aplicación de la máquina de
hilar me permite fabricar en una hora el doble de hilado que antes de
su invención, por ejemplo, cien libras en vez de cincuenta, a
cambio de estas cien libras de hilado no obtendré a la larga
más mercancías que antes a cambio de las cincuenta,
porque el coste de producción se ha reducido a la mitad o
porque, ahora, con el mismo coste puedo fabricar el doble del
producto.
Finalmente, cualquiera
que sea la proporción en que la clase capitalista, la
burguesía, bien la de un solo país o la del mercado
mundial entero, se reparta los ingresos netos de la producción,
la suma global de estos ingresos netos no será nunca otra cosa
que la suma en que el trabajo vivo incrementa en bloque el trabajo
acumulado. Por tanto, esta suma global crece en la proporción
en que el trabajo incrementa el capital; es decir, en la proporción
en que crece la ganancia, en comparación con el salario.
Vemos, pues, que, aunque
nos circunscribimos a las relaciones entre el capital y el trabajo
asalariado, los intereses del trabajo asalariado y los del capital
son diametralmente opuestos.
Un aumento rápido
del capital equivale a un rápido aumento de la ganancia. La
ganancia sólo puede crecer rápidamente si el precio del
trabajo, el salario relativo, disminuye con la misma rapidez. El
salario relativo puede disminuir aunque aumente el salario real
simultáneamente con el salario nominal, con la expresión
monetaria del valor del trabajo, siempre que éstos no suban en
la misma proporción que la ganancia. Si, por ejemplo, en una
época de buenos negocios, el salario aumenta en un cinco por
ciento y la ganancia en un treinta por ciento, el salario relativo,
proporcional, no habrá aumentado, sino disminuido.
Por tanto, si, con el
rápido incremento del capital, aumentan los ingresos del
obrero, al mismo tiempo se ahonda el abismo social que separa al
obrero del capitalista, y crece, a la par, el poder del capital sobre
el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital.
Decir que el obrero está
interesado en el rápido incremento del capital, sólo
significa que cuanto más aprisa incrementa el obrero la
riqueza ajena, más sabrosas migajas le caen para él,
más obreros pueden encontrar empleo y ser echados al mundo,
más puede crecer la masa de los esclavos sujetos al capital.
Hemos visto, pues:
Que, incluso la situación
más favorable para la clase obrera, el incremento más
rápido posible del capital, por mucho que mejore la vida
material del obrero, no suprime el antagonismo entre sus intereses y
los intereses del burgués, los intereses del capitalista.
Ganancia y salario seguirán hallándose, exactamente lo
mismo que antes, en razón inversa.
Que si el capital crece
rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero
que aumentarán con rapidez incomparablemente mayor las
ganancias del capitalista. La situación material del obrero
habrá mejorado, pero a costa de su situación social. El
abismo social que le separa del capitalista se habrá ahondado.
Y, finalmente:
Que el decir que la
condición más favorable para el trabajo asalariado es
el incremento más rápido posible del capital
productivo, sólo significa que cuanto más rápidamente
la clase obrera aumenta y acrecienta el poder enemigo, la riqueza
ajena que la domina, tanto mejores serán las condiciones en
que podrá seguir laborando por el incremento de la riqueza
burguesa, por el acrecentamiento del poder del capital, contenta con
forjar ella misma las cadenas de oro con las que le arrastra a
remolque la burguesía.
El incremento del capital
productivo y el aumento del salario, ¿son realmente dos cosas
tan inseparablemente enlazadas como afirman los economistas
burgueses? No debemos creerles simplemente de palabra. No debemos
siquiera creerles que cuanto más engorde el capital, mejor
cebado estará el esclavo. La burguesía es demasiado
instruida. demasiado calculadora, para compartir los prejuicios del
señor feudal, que alardeaba con el brillo de sus servidores.
Las condiciones de existencia de la burguesía la obligan a ser
calculadora.
Deberemos, pues,
investigar más de cerca lo siguiente: ¿Cómo
influye el crecimiento del capital productivo sobre el salario?
Si crece el capital
productivo de la sociedad burguesa en bloque, se produce una
acumulación más multilateral de trabajo. Crece el
número y el volumen de capitales. El aumento del número
de capitales hace aumentar la concurrencia entre los capitalistas. El
mayor volumen de los capitales permite lanzar al campo de batalla
industrial ejércitos obreros más potentes, con armas de
guerra más gigantescas.
Sólo vendiendo más
barato pueden unos capitalistas desalojar a otros y conquistar sus
capitales. Para poder vender más barato sin arruinarse, tienen
que producir mas barato; es decir, aumentar todo lo posible la fuerza
productiva del trabajo. Y lo que sobre todo aumenta esta fuerza
productiva es una mayor división del trabajo, la aplicación
en mayor escala y el constante perfeccionamiento de la maquinaria.
Cuanto mayor es el ejército de obreros entre los que se divide
el trabajo, cuanto más gigantesca es la escala en que se
aplica la maquinaria, más disminuye relativamente el coste de
producción, más fecundo se hace el trabajo. De aquí
que entre los capitalistas se desarrolle una rivalidad en todos los
aspectos para incrementar la división del trabajo y la
maquinaria y explotarlos en la mayor escala posible.
Si un capitalista,
mediante una mayor división del trabajo, empleando y
perfeccionando nuevas máquinas, explotando de un modo más
provechoso y más extenso las fuerzas naturales. encuentra los
medios para fabricar, con la misma cantidad de trabajo o de trabajo
acumulado, una suma mayor de productos, de mercancías, que sus
competidores; si, por ejemplo, en el mismo tiempo de trabajo en que
sus competidores tejen media vara de lienzo. él produce una
vara entera, ¿cómo procederá este capitalista?
Podría seguir
vendiendo la media vara de lienzo al mismo precio a que venía
cotizándose anteriormente en el mercado, pero esto no sería
el medio más adecuado para desalojar a sus adversarios de la
liza y extender sus propias ventas. Sin embargo, en la misma medida
en que se dilata su producción, se dilata para él la
necesidad de mercado. Los medios de producción, más
potentes y más costosos que ha puesto en pie, le permiten
vender su mercancía mas barata, pero al mismo tiempo le
obligan a vender más mercancías, a conquistar para
éstas un mercado incomparablemente mayor; por tanto, nuestro
capitalista venderá la media vara de lienzo más barata
que sus competidores.
Pero, el capitalista no
venderá una vara entera de lienzo por el mismo precio a que
sus competidores venden la media vara, aunque a él la
producción de una vara no le cueste más que a los otros
la media. Si lo hiciese así, no obtendría ninguna
ganancia extraordinaria; sólo recobraría por el trueque
el coste de producción. Por tanto, aunque obtuviese ingresos
mayores, éstos provendrían de haber puesto en
movimiento un capital mayor, pero no de haber logrado que su capital
aumentase más que los otros. Además, el fin que
persigue, lo alcanza fijando el precio de su mercancía tan
sólo unos puntos más bajo que sus competidores. Bajando
el precio, los desaloja y les arrebata por lo menos una parte del
mercado. Y, finalmente, recordamos que el precio corriente es siempre
superior o inferior al coste de producción, según que
la venta de una mercancía coincida con la temporada favorable
o desfavorable de una rama industrial. Los puntos que el capitalista,
que aplica nuevos y más fecundos medios de producción,
puede añadir a su coste real de producción, al fijar el
precio de su mercancía, dependerán de que el precio de
una vara de lienzo en el mercado sea superior o inferior a su
anterior coste habitual de producción.
Pero el privilegio de
nuestro capitalista no es de larga duración; otros
capitalistas, en competencia con él, pasan a emplear las
mismas máquinas, la misma división del trabajo y en una
escala igual o mayor, hasta que esta innovación acaba por
generalizarse tanto, que el precio del lienzo queda por debajo, no ya
del antiguo, sino incluso de su nuevo coste de producción.
Los capitalistas vuelven
a encontrarse, pues, unos frente a otros, en la misma situación
en que se encontraban antes de emplear los nuevos medios de
producción; y si, con estos medios, podían suministrar
por el mismo precio el doble de producto que antes, ahora se ven
obligados a entregar el doble de producto por menos del precio
antiguo. Y comienza la misma historia, sobre la base de este nuevo
coste de producción. Más división del trabajo,
más maquinaria en una escala mayor. Y la competencia vuelve a
reaccionar, exactamente igual que antes, contra este resultado.
Vemos, pues, cómo
se subvierten, se revolucionan incesantemente el modo de producción
y los medios de producción, cómo la división del
trabajo acarrea necesariamente otra división mayor del
trabajo, la aplicación de la maquinaria, otra aplicación
mayor de la maquinaria, la producción en gran escala, una
producción en otra escala mayor.
Tal es la ley que saca
constantemente de su viejo cauce a la producción burguesa y
obliga al capital a tener constantemente en tensión las
fuerzas productivas del trabajo, por haberlas puesto antes en
tensión; la ley que no le deja punto de sosiego y le susurra
incesantemente al oído: ¡Adelante! ¡Adelante!
Esta ley no es sino la
que, dentro de las oscilaciones de los períodos comerciales,
nivela necesariamente el precio de una mercancía con su coste
de producción.
Por potentes que sean los
medios de producción que un capitalista arroja a la liza, la
concurrencia se encargará de generalizar el empleo de estos
medios de producción, y, a partir del momento en que se hayan
generalizado, el único fruto de la mayor fecundidad de su
capital es que ahora tendrá que dar por el mismo precio diez,
veinte, cien veces más producto que antes. Pero como, para
compensar con la cantidad mayor del producto vendido el precio más
bajo de venta, tendrá que vender acaso mil veces más,
porque ahora necesita una venta en masa, no sólo para ganar
más, sino para reponer el coste de producción, ya que
los propios instrumentos de producción van siendo, como hemos
visto, cada vez más caros, y como esta venta en masa no es una
cuestión vital solamente para él, sino también
para sus rivales, la vieja contienda se desencadena con tanta mayor
violencia cuanto más fecundos son los medios de producción
ya inventados. Por tanto, la división del trabajo y la
aplicación de maquinaria seguirán desarrollándose
de nuevo, en una escala incomparablemente mayor.
Cualquiera que sea la
potencia de los medios de producción empleados, la competencia
procura arrebatar al capital los frutos de oro de esta potencia,
reduciendo el precio de las mercancías al coste de producción,
y, por tanto, convirtiendo en una ley imperativa el que en la medida
en que pueda producirse más barato, es decir, en que pueda
producirse más con la misma cantidad de trabajo, haya que
abaratar la producción, que suministrar cantidades cada vez
mayores de productos por el mismo precio. Por donde el capitalista,
como fruto de sus propios desvelos, sólo saldría
ganando la obligación de rendir más en el mismo tiempo
de trabajo; en una palabra, condiciones más difíciles
para el aumento del valor de su capital. Por tanto, mientras que la
concurrencia le persigue constantemente con su ley del coste de
producción, y todas las armas que forja contra sus rivales se
vuelven contra él mismo, el capitalista se esfuerza por burlar
constantemente la competencia empleando sin descanso, en lugar de las
antiguas, nuevas máquinas, que, aunque más costosas,
producen más barato e implantando nuevas divisiones del
trabajo en sustitución de las antiguas, sin esperar a que la
competencia haga envejecer los nuevos medios.
Representémonos
esta agitación febril proyectada al mismo tiempo sobre todo el
mercado mundial, y nos formaremos una idea de cómo el
incremento, la acumulación y concentración del capital
trae consigo una división del trabajo, una aplicación
de maquinaria nueva y un perfeccionamiento de la antigua en una
carrera atropellada e ininterrumpida, en escala cada vez más
gigantesca.
Ahora bien, ¿cómo
influyen estos factores, inseparables del incremento del capital
productivo, en la determinación del salario?
Una mayor división
del trabajo permite a un obrero realizar el trabajo de cinco, diez o
veinte; aumenta, por tanto, la competencia entre los obreros en
cinco, diez o veinte veces. Los obreros no sólo compiten entre
sí vendiéndose unos más barato que otros, sino
que compiten también cuando uno solo realiza el trabajo de
cinco, diez o veinte; y la división del trabajo, implantada y
constantemente reforzada por el capital, obliga a los obreros a
hacerse esta clase de competencia.
Además, en la
medida en que aumenta la división del trabajo, éste se
simplifica. La pericia especial del obrero no sirve ya de nada. Se le
convierte en una fuerza productiva simple y monótona, que no
necesita poner en juego ningún recurso físico ni
espiritual. Su trabajo es ya un trabajo asequible a cualquiera. Esto
hace que afluyan de todas partes competidores; y, además,
recordamos que cuanto más sencillo y más fácil
de aprender es un trabajo, cuanto menor coste de producción
supone el asimilárselo, más disminuye el salario, ya
que éste se halla determinado, como el precio de toda
mercancía, por el coste de producción.
Por tanto, a medida que
el trabajo va haciéndose más desagradable, más
repelente, aumenta la competencia y disminuye el salario. El obrero
se esfuerza por sacar a flote el volumen de su salario trabajando
más; ya sea trabajando más horas al día o
produciendo más en cada hora. Es decir, que, acuciado por la
necesidad, acentúa todavía más los fatales
efectos de la división del trabajo. El resultado es que,
cuanto más trabaja, menos jornal gana; por la sencilla razón
de que en la misma medida hace la competencia a sus compañeros,
y convierte a éstos, por consiguiente, en otros tantos
competidores suyos, que se ofrecen al patrono en condiciones tan
malas como él; es decir, porque, en última instancia,
se hace la competencia a sí mismo, en cuanto miembro de la
clase obrera.
La maquinaria produce los
mismos efectos en una escala mucho mayor, al sustituir los obreros
diestros por obreros inexpertos, los hombres por mujeres, los adultos
por niños, y porque, además, la maquinaria, dondequiera
que se implante por primera vez, lanza al arroyo a masas enteras de
obreros manuales, y, donde se la perfecciona, se la mejora o se la
sustituye por máquinas más productivas, va desalojando
a ;los obreros en pequeños pelotones. Más arriba, hemos
descrito a grandes rasgos la guerra industrial de unos capitalistas
con otros. Esta guerra presenta la particularidad de que en ella las
batallas no se ganan tanto enrolando a ejércitos obreros, como
licenciándolos. Los generales, los capitalistas rivalizan a
ver quién licencia más soldados industriales.
Los economistas nos
dicen, ciertamente, que los obreros a quienes la maquinaria hace
innecesarios encuentran nuevas ramas en que trabajar.
No se atreven a afirmar
directamente que los mismos obreros desalojados encuentran empleo en
nuevas ramas de trabajo, pues los hechos hablan demasiado alto en
contra de esta mentira. Sólo afirman, en realidad, que se
abren nuevas posibilidades de trabajo para otros sectores de la clase
obrera; por ejemplo, para aquella parte de la generación
obrera juvenil que estaba ya preparada para ingresar en la rama
industrial desaparecida. Es, naturalmente, un gran consuelo para los
obreros eliminados. A los señores capitalistas no les faltarán
carne y sangre fresca explotables y dejarán que los muertos
entierren a sus muertos. Pero esto servirá de consuelo más
a los propios burgueses que a los obreros. Si la maquinaria
destruyese íntegra la clase de los obreros asalariados, ¡que
espantoso sería esto para el capital, que sin trabajo
asalariado dejaría de ser capital!
Pero, supongamos que los
obreros directamente desalojados del trabajo por la maquinaria y toda
la parte de la nueva generación que aguarda la posibilidad de
colocarse en la misma rama encuentren nuevo empleo. ¿Se cree
que por este nuevo trabajo se les habría de pagar tanto como
por el que perdieron? Esto estaría en contradicción con
todas las leyes de la economía. Ya hemos visto cómo la
industria moderna lleva siempre consigo la sustitución del
trabajo complejo y superior por otro más simple y de orden
inferior.
¿Cómo,
pues, una masa de obreros expulsados por la maquinaria de una rama
industrial va a encontrar refugio en otra, a no ser con salarios más
bajos, peores?
Se ha querido aducir como
una excepción a los obreros que trabajan directamente en la
fabricación de maquinaria. Visto que la industria exige y
consume más maquinaria, se nos dice, las máquinas
tienen, necesariamente, que aumentar, y con ellas su fabricación,
y, por tanto, los obreros empleados en la fabricación de la
maquinaria; además, los obreros que trabajan en esta rama
industrial son obreros expertos, incluso instruidos.
Desde el año 1840,
esta afirmación, que ya antes sólo era exacta a medias,
ha perdido toda apariencia de verdad, pues en la fabricación
de maquinaria se emplean cada vez en mayor escala máquinas, ni
más ni menos que para la fabricación de hilo de
algodón, y los obreros que trabajan en las fábricas de
maquinaria sólo pueden desempeñar el papel de máquinas
extremadamente imperfectas, al lado de las complicadísimas que
se utilizan.
Pero, ¡en vez del
hombre adulto desalojado por la máquina, la fábrica da
empleo tal vez a tres niños y a una mujer! ¿Y acaso el
salario del hombre no tenía que bastar para sostener a los
tres niños y a la mujer? ¿No tenía que bastar el
salario mínimo para conservar y multiplicar el género?
¿Qué prueba, entonces, este favorito tópico
burgués? Prueba únicamente que hoy, para pagar el
sustento de una familia obrera, la industria consume cuatro vidas
obreras por una que consumía antes.
Resumiendo: cuanto más
crece el capital productivo, mas se extiende la división del
trabajo y la aplicación de maquinaria. Y cuanto más se
extiende la división del trabajo y la aplicación de la
maquinaria, más se acentúa la competencia entre los
obreros y más se reduce su salario.
Además, la clase
obrera se recluta también entre capas más altas de la
sociedad. Hacia ella va descendiendo una masa de pequeños
industriales y pequeños rentistas, para quienes lo más
urgente es ofrecer sus brazos junto a los brazos de los obreros. Y
así, el bosque de brazos que se extienden y piden trabajo es
cada vez más espeso, al paso que los brazos mismos que lo
forman son cada vez más flacos.
De suyo se entiende que
el pequeño industrial no puede hacer frente a esta lucha, una
de cuyas primeras condiciones es producir en una escala cada vez
mayor, es decir, ser precisamente un gran y no un pequeño
industrial.
Que el interés del
capital disminuye en la misma medida que aumentan la masa y el número
de capitales. en la que crece el capital, y que, por tanto, el
pequeño rentista no puede seguir viviendo de su renta y tiene
que lanzarse a la industria, ayudando de este modo a engrosar las
filas de los pequeños industriales. y, con ello las de los
candidatos a proletarios, es cosa que tampoco requiere más
explicación.
Finalmente, a medida que
los capitalistas se ven forzados, por el proceso que exponíamos
más arriba, a explotar en una escala cada vez mayor los
gigantescos medios de producción ya existentes, viéndose
obligados para ello a poner en juego todos los resortes del crédito,
aumenta la frecuencia de los terremotos industriales, en los que el
mundo comercial sólo logra mantenerse a flote sacrificando a
los dioses del averno una parte de la riqueza, de los productos y
hasta de las fuerzas productivas; aumentan, en una palabra, las
crisis. Estas se hacen más frecuentes y más violentas,
ya por el solo hecho de que. a medida que crece la masa de producción
y, por tanto, la necesidad de mercados más extensos, el
mercado mundial va reduciéndose más y más, y
quedan cada vez menos mercados nuevos que explotar, pues cada crisis
anterior somete al comercio mundial un mercado no conquistado todavía
o que el comercio sólo explotaba superficialmente. Pero el
capital no vive sólo del trabajo. Este amo, a la par
distinguido y bárbaro, arrastra consigo a la tumba los
cadáveres de sus esclavos, hecatombes enteras de obreros que
sucumben en las crisis. Vemos, pues, que, si el capital crece
rápidamente, crece con rapidez incomparablemente mayor todavía
la competencia entre los obreros, es decir, disminuyen tanto más,
relativamente, los medios de empleo y los medios de vida de la clase
obrera; y, no obstante esto, el rápido incremento del capital
es la condición más favorable para el trabajo
asalariado.
Escrito por C. Marx;
sobre la base de las conferencias
pronunciadas en la
segunda quincena de diciembre de 1847.
Se publica de acuerdo con
el texto del folleto.
Traducido del alemán.
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