LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO DESDE TODAS LAS TRINCHERAS

Canciones de Combate

miércoles, 9 de mayo de 2012

La inevitabilidad de las guerras entre los países capitalistas


por: J. V. Stalin
Algunos camaradas afirman que, debido al desarrollo de nuevas condiciones internacionales después de la segunda guerra mundial, las guer ras entre los países capitalistas han dejado de ser inevitables. Consideranesos camaradas que las contradicciones entre el campo del socialismo y el campo del capitalismo son más fuertes que las contradicciones entre los países capitalistas; que los Estados Unidos dominan lo bastante a los demás países capitalistas para no dejarles combatir entre sí y debilitarse mutuamente; que los hombres más inteligentes del capitalismo han sido lo bastante aleccionados por la experiencia de las dos guerras mundiales -guerras que han causado serios perjuicios a todo el mundo capitalista- para no permitirse arrastrar de nuevo a los países capitalistas a una guerra entre sí; y que, en virtud de todo eso, las guerras entre los países capitalistas han dejado de ser inevitables.
Esos camaradas se equivocan. Ven los fenómenos exteriores, que aparecen en la superficie, pero no advierten las fuerzas de fondo que, si por el momento actúan imperceptiblemente, serán, en fin de cuentas, las que determinen el desarrollo de los acontecimientos.
En apariencia, todo marcha «felizmente»: los Estados Unidos tienen a ración a la Europa Occidental, al Japón y a otros países capitalistas; Alemania (la del Oeste), Inglaterra, Francia, Italia y el Japón, que han caído en las garras de Estados Unidos, cumplen, sumisos, las órdenes de ese país. Pero sería un error suponerque es e «bienestar» puede subsistir «por los siglos de los siglos», que esos países soportarán siempre el dominio y el yugo de Estados Unidos y que no intentarán arrancarse de la esclavitud a que los tienen sometidos los norteamericanos y emprender un camino de desarrollo independiente.
Tomemos, ante todo, a Inglaterra y a Francia. Es indudable que son países imperialistas. Es indudable que las materias primas baratas y los mercados de venta asegurados tienen para ellos una importancia de primer orden. ¿Se puede suponer que esos países soportarán eternamente la situación actual, en la que los norteamericanos, al socaire de la «ayuda» según el «plan Marshall», penetran profundamente en la economía de Inglaterra y de Francia, con el afán de convertirla en un apéndice de la economía de los Estados Unidos? ¿Soportarán eternamente esos países que el capital norteamericano eche la zarpa a las materias primas y a los mercados de venta en las colonias anglo-francesas y prepare de este modo una catástrofe para los elevados beneficios de los capitalistas anglo-franceses? ¿No será más acertado decir que la Inglaterra capitalista y, tras ella, la Francia capitalista se verán, en fin de cuentas, obligadas a arrancarse del abrazo de los Estados Unidos y a tener un conflicto con ellos para asegurarse una situación independiente y, claro está, elevados beneficios?
Pasemos a los principales países vencidos, a Alemania (la del Oeste) y al Japón. Estos países arrastran hoy una existencia miserable bajo la bota del imperialismo norteamericano. Su industria y su agricultura, su comercio y su política exterior e interior, toda su vida se ve encadenada por el «régimen» norteamericano de ocupación. Y esos países todavía ayer eran grandes potencias imperialistas, que sacudieron los fundamentos del dominio de Inglaterra, los Estados Unidos y Francia en Europa y en Asia. Suponer que esos países no tratarán de ponerse en pie otra vez, de dar al traste con el «régimen» de los Estados Unidos y de abrirse paso hacia un camino de desarrollo independiente, significa creer en milagros.
Se dice que las contradicciones entre el capitalismo y el socialismo son más fuertes que las contradicciones entre los países capitalistas. Teóricamente, eso es acertado, claro está. Y no sólo lo es ahora, hoy día, sino que lo era también antes de la segunda guerra mundial. Y, más o menos, eso lo comprendían los dirigentes de los países capitalistas. Sin embargo, la segunda guerra mundial no empezó por una guerra contra la URSS, sino por una guerra entre países capitalistas. ¿Por qué? En primer término, porque la guerra contra la URSS, como el país del socialismo, es más peligrosa para el capitalismo que la guerra entre países capitalistas, pues si la guerra entre países capitalistas sólo plantea la cuestión del predominio de unos países capitalistas sobre otros países capitalistas, la guerra contra la URSS debe plantear inevitablemente la cuestión de la existencia del propio capitalismo. En segundo término, porque los capitalistas, aunque con fines de «propaganda» alborotan acerca de la agresividad de la Unión Soviética, no creen ellos mismos lo que dicen, pues tienen en cuenta la política pacífica de la Unión Soviética y saben que este país no agredirá a los países capitalistas.
Después de la primera guerra mundial considerábase también que Alemania había sido puesto fuera de combate para siempre, como algunos camaradas piensan hoy del Japón y de Alemania. Entonces también se hablaba y se alborotaba en la prensa diciendo que los Estados Unidos tenían a Europa a ración, que Alemania no podría ponerse de nuevo en pie y que no habría ya más guerras entre los países capitalistas. Sin embargo, a pesar de todas esas consideraciones, Alemania levantó cabeza y se puso en pie como una gran potencia al cabo de unos quince o veinte años después de su derrota, arrancándose a la esclavitud y emprendiendo el camino, de un desarrollo independiente. Es muy sintomático que fueran precisamente Inglaterra y los Estados Unidos quienes ayudaron a Alemania a resurgir económicamente y a elevar su potencial económico militar. Claro está que, al ayudar a Alemania a ponerse en pie económicamente, los Estados Unidos e Inglaterra pensaban orientar a Alemania, una vez repuesta, contra la Unión Soviética, utilizarla contra el país del socialismo. Sin embargo, Alemania dirigió sus fuerzas, en primer término, contra el bloque anglo-franconorteamericano.
Y cuando la Alemania hitleriana declaró la guerra a la Unión Soviética, el bloque anglofranco- norteamericano, no sólo no se unió a la Alemania hitleriana, sino que, por el contrario, se vió constreñido a formar una coalición con la URSS, contra la Alemania hitleriana.
Por tanto, la lucha de los países capitalistas por los mercados y el deseo de hundir a sus competidores resultaron prácticamente más fuertes que las contradicciones entre el campo del capitalismo y el campo del socialismo.
Se pregunta: ¿qué garantía puede haber de que Alemania y el Japón no vuelvan a ponerse en pie, de que no traten de escapar de la esclavitud norteamericana y de vivir una vida independiente? Pienso que no hay tales garantías.
Pero de aquí se desprende que la inevitabilidad de las guerras entre los países capitalistas sigue existiendo.
Se dice que la tesis de Lenin relativa a que el imperialismo engendra inevitablemente las guerras debe considerarse caducada, por cuanto en el presente han surgido poderosas fuerzas populares que actúan en defensa de la paz, contra una nueva guerra mundial. Eso no es cierto.
El presente movimiento pro paz persigue el fin de levantar a las masas populares a la lucha por mantener la paz, por conjurar una nueva guerra mundial. Consiguientemente, ese movimiento no persigue el fin de derrocar el capitalismo y establecer el socialismo, y se limita a los fines democráticos de la lucha por mantener la paz. En este sentido, el actual movimiento por mantener la paz se distingue del movimiento desarrollado en el período de la primera guerra mundial por la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, pues este último movimiento iba más lejos y perseguía fines socialistas.
Es posible que, de concurrir determinadas circunstancias, la lucha por la paz se desarrolle hasta transformarse, en algunos lugares, en lucha por el socialismo, pero eso no sería ya el actual movimiento pro paz, sino un movimiento por derrocar el capitalismo.

Lo más probable es que el actual movimiento pro paz, como movimiento para mantener la paz, conduzca, en caso de éxito, a conjurar una guerra concreta, a aplazarla temporalmente, a mantener temporalmente una paz concreta, a que dimitan los gobiernos belicistas y sean sustituidos por otros gobiernos, dispuestos a mantener temporalmente la paz. Eso, claro es, está bien. Eso incluso está muy bien. Pero todo ello no basta para suprimir la inevitabilidad de las guerras en general entre los países capitalistas. No basta, porque, aún con todos los éxitos del movimiento en defensa de la paz, el imperialismo se mantiene, continúa existiendo, y, por consiguiente, continúa existiendo también la inevitabilidad de las guerras.
Para eliminar la inevitabilidad de las guerras hay que destruir el imperialismo.

martes, 8 de mayo de 2012

LA TEORIA DE LA "DESIDEOLOGIZACIÓN"

Por: José Sotomayor Pérez
No es casual que todos los teóricos de la «desideologización»  se pronuncien, ante todo, contra la ideología de la clase obrera, el marxismo leninismo, tratando de refutarlo. Para demostrar «objetividad» en su teorización comienzan, por lo general ocupándose de ciertas tesis y doctrinas de la burguesía que no tienen vigencia porque históricamente han caducado. Sin embargo, el nacimiento de la teoría de la desideologización, se produjo a mediados de septiembre de 1955 en la ciudad de Milán, con motivo del «Congreso por la libertad de la cultura», cuyo carácter fue descrito por sus dirigentes del siguiente modo:

En ese congreso todos los discursos criticaban de una u otra manera el doctrinarismo, el fanatismo o la posesión ideológica, todos expresaban la idea de que la humanidad, «si es que quiere cultivar y mejorar su jardín, debe liberarse de las visiones  y fantasías obsecionales, del hostigamiento por parte de ideólogos y fanáticos».
Uno de los primeros en dar a conocer las ideas de la teoría de la «desideologización»  fue R. Aron con la publicación de su libro «El Opio de los Intelectuales», de un contenido abiertamente anticomunista. Para este ideólogo burgués ,el «fin de la ideología» debe ser el fin del marxismo como ideología de la clase obrera. Al libro R. Aron siguieron los libros de D. Bell titulado «El Fin de la Ideología» , y «Hombre Político» de Lipset. No son estas las únicas obras dedicadas a la «desideologización», pero todas buscan con desesperación los medios teóricos y prácticos para consolidar la ideología burguesa y refutar o, por lo menos, neutralizar la influencia creciente del marxismo leninismo, ideología del proletariado.
La teoría burguesa del «fin de las ideologías», como una refutación del marxismo leninismo, confirma, una vez más que la lucha ideológica es una forma de la ley de la lucha de clases. La obsesión burguesa por hacer desaparecer el marxismo leninismo lleva a sus ideólogos a inventar una serie de teorías anticomunistas y antimarxistas, agudizando y agravando la lucha ideológica en el mundo contemporáneo. Es un hecho inobjetable que, mientras exista la sociedad de clases será inevitable la lucha de clases y por consiguiente la lucha ideológica. De aquí resulta de lógica elemental que, decretar el «fin de las ideologías» no es otra cosa que una ilusión de la burguesía. !Cuanta razón tenía Lenin cuando decía: «El problema se plantea solamente así: ideología burguesa o ideología socialista. No hay término medio... Por eso, todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea alejarse de ella equivale a fortalecer la ideología burguesa»! No hay que olvidar la dolorosa tragedia de la URSS, que tuvo entre otras causas, el abandono del trabajo ideológico entre las nuevas generaciones soviéticas y el abierto abandono de los principios y concesiones de los  partidos comunistas, que mayoritariamente se sometieron al revisionismo.
La teoría de la “desideologización” es una de las armas ideológicas de la reacción y el imperialismo para poner freno a la conciencia de clase del proletariado e impedir el desarrollo de las fuerzas democrático – revolucionarias en el mundo. La burguesía y sus representantes saben que hoy en día la ideología, como nunca, es inseparable de la política. Todo problema ideológico es inseparable de uno u otro problema político. El Estado burgués contemporáneo otorga una importancia de primer orden a la lucha contra la ideología comunista, camuflándola en muchos casos bajo el nombre de “guerra psicológica”. Una de las razones de este enmascaramiento, está en que la burguesía ha perdido para siempre toda iniciativa de carácter ideológico. Clase reaccionaria y en descomposición, no puede crear teorías avanzadas, como pudo hacerlo cuando era una clase revolucionaria. La iniciativa histórica hoy en día le corresponde a la clase obrera y es su ideología la bandera de lucha por un mundo sin oprimidos ni opresores, sin explotados ni explotadores.
Toda la escalada de especulaciones sobre el “fin de las ideologías” poseen un rasgo común: el rechazo y odio al marxismo, a tal punto que los teóricos de la «desideologización» consideran que la “ideología” que debe desaparecer es el marxismo leninismo. De aquí todas sus divagaciones sobre la doctrina de Marx y Lenín como envejecidas e inaplicables. La verdad, sin embargo, es que la ideología burguesa es la que ha llegado a su fin al haber adquirido un carácter meramente apologético y reaccionario. Sin embargo no hay que olvidar que la “guerra fría” terminó con la debacle del campo socialista después de que la burguesía internacional en complicidad del revisionismo desarmó ideológicamente a los partidos de la clase obrera que se encontraban en el poder.

domingo, 6 de mayo de 2012

Discurso del Camarada J. Dimitrov ante el Tribunal del Reich Aleman


[1] Jorge Dimitrov fue detenido el 9 de marzo de 1933 en Berlín, acusado de provocar el incendio ocurrido en el Reichstag el día 27 de febrero de 1933.



J. Dimitrov [*]

16 de diciembre de 1933






 
-Dimitrov: En virtud del artículo 258 del Código Procesal, tengo derecho a hablar a la vez como defensor y como acusado.


-El Presidente: Tiene usted derecho a hablar el último y puede ahora hacer uso de ese derecho.


-Dimitrov: En virtud del citado Código, tengo derecho a contestar a la acusación y, por lo tanto, a hablar en último lugar.

      ¡Señores jueces, señores fiscales, señores defensores! Desde el comienzo de la vista de este proceso, hace tres meses, como acusado, dirigí una carta al presidente del tribunal. En aquella carta decía que lamentaba que mis intervenciones diesen lugar a incidentes, pero que rechazaba categóricamente el que mi conducta se interpretase como un abuso deliberado del derecho a formular preguntas y emitir declaraciones con fines de propaganda. Se comprende que, desde el momento en que se me ha acusado, a pesar de ser inocente, traté de defenderme por todos los medios de que dispongo...

      «Reconozco -decía en mi carta- que no todas las preguntas fueron formuladas correctamente, desde el punto de vista de su forma jurídica. Ello se explica, sin embargo, por mi desconocimiento de las leyes alemanas. Además, es la primera vez en mi vida que me veo envuelto en un proceso semejante. Si tuviese un defensor de mi elección, habría podido evitar en su totalidad estos incidentes desfavorables para mi propia defensa. He nombrado a una serie de abogados: a Dechev, a Moro-Giaferi, a Campinchi, a Torrès, a Grigorov, a Leo Gallager (de Norteamérica) y al Dr. Lehmann (de Saarbrücken). Pero el tribunal del Reich, con uno u otro pretexto, ha rechazado todas mis designaciones, hasta ha negado el permiso de entrada al señor Dechev. No abrigo ninguna desconfianza personal contra el señor Doctor Paul Teichert, ni como persona, no como abogado. Pero, en la situación de Alemania, Teichert no puede merecerme la confianza necesaria, en su papel de abogado de oficio. Por eso, trato de defenderme yo mismo y a veces doy pasos falsos, desde el punto de vista jurídico.

      En interés de mi defensa ante el tribunal y, creo que, también en interés de la marcha normal del proceso, me dirijo una vez más, la última, a ese supremo tribunal, pidiendo se designe al abogado Marcel Villard, que ya ha recibido la autorización de mi hermana, para hacerse cargo de mi defensa. Si esta última proposición mía es rechazada también, desgraciadamente, no me quedará otro medio que defenderme yo mismo en la medida de mis fuerzas y como mejor sepa».

      Como esta proposición también fue rechazada, decidí defenderme yo mismo. Puesto que no necesito de la miel, ni el veneno de la elocuencia del defensor que se me impuso, me he defendido todo el tiempo sin la ayuda del abogado.

      Naturalmente que en modo alguno me hago solidario del informe del abogado Teichert. Lo que ha de tomarse en cuenta para la defensa es sólo lo dicho por mí ante el tribunal, hasta el presente y lo que voy a decir ahora. No quisiera agraviar a Torgler, que, a mi juicio, ha sido ya bastante agraviado por su defensor, pero debo decir abiertamente: prefiero ser condenado injustamente a muerte por la justicia alemana, que ser absuelto por una defensa como la que hizo de Torgler el Dr. Sack.


-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Aquí usted no tiene derecho a criticar.


-Dimitrov: Mi lenguaje es apasionado y duro, lo reconozco, pero también mi lucha y mi vida han sido siempre duras y apasionadas. Mi lenguaje es un lenguaje franco y sincero. Estoy acostumabrado a llamar a las cosas por su nombre. No soy un abogado que defiende por deber a su cliente.

      Me defiendo a mí mismo, como comunista acusado.

      Defiendo mi honor personal de comunista, mi honor de revolucionario.

      Defiendo mis ideas, mis convicciones comunistas.

      Defiendo el sentido y el contenido de mi vida.

      Por esta razón, cada palabra pronunciada por mí ante el tribunal es , por decirlo así, sangre de mi sangre y carne de mi carne. Cada palabra mía es la expresión de mi indignación más profunda contra esta injusta acusación, contra el hecho de que se impute a los comunistas un crimen tan anticomunista. [1]

      Se me ha reprochado reiteradamente no tomar en serio al Tribunal Supremo alemán. Este reproche es absolutamente injusto.

      Es cierto que para mí, como comunista, la suprema ley es el programa de la Internacional Comunista y el Tribunal Supremo --la Comisión de Control de la Internacional Comunista.

      Pero, como acusado, el Tribunal Supremo es para mí un tribunal, ante el que es preciso adoptar una actitud seria, no sólo por el hecho de hallarse integrado por jueces de una especial calificación, sino también porque este tribunal es un órgano sumamente importante del poder del Estado, un importante órgano del régimen social imperante, tribunal que puede condenar en forma inapelable a la mayor pena. Puedo decir con la conciencia tranquila ante el tribunal, y, por lo tanto, ante la opinión pública también, que he dicho la verdad y sólo la verdad en todos los apuntes. En lo tocante a mi Partido colocado en la ilegalidad, me he abstenido de hacer toda clase de declaraciones. He hablado siempre con seriedad y con el sentimiento de la más profunda convicción.


-El Presidente: No toleraré que se ocupe usted aquí, en esta sala, de propaganda comunista. Lo ha estado usted haciendo durante todo el tiempo. Si sigue, le retiraré la palabra.


-Dimitrov: Debo rechazar categóricamente la afirmación de que persigo fines de propaganda. Podrá pensarse que mi defensa ante el tribunal encerraba cierta eficacia propagandista. Admito que mi conducta ante el tribunal puede servir de ejemplo para un comunista acusado. Pero no era ese el objetivo de mi defensa. Mi objetivo ha consistido en rechazar la acusación, según la cual, Dimitrov, Torgler, Popov y Tanev, el Partido Comunista de Alemania y la Internacional Comunista tienen algo que ver con el incendio.

      Yo sé que en Bulgaria nadie cree en nuestra supuesta participación en el incendio del Reichstag. Sé que en el extranjero no hay, en general, nadie que dé crédito a esto. Pero en Alemania las circunstancias son diferentes: aquí, podrían creerse tales afirmaciones extrañas. Por eso he querido demostrar que el Partido Comunista no ha tenido, ni tiene que ver nada con tal delito.

      Si se habla de propaganda, hay que decir que muchas de las intervenciones hechas ante el tribunal han tenido este carácter. También las intervenciones de Göbbels y de Göring han ejercido una acción indirecta de propaganda a favor del comunismo, pero nadie puede hacerles responsables de ello. (Animación y risas en la sala).

      La prensa no sólo me ha denigrado en todas las formas posibles -esto es lo que menos me preocupa- sino que, en relación conmigo, se ha motejado de "salvaje" y de "bárbaro" al pueblo búlgaro, a mí se me ha llamado "el tenebroso sujeto balcánico", el "búlgaro salvaje", y esto no puedo pasarlo por alto.

      Es cierto que el fascismo búlgaro es salvaje y bárbaro. Pero la clase obrera, los campesinos y los intelectuales populares de Bulgaria, que están al lado del pueblo, no son, en modo alguno bárbaros, ni salvajes. El nivel material y cultural de los Balcanes no es indudablemente tan elevado como el de otros países europeos; pero, espiritual y políticamente, las masas del pueblo de mi país no ocupan un nivel más bajo que las masas de los dem´s países de Europa. En Bulgaria, nuestras luchas políticas, nuestras aspiraciones políticas no son inferiores a las de otros países. Un pueblo que ha vivido durante quinientos años bajo el yugo extranjero, sin perder su idioma, ni su nacionalidad, una clase obrera y una masa campesina como las nuestras que han luchado y siguen luchando contra el fascismo búlgaro y por el Comunismo, un pueblo tal no es bárbaro, ni salvaje. Los bárbaros y salvajen en Bulgaria son solamente los fascistas. Pero, yo pregunto, señor Presidente:¿En qué país no son los fascistas bárbaros y salvajes?


-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) ¿No aludirá usted, por supuesto, a la situación política de Alemania?


-Dimitrov: (con una sonrisa irónica) ¡Naturalmente que no, señor Presidente!

      Mucho antes de la época en que el emperador alemán Carlos V dijera que "sólo hablaba en alemán con sus caballos" y que los hidalgos alemanes y la gente instruida escribían sólo en latín y se sentían avergonzados de la lengua alemana, en la "bárbara" Bulgaria, los apóstoles Cirilo y Método habían creado y difundido la antigua escritura búlgara.

      El pueblo búlgaro luchó con todas sus fuerzas y con todo tesón contra el yugo extranjero. Por eso protesto contra los ataques de que se hace objeto al pueblo búlgaro. No tengo por qué avergonzarme de ser búlgaro y me enorgullezco de ser hijo de la clase obrera de Bulgaria.

      Antes de abordar la cuestión de fondo, debo decir lo siguiente: el Dr. Teichert nos ha reprochado el que nos hubiésemos colocado nosotros mismos en la situación de acusados por el incendio del Reichstag. A esto debo contestar que, desde el 9 de marzo, en que fuimos detenidos, hasta que se abrió este proceso, transcurrió mucho tiempo. En este tiempo habrían podido investigarse todos los factores que dejaban margen a sospechas. Durante la instrucción del sumario hablé con funcionarios responsables de la llamada «Comisión del Incendio del Reichstag». Dichos funcionarios me dijeron que los búlgaros no eran culpables del incendio del Reichstag. Sólo se nos acusaba de haber vivido con pasaportes falsos, bajo nombres falsos, sin inscribirnos...etc.


-El Presidente: Lo que acaba usted de decir no se ha discutido en el proceso; por tanto, no tiene usted derecho a referirse a ello.


-Dimitrov: Señor Presidente, en ese tiempo se debieron analizar todos los datos para descargarnos oportunamente de esta acusación. En el acta de acusación, se dice que Dimitrov, Popov y Tanev afirman ser emigrados búlgaros. Sin embargo, a pesar de ello, hay que reputar como probado que residían en Alemania para los fines del trabajo clandestino. Son, se dice en el acta de la acusación, los "agentes del Partido Comunista de Moscú para preparar la insurrección armada".

      En la página 83 del acta de acusación se dice que, a pesar de que Dimitrov manifiesta haber estado ausente de Berlín desde el 25 al 28 de febrero, esto no altera la cosa, ni le descarga de la acusación de complicidad con el incendio del Reichstag. Así lo atestiguan -indica más adelante el acta de acusación- no sólo las declaraciones del Hellmer sino también otros muchos hechos que indican que...


-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) No debe usted dar lectura al acta de acusación que conocemos suficientemente.


-Dimitrov: Debo decir que tres cuartas partes de todo lo que el fiscal y los defensores dijeron aquí, ante el tribunal, hace tiempo ya que es conocido por todos y, a pesar de ello, volvieron a repetirlo. (Animación y risas en la sala). Hellmer ha dicho que Dimitrov y Van der Lubbe habían estado en restaurante Bayernhof. Más adelante, se lee en el acta de acusación:

      «Aunque Dimitrov no haya sido sorprendido in fraganti en el lugar del delito, ha intervenido, sin embargo, en la preparación del incendio del Reichstag. Se trasladó a Munich para preparar su "coartada". Los folletos encontrados en poder de Dimitrov demuestran que participaba en el movimiento comunista de Alemania.»

      Tal era la base de esta acusación prematura, que ha resultado ser un aborto.


-El Presidente: (Interrumpiendo a Dimitrov) No debe usted emplear semejantes expresiones, refiriéndose a la acusación.


-Dimitrov: Buscaré otra expresión.


-El Presidente: Pero no tan inadmisible.


-Dimitrov: Vuelvo, en otro respecto, a los métodos de la acusación y al acta de acusación.

      El carácter de este proceso estaba trazado de antemano por la tesis de que el incendio del Reichstag era obra del Partido Comunista de Alemania, e incluso del comunismo mundial. Este acto anti-comunista, el incendio del Reichstag, les ha sido imputado a los comunistas y se les ha presentado como señal para la insurrección comunista, como señal para hacer cambiar la Constitución de Alemania. Con ayuda de esta tesis, se imprimió a todo el proceso un sello anticomunista. En el acta de acusación, se dice:

      «…La acusación estima que este atentado criminal había de ser la llamada, la señal para los enemigos del Estado, quienes se proponí,an emprender luego un ataque general contra el Estado alemán con el fin de destruirlo e instaurar en su lugar la dictadura del proletariado, el Estado Soviético, por obra y gracia de la Tercera Internacional...».

      Señores jueces: no es la primera vez que se imputan a los comunistas semejantes atentados. No puedo citar aquí todos los ejemplos de esta índole. Mencionaré el atentado ferroviario de Alemania, cerca de Jüterborg, cometido por un aventurero y provocador anormal. Por aquel entonces, se difundió, durante semanas enteras, no sólo en Alemania, sino también en otros países, la afirmación de que aquel atentado era obra del Partido Comunista de Alemania, de que era un acto terrorista de los comunistas. Luego, el autor resultó ser el anormal y aventurero Matuschka, que posteriormente fuera detenido y condenado.

      Recordaré otro ejemplo, el asesinato del presidente de la República Francesa, por Gorgulov. También entonces se dijo en todos los países que este atentado era obra de los comunistas. A Gorgulov se le presentaba como un comunista, como un agente soviético. Y ¿qué resultó? Que dicho atentado había sido organizado por los guardias blancos, y Gorgulov resultó ser un provocador que quería conseguir la ruptura de las relaciones entre Francia y la Unión Soviética.

      Recordaré también el atentado contra la Catedral de Sofía. Este atentado no fue organizado por el Partido Comunista de Bulgaria. Pero, a raíz de él, el Partido Comunista fue perseguido. Dos mil obreros, campesinos e intelectuales fueron asesinados bestialmente por las bandas fascistas, con el pretexto de que la catedral había sido volada por los comunistas. Este acto de provocación fue organizado por la policía búlgara. Todavía en 1920, el propio Prutkin, jefe de la policía de Sofia, organizó una explosión de dinamita durante la huelga de los ferroviarios, como medio para provocar a los obreros búlgaros.


-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Eso no tiene nada que ver con el proceso.


-Dimitrov: El funcionario de policía Séller ha hablado aquí de la incitación comunista al incendio... etc. Yo le pregunté si conocía casos en que los incendios fueran hechos por los patronos y luego imputados a los comunistas. En el «Völkischer Beobachter» del 5 de octubre, se dice que la policía de Settin...


-El Presidente: Este artículo no ha sido unido al proceso...


-Dimitrov: (trata de continuar).


-El Presidente: No tiene usted derecho a hablar de eso, puesto que el hecho no se ha mencionado durante el proceso.


-Dimitrov: Toda una serie de incendios...


-El Presidente: (interrumpe de nuevo a Dimitrov).


-Dimitrov: Esto fue objeto de un atentado, porque toda una serie de incendios fueron imputados a los comunistas. Luego, resultó que habían sido obra de los patronos. «¡Con el fin de proporcionar trabajo!»

      Recordaré otro hecho: la falsificación de documentos. Hay una gran cantidad de falsificaciones que fueron explotadas contra la clase obrera. Estos casos son muy numerosos. Sólo recordaré la pretendida carta de Zinoviev, que fue una falsificación, explotada por los conservadores ingleses contra la clase obrera. Recordaré una serie de falsificaciones hechas aquí, en Alemania...


-El Presidente: Eso excede los marcos de la investigación judicial.


-Dimitrov: Aquí se ha afirmado que el incendio del Reichstag había de servir de señal para la insurrección armada. Se ha tratado de demostrarlo del siguiente modo:

      Göring ha dicho, ante el tribunal, que el Partido Comunista alemán se había visto obligado, desde el momento en que Hitler asumió el poder, a atizar el estado de ánimo de sus masas y a emprender algo. Dijo: "¡Los comunistas no tenían más remedio que hacer algo, o ahora o nunca!" Dijo que el Partido Comunista llevaba ya años y años llamando a la lucha contra el nacional-socialismo y que desde el momento de la toma del poder por los nacional-socialistas el Partido Comunista de Alemania no tenía más salida que lanzarse a la acción. ¡Ahora o nunca! El Fiscal general trató de formular esta misma tesis con mayor exactitud y aún «más hábilmente».


-El Presidente: No permitiré que agravie usted al Fiscal general.


-Dimitrov: El Fiscal general ha desarrollado aquí, como acusador público, lo afirmado por Göring. El Fiscal general, señor Werner, ha dicho:

      «El Partido Comunista se hallaba en tal situación, que tenía que emprender la retirada, sin combate, o aceptarlo sin haber terminado aún sus preparativos. Era la única carta que le quedaba al Partido Comunista, en aquellas circunstancias. O renunciar sin lucha a su objetivo, o lanzarse a un acto de desesperación, jugarse el todo por el todo: era lo único que, en aquellas circunstancias, podía salvar la situación. Podía fracasar, pero aunque así fuere, la situación no sería peor que si el Partido Comunista retrocediera sin lucha.»

      La tesis, que se lanza y se atribuye al Partido Comunista, no es una tesis comunista. Una hipótesis de esta naturaleza demuestra que los enemigos del Partido Comunista de Alemania lo conocen mal. Para luchar con acierto contra el enemigo, hay que conocerle. La prohibición del Partido, la disolución de las organizaciones de masas, la pérdida de la legalidad, todo esto representa, naturalmente, un duro golpe para el movimiento revolucionario. Pero dista mucho de significar que con ello todo está perdido.

      En febrero de 1933, el Partido Comunista se hallaba bajo la amenaza de la ilegalidad. La prensa comunista estaba suspendida y se esperaba la prohibición del Partido Comunista. El Partido Comunista de Alemania sabía muy bien que en muchos países estaban prohibidos los Partidos Comunistas, pero que a pesar de ello continuaban trabajando y luchando. El Partido Comunista está prohibido en Polonia, en Bulgaria, en Italia y en algunos otros países. Yo puedo hablar de esto sobre la base de la experiencia del Partido Comunista Búlgaro. Después del Levantamiento de 1923, el Partido Comunista Búlgaro fue prohibido; pero trabajaba y, aunque ello haya costado grandes sacrificios, se ha hecho más fuerte de lo que era en 1923. Esto lo comprende toda persona dotada de sentido crítico.

      El Partido Comunista de Alemania, aun siendo ilegal, en una situación apropiada, puede realizar la revolución. Esto lo demuestra la experiencia del Partido Comunista de Rusia. El Partido Comunista de Rusia era ilegal, sufría sangrientas persecuciones, pero más tarde, la clase obrera, con el Partido Comunista a la cabeza, llegó al Poder. Las cabezas dirigentes del Partido Comunista de Alemania no podían pensar que «todo estaba perdido», ni que estaban ante el dilema de ¡insurrección o muerte! La dirección del Partido Comunista de Alemania sabía perfectamente que el trabajo ilegal costaría numerosos sacrificios y exigiría valor y abnegación, pero sabía también que sus fuerzas revolucionarias se fortificaban y que sería capaz de cumplir las tareas que tenía planteadas. Por eso, está absolutamente descartado que el Partido Comunista de Alemania haya querido, en aquel momento, jugarse el todo por el todo. Los comunistas no son, afortunadamente, tan miopes, como sus enemigos, ni pierden la cabeza en las situaciones difíciles.

      A esto hay que añadir que el Partido Comunista de Alemania y los demás Partidos Comunistas son Secciones del Internacional Comunista. ¿Qué es la Internacional Comunista? Me permitiré citar sus estatutos.

      El primer párrafo de los estatutos dice así:

     «La Internacional Comunista, asociación internacional de los obreros, es la unificación de los Partidos Comunistas de los distintos países en un único Partido Comunista mundial.

      Como guía y organizador del movimiento revolucionario del proletariado y portavoz de los principios y de los objetivos del comunismo, la Internacional Comunista lucha por la conquista de la mayoría de la clase obrera y de las extensas masas de los campesinos pobres, por la instauración de la dictadura del proletariado, por la creación de la Federación mundial de Repúblicas Socialistas Soviéticas, por la supresión total de las clases y por la realización del socialismo, primera etapa de la sociedad comunista.»

      En este Partido Mundial de millones de hombres, que es la Internacional Comunista, el Partido más fuerte es el Partido Comunista de la Unión Soviética. Es el Partido que gobierna en la Unión Soviética, en el Estado más grande del mundo. La Internacional Comunista, el Partido Comunista mundial, analiza la situación política conjuntamente con al direccción de los Partidos Comunistas de todos los países.

      La Internacional Comunista, ante la cual son directamente responsables todas las Secciones, no es una organización de conspiradores, sino un Partido mundial. Semejante Partido mundial no juega con la insurrección, ni con la revolución. Semejante Partido mundial no puede
decir oficialmente a sus millones de partidarios una cosa y, al mismo tiempo, hacer secretamente lo contrario. ¡Semejante Partido, queridísimo Dr. Sack, no conoce la contabilidad por partida doble!


-El Dr. Sack: Muy bien, prosiga usted su propaganda comunista.


-Dimitrov. Semejante Partido, al dirigirse a los millones de proletarios, al adoptar sus decisiones sobre la táctica y sobre las tareas inmediatas, lo hace seriamente, con plena conciencia de su responsabilidad. Citaré, la resolución del XII Pleno del C.E. de la I.C. Puesto que en el proceso se ha hablado de estas resoluciones, tengo derecho a darles lectura.

      De acuerdo con estas resoluciones, la tarea fundamental del Partido Comunista alemán era la siguiente:

      «Movilizar a las grandes masas de trabajadores para la defensa de sus intereses más vitales, contra la feroz expoliación por el capital monopolista, contra el fascismo, contra los decretos-leyes, contra el nacionalismo y el chovinismo, luchando por el internacionalismo proletario y desarrollando las huelgas económicas y políticas y las manifestaciones, conduciendo a las masas a la huelga política general; conquistar a las principales masas de la socialdemocracia, liquidar resueltamente los aspectos débiles del movimiento sindical. La principal consigna que el Partido Comunista alemán debe oponer a la de la dictadura fascista (el "Tercer Imperio"), así como a la consigna de la socialdemocracia (la "Segunda República") debe ser la República Obrera y Campesina, es decir la Alemania Socialista Soviética, asegurando de este modo la posibilidad de la incorporación voluntaria de los pueblos de Austria y de las demás regiones alemanas».

      ¡Trabajo de masas, lucha de masas, resistencia de masas, frente único y nada de aventuras! --tal es el principio y el fin de la táctica comunista.

      Se ha encontrado entre mis papeles un llamamiento del C.E. de la Internacional Comunista. Entiendo que también este documento puede ser citado aquí. En este llamamiento hay dos puntos sumamente importantes. Se habla de manifestaciones en los distinto países con motivo de los acontecimientos de Alemania. Se habla de las tareas del Partido Comunista en la lucha contra el terror nacional-socialista, así como de la defensa de las organizaciones y de la prensa de la clase obrera. En este llamamiento se dice, entre otras cosas:

      «El principal obstáculo en el camino de la formación del frente único de lucha de los obreros comunistas y socialdemócratas ha sido y sigue siendo la política de colaboración con la burguesía, llevada a cabo por los partidos socialdemócratas, que abandonan hoy al proletariado internacional bajo los golpes del enemigo de clase. Esta política de colaboración con la burguesía, conocida con el nombre de política del "mal menor", ha conducido en la práctica, en Alemania, al triunfo de la reacción fascista.

      La Internacional Comunista y los Partidos Comunistas de todos los países han declarado reiteradamente que están dispuestos a ir a la lucha conjunta con los obreros socialdemócratas, contra la ofensiva del capital, contra la reacción política y la amenaza de guerra. Los Partidos Comunistas han sido los organizadores de la lucha conjunta de los obreros comunistas, socialdemócratas y sin partido, a despecho de los jefes socialdemócratas, saboteadores sistemáticos del frente único de las masas obreras. Ya el 20 de junio del año último después de la derrota del gobierno socialdemócrata prusiano por von Papen, el Partido Comunista de Alemania se dirigió al Partido socialdemócrata de Alemania y a su Central Sindical Alemana con la proposición de organizar la huelga conjunta contra el fascismo. Pero el Partido socialdemócrata y la Central Sindical Alemana, con la aquiescencia de toda la Segunda Internacional, calificaron de provocación esta proposición de huelga conjunta. El Partido Comunista de Alemania formuló, de nuevo, al subir Hitler al poder, la proposición de organizar conjuntamente la resistencia contra el fascismo, pero también esta vez obtuvo la negativa del Comité Central del Partido Socialdemócrata y de la directiva de la Central Sindical Alemana. Mas aun cuando, en noviembre del año pasado, los obreros del transporte de Berlín declararon unánimemente la huelga contra la rebaja de los salarios, la socialdemocracia saboteó el frente único de lucha. La práctica del movimiento obrero internacional está llena de ejemplos semejantes.

      En el llamamiento lanzado por el Buró de la Internacional Obrera Socialista el 19 de febrero del año actual, figura la declaración de que los partidos socialdemócratas afiliados a esa Internacional están dispuestos a establecer el frente único con los comunistas para luchar contra la reacción fascista en Alemania. Esta declaración se halla en completa pugna con todos los actos realizados hasta hoy por la Internacional Socialista y por los partidos socialdemócratas.

      Toda la política y toda la actividad de la Internacional Socialista hasta ahora dan motivos a la Internacional Comunista y a los Partidos Comunistas para no creer en la sinceridad de la declaración del Buró de la Internacional Obrera Socialista, que lanza esta proposición en un momento en que en una serie de países, y sobre todo en Alemania, la misma masa obrera toma en sus manos la organización del frente único de lucha.

      Sin embargo, frente al fascismo, que ataca a la clase obrera de Alemania, que desencadena todas las fuerzas de la reacción mundial, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista exhorta a todos los Partidos Comunistas a que hagan una tentativa más para establecer por mediación de los Partidos Socialdemócratas el frente único con las masas obreras socialdemócratas. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hace esta tentativa con la firme convicción de que el frente único de la clase obrera contra la burguesía rechazaría la ofensiva del capital y del fascismo y aceleraría extraordinariamente el fin inevitable de toda la explotación capitalista.

      En arreglo con las condiciones peculiares de los distintos países y a diferencia de las tareas concretas de las luchas planteadas ante la clase obrera de cada uno de esos países, los acuerdos que se sellan entre los Partidos Comunistas y los Partidos Socialdemócratas para trazar las acciones contra la burguesía pueden realizarse con la máxima eficacia dentro del marco de cada país. Por eso, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista recomienda a los Partidos Comunistas que presenten a los Comités Centrales de los Partidos Socialdemócratas, que integran la Internacional Socialista, proposiciones congruentes, encaminadas a realizar acciones conjuntas contra el fascismo y contra la ofensiva del capital. Estas negociaciones deben tener como base las condiciones elementales de lucha conjunta contra la ofensiva del capital y del fascismo. Sin un programa concreto de acciones contra la burguesía, todo acuerdo entre los Partidos iría dirigido contra los intereses de la clase obrera...

      El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hace estas proposiciones ante toda la clase obrera internacional y exhorta a todos los Partidos Comunistas y, en primer término, al Partido Comunista de Alemania, a que emprendan inmediatamente la organización de comités conjuntos de lucha, tanto con los obreros socialdemócratas, como con los de todas las demás tendencias, sin aguardar a los resultados de las negociaciones y de los acuerdos con la socialdemocracia sobre la lucha común.

      Con sus largos años de lucha, los comunistas han demostrado que se encuentran y se encontrarán siempre, no de palabra, sino de hecho, en las primeras filas de lucha por el frente único de las acciones de clase contra la burguesía.

      El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista está firmemente convencido de que los obreros socialdemócratas y sin partido, independientemente de la actitud que los líderes de la socialdemocracia mantengan respecto a la creación del frente único, allanarán todos los obstáculos y realizarán, conjuntamente con los comunistas, el frente único, no de palabra, sino de hecho.

      Hoy precisamente, en que el fascismo alemán, con el fin de destruir el movimiento obrero en Alemania, ha organizado una provocación nunca vista (incendio del Reichstag, falsificación de documentos sobre la insurrección), todo obrero debe ver claro su deber de clase en la lucha contra la ofensiva del capital y contra la reacción fascista».

      Este llamamiento no contiene ni una sola palabra sobre la lucha inmediata por el poder. Esta tarea no ha sido planteada ni por el Partido Comunista de Alemania, ni por la Internacional Comunista. Pero yo podría decir que el llamamiento de la Internacional Comunista prevé la posibilidad de la insurrección armada.

      De esto el tribunal ha sacado la conclusión de que, puesto que el Partido Comunista se impone como objetivo la insurrección armada, ello quiere decir que ésta se estaba preparando y había de estallar inmediatamente. Pero esto es ilógico, erróneo, para no emplear un término más fuerte. Sí, el luchar por la dictadura del proletariado, es, naturalmente, la misión del Partido Comunista del mundo entero. Ese es nuestro principio, nuestro objetivo.

      Pero éste es un programa concreto, para cuya realización hacen falta las fuerzas no solamente de la clase obrera, sino también de las demás capas de las masas trabajadoras.

      Todo el mundo sabe que el Partido Comunista de Alemania era partidario de la revolución proletaria. Pero no es ésta la cuestión que hay que ventilar en este proceso. El problema está en saber si realmente se había señalado la insurrección con objeto de adueñarse del poder para el 27 de febrero, en relación con el incendio del Reichstag.

      ¿Cuál ha sido el resultado del sumario, señores jueces? La leyenda, según la cual
el incendio del Reichstag fue obra de los comunistas, se ha desmoronado. Yo no citaré aquí las declaraciones de los testigos, como han hecho los otros defensores. Pero para toda persona que esté en su sano juicio esta cuestión puede considerarse completamente dilucidada. El incendio del Reichstag no está vinculado en absoluto con la actuación del Partido Comunista, no ya con la insurrección, sino ni siquiera con las manifestaciones, no con la huelga, no con otras acciones de la misma naturaleza. Esto lo demuestra palmariamente el sumario. El incendio del Reichstag -no me refiero a las afirmaciones de delincuentes o anormales- no ha sido interpretado por nadie como una señal para la insurrección. Nadie se percibió de acto alguno, ni de tentativa alguna para la insurrección, a raíz del incendio del Reichstag. Todas las leyendas difundidas en este sentido nacieron ya con posterioridad a aquel entonces. Los obreros se encontraban a la defensiva ante el avance del fascismo. El Partido Comunista de Alemania trataba de organizar la resistencia de las masas, su defensa. Y se ha demostrado que el incendio del Reichstag fue el pretexto, el preludio, para una amplia cruzada de aniquilación de la clase obrera y su vanguardia, el Partido Comunista de Alemania.


      Se ha demostrado irrefutablemente que los representantes responsables del gobierno ni siquiera pensaron, el 27-28 de febrero, en la posibilidad de que sobreviniese una insurrección comunista. En relación con esto, he formulado muchas preguntas a los testigos citados aquí en el proceso. He interrogado, principalmente a Seller, al célebre Karwahne (hilaridad en la sala), a Frey, al conde de Helldorf, a los funcionarios de la policía. No obstante las distintas versiones, todos han coincidido en que no habían oído nada sobre la inminente insurrección comunista. Esto quiere decir que en los círculos del gobierno no se había tomado absolutamente ninguna medida.


-El Presidente: Sin embargo, se ha presentado al tribunal una comunicación del jefe del Departamento de policía del Oeste sobre este asunto.


-Dimitrov: El jefe del Departamento de policía del Oeste expone en su comunicación que Göring le llamó y le dió instrucciones verbales sobre la lucha contra el Partido Comunista, es decir, sobre la lucha contra los mitines, huelgas, manifestaciones, campañas electorales comunistas... etc. Pero esa comunicación no habla de que se adoptasen medidas contra una insurrección comunista inminente.

      También el abogado Seuffert habló ayer aquí de esto. Y sacaba la conclusión de que en los círculos del gobierno en aquel momento nadie esperaba la insurrección. Seuffert se refería a Göbbels, al indicar que éste, en un principio, no había dado crédito a la noticia del incendio del Reichstag. No nos incumbe saber si fue así o no.

      En este sentido, también constituye una prueba el decreto-ley del gobierno alemán, dictado el 28 de febrero de 1933. Este decreto fue promulgado inmediatamente después del incendio. Lean este decreto. ¿Qué dice? Dice que quedan derogados tales y cuales artículos de la Constitución, o sea los artículos concernientes a la libertad de asociación y de prensa, a la inviolabilidad de las personas, de los domicilios... etc. En esto consiste el fondo del citado decreto-ley, de su segundo artículo. La cruzada contra la clase obrera.


-El Presidente: No contra la clase obrera, sino contra los comunistas...


-Dimitrov: He de decir que mediante este decreto-ley han sido detenidos no sólo comunistas, sino también obreros socialdemócratas y cristianos y disueltas sus organizaciones. Quisiera subrayar que este decreto-ley no iba dirigido solamente contra el Partido Comunista de Alemania, aunque fuese sobre todo contra él, sino también contra los demás partidos y grupos de oposición. Este decreto era necesario para implantar el estado de urgencia y estaba relacionado directa y orgánicamente con el incendio del Reichstag.


-El Presidente: Si ataca al gobierno alemán, le retiraré la palabra.


-Dimitrov: En este proceso, hay una cuestión que no ha sido ventilada en absoluto.


-El Presidente: Usted debe dirigirse a los jueces y no al público, de otro modo su discurso será considerado como propaganda.


-Dimitrov: Una cuestión ha quedado sin dilucidar por la acusación y por los defensores. No me extraña que lo hayan considerado innecesario. Temen mucho a esta cuestión. Es la cuestión de la situación política de Alemania en febrero. Debo detenerme un poco sobre esto.

      A fines de febrero, la situación política era tal que en el campo del frente nacional se estaba desarrollando una lucha...


-El Presidente: Entra usted de nuevo en un asunto que más de una vez le he prohibido tratar.


-Dimitrov: Quisiera recordar mi petición al juez de que fuesen citados una serie de testigos: Schleicher, Brüning, Papen, Hugenberg, el antiguo vicepresidente de los cascos de acero, Düsterberg y otros.


-El Presidente: Pero el tribunal denegó la citación de estos testigos. Por lo tanto, no debe usted insistir en esto.


-Dimitrov: Ya lo sé, y sé también por qué.


-El Presidente: Me es molesto tener que interrumpirle constantemente en sus palabras finales, pero debe usted atenerse a mis indicaciones.


-Dimitrov: Esta lucha intestina dentro del campo nacionalista se desarrollaba como consecuencia de la lucha librada entre bastidores en los círculos financieros. Por una parte, los círculos de Thyssen y Krupp (industria de guerra), que durante muchos años habían subvencionado el movimiento nacional-socialista, y, por otra, sus competidores, que debían ser desplazados a segundo plano.

      Thyssen y Krupp querían implantar en el país el principio del poder personal y el régimen absoluto bajo su dirección práctica, el principio de la franca reducción del nivel de vida de la clase obrera, para lo cual había que aplastar al proletariado revolucionario. En aquel período, el Partido Comunista tendía a crear el frente único, con objeto de unificar las fuerzas para la defensa contra las tentativas de los nacional-socialistas de destruir el movimiento obrero. Una parte de los obreros socialdemócratas sentía la necesidad del frente único de la clase obrera. La comprendía. Muchos millares de obreros socialdemócratas se habían pasado a las filas del PC de Alemania. Pero, en febrero y marzo, la tarea del establecimiento del frente único no significaba en absoluto la insurrección, ni su preparación; sólo significaba la movilización de la clase obrera contra la cruzada de expoliación de los capitalistas y contra la violencia de los nacional-socialistas.


-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Usted ha dicho siempre que sólo se interesaba por la situación de Bulgaria; pero sus manifestaciones de ahora demuestran que ha seguido también con gran interés los asuntos políticos de Alemania.


-Dimitrov: ¡Señor Presidente! Me lanza usted un reproche. Le puedo objetar del modo siguiente: como revolucionario búlgaro, me intereso por el movimiento revolucionario de todos los países; me intereso, por ejemplo, por los problemas políticos de la América del Sur y los conozco tal vez no peor que las cuestiones de Alemania, aunque jamás haya estado en América. Diré de paso que ello no significa que, si en la América del Sur llegara a arder algún Parlamento, yo hubiese de ser el culpable.

      Durante el sumario de este proceso, he conocido muchos detalles. En la situación política de aquel período había dos factores fundamentales: primero, la tendencia de los nacional-socialistas de lograr la dominación exclusiva; el segundo factor, contrapeso del primero, era la actuación del Partido Comunista, encaminada a la creación del frente único de los obreros. A mi juicio, esto se ha revelado también durante el sumario de este proceso.

Los nacional-socialistas necesitaban una maniobra para distraer la atención de las dificultades existentes en el campo nacional y malograr el frente único de los obreros. El "gobierno nacional" necesitaba un motivo conmocional para lanzar su decreto-ley del 28 de febrero, derogando la libertad de prensa y de inviolabilidad de las personas e instaurando el sistema de represiones policíacas, de campos de concentración y demás medidas de lucha contra los comunistas.


-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Ha llegado usted al límite máximo, hace usted alusiones.


-Dimitrov: Solamente quiero examinar la situación política de Alemania en vísperas del incendio del Reichstag, tal como yo la entiendo.


-El Presidente: No es éste el lugar para hacer alusiones con respecto al gobierno y para afirmaciones que hace mucho han sido refutadas.


-Dimitrov: La clase obrera tenía que defenderse con todas sus fuerzas y, para este objeto, el Partido Comunista trataba de organizar el frente único, pese a la resistencia de Wels y Breitscheid, que ahora en el extranjero dejan oír sus aullidos histéricos.


-El Presidente: Si quiere, debe usted entrar en su defensa; de lo contrario, no le quedará tiempo suficiente para ello.


-Dimitrov: Ya he declarado antes que en un punto estoy de acuerdo con el acta de acusación. Y ahora voy a confirmar este acuerdo. Se trata de la cuestión de si van der Lubbe ha cometido el incendio él solo, o tuvo cómplices. El representante de la acusación, Parisius, ha declarado aquí que del modo cómo se resolviese la cuestión de si Van der Lubbe tuvo o no cómplices, dependía la suerte de los acusados. Y a esto, yo contesto: ¡No, mil veces no! La conclusión del Fiscal no es lógica. Yo entiendo, efectivamente, que Van der Lubbe no ha incendiado él solo el Reichstag. Sobre la base de los informes periciales y de los datos del sumario, llego a la conclusión de que el incendio producido en la sala de sesiones del Reichstag era de distinta clase que el del restaurante del piso bajo... etc... etc. La sala de sesiones fue incendiada por otra gente y con otros medios.
El incendio de Lubbe y el incendio producido en la sala de sesiones sólo coinciden en el tiempo; en lo demás, se diferencian radicalmente. Lo más probable es que Lubbe haya sido un instrumento inconsciente en manos de esos hombres, instrumento, del que éstos abusaron. Van der Lubbe no dice aquí todo lo que sabe. Sigue obstinado en su silencio. El modo cómo se resuelve esta cuestión no decide la suerte de los acusados. Van der Lubbe no estaba solo, pero ni Torgler, ni Popov, ni Tanev, ni Dimitrov estaban con él.

      El 26 de febrero, Van der Lubbe encontraría en Hennigsdorf, con seguridad, a una persona, a la que confió sus propósitos de incendiar el Ayuntamiento y el Palacio. Esta persona le sugirió que semejantes incendios sólo eran "juegos de chicos", que la verdadera hazaña sería incendiar el Reichstag durante las elecciones. Y así, de una alianza misteriosa entre la locura política y la provocación política, nació el incendio del Reichstag. El aliado que representaba a la locura política se siente en banquillo de los acusados. Los aliados que representan la provocación política siguen en libertad. El estúpido de Van der Lubbe no podía saber, entonces, que mientras él se entretení,a con sus torpes tentativas de incendiar el restaurante, el pasillo y el primer piso, en ese mismo instante, gente desconocida, empleando el combustible líquido, de que nos habló el Dr. Schatz, incendiaba la sala de sesiones. (Van del Lubbe rompe a reír. Una risa contenida sacude todo su cuerpo. La atención de toda la sala, de los jueces y de los acusados se concentra en este momento en Van der Lubbe).


-Dimitrov: (señalando a Van der Lubbe) El provocador desconocido se preocupó de todos los preparativos del incendio. Este Mefistófeles supo desaparecer sin dejar rastro. Y aquí sólo tenemos al "instrumento" estúpido, al pobre Fausto, pero Mefistófeles ha desaparecido... Lo más probable es que fuera a Hennigsdorf, donde se tendiera el puente entre Lubbe y los representantes de la provocación política, agentes de los enemigos de la clase obrera.

      El Fiscal general Werner ha dicho aquí que Van der Lubbe es comunista; ha dicho también que, aunque no fuera comunista, ha realizado su obra en interés del Partido Comunista, o está en relaciones con éste. Es una afirmación falsa.

      ¿Quién es Van der Lubbe? ¿Comunista? ¡De ningún modo! ¿Anarquista? ¡No! Es un obrero desclasado, un lumpenproletario rebelde, un ser, del que se ha abusado, al que se ha aprovechado contra la clase obrera. ¡Pero Lubbe no es comunista! ¡No es anarquista! No hay en el mundo un solo comunista, un solo anarquista, capaces de seguir en el proceso una conducta como la que ha seguido hasta aquí Van der Lubbe. Los verdaderos anarquistas pueden cometer actos insensatos, pero ante los tribunales responden ellos y explican sus objetivos. Si un comunista hubiera podido realizar un acto semejante, no guardaría silencio en el proceso, cuando en el banquillo de los acusados se sientan hombres inocentes. No. Van der Lubbe no es comunista, ni es anarquista; es un instrumentodel que ha abusado el fascismo.

      Ni el presidente de la fracción comunista del Reichstag, ni los comunistas búlgaros pueden tener nada de común con este hombre, con este instrumento del que se ha abusado, al que se ha aprovechado para dañar al comunismo.

      Debo recordar aquí que, el 28 de febrero por la mañana, Göring publicó un comunicado sobre el incendio, diciendo que Torgler y Koenen habían huído del edificio del Reichstag a las diez de la noche. Esta noticia fue difundida por todo el país. En el comunicado se decía que el incendio había sido realizado por comunistas. Al mismo tiempo, no se seguía la pista de Van der Lubbe en Hennigsdorf. El individuo que se reunió con Van der Lubbe y pasó la noche en el asilo de policía de Hennigsdorf no fue encontrado...


-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) ¿Cuándo piensa usted terminar con su discurso?


-Dimitrov: Me propongo hablar una media hora más. Tengo que exponer mi opinión sobre este punto...


-El Presidente: Pero no puede usted hablar indefinidamente.


-Dimitrov: Durante los tres meses que duró el proceso, usted, señor presidente, me obligó infinidad de veces a guardar silencio, con la promesa de que a la terminación del mismo podría hablar extensamente en mi defensa. Ese momento ha llegado, pero pese a su promesa, restringe usted de nuevo mi derecho a hablar. La cuestión Hennigsdorf es de una importancia extraordinaria. Waschinski, el individuo que pasó la noche con Van der Lubbe, no ha sido encontrado. Mi petición de que se le buscase ha sido calificada de innecesaria. La afirmación de que Lubbe se había reunido en Hennigsdorf con comunistas es una mentira fraguada por un testigo nacional-socialista, el barbero Grawe. Si Van der Lubbe se hubiera reunido en Hennigsdorf con comunistas, hace mucho tiempo que este punto se habría investigado, señor Presidente. ¡Nadie se ha molestado en buscar a Waschinski!

      La persona, que vestía de paisano y se presentó en la comisaría de Brandenburgo con la primera noticia sobre el incendio del Reichstag, no ha sido buscada y sigue hasta hoy sin identificar. La instrucción del sumario estaba orientada en un sentido falso. El diputado nacional-socialista doctor Albrecht, que abandonó el Reichstag inmediatamente después del incendio, no ha sido interrogado. Se ha buscado en las filas del Partido Comunista, y eso es un error. Eso ha dado la posibilidad de desaparecer a los verdaderos incendiarios. Ya se ha dicho: puesto que no hemos apresado, ni nos atrevemos a apresar, a los verdaderos culpables del incendio, hay que apresar a otros, a los "incendiarios suplentes", por decirlo así.


-El Presidente: Le prohíbo expresarse de esta forma. Sólo le concedo diez minutos más.


-Dimitrov: Tengo derecho a formular y motivar propuestas sobre el fallo. En su discurso, el Fiscal general ha estimado que las declaraciones de los comunistas no merecen crédito. Yo no adopto una posición semejante. Yo no puedo afirmar, por ejemplo, que todos los testigos nacional-socialistas sean unos embusteros. Creo que entre los millones de nacional-socialistas hay también gente honrada.


-El Presidente: Le prohíbo semejantes ataques violentos.


-Dimitrov: Pero, ¿acaso no es significativo que los testigos principales sean todos diputados nacional-socialistas y partidarios del nacional-socialismo? El diputado nacional-socialista Karwahne ha dicho que había visto a Torgler con Van der Lubbe en el edificio del Reichstag. El diputado nacional-socialista Frey ha declarado que había visto a Popov con Torgler en el edificio del Reichstag. El camarero nacional-socialista Hellmer ha afirmado que había visto a Van der Lubbe con Dimitrov. El periodista nacional-socialista Weberstedt dijo que había visto a Tanev con Lubbe. ¿Qué es esto? ¿Una casualidad? El doctor Dröscher, que se ha presentado aquí, como testigo y que es al mismo tiempo redactor del «Völkischer Beobachter», donde firma con el nombre de Zimmermann...


-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov) Eso no ha sido probado.


-Dimitrov:... Ha afirmado que Dimitrov fue el organizador del atentado en la catedral de Sofía, lo cual ha sido desmentido, y que me había visto, al parecer, con Torgler en el Reichstag. Declaro con una certeza absoluta que Dröscher y Zimmermann son la misma persona...


-El Presidente: Lo rechazo; eso no ha sido probado.


-Dimitrov: El funcionario de policía von Seller citó aquí una poesía comunista de un libro publicado en 1925, para demostrar que en 1933 los comunistas incendiaron el Reichstag. Yo me permitiré también citar un verso del más grande poeta de Alemania, Göthe:

¡Abre los ojos a tiempo!
¡La gran rueda de la dicha
raras veces se detiene;
o te impones o te arrollan;
hay que ganar y mandar,
o someterse y perder,
o resignarse o triunfar,
o ser yunque o ser martillo!

      Sí, el que no quiere ser yunque, tiene que ser martillo.

      La clase obrera alemana, en su conjunto, no comprendió esta verdad, ni en 1918, ni en 1923, ni el 20 de julio de 1932, ni en enero de 1933. Los culpables de esto son los líderes socialdemócratas, los Wels, los Severing, los Brauns, los Leipart, los Grassmann. Claro está que ahora los obreros alemanes ya podrán comprenderlo y lo comprenderán.

      Aquí se ha hablado mucho del derecho y de las leyes alemanas y yo quisiera exponer mi opinión a este respecto. Es indudable que en los fallos de la justicia están siempre latentes las combinaciones políticas del momento y las tendencias políticas dominantes.

      El Ministro de Justicia, Kerl, que es un testigo competente para este Tribunal, dice lo siguiente:

      «El prejuicio del derecho formalmente liberal consiste en afirmar que el culto de la justicia debe ser la objetividad. Ahora hemos descubierto también la fuente del divorcio entre el pueblo y la justicia, y de este divorcio, en resumidas cuentas, es siempre culpable la justicia. ¿Qué es la objetividad? En los momentos, en que los pueblos luchan por su existencia, ¿acaso conoce la objetividad el soldado que pelea en la guerra, la conoce acaso un beligerante? Los soldados y los ejércitos saben una sola cosa, tienen un solo pensamiento, conocen una sola preocupación. ¿Cómo salvar la libertad y el honor? ¿Cómo salvar a la nación?

      Es evidente, pues, que la justicia de un pueblo, que lucha a vida a muerte, no puede prosternarse ante una objetividad muerta. Las medidas del tribunal, de la acusación y de la defensa deben estar inspiradas exclusivamente en una sola consideración: ¿qué es lo que implica esto para la vida de la nación? ¿Qué es lo que salvará al pueblo?

      Pero, la objetividad invertebrada, que significa estancamiento y, por tanto, fosilidad, divorcio con el pueblo, no. ¡Todos los actos, todas la medidas de la colectividad, en conjunto, y de cada persona, por separado, deben
subordinarse a las necesidades vitales del pueblo, de la nación!»

      Por consiguiente, el derecho es un concepto relativo...

 
-El Presidente: Esto no concierne al tema, formule usted sus peticiones.

 
-Dimitrov: El fiscal general ha pedido la absolución de los acusados búlgaros, por falta de pruebas. Pero esto a mí no me basta, en modo alguno. La cuestión dista mucho de ser tan sencilla. Esto no descartaría las sospechas. No, durante el proceso se ha demostrado que nosotros no tenemos nada que ver con el incendio del Reichstag. Por eso, no hay margen para ninguna clase de sospechas. Nosotros, los búlgaros, como igualmente Torgler, debemos salir absueltos, no por falta de pruebas, sino porque nosotros, como comunistas, no hemos tenido, ni hemos podido tener, nada que ver con este acto anticomunista.

       Pido que el fallo sea el siguiente:

      1) El Tribunal Supremo debe reconocer nuestra inocencia y la acusación debe ser desechada como falsa, en lo que concierne a Torgler, Popov, Tanev y a mí.

      2) Que se considere a Van der Lubbe como un instrumento utilizado en perjuicio de la clase obrera.

      3) Los culpables de la acusación injustificada contra nosotros deberán responder de esto ante los tribunales.

      4) Que se indemnice por cuenta de los culpables la pérdida de tiempo, los quebrantos de salud y los sufrimientos soportados por nosotros.

 
-El Presidente: El Tribunal tendrá en cuenta éstas que usted llama peticiones al discutir el fallo.

 
-Dimitrov: Llegará el día en que estas peticiones se cumplirán con creces. En cuanto al esclarecimiento concreto del incendio del Reichstag y a la identificación de los verdaderos incendiarios, esto quedará, naturalmente, para el tribunal del pueblo de la futura dictadura proletaria.

      En el siglo XVII, el fundador de la física científica, Galileo, compareció ante el tribunal de la Inquisición, que había de condenarle a muerte por hereje. Galileo exclamó resueltamente ante sus jueces con una profunda convicción: "¡Eppur si muove!" Y andando el tiempo, esta tesis científica se convirtió en patrimonio de toda la humanidad.

 
-El Presidente: (interrumpiendo a Dimitrov, se levanta, recoge los papeles y se dispone a retirarse)

 
-Dimitrov: Nosotros, los comunistas, podemos hoy decir, no menos resueltamente que el viejo Galileo: "¡Eppur si muove!"

      La rueda de la historia gira, marcha adelante, hacia la Europa Soviética. Y nadie conseguirá detenre a esta rueda empujada por el proletariado, bajo la dirección de la Internacional Comunista.

      Ni mediante medidas de exterminio, ni con sentencias a trabajo forzado, no con penas de muerte. ¡La rueda gira, seguirá girando hasta el triunfo definitivo del comunismo!

 

(Por la fuerza los policías obligan a Dimitrov a sentarse en el banquillo de los acusados. El presidente y el Tribunal se retiran para deliberar sobre la cuestión si es posible dejar a Dimitrov que continúe su discurso. Después de haber deliberado, el Tribunal regresa y declara que a Dimitrov se le retira la palabra definitivamente).




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[*] Escrito: Pronunciado el 16 de diciembre de 1933. Fuente: Jorge Dimitrov, Obras Completas, Editorial del PCB, 1960. Esta Edición: Marxists Internet Archive, año 2001






 

viernes, 4 de mayo de 2012

Trabajo asalariado y capital



Por:Carlos Marx
De diversas partes se nos ha reprochado el que no hayamos expuesto las relaciones económicas que forman la base material de la lucha de clases y de las luchas nacionales de nuestros días. Sólo hemos examinado intencionadamente estas relaciones allí donde se imponían directamente en las colisiones políticas.

Tratábase, principalmente, de seguir la lucha de clases en la historia cotidiana, y demostrar empíricamente, con los materiales históricos existentes y con los que iban apareciendo todos los días, que con el sojuzgamiento de la clase obrera, protagonista de febrero y marzo, fueron vencidos, al propio tiempo, sus adversarios: en Francia, los republicanos burgueses, y en todo el continente europeo, las clases burguesas y campesinas en lucha contra el absolutismo feudal; que el triunfo de la «república honesta» en Francia fue, al mismo tiempo, la derrota de las naciones que habían respondido a la revolución de febrero con heroicas guerras de independencia; y, finalmente, que con la derrota de los obreros revolucionarios, Europa ha vuelto a caer bajo su antigua doble esclavitud: la esclavitud anglo-rusa. La batalla de junio en París, la caída de Viena, la tragicomedia del noviembre berlinés de 1848, los esfuerzos desesperados de Polonia, Italia y Hungría, el sometimiento de Irlanda por el hambre: tales fueron los acontecimientos principales en que se resumió la lucha europea de clases entre la burguesía y la clase obrera, y a través de los cuales hemos demostrado que todo levantamiento revolucionario, por muy alejada que parezca estar su meta de la lucha de clases, tiene necesariamente que fracasar mientras no triunfe la clase obrera revolucionaria, que toda reforma social no será más que una utopía mientras la revolución proletaria y la contrarrevolución feudal no midan sus armas en una guerra mundial. En nuestra descripción lo mismo que en la realidad, Bélgica y Suiza eran estampas de género, caricaturescas y tragicómicas en el gran cuadro histórico: una, el Estado modelo de la monarquía burguesa; la otra, el Estado modelo de la república burguesa, y ambas, Estados que se hacen la ilusión de estar tan libres de la, lucha de clases como de la revolución europea.

Ahora que nuestros lectores han visto ya desarrollarse la lucha de clases, durante el año 1848, en formas políticas gigantescas, ha llegado el momento de analizar más de cerca las relaciones económicas en que descansan por igual la existencia de la burguesía y su dominación de clase, así como la esclavitud de los obreros.

Expondremos en tres grandes apartados:

1) La relación entre el trabajo asalariado y el capital, la esclavitud del obrero, la dominación del capitalista.

2) La inevitable ruina, bajo el sistema actual, de las clases medias burguesas y del llamado estamento campesino.

3) El sojuzgamiento y la explotación comercial de las clases burguesas de las distintas naciones europeas por Inglaterra, el déspota del mercado mundial.

Nos esforzaremos por conseguir que nuestra exposición sea lo más sencilla y popular posible, sin dar por supuestas ni las nociones más elementales de la Economía Política. Queremos que los obreros nos entiendan. Además, en Alemania reinan una ignorancia y una confusión de conceptos verdaderamente asombrosas acerca de las relaciones económicas más simples, que van desde los defensores patentados del orden de cosas existente hasta los taumaturgos socialistas y los genios políticos incomprendidos, que en la desmembrada Alemania abundan todavía más que los «padres de la Patria».

Pasemos, pues, al primer problema:

¿Qué es el salario? ¿Cómo se determina?

Si preguntamos a los obreros qué salario perciben, uno nos contestará: «Mi burgués me paga un marco por la jornada de trabajo»; el otro: «Yo recibo dos marcos», etc. Según las distintas ramas del trabajo a que pertenezcan, nos indicarán las distintas cantidades de dinero que los burgueses respectivos les pagan por la ejecución de una tarea determinada, v.gr., por tejer una vara de lienzo o por componer un pliego de imprenta. Pero, pese a la diferencia de datos, todos coinciden en un punto: el salario es la cantidad de dinero que el capitalista paga por un determinado tiempo de trabajo o por la ejecución de una tarea determinada.

Por tanto, diríase que el capitalista les compra con dinero el trabajo de los obreros. Estos le venden por dinero su trabajo. Pero esto no es más que la apariencia. Lo que en realidad venden los obreros al capitalista por dinero es su fuerza de trabajo. El capitalista compra esta fuerza de trabajo por un día, una semana, un mes, etc. Y, una vez comprada, la consume, haciendo que los obreros trabajen durante el tiempo estipulado. Con el mismo dinero con que les compra su fuerza de trabajo, por ejemplo, con los dos marcos, el capitalista podría comprar dos libras de azúcar o una determinada cantidad de otra mercancía cualquiera. Los dos marcos con los que compra dos libras de azúcar son el precio de las dos libras de azúcar. Los dos marcos con los que compra doce horas de uso de la fuerza de trabajo son el precio de un trabajo de doce horas. La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía, ni más ni menos que el azúcar. Aquélla se mide con el reloj, ésta, con la balanza.

Los obreros cambian su mercancía, la fuerza de trabajo, por la mercancía del capitalista, por el dinero y este cambio se realiza guardándose una determinada proporción: tanto dinero por tantas horas de uso de la fuerza de trabajo. Por tejer durante doce horas, dos marcos. Y estos dos marcos, ¿no representan todas las demás mercancías que pueden adquirirse por la misma cantidad de dinero? En realidad, el obrero ha cambiado su mercancía, la fuerza de trabajo, por otras mercancías de todo género, y siempre en una determinada proporción. Al entregar dos marcos, el capitalista le entrega, a cambio de su jornada de trabajo, la cantidad correspondiente de carne, de ropa, de leña, de luz, etc. Por tanto, los dos marcos expresan la proporción en que la fuerza de trabajo se cambia por otras mercancías, o sea el valor de cambio de la fuerza de trabajo. Ahora bien, el valor de cambio de una mercancía, expresado en dinero, es precisamente su precio. Por consiguiente, el salario no es más que un nombre especial con que se designa el precio de la fuerza de trabajo, o lo que suele llamarse precio del trabajo, el nombre especial de esa peculiar mercancía que sólo toma cuerpo en la carne y la sangre del hombre.

Tomemos un obrero cualquiera, un tejedor, por ejemplo. El capitalista le suministra el telar y el hilo. El tejedor se pone a trabajar y el hilo se convierte en lienzo. El capitalista se adueña del lienzo y lo vende en veinte marcos, por ejemplo. ¿Acaso el salario del tejedor representa una parte del lienzo, de los veinte marcos, del producto de su trabajo? Nada de eso. El tejedor recibe su salario mucho antes de venderse el lienzo, tal vez mucho antes de que haya acabado el tejido. Por tanto, el capitalista no paga este salario con el dinero que ha de obtener del lienzo, sino de un fondo de dinero que tiene en reserva. Las mercancías entregadas al tejedor a cambio de la suya, de la fuerza de trabajo, no son productos de su trabajo, del mismo modo que no lo son el telar y el hilo que el burgués le ha suministrado. Podría ocurrir que el burgués no encontrase ningún comprador para su lienzo. Podría ocurrir también que no se reembolsase con el producto de su venta ni el salario pagado. Y puede ocurrir también que lo venda muy ventajosamente, en comparación con el salario del tejedor. Al tejedor todo esto le tiene sin cuidado. El capitalista, con una parte de la fortuna de que dispone, de su capital, compra la fuerza de trabajo del tejedor, exactamente lo mismo que con otra parte de la fortuna ha comprado las materias primas —el hilo— y el instrumento de trabajo —el telar—. Una vez hechas estas compras, entre las que figura la de la fuerza de trabajo necesaria para elaborar el lienzo, el capitalista produce ya con materias primas e instrumentos de trabajo de su exclusiva pertenencia. Entre los instrumentos de trabajo va incluido también, naturalmente, nuestro buen tejedor, que participa en el producto o en el precio del producto en la misma medida que el telar; es decir, absolutamente en nada.

Por tanto, el salario no es la parte del obrero en la mercancía por él producida. El salario es la parte de la mercancía ya existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productiva.

La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía que su propietario, el obrero asalariado, vende al capital. ¿Para qué la vende? Para vivir.

Ahora bien, la fuerza de trabajo en acción, el trabajo mismo, es la propia actividad vital del obrero, la manifestación misma de su vida. Y esta actividad vital la vende a otro para asegurarse los medios de vida necesarios. Es decir, su actividad vital no es para él más que un medio para poder existir. Trabaja para vivir. El obrero ni siquiera considera el trabajo parte de su vida; para él es más bien un sacrificio de su vida. Es una mercancía que ha adjudicado a un tercero. Por eso el producto de su actividad no es tampoco el fin de esta actividad. Lo que el obrero produce para sí no es la seda que teje ni el oro que extrae de la mina, ni el palacio que edifica. Lo que produce para sí mismo es el salario; y la seda, el oro y el palacio se reducen para él a una determinada cantidad de medios de vida, si acaso a una chaqueta de algodón, unas monedas de cobre y un cuarto en un sótano. Y para el obrero que teje, hila, taladra, tornea, construye, cava, machaca piedras, carga, etc., por espacio de doce horas al día, ¿son estas doce horas de tejer, hilar, taladrar, tornear, construir, cavar y machacar piedras la manifestación de su vida, su vida misma? Al contrario. Para él, la vida comienza allí donde terminan estas actividades, en la mesa de su casa, en el banco de la taberna, en la cama. Las doce horas de trabajo no tienen para él sentido alguno en cuanto a tejer, hilar, taladrar, etc., sino solamente como medio para ganar el dinero que le permite sentarse a la mesa o en el banco de la taberna y meterse en la cama. Si el gusano de seda hilase para ganarse el sustento como oruga, sería un auténtico obrero asalariado. La fuerza de trabajo no ha sido siempre una mercancía. El trabajo no ha sido siempre trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vendía su fuerza de trabajo al esclavista, del mismo modo que el buey no vende su trabajo al labrador. El esclavo es vendido de una vez y para siempre, con su fuerza de trabajo, a su dueño. Es una mercancía que puede pasar de manos de un dueño a manos de otro. El es una mercancía, pero su fuerza de trabajo no es una mercancía suya. El siervo de la gleba sólo vende una parte de su fuerza de trabajo. No es él quien obtiene un salario del propietario del suelo; por el contrario, es éste, el propietario del suelo, quien percibe de él un tributo.

El siervo de la gleba es un atributo del suelo y rinde frutos al dueño de éste. En cambio, el obrero libre se vende él mismo y además, se vende en partes. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, día tras día, entregándolas al mejor postor, al propietario de las materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida; es decir, al capitalista. El obrero no pertenece a ningún propietario ni está adscrito al suelo, pero las 8, 10, 12, 15 horas de su vida cotidiana pertenecen a quien se las compra. El obrero, en cuanto quiera, puede dejar al capitalista a quien se ha alquilado, y el capitalista le despide cuando se le antoja, cuando ya no le saca provecho alguno o no le saca el provecho que había calculado. Pero el obrero, cuya única fuente de ingresos es la venta de su fuerza de trabajo, no puede desprenderse de toda la clase de los compradores, es decir, de la clase de los capitalistas, sin renunciar a su existencia. No pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto, y es incumbencia suya encontrar un patrono, es decir, encontrar dentro de esta clase capitalista un comprador.

Antes de pasar a examinar más de cerca la relación entre el capital y el trabajo asalariado, expondremos brevemente los factores más generales que intervienen en la determinación del salario.

El salario es, como hemos visto, el precio de una determinada mercancía, de la fuerza de trabajo. Por tanto, el salario se halla determinado por las mismas leyes que determinan el precio de cualquier otra mercancía.

Ahora bien, nos preguntamos: ¿Cómo se determina el precio de una mercancía?


¿Qué es lo que determina el precio de una mercancía?

Es la competencia entre compradores y vendedores, la relación entre la demanda y la oferta, entre la apetencia y la oferta. La competencia que determina el precio de una mercancía tiene tres aspectos.

La misma mercancía es ofrecida por diversos vendedores. Quien venda mercancías de igual calidad a precio más barato, puede estar seguro de que eliminará del campo de batalla a los demás vendedores y se asegurará mayor venta. Por tanto, los vendedores se disputan mutuamente la venta, el mercado. Todos quieren vender, vender lo más que puedan, y, si es posible, vender ellos solos, eliminando a los demás. Por eso unos venden más barato que otros. Tenemos, pues, una competencia entre vendedores, que abarata el precio de las mercancías puestas a la venta.

Pero hay también una competencia entre compradores, que a su vez, hace subir el precio de las mercancías puestas a la venta.

Y, finalmente, hay la competencia entre compradores y vendedores; unos quieren comprar lo más barato posible, otros vender lo más caro que puedan. El resultado de esta competencia entre compradores y vendedores dependerá de la relación existente entre los dos aspectos de la competencia mencionada más arriba; es decir, de que predomine la competencia entre las huestes de los compradores o entre las huestes de los vendedores. La industria lanza al campo de batalla a dos ejércitos contendientes, en las filas de cada uno de los cuales se libra además una batalla intestina. El ejército cuyas tropas se pegan menos entre sí es el que triunfa sobre el otro.

Supongamos que en el mercado hay 100 balas de algodón y que existen compradores para 1.000 balas. En este caso, la demanda es, como vemos, diez veces mayor que la oferta. La competencia entre los compradores será, por tanto, muy grande; todos querrán conseguir una bala, y si es posible las cien. Este ejemplo no es ninguna suposición arbitraria. En la historia del comercio hemos asistido a períodos de mala cosecha algodonera, en que unos cuantos capitalistas coligados pugnaban por comprar, no ya cien balas, sino todas las reservas de algodón de la tierra. En el caso que citamos, cada comprador procurará, por tanto, desalojar al otro, ofreciendo un precio relativamente mayor por cada bala de algodón. Los vendedores, que ven a las fuerzas del ejército enemigo empeñadas en una rabiosa lucha intestina y que tienen segura la venta de todas sus cien balas, se guardarán muy mucho de irse a las manos para hacer bajar los precios del algodón, en un momento en que sus enemigos se desviven por hacerlos subir. Se hace, pues, a escape, la paz entre las huestes de los vendedores. Estos se enfrentan como un solo hombre con los compradores, se cruzan olímpicamente de brazos. Y sus exigencias no tendrían límite si no lo tuvieran, y muy concreto, hasta las ofertas de los compradores más insistentes.

Por tanto, cuando la oferta de una mercancía es inferior a su demanda, la competencia entre los vendedores queda anulada o muy debilitada. Y en la medida en que se atenúa esta competencia, crece la competencia entablada entre los compradores. Resultado: alza más o menos considerable de los precios de las mercancías.

Con mayor frecuencia se da, como es sabido, el caso inverso, y con inversos resultados: exceso considerable de la oferta sobre la demanda; competencia desesperada entre los vendedores; falta de compradores; lanzamiento de las mercancías al malbarato.

Pero, ¿qué significa eso del alza y la baja de los precios? ¿Qué quiere decir precios altos y precios bajos? Un grano de arena es alto si se le mira al microscopio, y, comparada con una montaña. una torre resulta baja. Si el precio está determinado por la relación entre la oferta y la demanda, ¿qué es lo que determina esta relación entre la oferta y la demanda?

Preguntemos al primer burgués que nos salga al paso. No separará a meditar ni un instante, sino que, cual nuevo Alejandro Magno, cortará este nudo metafísico [1] con la tabla de multiplicar. Nos dirá: si el fabricar la mercancía que vendo me ha costado cien marcos y la vendo por 110 —pasado un año, se entiende—, esta ganancia es una ganancia moderada, honesta y decente. Si obtengo, a cambio de esta mercancía, 120, 130 marcos, será ya una ganancia alta; y si consigo hasta 200 marcos, la ganancia será extraordinaria, enorme. ¿Qué es lo que le sirve a nuestro burgués de criterio para medir la ganancia? El coste de producción de su mercancía. Si a cambio de esta mercancía obtiene una cantidad de otras mercancías cuya producción ha costado menos, pierde. Si a cambio de su mercancía obtiene una cantidad de otras mercancías cuya producción ha costado más, gana. Y calcula la baja o el alza de su ganancia por los grados que el valor de cambio de su mercancía acusa por debajo o por encima de cero, por debajo o por encima del coste de producción.

Hemos visto que la relación variable entre la oferta y la demanda lleva aparejada tan pronto el alza como la baja de los precios determina tan pronto precios altos como precios bajos. Si el precio de una mercancía sube considerablemente, porque la oferta baje o porque crezca desproporcionadamente la demanda, con ello necesariamente bajará en proporción el precio de cualquier otra mercancía, pues el precio de una mercancía no hace más que expresar en dinero la proporción en que otras mercancías se entregan a cambio de ella. Si, por ejemplo, el precio de una vara de seda sube de cinco marcos a seis, bajará el precio de la plata en relación con la seda, y asimismo disminuirá, en proporción con ella, el precio de todas las demás mercancías que sigan costando igual que antes. Para obtener la misma cantidad de seda ahora habrá que dar a cambio una cantidad mayor de aquellas otras mercancías. ¿Qué ocurrirá al subir el precio de una mercancía? Una masa de capitales afluirá a la rama industrial floreciente, y esta afluencia de capitales al campo de la industria favorecida durará hasta que arroje las ganancias normales; o más exactamente, hasta que el precio de sus productos descienda, empujado por la superproducción, por debajo del coste de producción.

Y viceversa. Si el precio de una mercancía desciende por debajo de su coste de producción, los capitales se retraerán de la producción de esta mercancía. Exceptuando el caso en que una rama industrial no corresponda ya a la época, y, por tanto, tenga que desaparecer, esta huida de los capitales irá reduciendo la producción de aquella mercancía, es decir, su oferta, hasta que corresponda a la demanda, y, por tanto, hasta que su precio vuelva a levantarse al nivel de su coste de producción, o, mejor dicho, hasta que la oferta sea inferior a la demanda; es decir, hasta que su precio rebase nuevamente su coste de producción, pues el precio corriente de una mercancía es siempre inferior o superior a su coste de producción.

Vemos que los capitales huyen o afluyen constantemente del campo de una industria al de otra. Los precios altos determinan una afluencia excesiva, y los precios bajos, una huida exagerada.

Podríamos demostrar también, desde otro punto de vista, cómo el coste de producción determina, no sólo la oferta, sino también la demanda. Pero esto nos desviaría demasiado de nuestro objetivo.

Acabamos de ver cómo las oscilaciones de la oferta y la demanda vuelven a reducir siempre el precio de una mercancía a su coste de producción. Es cierto que el precio real de una mercancía es siempre superior o inferior al coste de producción, pero el alza y la baja se compensan mutuamente, de tal modo que, dentro de un determinado período de tiempo, englobando en el cálculo el flujo y el reflujo de la industria, puede afirmarse que las mercancías se cambian unas por otras con arreglo a su coste de producción, y su precio se determina, consiguientemente, por aquél.

Esta determinación del precio por el coste de producción no debe entenderse en el sentido en que la entienden los economistas. Los economistas dicen que el precio medio de las mercancías equivale al coste de producción; que esto es la ley. Ellos consideran como obra del azar el movimiento anárquico en que el alza se nivela con la baja y ésta con el alza. Con el mismo derecho podría considerarse, como lo hacen en efecto otros economistas, que estas oscilaciones son la ley, y la determinación del precio por el coste de producción, fruto del azar. En realidad, si se las examina de cerca. se ve que estas oscilaciones acarrean las más espantosas desolaciones y son como terremotos que hacen estremecerse los fundamentos de la sociedad burguesa. son las únicas que en su curso determinan el precio por el coste de producción. El movimiento conjunto de este desorden es su orden. En el transcurso de esta anarquía industrial, en este movimiento cíclico, la concurrencia se encarga de compensar, como si dijésemos, una extravagancia con otra.

Vemos, pues, que el precio de una mercancía se determina por su coste de producción, de modo que las épocas en que el precio de esta mercancía rebasa el coste de producción se compensan con aquellas en que queda por debajo de este coste de producción, y viceversa. Claro está que esta norma no rige para un producto industrial concreto, sino solamente para la rama industrial entera. No rige tampoco, por tanto, para un solo industrial, sino únicamente para la clase entera de los industriales.

La determinación del precio por el coste de producción equivale a la determinación del precio por el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía, pues el coste de producción está formado:

1) por las materias primas y el desgaste de los instrumentos, es decir, por productos industriales cuya fabricación ha costado una determinada cantidad de jornadas de trabajo y que representan, por tanto, una determinada cantidad de tiempo de trabajo. y

2) por el trabajo directo; cuya medida es también el tiempo.

Las mismas leyes generales que regulan el precio de las mercancías en general regulan también, naturalmente, el salario, el precio del trabajo.

La remuneración del trabajo subirá o bajará según la relación entre la demanda y la oferta, según el cariz que presente la competencia entre los compradores de la fuerza de trabajo, los capitalistas, y los vendedores de la fuerza de trabajo, los obreros. A las oscilaciones de los precios de las mercancías en general les corresponden las oscilaciones del salario. Pero, dentro de estas oscilaciones, el precio del trabajo se hallará determinado por el coste de producción, por el tiempo de trabajo necesario para producir esta mercancía, que es la fuerza de trabajo.

Ahora bien, ¿cuál es el coste de producción de la fuerza de trabajo?

Es lo que cuesta sostener al obrero como tal obrero y educarlo para este oficio.

Por tanto, cuanto menos tiempo de aprendizaje exija un trabajo, menor será el coste de producción del obrero, más bajo el precio de su trabajo, su salario. En las ramas industriales que no exigen apenas tiempo de aprendizaje, bastando con la mera existencia corpórea del obrero, el coste de producción de éste se reduce casi exclusivamente a las mercancías necesarias para que aquél pueda vivir en condiciones de trabajar. Por tanto, aquí el precio de su trabajo estará determinado por el precio de los medios de vida indispensables.

Pero hay que tener presente, además, otra circunstancia.

El fabricante, al calcular su coste de producción, y con arreglo a él el precio de los productos, incluye en el cálculo el desgaste de los instrumentos de trabajo. Si una máquina le cuesta, por ejemplo, mil marcos y se desgasta totalmente en diez años, agregará cien marcos cada año al precio de las mercancías fabricadas, para, al cabo de los diez años, poder sustituir la máquina ya agotada, por otra nueva. Del mismo modo hay que incluir en el coste de producción de la fuerza de trabajo simple el coste de procreación que permite a la clase obrera estar en condiciones de multiplicarse y de reponer los obreros agotados por otros nuevos. El desgaste del obrero entra, por tanto, en los cálculos, ni más ni menos que el desgaste de las máquinas.

Por tanto, el coste de producción de la fuerza de trabajo simple se cifra siempre en los gastos de existencia y reproducción del obrero. El precio de este coste de existencia y reproducción es el que forma el salario. El salario así determinado es lo que se llama el salario mínimo. Al igual que la determinación del precio de las mercancías en general por el coste de producción, este salario mínimo no rige para el individuo, sino para la especie. Hay obreros, millones de obreros, que no ganan lo necesario para poder vivir y procrear; pero el salario de la clase obrera en conjunto se nivela, dentro de sus oscilaciones, sobre la base de este mínimo.

Ahora, después de haber puesto en claro las leyes generales que regulan el salario, al igual que el precio de cualquier otra mercancía, ya podemos entrar de un modo más concreto en nuestro tema.

El capital está formado por materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida de todo género que se emplean para producir nuevas materias primas, nuevos instrumentos de trabajo y nuevos medios de vida. Todas estas partes integrantes del capital son hijas del trabajo, productos del trabajo, trabajo acumulado. El trabajo acumulado que sirve de medio de nueva producción es el capital.

Así dicen los economistas.

¿Qué es un esclavo negro? Un hombre de la raza negra. Una explicación vale tanto como la otra.

Un negro es un negro. Sólo en determinadas condiciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Sólo en determinadas condiciones se convierte en capital. Arrancada a estas condiciones, no tiene nada de capital, del mismo modo que el oro no es de por sí dinero, ni el azúcar el precio del azúcar.

En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otros. No pueden producir sin asociarse de un cierto modo, para actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es cómo se relacionan con la naturaleza y cómo se efectúa la producción.

Estas relaciones sociales que contraen los productores entre sí, las condiciones en que intercambian sus actividades y toman parte en el proceso conJunto de la producción variarán, naturalmente según el carácter de los medios de producción. Con la invención de un nuevo instrumento de guerra, el arma de fuego, hubo de cambiar forzosamente toda la organización interna de los ejércitos. cambiaron las relaciones dentro de las cuales formaban los individuos un ejército y podían actuar como tal, y cambió también la relación entre los distintos ejércitos.

Las relaciones sociales en las que los individuos producen, las relaciones sociales de producción, cambian, por tanto, se transforman, al cambiar y desarrollarse los medios materiales de producción, las fuerzas productivas. Las relaciones de producción forman en conjunto lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad, y concretamente, una sociedad con un determinado grado de desarrollo histórico, una sociedad de carácter peculiar y distintivo. La sociedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa, son otros tantos conjuntos de relaciones de producción, cada uno de los cuales representa, a la vez, un grado especial de desarrollo en la historia de la humanidad.

También el capital es una relación social de producción. Es una relación burguesa de producción, una relación de producción de la sociedad burguesa. Los medios de vida, los instrumentos de trabajo, las materias primas que componen el capital, ¿no han sido producidos y acumulados bajo condiciones sociales dadas, en determinadas relaciones sociales? ¿No se emplean para un nuevo proceso de producción bajo condiciones sociales dadas, en determinadas relaciones sociales? ¿Y no es precisamente este carácter social determinado el que convierte en capital los productos destinados a la nueva producción?

El capital no se compone solamente de medios de vida, instrumentos de trabajo y materias primas, no se compone solamente de productos materiales; se compone igualmente de valores de cambio. Todos los productos que lo integran son mercancías. El capital no es, pues, solamente una suma de productos materiales; es una suma de mercancías, de valores de cambio, de magnitudes sociales.

El capital sigue siendo el mismo, aunque sustituyamos la lana por algodón, el trigo por arroz, los ferrocarriles por vapores, a condición de que el algodón, el arroz y los vapores —el cuerpo del capital— tengan el mismo valor de cambio, el mismo precio que la lana, el trigo y los ferrocarriles en que antes se encarnaba. El cuerpo del capital es susceptible de cambiar constantemente, sin que por eso sufra el capital la menor alteración.

Pero, si todo capital es una suma de mercancías, es decir, de valores de cambio, no toda suma de mercancías, de valores de cambio, es capital.

Toda suma de valores de cambio es un valor de cambio. Todo valor de cambio concreto es una suma de valores de cambio. Por ejemplo, una casa que vale mil marcos es un valor de cambio de mil marcos. Una hoja de papel que valga un pfennig, es una suma de valores de cambio de fennig.

Los productos susceptibles de ser cambiados por otros productos son mercancías. La proporción concreta en que pueden cambiarse constituye su valor de cambio, o, si se expresa en dinero, su precio. La cantidad de estos productos no altera para nada su destino de mercancías, de ser un valor de cambio o de tener un determinado precio. Sea grande o pequeño, un árbol es siempre un árbol. Por el hecho de cambiar hierro por otros productos en medias onzas o en quintales, ¿cambia su carácter de mercancía, de valor de cambio? Lo único que hace el volumen es dar a una mercancía mayor o menor valor, un precio más alto o más bajo.

Ahora bien, ¿cómo se convierte en capital una suma de mercancías, de valores de cambio?

Por el hecho de que, en cuanto fuerza social independiente, es decir, en cuanto fuerza en poder de una parte de la sociedad, se conserva y aumenta por medio del intercambio con la fuerza de trabajo inmediata, viva. La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital.

Sólo el dominio del trabajo acumulado, pretérito, materializado sobre el trabajo inmediato, vivo, convierte el trabajo acumulado en capital.

El capital no consiste en que el trabajo acumulado sirva al trabajo vivo como medio para nueva producción. Consiste en que el trabajo vivo sirva al trabajo acumulado como medio para conservar y aumentar su valor de cambio.

¿Qué acontece en el intercambio entre el capitalista y el obrero asalariado?

El obrero obtiene a cambio de su fuerza de trabajo medios de vida, pero, a cambio de estos medios de vida de su propiedad, el capitalista adquiere trabajo, la actividad productiva del obrero, la fuerza creadora con la cual el obrero no sólo repone lo que consume, sino que da al trabajo acumulado un mayor valor del que antes poseía. El obrero recibe del capitalista una parte de los medios de vida existentes. ¿Para qué le sirven estos medios de vida? Para su consumo inmediato. Pero, al consumir los medios de vida de que dispongo, los pierdo irreparablemente, a no ser que emplee el tiempo durante el cual me mantienen estos medios de vida en producir otros, en crear con mi trabajo, mientras los consumo, en vez de los valores destruidos al consumirlos, otros nuevos. Pero esta noble fuerza reproductiva del trabajo es precisamente la que el obrero cede al capital, a cambio de los medios de vida que éste le entrega. Al cederla, se queda, pues, sin ella.

Pongamos un ejemplo. Un granjero abona a su jornalero cinco silbergroschen por día. Por los cinco silbergroschen el jornalero trabaja la tierra del granjero durante un día entero, asegurándole con su trabajo un ingreso de diez silbergroschen. El granjero no sólo recobra los valores que cede al jornalero, sino que los duplica. Por tanto, invierte, consume de un modo fecundo, productivo. los cinco silbergroschen que paga al jornalero. Por estos cinco silbergroschen compra precisamente el trabajo y la fuerza del jornalero, que crean productos del campo por el doble de valor y convierten los cinco silbergroschen en diez. En cambio, el jornalero obtiene en vez de su fuerza productiva, cuyos frutos ha cedido al granjero, cinco silbergroschen, que cambia por medios de vida, los cuales se han consumido de dos modos: reproductivamente para el capital, puesto que éste los cambia por una fuerza de trabajo [*] que produce diez silbergroschen; improductivamente para el obrero, pues los cambia por medios de vida que desaparecen para siempre y cuyo valor sólo puede recobrar repitiendo el cambio anterior con el granjero. Por consiguiente, el capital presupone el trabajo asalariado, y éste, el capital. Ambos se condicionan y se engendran recíprocamente.

Un obrero de una fábrica algodonera ¿produce solamente tejidos de algodón? No, produce capital. Produce valores que sirven de nuevo para mandar sobre su trabajo y crear, por medio de éste, nuevos valores.

El capital sólo puede aumentar cambiándose por fuerza de trabajo, engendrando el trabajo asalariado. Y la fuerza de trabajo del obrero asalariado sólo puede cambiarse por capital acrecentándolo, fortaleciendo la potencia de que es esclava. El aumento del capital es, por tanto, aumento del proletariado, es decir, de la clase obrera.

El interés del capitalista y del obrero es, por consiguiente, el mismo, afirman los burgueses y sus economistas. En efecto, el obrero perece si el capital no le da empleo. El capital perece si no explota la fuerza de trabajo, y, para explotarla, tiene que comprarla. Cuanto más velozmente crece el capital destinado a la producción, el capital productivo, y, por consiguiente, cuanto más próspera es la industria, cuanto más se enriquece la burguesía, cuanto mejor marchan los negocios, más obreros necesita el capitalista y más caro se vende el obrero.

Por consiguiente, la condición imprescindible para que la situación del obrero sea tolerable es que crezca con la mayor rapidez posible el capital productivo.

Pero, ¿qué significa el crecimiento del capital productivo? Significa el crecimiento del poder del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo. El aumento de la dominación de la burguesía sobre la clase obrera. Cuando el trabajo asalariado produce la riqueza extraña que le domina, la potencia enemiga suya, el capital, refluyen a él, emanados de éste, medios de trabajo, es decir, medios de vida, a condición de que se convierta de nuevo en parte integrante del capital, en palanca que le haga crecer de nuevo con ritmo acelerado

Decir que los intereses del capital y los intereses de los obreros son los mismos, equivale simplemente a decir que el capital y el trabajo asalariado son dos aspectos de una misma relación. El uno se halla condicionado por el otro, como el usurero por el derrochador, y viceversa.

Mientras el obrero asalariado es obrero asalariado, su suerte depende del capital. He ahí la tan cacareada comunidad de intereses entre el obrero y el capitalista.

Al crecer el capital, crece la masa del trabajo asalariado, crece el número de obreros asalariados; en una palabra, la dominación del capital se extiende a una masa mayor de individuos. Y, suponiendo el caso más favorable: al crecer el capital productivo, crece la demanda de trabajo y crece también, por tanto, el precio del trabajo, el salario.

Sea grande o pequeña una casa, mientras las que la rodean son también pequeñas cumple todas las exigencias sociales de una vivienda, pero, si junto a una casa pequeña surge un palacio, la que hasta entonces era casa se encoge hasta quedar convertida en una choza. La casa pequeña indica ahora que su morador no tiene exigencias, o las tiene muy reducidas; y, por mucho que, en el transcurso de la civilización, su casa gane en altura, si el palacio vecino sigue creciendo en la misma o incluso en mayor proporción, el habitante de la casa relativamente pequeña se irá sintiendo cada vez más desazonado, más descontento, más agobiado entre sus cuatro paredes.

Un aumento sensible del salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero, y con el nivel de desarrollo de la sociedad en general. Nuestras necesidades y nuestros goces tienen su fuente en la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carácter social, son siempre relativos.

El salario no se determina solamente, en general, por la cantidad de mercancías que pueden obtenerse a cambio de él. Encierra diferentes relaciones.

Lo que el obrero percibe, en primer término, por su fuerza de trabajo, es una determinada cantidad de dinero. ¿Acaso el salario se halla determinado exclusivamente por este precio en dinero?

En el siglo XVI, a consecuencia del descubrimiento en América de minas más ricas y más fáciles de explotar, aumentó el volumen de oro y plata que circulaba en Europa. El valor del oro y la plata bajó, por tanto, en relación con las demás mercancías. Los obreros seguían cobrando por su fuerza de trabajo la misma cantidad de plata acuñada. El precio en dinero de su trabajo seguía siendo el mismo, y, sin embargo, su salario había disminuido, pues a cambio de esta cantidad de plata, obtenían ahora una cantidad menor de otras mercancías. Fue ésta una de las circunstancias que fomentaron el incremento del capital y, el auge de la burguesía en el siglo XVI.

Tomemos otro caso. En el invierno de 1847, a consecuencia de una mala cosecha, subieron considerablemente los precios de los artículos de primera necesidad: el trigo, la carne, la mantequilla, el queso, etc. Suponiendo que los obreros hubiesen seguido cobrando por su fuerza de trabajo la misma cantidad de dinero que antes, ¿no habrían disminuido sus salarios? Indudablemente. A cambio de la misma cantidad de dinero obtenían menos pan, menos carne, etc. Sus salarios bajaron, no porque hubiese disminuido el valor de la plata, sino porque aumentó el valor de los víveres.

Finalmente, supongamos que la expresión monetaria del precio del trabajo siga siendo el mismo, mientras que todas las mercancías agrícolas y manufacturadas bajan de precio, merced a la aplicación de nueva maquinaria, a la estación más favorable, etc. Ahora, por el mismo dinero los obreros podrán comprar más mercancías de todas clases. Su salario, por tanto, habrá aumentado, precisamente por no haberse alterado su valor en dinero.

Como vemos, la expresión monetaria del precio del trabajo, el salario nominal, no coincide con el salario real, es decir, con la cantidad de mercancías que se obtienen realmente a cambio del salario. Por consiguiente, cuando hablamos del alza o de la baja del salario. no debemos fijarnos solamente en la expresión monetaria del precio del trabajo, en el salario nominal.

Pero, ni el salario nominal, es decir, la suma de dinero por la que el obrero se vende al capitalista, ni el salario real, o sea, la cantidad de mercancías que puede comprar con este dinero, agotan las relaciones que encierra el salario.

El salario se halla determinado, además y sobre todo, por su relación con la ganancia, con el beneficio obtenido por el capitalista: es un salario relativo, proporcional.

El salario real expresa el precio del trabajo en relación con el precio de las demás mercancías; el salario relativo acusa, por el contrario, la parte del nuevo valor creado por el trabajo, que percibe el trabajo directo, en proporción a la parte del valor que se incorpora al trabajo acumulado, es decir, al capital.

Decíamos más arriba, en la pág. 14: «El salario no es la parte del obrero en la mercancía por él producida. El salario es la parte de la mercancía ya existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productiva. Pero el capitalista tiene que reponer nuevamente este salario, incluyéndolo en el precio por el que vende el producto creado por el obrero; y tiene que reponerlo de tal modo, que, después de cubrir el coste de producción desembolsado, le quede además, por regla general, un remanente, una ganancia. El precio de venta de la mercancía producida por el obrero se divide para el capitalista en tres partes: la primera, para reponer el precio desembolsado en comprar materias primas, así como para reponer el desgaste de las herramientas, máquinas y otros instrumentos de trabajo adelantados por él; la segunda, para reponer los salarios por él adelantados, y la tercera, el remanente que queda después de saldar las dos partes anteriores, la ganancia del capitalista. Mientras que la primera parte se limita a reponer valores que ya existían, es evidente que tanto la suma destinada a reembolsar los salarios abonados como el remanente que forma la ganancia del capitalista salen en su totalidad del nuevo valor creado por el trabajo del obrero y añadido a las materias primas. En este sentido, podemos considerar tanto el salario como la ganancia, para compararlos entre sí, como partes del producto del obrero.

Puede ocurrir que el salario real continúe siendo el mismo e incluso que aumente, y, no obstante, disminuya el salario relativo. Supongamos, por ejemplo, que el precio de todos los medios de vida baja en dos terceras partes, mientras que el salario diario sólo disminuye en un tercio, de tres marcos a dos, v. gr. Aunque el obrero, con estos dos marcos, podrá comprar una cantidad mayor de mercancías que antes con tres, su salario habrá disminuido, en relación con la ganancia obtenida por el capitalista. La ganancia del capitalista (por ejemplo, del fabricante) ha aumentado en un marco; es decir, que ahora el obrero, por una cantidad menor de valores de cambio, que el capitalista le entrega, tiene que producir una cantidad mayor de estos mismos valores. La parte obtenida por el capital aumenta en comparación con la del trabajo. La distribución de la riqueza social entre el capital y el trabajo es ahora todavía más desigual que antes. El capitalista manda con el mismo capital sobre una cantidad mayor de trabajo. El poder de la clase de los capitalistas sobre la clase obrera ha crecido, la situación social del obrero ha empeorado, ha descendido un grado más en comparación con la del capitalista .

¿Cuál es la ley general que rige el alza y la baja del salario y la ganancia, en sus relaciones mutuas?

Se hallan en razón inversa. La parte de que se apropia el capital, la ganancia, aumenta en la misma proporción en que disminuye la parte que le toca al trabajo, el salario, y viceversa. La ganancia aumenta en la medida en que disminuye el salario y disminuye en la medida en que éste aumenta.

Se objetará acaso que el capital puede obtener ganancia cambiando ventajosamente sus productos con otros capitalistas, cuando aumenta la demanda de su mercancía, sea mediante la apertura de nuevos mercados, sea al aumentar momentáneamente las necesidades en los mercados antiguos. etc.; que, por tanto. las ganancias de un capitalista pueden aumentar a costa de otros capitalistas, independientemente del alza o baja del salario, del valor de cambio de la fuerza de trabajo; que las ganancias del capitalista pueden aumentar también mediante el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo, la nueva aplicación de las fuerzas naturales, etc.

En primer lugar, se reconocerá que el resultado sigue siendo el mismo, aunque se alcance por un camino inverso. Es cierto que la ganancia no habrá aumentado porque haya disminuido el salario. pero el salario habrá disminuido por haber aumentado la ganancia. Con la misma cantidad de trabajo ajeno, el capitalista compra ahora una suma mayor de valores de cambio, sin que por ello pague el trabajo más caro; es decir, que el trabajo resulta peor remunerado, en relación con los ingresos netos que arroja para el capitalista.

Además, recordamos que, pese a las oscilaciones de los precios de las mercancías, el precio medio de cada mercancía, la proporción en que se cambia por otras mercancías, se determina por su coste de producción. Por tanto, los lucros conseguidos por unos capitalistas a costa de otros dentro de la clase capitalista se nivelan necesariamente entre sí. El perfeccionamiento de la maquinaria, la nueva aplicación de las fuerzas naturales al servicio de la producción, permiten crear en un tiempo de trabajo dado y con la misma cantidad de trabajo y capital una masa mayor de productos, pero no, ni mucho menos, una masa mayor de valores de cambio. Si la aplicación de la máquina de hilar me permite fabricar en una hora el doble de hilado que antes de su invención, por ejemplo, cien libras en vez de cincuenta, a cambio de estas cien libras de hilado no obtendré a la larga más mercancías que antes a cambio de las cincuenta, porque el coste de producción se ha reducido a la mitad o porque, ahora, con el mismo coste puedo fabricar el doble del producto.

Finalmente, cualquiera que sea la proporción en que la clase capitalista, la burguesía, bien la de un solo país o la del mercado mundial entero, se reparta los ingresos netos de la producción, la suma global de estos ingresos netos no será nunca otra cosa que la suma en que el trabajo vivo incrementa en bloque el trabajo acumulado. Por tanto, esta suma global crece en la proporción en que el trabajo incrementa el capital; es decir, en la proporción en que crece la ganancia, en comparación con el salario.

Vemos, pues, que, aunque nos circunscribimos a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, los intereses del trabajo asalariado y los del capital son diametralmente opuestos.

Un aumento rápido del capital equivale a un rápido aumento de la ganancia. La ganancia sólo puede crecer rápidamente si el precio del trabajo, el salario relativo, disminuye con la misma rapidez. El salario relativo puede disminuir aunque aumente el salario real simultáneamente con el salario nominal, con la expresión monetaria del valor del trabajo, siempre que éstos no suban en la misma proporción que la ganancia. Si, por ejemplo, en una época de buenos negocios, el salario aumenta en un cinco por ciento y la ganancia en un treinta por ciento, el salario relativo, proporcional, no habrá aumentado, sino disminuido.

Por tanto, si, con el rápido incremento del capital, aumentan los ingresos del obrero, al mismo tiempo se ahonda el abismo social que separa al obrero del capitalista, y crece, a la par, el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital.

Decir que el obrero está interesado en el rápido incremento del capital, sólo significa que cuanto más aprisa incrementa el obrero la riqueza ajena, más sabrosas migajas le caen para él, más obreros pueden encontrar empleo y ser echados al mundo, más puede crecer la masa de los esclavos sujetos al capital.

Hemos visto, pues:

Que, incluso la situación más favorable para la clase obrera, el incremento más rápido posible del capital, por mucho que mejore la vida material del obrero, no suprime el antagonismo entre sus intereses y los intereses del burgués, los intereses del capitalista. Ganancia y salario seguirán hallándose, exactamente lo mismo que antes, en razón inversa.

Que si el capital crece rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero que aumentarán con rapidez incomparablemente mayor las ganancias del capitalista. La situación material del obrero habrá mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que le separa del capitalista se habrá ahondado.

Y, finalmente:

Que el decir que la condición más favorable para el trabajo asalariado es el incremento más rápido posible del capital productivo, sólo significa que cuanto más rápidamente la clase obrera aumenta y acrecienta el poder enemigo, la riqueza ajena que la domina, tanto mejores serán las condiciones en que podrá seguir laborando por el incremento de la riqueza burguesa, por el acrecentamiento del poder del capital, contenta con forjar ella misma las cadenas de oro con las que le arrastra a remolque la burguesía.

El incremento del capital productivo y el aumento del salario, ¿son realmente dos cosas tan inseparablemente enlazadas como afirman los economistas burgueses? No debemos creerles simplemente de palabra. No debemos siquiera creerles que cuanto más engorde el capital, mejor cebado estará el esclavo. La burguesía es demasiado instruida. demasiado calculadora, para compartir los prejuicios del señor feudal, que alardeaba con el brillo de sus servidores. Las condiciones de existencia de la burguesía la obligan a ser calculadora.

Deberemos, pues, investigar más de cerca lo siguiente: ¿Cómo influye el crecimiento del capital productivo sobre el salario?

Si crece el capital productivo de la sociedad burguesa en bloque, se produce una acumulación más multilateral de trabajo. Crece el número y el volumen de capitales. El aumento del número de capitales hace aumentar la concurrencia entre los capitalistas. El mayor volumen de los capitales permite lanzar al campo de batalla industrial ejércitos obreros más potentes, con armas de guerra más gigantescas.

Sólo vendiendo más barato pueden unos capitalistas desalojar a otros y conquistar sus capitales. Para poder vender más barato sin arruinarse, tienen que producir mas barato; es decir, aumentar todo lo posible la fuerza productiva del trabajo. Y lo que sobre todo aumenta esta fuerza productiva es una mayor división del trabajo, la aplicación en mayor escala y el constante perfeccionamiento de la maquinaria. Cuanto mayor es el ejército de obreros entre los que se divide el trabajo, cuanto más gigantesca es la escala en que se aplica la maquinaria, más disminuye relativamente el coste de producción, más fecundo se hace el trabajo. De aquí que entre los capitalistas se desarrolle una rivalidad en todos los aspectos para incrementar la división del trabajo y la maquinaria y explotarlos en la mayor escala posible.

Si un capitalista, mediante una mayor división del trabajo, empleando y perfeccionando nuevas máquinas, explotando de un modo más provechoso y más extenso las fuerzas naturales. encuentra los medios para fabricar, con la misma cantidad de trabajo o de trabajo acumulado, una suma mayor de productos, de mercancías, que sus competidores; si, por ejemplo, en el mismo tiempo de trabajo en que sus competidores tejen media vara de lienzo. él produce una vara entera, ¿cómo procederá este capitalista?

Podría seguir vendiendo la media vara de lienzo al mismo precio a que venía cotizándose anteriormente en el mercado, pero esto no sería el medio más adecuado para desalojar a sus adversarios de la liza y extender sus propias ventas. Sin embargo, en la misma medida en que se dilata su producción, se dilata para él la necesidad de mercado. Los medios de producción, más potentes y más costosos que ha puesto en pie, le permiten vender su mercancía mas barata, pero al mismo tiempo le obligan a vender más mercancías, a conquistar para éstas un mercado incomparablemente mayor; por tanto, nuestro capitalista venderá la media vara de lienzo más barata que sus competidores.

Pero, el capitalista no venderá una vara entera de lienzo por el mismo precio a que sus competidores venden la media vara, aunque a él la producción de una vara no le cueste más que a los otros la media. Si lo hiciese así, no obtendría ninguna ganancia extraordinaria; sólo recobraría por el trueque el coste de producción. Por tanto, aunque obtuviese ingresos mayores, éstos provendrían de haber puesto en movimiento un capital mayor, pero no de haber logrado que su capital aumentase más que los otros. Además, el fin que persigue, lo alcanza fijando el precio de su mercancía tan sólo unos puntos más bajo que sus competidores. Bajando el precio, los desaloja y les arrebata por lo menos una parte del mercado. Y, finalmente, recordamos que el precio corriente es siempre superior o inferior al coste de producción, según que la venta de una mercancía coincida con la temporada favorable o desfavorable de una rama industrial. Los puntos que el capitalista, que aplica nuevos y más fecundos medios de producción, puede añadir a su coste real de producción, al fijar el precio de su mercancía, dependerán de que el precio de una vara de lienzo en el mercado sea superior o inferior a su anterior coste habitual de producción.

Pero el privilegio de nuestro capitalista no es de larga duración; otros capitalistas, en competencia con él, pasan a emplear las mismas máquinas, la misma división del trabajo y en una escala igual o mayor, hasta que esta innovación acaba por generalizarse tanto, que el precio del lienzo queda por debajo, no ya del antiguo, sino incluso de su nuevo coste de producción.

Los capitalistas vuelven a encontrarse, pues, unos frente a otros, en la misma situación en que se encontraban antes de emplear los nuevos medios de producción; y si, con estos medios, podían suministrar por el mismo precio el doble de producto que antes, ahora se ven obligados a entregar el doble de producto por menos del precio antiguo. Y comienza la misma historia, sobre la base de este nuevo coste de producción. Más división del trabajo, más maquinaria en una escala mayor. Y la competencia vuelve a reaccionar, exactamente igual que antes, contra este resultado.

Vemos, pues, cómo se subvierten, se revolucionan incesantemente el modo de producción y los medios de producción, cómo la división del trabajo acarrea necesariamente otra división mayor del trabajo, la aplicación de la maquinaria, otra aplicación mayor de la maquinaria, la producción en gran escala, una producción en otra escala mayor.

Tal es la ley que saca constantemente de su viejo cauce a la producción burguesa y obliga al capital a tener constantemente en tensión las fuerzas productivas del trabajo, por haberlas puesto antes en tensión; la ley que no le deja punto de sosiego y le susurra incesantemente al oído: ¡Adelante! ¡Adelante!

Esta ley no es sino la que, dentro de las oscilaciones de los períodos comerciales, nivela necesariamente el precio de una mercancía con su coste de producción.

Por potentes que sean los medios de producción que un capitalista arroja a la liza, la concurrencia se encargará de generalizar el empleo de estos medios de producción, y, a partir del momento en que se hayan generalizado, el único fruto de la mayor fecundidad de su capital es que ahora tendrá que dar por el mismo precio diez, veinte, cien veces más producto que antes. Pero como, para compensar con la cantidad mayor del producto vendido el precio más bajo de venta, tendrá que vender acaso mil veces más, porque ahora necesita una venta en masa, no sólo para ganar más, sino para reponer el coste de producción, ya que los propios instrumentos de producción van siendo, como hemos visto, cada vez más caros, y como esta venta en masa no es una cuestión vital solamente para él, sino también para sus rivales, la vieja contienda se desencadena con tanta mayor violencia cuanto más fecundos son los medios de producción ya inventados. Por tanto, la división del trabajo y la aplicación de maquinaria seguirán desarrollándose de nuevo, en una escala incomparablemente mayor.

Cualquiera que sea la potencia de los medios de producción empleados, la competencia procura arrebatar al capital los frutos de oro de esta potencia, reduciendo el precio de las mercancías al coste de producción, y, por tanto, convirtiendo en una ley imperativa el que en la medida en que pueda producirse más barato, es decir, en que pueda producirse más con la misma cantidad de trabajo, haya que abaratar la producción, que suministrar cantidades cada vez mayores de productos por el mismo precio. Por donde el capitalista, como fruto de sus propios desvelos, sólo saldría ganando la obligación de rendir más en el mismo tiempo de trabajo; en una palabra, condiciones más difíciles para el aumento del valor de su capital. Por tanto, mientras que la concurrencia le persigue constantemente con su ley del coste de producción, y todas las armas que forja contra sus rivales se vuelven contra él mismo, el capitalista se esfuerza por burlar constantemente la competencia empleando sin descanso, en lugar de las antiguas, nuevas máquinas, que, aunque más costosas, producen más barato e implantando nuevas divisiones del trabajo en sustitución de las antiguas, sin esperar a que la competencia haga envejecer los nuevos medios.

Representémonos esta agitación febril proyectada al mismo tiempo sobre todo el mercado mundial, y nos formaremos una idea de cómo el incremento, la acumulación y concentración del capital trae consigo una división del trabajo, una aplicación de maquinaria nueva y un perfeccionamiento de la antigua en una carrera atropellada e ininterrumpida, en escala cada vez más gigantesca.

Ahora bien, ¿cómo influyen estos factores, inseparables del incremento del capital productivo, en la determinación del salario?

Una mayor división del trabajo permite a un obrero realizar el trabajo de cinco, diez o veinte; aumenta, por tanto, la competencia entre los obreros en cinco, diez o veinte veces. Los obreros no sólo compiten entre sí vendiéndose unos más barato que otros, sino que compiten también cuando uno solo realiza el trabajo de cinco, diez o veinte; y la división del trabajo, implantada y constantemente reforzada por el capital, obliga a los obreros a hacerse esta clase de competencia.

Además, en la medida en que aumenta la división del trabajo, éste se simplifica. La pericia especial del obrero no sirve ya de nada. Se le convierte en una fuerza productiva simple y monótona, que no necesita poner en juego ningún recurso físico ni espiritual. Su trabajo es ya un trabajo asequible a cualquiera. Esto hace que afluyan de todas partes competidores; y, además, recordamos que cuanto más sencillo y más fácil de aprender es un trabajo, cuanto menor coste de producción supone el asimilárselo, más disminuye el salario, ya que éste se halla determinado, como el precio de toda mercancía, por el coste de producción.

Por tanto, a medida que el trabajo va haciéndose más desagradable, más repelente, aumenta la competencia y disminuye el salario. El obrero se esfuerza por sacar a flote el volumen de su salario trabajando más; ya sea trabajando más horas al día o produciendo más en cada hora. Es decir, que, acuciado por la necesidad, acentúa todavía más los fatales efectos de la división del trabajo. El resultado es que, cuanto más trabaja, menos jornal gana; por la sencilla razón de que en la misma medida hace la competencia a sus compañeros, y convierte a éstos, por consiguiente, en otros tantos competidores suyos, que se ofrecen al patrono en condiciones tan malas como él; es decir, porque, en última instancia, se hace la competencia a sí mismo, en cuanto miembro de la clase obrera.

La maquinaria produce los mismos efectos en una escala mucho mayor, al sustituir los obreros diestros por obreros inexpertos, los hombres por mujeres, los adultos por niños, y porque, además, la maquinaria, dondequiera que se implante por primera vez, lanza al arroyo a masas enteras de obreros manuales, y, donde se la perfecciona, se la mejora o se la sustituye por máquinas más productivas, va desalojando a ;los obreros en pequeños pelotones. Más arriba, hemos descrito a grandes rasgos la guerra industrial de unos capitalistas con otros. Esta guerra presenta la particularidad de que en ella las batallas no se ganan tanto enrolando a ejércitos obreros, como licenciándolos. Los generales, los capitalistas rivalizan a ver quién licencia más soldados industriales.

Los economistas nos dicen, ciertamente, que los obreros a quienes la maquinaria hace innecesarios encuentran nuevas ramas en que trabajar.

No se atreven a afirmar directamente que los mismos obreros desalojados encuentran empleo en nuevas ramas de trabajo, pues los hechos hablan demasiado alto en contra de esta mentira. Sólo afirman, en realidad, que se abren nuevas posibilidades de trabajo para otros sectores de la clase obrera; por ejemplo, para aquella parte de la generación obrera juvenil que estaba ya preparada para ingresar en la rama industrial desaparecida. Es, naturalmente, un gran consuelo para los obreros eliminados. A los señores capitalistas no les faltarán carne y sangre fresca explotables y dejarán que los muertos entierren a sus muertos. Pero esto servirá de consuelo más a los propios burgueses que a los obreros. Si la maquinaria destruyese íntegra la clase de los obreros asalariados, ¡que espantoso sería esto para el capital, que sin trabajo asalariado dejaría de ser capital!

Pero, supongamos que los obreros directamente desalojados del trabajo por la maquinaria y toda la parte de la nueva generación que aguarda la posibilidad de colocarse en la misma rama encuentren nuevo empleo. ¿Se cree que por este nuevo trabajo se les habría de pagar tanto como por el que perdieron? Esto estaría en contradicción con todas las leyes de la economía. Ya hemos visto cómo la industria moderna lleva siempre consigo la sustitución del trabajo complejo y superior por otro más simple y de orden inferior.

¿Cómo, pues, una masa de obreros expulsados por la maquinaria de una rama industrial va a encontrar refugio en otra, a no ser con salarios más bajos, peores?

Se ha querido aducir como una excepción a los obreros que trabajan directamente en la fabricación de maquinaria. Visto que la industria exige y consume más maquinaria, se nos dice, las máquinas tienen, necesariamente, que aumentar, y con ellas su fabricación, y, por tanto, los obreros empleados en la fabricación de la maquinaria; además, los obreros que trabajan en esta rama industrial son obreros expertos, incluso instruidos.

Desde el año 1840, esta afirmación, que ya antes sólo era exacta a medias, ha perdido toda apariencia de verdad, pues en la fabricación de maquinaria se emplean cada vez en mayor escala máquinas, ni más ni menos que para la fabricación de hilo de algodón, y los obreros que trabajan en las fábricas de maquinaria sólo pueden desempeñar el papel de máquinas extremadamente imperfectas, al lado de las complicadísimas que se utilizan.

Pero, ¡en vez del hombre adulto desalojado por la máquina, la fábrica da empleo tal vez a tres niños y a una mujer! ¿Y acaso el salario del hombre no tenía que bastar para sostener a los tres niños y a la mujer? ¿No tenía que bastar el salario mínimo para conservar y multiplicar el género? ¿Qué prueba, entonces, este favorito tópico burgués? Prueba únicamente que hoy, para pagar el sustento de una familia obrera, la industria consume cuatro vidas obreras por una que consumía antes.

Resumiendo: cuanto más crece el capital productivo, mas se extiende la división del trabajo y la aplicación de maquinaria. Y cuanto más se extiende la división del trabajo y la aplicación de la maquinaria, más se acentúa la competencia entre los obreros y más se reduce su salario.

Además, la clase obrera se recluta también entre capas más altas de la sociedad. Hacia ella va descendiendo una masa de pequeños industriales y pequeños rentistas, para quienes lo más urgente es ofrecer sus brazos junto a los brazos de los obreros. Y así, el bosque de brazos que se extienden y piden trabajo es cada vez más espeso, al paso que los brazos mismos que lo forman son cada vez más flacos.

De suyo se entiende que el pequeño industrial no puede hacer frente a esta lucha, una de cuyas primeras condiciones es producir en una escala cada vez mayor, es decir, ser precisamente un gran y no un pequeño industrial.

Que el interés del capital disminuye en la misma medida que aumentan la masa y el número de capitales. en la que crece el capital, y que, por tanto, el pequeño rentista no puede seguir viviendo de su renta y tiene que lanzarse a la industria, ayudando de este modo a engrosar las filas de los pequeños industriales. y, con ello las de los candidatos a proletarios, es cosa que tampoco requiere más explicación.

Finalmente, a medida que los capitalistas se ven forzados, por el proceso que exponíamos más arriba, a explotar en una escala cada vez mayor los gigantescos medios de producción ya existentes, viéndose obligados para ello a poner en juego todos los resortes del crédito, aumenta la frecuencia de los terremotos industriales, en los que el mundo comercial sólo logra mantenerse a flote sacrificando a los dioses del averno una parte de la riqueza, de los productos y hasta de las fuerzas productivas; aumentan, en una palabra, las crisis. Estas se hacen más frecuentes y más violentas, ya por el solo hecho de que. a medida que crece la masa de producción y, por tanto, la necesidad de mercados más extensos, el mercado mundial va reduciéndose más y más, y quedan cada vez menos mercados nuevos que explotar, pues cada crisis anterior somete al comercio mundial un mercado no conquistado todavía o que el comercio sólo explotaba superficialmente. Pero el capital no vive sólo del trabajo. Este amo, a la par distinguido y bárbaro, arrastra consigo a la tumba los cadáveres de sus esclavos, hecatombes enteras de obreros que sucumben en las crisis. Vemos, pues, que, si el capital crece rápidamente, crece con rapidez incomparablemente mayor todavía la competencia entre los obreros, es decir, disminuyen tanto más, relativamente, los medios de empleo y los medios de vida de la clase obrera; y, no obstante esto, el rápido incremento del capital es la condición más favorable para el trabajo asalariado.

Escrito por C. Marx; sobre la base de las conferencias
pronunciadas en la segunda quincena de diciembre de 1847.

Se publica de acuerdo con el texto del folleto.

Traducido del alemán.